Biografías personales

Cuéntenos su historia y sea el autor del libro de su vida. Foto:Nicolai Berntsen

Historia de una empresa

Sueños hechos realidad coronados por el éxito

Cuentos personalizados

Historias con nombres y hechos a resaltar en un contexto real o fantástico. Imagen:Echi-Book

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BIOGRAFÍAS Y MEMORIAS FAMILIARES



Una biografía nos conecta con nuestro pasado, con nuestras raícesEs una herencia única, vinculada con nuestra identidad, con nuestra historia familiar. Puede ser una válvula de escape con un efecto terapéutico, y una ayuda para encontrar ese hilo conductor que nos ha llevado a forjar nuestro destino. Es un gran regalo para la familia y amigos. Una biografía nos ayudará a conocernos mejor y a ser recordados.

      Cómo lo hacemos  


Un cuento para el verano

Por Juana Celestino



Ilustración de John Tenniel para la primera edición de Alicia en el País de las Maravillas (1865)


El 4 de julio de 1862 el matemático y escritor Charles Lutwidge Dodgson y el reverendo Robinson Duckworth daban un paseo en barca por el Támesis con las tres hijas pequeñas de un amigo, las hermanas Liddell: Lorina, Alice y Edith. El calor apretaba, las pequeñas se aburrían y decidieron arrimar la barca a la sombra de la orilla; fue entonces cuando Dodgson, sobre la marcha, dio rienda suelta a su fantasía con un relato donde la curiosidad de una niña la lleva a precipitarse por la madriguera de un conejo blanco. La historia gustó tanto a sus oyentes que la mediana de las hermanas, Alice, pidió que el cuento no se perdiera y lo fijara en el papel. Dodgson pasó toda la noche escribiendo un relato que tituló Las aventuras de Alicia en el mundo subterráneo y le regaló el manuscrito a la niña. Tres años después llegaron a las librerías los primeros ejemplares de, ahora sí, Alicia en el país de las Maravillas, firmado con el seudónimo de Lewis Carroll, ese científico, genio de las matemáticas y de los enredos de la lógica, maestro de las adivinanzas, inventor, pionero de la fotografía, y quién sabe cuántas cosas más.

El ojo vago

Por Marisa Díez


Imagen: Wikimedia Commons
No sé cuánto tiempo atrás debemos remontarnos para evocar, con mayor o menor exactitud, nuestro primer recuerdo. Supongo que dependerá de cada persona y de su capacidad para descubrir en qué momento su cerebro hizo click y comenzó a almacenar historias. En mi caso concreto no tengo conciencia de sucesos, ni importantes ni triviales, hasta cerca de cumplir los cinco años. Quizá es que mi vida estuvo privada de emociones fuertes y mis neuronas entendieron que no merecía la pena dejar fijados, en ningún lugar de mi memoria, acontecimientos que no significaban gran cosa. O también pudo ocurrir que mi desarrollo cognitivo fuera precario hasta transcurridos unos cuantos años y necesitara esperar un poco más para empezar a distinguir con claridad mi catálogo de evocaciones.

Ignoro la razón por la que mis hermanas se lanzan a contar sus recuerdos a partir de una edad en la que yo soy incapaz de acordarme de nada. Me da envidia, y hasta cierta rabia, porque si las cuatro convivimos en la misma casa, el mismo barrio y, por descontado, la misma ciudad, durante toda nuestra infancia ¿cómo es que yo tardé más tiempo que ninguna de ellas en elegir aquello que no iba a olvidar nunca? Mi hermana mayor conserva recuerdos nítidos de sus dos o tres años, durante una visita a Bretún, el pueblo de mi madre: un paseo a caballo, la figura del bisabuelo sentado en la puerta de la casa y que alguien, no sabe quién, le regaló un huevo. Tal cual. Un huevo. Supongo que fue la extrañeza de tan inusual obsequio para una niña de ciudad, lo que disparó una especie de resorte en su mente infantil y le impidió olvidarlo. Otra de mis hermanas puede evocar, con absoluta claridad, el “río grande” que corría junto a la casa de veraneo que ocupamos durante unas vacaciones, la figura de un gato enorme que la asustaba y el transcurrir de los días sentada en una piedra con los pies en el agua. Y tendría aproximadamente la misma edad, alrededor de tres años. Con el paso del tiempo, alguna visita posterior al mismo lugar, le hizo constatar que ni el río tenía las dimensiones recordadas, ni mucho menos los gatos eran aquellos monstruos que se le aparecían para atemorizarla.

Por qué seleccionamos unos recuerdos sobre otros, y a partir de cuándo conseguimos revivir determinadas situaciones con relativa lucidez, es una cuestión que se me escapa. Por qué damos prioridad a unos hechos y sin embargo olvidamos por completo otros; qué razón oculta nos ayuda a elegir lo que entrará a formar parte de nuestra historia y en qué nos basamos para decidir cuándo algo es lo suficientemente importante para no olvidarlo.

Mi primer recuerdo no es nada divertido, aunque tampoco lo he vivido nunca como algo traumático. Me veo en la cocina de casa, rodeada de mis padres, mis hermanas y mi tío, quien había sentenciado que yo no tenía la misma visión en un ojo que en el otro. Para confirmar su hipótesis, allí mismo y delante de todos, me tapó uno de ellos ¡con una cuchara! Y de aquella manera tan rudimentaria pudo constatar que sus sospechas eran ciertas y que yo, básicamente, no veía ni jota por mi dichoso ojo torcido. A ver, que tampoco tengo conciencia de que me importase demasiado, pues veía perfectamente por el otro, pero sé que mi familia puso el grito en el cielo y se escuchó algún que otro llanto. Al final, con los años, la sangre no llegó al río. Durante mucho tiempo llevé unas gafas horribles que a mí me encantaban y cuidaba con esmero. Jamás las rompí ni me las quitaba, y, aunque mi ojo vago nunca recuperó la visión perfecta, no recuerdo haberlo vivido como algo preocupante, más allá de un ligero fastidio por no poder presumir de una mirada alineada, como la que tenían mis amigos, y de la que yo siempre carecí.

Pero continúo sin poder explicar la razón por la que seleccioné aquel momento como el primero que entraría a formar parte de mi almacén de vivencias. Desde entonces sigo buscando la manera de elegir mis recuerdos, para quedarme con los que me interesan y desechar todos los que me producen malas vibraciones. En ello estoy. Todavía no lo he conseguido, pero dadme un poco más de tiempo.

Ochocientas películas y un biberón

Por José María Ruiz del Álamo



Gran galería del Louvre, de Hubert Robert.
Ya estás conectado, la pantalla alumbra tus ojos. Es el momento de abrir una ventana, y de ahí a otra. ¿Con cuántas ventanas has interactuado hoy? ¿Cuántas pantallas has encendido? Ya no sabemos vivir sin ellas, nuestra relación ha mutado, nuestro yo se ha digitalizado.

La estadística así lo confirma, perdemos el control del tiempo frente a esas luminiscencias, quedamos absortos. Nuestro hábitat se ha llenado de reflectores, ya sean televisiones, ordenadores, tabletas, móviles… Los juegos van al vídeo, mientras a los “books” se le añade la “e”. Todo está informatizado, quizá nuestras células vengan a transformarse en códigos binarios o en píxeles.

Quién sabe dónde

Por Esperanza Goiri

Foto: Wikicommons

Un día, no sé muy bien cómo ni por qué, empecé a recibir en Facebook avisos emitidos por una Asociación que alerta sobre personas desaparecidas. El mismo formato, pero con distintos protagonistas. Una foto, una breve descripción de las características físicas y de su indumentaria en el momento de la desaparición, junto con el día y el punto geográfico donde se les vio por última vez. Poco más.

Desde esas instantáneas los “fugitivos” miran a la cámara, unos sonrientes, otros serios. Todos envueltos en un halo de misterio e incógnita. Algunos han desaparecido de forma involuntaria, enredados en una enfermedad mental que les ha extraviado de sus rutinas. Otro grupo lo forman jóvenes en pos de aventuras, sentimentales o de otro tipo. Tal vez su marcha sea un grito desesperado en busca de atención y ayuda. En ocasiones, al cabo de un tiempo, me llega la notificación de que la persona ha sido hallada, con o sin vida. La búsqueda queda desactivada. Por muy terrible que sea asumir el fallecimiento del ser querido, más en esas circunstancias, hay un final. Un epílogo que permite, pasado el proceso de duelo, un nuevo comienzo.

Mi amigo Ernest





Por Juana Celestino



André Kertész, Mi amigo Ernest, Paris, 1931

Saber mirar es la base de la fotografía creativa y, como decía Flaubert, cualquier cosa observada detenidamente se vuelve maravillosa. El estadounidense de origen húngaro André Kertész poseía este peculiar sentido de la percepción y es uno de los grandes maestros, el pionero, de la fotografía humanista, ese arte que simpatiza con la vida de las personas. En este retrato del pequeño Ernest, el fotógrafo describe la alegría de vivir y la espontaneidad de su modelo, que nos presenta con su babi en el aula de pesados pupitres de madera, donde asoma tras él su atenta compañera. Una imagen que resume la magia de la fotografía al trasladarnos a otro lugar y a otro tiempo y, como si estuviéramos allí, hace que nos preguntemos por este colegial.

Parar el tiempo

Por Marisa Díez 


La persistencia de la memoria. Salvador Dalí

Definitivamente, me estoy haciendo vieja. No mayor, no. Vieja. Lo intuyo porque, de un tiempo a esta parte, tengo la sensación de que los acontecimientos más importantes de mi vida sucedieron hace más de veinte años. Y eso siendo benévola, porque la realidad es que incluso podrían haber pasado más de treinta. Alguien ha pisado el acelerador de mi existencia y yo ni me he enterado. Todo fluye a una velocidad vertiginosa y no puedo más que aceptar que esto ya no hay quién lo pare. A veces soñamos con detener las manecillas del reloj y saborear con plenitud esos momentos especiales que, de tarde en tarde, nos regala la vida. Pero no hay manera; para mí, la única verdad es que la rapidez con que corren esas malditas agujas es siempre directamente proporcional a la felicidad de la que disfrutamos. 

Sin embargo, hay lugares donde el tiempo parece haberse detenido. Los descubro en ocasiones paseando por mi barrio o empujando la puerta de algún garito que ya existía durante los años de mi particular movida madrileña. Pero de todos los sitios en los que me sorprendo realizando mi regreso al pasado, hay uno que sobresale entre los demás. Es posible que quienes lo conozcan no lleguen a comprender mi querencia por tan peculiar rincón, y simplemente lo consideren un lugar caduco, anticuado y sin gracia. Peor para ellos si no consiguen disfrutarlo.

Se trata de una terraza de verano, un antiguo chiringuito que se levanta junto a una de las piscinas naturales que existen en mi lugar de vacaciones. Tiene otro nombre, pero para mí siempre será “el quiosco de Pedrito”. Cada año estoy deseando que llegue la primavera para que su dueño se decida por fin a retirar el cartel de “cerrado”, pues dependiendo de la meteorología, lo hará en el mes de mayo o quizás a primeros de junio. Y entonces, no me lo pienso. Aparezco por allí con la seguridad de que nada habrá cambiado. A veces intentamos convencerle de la necesidad de que acometa pequeñas reformas y él siempre nos escucha sin hacernos el más mínimo caso. Y en realidad yo le agradezco infinito que, en mi primera visita veraniega, todo siga exactamente igual que hace treinta años. Cierro los ojos y distingo con claridad a mi sobrino correteando entre las mesas y a mi madre custodiando nuestras pertenencias, mientras los demás entramos y salimos del chiringuito sin orden ni concierto. Veo a mi padre jugando a las cartas en la mesa contigua o a mis amigos apurando la última partida de billar. Y, aunque llegue a abrir los ojos, mirando alrededor consigo ilusionarme con la idea de que únicamente en ese lugar, “nosotros, los de entonces”, seguimos siendo los mismos.

Lo sé, es una ensoñación, incluso puede que una estupidez, pero a mí me gusta comprobar cómo el viejo mueble que guardaba la antigua televisión sigue exactamente en la misma rinconera. Que si te acercas a la barra y pides una cerveza, observas con cierta aprensión que aún aguantan en pie ese par de taburetes donde sentarse es algo parecido a jugarse la vida. Pero, a cambio, rememoro el sabor de las paellas en familia, mientras el camarero nos invitaba a degustar el auténtico e incomparable postre de la casa. Y puedo revivir con claridad el inconfundible olor a tierra mojada, refugiada bajo su endeble techumbre, durante las tormentas que nos sorprendían cada año al acercarse el final del verano.

Soy consciente de que el tiempo no va a pararse por mucho que yo lo intente durante mis visitas al quiosco de Pedro. Y acepto que a algunos les parecerá un ejercicio inútil de nostalgia, pero es que ya soy mayor, lo he dicho al principio, y cada vez necesito más poner a trabajar mi mente para no acabar, parafraseando a Gómez de la Serna, con mis recuerdos encogidos como simples camisetas.



La vitamina del sol

Por José María Ruiz del Álamo


Sunrise by the ocean, Vladimir Kush.
Ya se sabe: los años no perdonan. La realidad nos pasa factura. Ciertamente, el tiempo puede con nosotros. ¡Ay, con lo que hemos sido! ¡Y cómo te ves por tu mala cabeza! Ya lo decía Miguel Ríos: “dormimos poco y mal, quemando la salud”. El Rock Ríos y su Bienvenidos alumbró mi primera juventud (sigo esperando a la segunda). Aún recuerdo aquella canción Año 2000, con su pegadizo estribillo: “llega el año 2000, llega el año 2000”, lejos queda ya ese inicio de siglo… Lo mismo ahora se precipitan aquellos locos años veinte.

No te desvíes, José. Al tema, al tema. Reconduciendo: el examen médico se hace necesario. Máxime con los precedentes que ostenta mi ADN: unos progenitores que padecieron una enfermedad de larga duración (eufemismo para hablar del cáncer); súmese una colonoscopia motivada por unas heces sangrantes, así como haber superado el medio siglo. Factores, todos ellos, que aconsejan pasar por la consulta médica. Y cada dos años tengo la cita. Estoy, en lo que se llama, un grupo de riesgo.

Pedazos de vida

Por Esperanza Goiri

Foto: Esperanza Goiri
He de reconocer que no soy una gran lectora de poesía. Siempre me he dejado seducir y atrapar más por la prosa. Sin embargo, hay dos poetas, que desde mi adolescencia me fascinan, Antonio Machado y Miguel Hernández. Por circunstancias que no vienen al caso, hace unos días tuve que bajarme en la estación de metro que la ciudad de Madrid ha dedicado al poeta de Orihuela. Mientras trataba de orientarme en su amplio vestíbulo para acceder a la salida que me convenía, mis ojos se quedaron literalmente pegados a uno de los grandes paneles de la pared. En tinta negra sobre fondo anaranjado, se podían leer los versos plasmados en la fotografía que ilustra esta entrada. Son los mismos que componen una estrofa de una poesía incluida en el impresionante Cancionero y romancero de ausencias.

Ya lo había leído en anteriores ocasiones, cuando era joven. Sin embargo, como suele ocurrir con frecuencia con las relecturas, la interpretación varía según las circunstancias personales. Una idea lleva a la otra, se conectan aspectos que aparentemente no tienen nada que ver. Unas líneas pueden deslumbrarte en un momento de tu vida. Años más tarde, la admiración vuelve a surgir, pero con un sentido diferente. Se mantiene la esencia, cambian los matices.

Desde la ventana



Por Juana Celestino

"No siempre es fácil notar la diferencia entre pensar y mirar por la ventana.” (Wallace Stevens)


Foto: Jan Faukner

Dejó de escribir bruscamente, leyó el texto y no encontró ni una frase aceptable. Maldiciendo en voz baja, presionó durante un instante la tecla que la devolvió a la página en blanco. Se quedó mirando por la ventana como si estuviera buscando la clave, una señal o secreto escondido en su campo visual formado por un grupo de plantas, algunos edificios cercanos y el cielo. Pensaba cómo le gustaría disponer de la capacidad que permitiera expresarse sin hacer ningún esfuerzo y realizar el deseo en el momento mismo de concebirlo; estar a salvo de la continua tensión en la que nos coloca el lenguaje cuando sabemos que él puede ser nuestra salvación y nuestra perdición. Pero si la palabra es fuerza e impotencia, concluyó que debía quedar eliminada toda posibilidad de jugar con ella eludiendo la dificultad. Si no fuera así, si se cumpliera el placentero sueño, esa indolencia, el deseo apenas existiría, sería tan solo un atisbo de voluntad donde no tendría espacio para recrearse. Podría llegar a creerse segura del todo y caer en la indiferencia de la costumbre. Si consiguiera expresar vivamente todo lo que sentía en cada instante de la vida, no dejaría nada en torno a ella, quedaría anulada la capacidad de sorpresa, de miedo, ese miedo que imprime pasión a la vida, el que empuja a la búsqueda.

Mentira y gorda


 Por Marisa Díez 



Ahora nos gusta denominarlas fake news porque nos parece más fashion utilizar una expresión de este tipo, pero en realidad se refieren a un concepto que ha existido siempre. Las noticias falsas o engañosas que corren como la pólvora por las redes sociales están destinadas a crear confusión. Utilizan la supuesta ignorancia de los sujetos a quienes van dirigidas con un fin determinado. La clase política las usa sin ningún pudor ni la más mínima ética. Cada vez es más habitual escucharlas en boca de nuestros representantes públicos sin que se les mueva un músculo de la cara. No se preocupan en desmentir lo que pregonan, ni siquiera una vez demostrada la falsedad de lo que difunden a los cuatro vientos. La mentira está prácticamente institucionalizada como método para conseguir sus objetivos políticos.

De niña llegué a creer a pies juntillas lo que podría definir como la primera fake news que recuerdo. Por aquel entonces, al no existir las redes sociales, los bulos corrían de boca en boca, en el colegio o en la calle, en nuestro ámbito más cercano, y nos dejaban casi sin defensas ante la imposibilidad de desmentirlos si no era recurriendo a la fuente de información más fiable: nuestros padres o hermanos mayores. Aquella historia inquietante de la mano negra me persiguió durante un tiempo y me dejó paralizada en alguna ocasión, incapacitándome para acudir a solas al cuarto de baño. Era un bulo cruel, dirigido a los niños, y nunca he sido capaz de comprender el sentido real que se escondía detrás de una mentira tan increíble y amenazadora.

A propósito de la moda

Por José María Ruiz del Álamo


Fotograma de la película María Antonieta, de Sofía Coppola.
Lo sé, lo sé. ¿Quién soy yo para inmiscuirme en el prolífico y proceloso mundo de la moda? Derroteros por los que apenas he transitado, así que me circunscribo a la teoría. Por disertar, en mayor medida.

De entrada, “moda” me remite a los oropeles del mundo de la vestimenta. La ropa como la gran clave del hecho que nos concita. De hecho también ha sido vuestro primer pensamiento. Lo mismo te ves en ese grado de magnificencia desfilando por las pasarelas del glamur, ser un maniquí humano, ser modelo de los modelos, creados por modistos para que lo luzcan modelos. Valgan estas repeticiones para huir de ellos y elevarnos sobre los diseñadores. Una evolución lingüística que llevaría a los arquitectos a autoproclamarse diseñadores de edificios; los electricistas, diseñadores de conexiones, o los escritores, diseñadores de frases.

Quo Vadis?

Escena de la serie Roma (2005)

Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus (Epicuro, citado por Séneca).
“Esto lo digo no para muchos, sino para ti:pues somos un público bastante grande el uno para el otro”.

Por Esperanza Goiri

No, no voy a hablar de la magnífica película dirigida por Mervyn LeRoy en 1951, interpretada, entre otros, por Deborah Kerr y Robert Taylor. Los protagonistas de esta entrada, aunque podrían perfectamente desenvolverse en la antigua Roma, son vecinos de mi barrio. La primera vez que tuve la suerte de encontrármelos fue a la salida de la biblioteca. Andaba como una urraca guardando mi “pitanza literaria” en el bolso cuando llegaron a mis oídos, pronunciadas con un varonil y grave tono, exactamente esas mismas palabras: quo vadis?

Mis básicos conocimientos de latín son los que consiguió enseñarme la señorita Marina, allá por segundo de BUP, más conocida en todo el colegio como la Latina. Más tarde, dos años de Derecho Romano volvieron a cruzar en mi camino la lengua de Cicerón. Luego la vida me fue llevando por otros derroteros y el latín quedó aparcado. A pesar de no haber perseverado en su estudio, siempre he mantenido cierta fascinación por ese idioma. Al escucharlo un día cualquiera, en plena calle y en el siglo XXI, sentí una inmediata curiosidad.

Claustrofobia





Por Juana Celestino



Imagen: mejoresfotos.eu
 


Me desperté de madrugada aún con la angustia provocada por la pesadilla de la que acababa de salir. En ella, mi cuerpo era un peso muerto que iba descendiendo con rapidez a un lugar muy profundo donde se oía un ruido ensordecedor, como si miles de máquinas estuviesen funcionando a la vez; siguió un griterío de voces que no entendía qué decían, era algo ininteligible todas al unísono, una salmodia infernal que me produjo un vértigo insoportable. La escena cambia y me veo en casa, de repente se desata un fuerte viento y oigo portazos continuos en el piso de abajo, los cuadros se caen de las paredes y un tenderete de ropa que hay en la terraza se convierte en una fiesta loca de camisas y pantalones que bailan vacíos, uniendo sus puños, entrelazando sus piernas. Salgo riéndome a carcajadas y la potencia del vendaval apenas me deja mantener los ojos abiertos, una sábana se desprende de las cuerdas y me envuelve, es blanca, pero todo se vuelve negro. Me despertó el agudo e insistente tintineo de las campanillas de viento que cuelgan en la terraza. Me vino a la mente Alicia, que siguiendo al conejo blanco cae por un profundísimo agujero, de paredes llenas de armarios y estanterías, mapas y cuadros colgados que, imagina divertida, la llevará a atravesar la Tierra hasta Nueva Zelanda o Australia donde vive esa gente que anda cabeza abajo. En mi sueño no encontré el País de las Maravillas.

Buenas intenciones

Por Marisa Díez 


Imagen:Shutterstock

Me propongo sonreír y, si es posible, reír a carcajadas, al menos un par de veces al día. Y si tengo que llorar, que sea de risa. Así, las únicas lágrimas que resbalarán por mi cara serán esas gotas artificiales que utilizo para humedecer mi crónico ojo seco. Y si acaso me permito llorar a escondidas, lo haré como terapia para equilibrar el desajuste hormonal al que me enfrento con mayor o menor dignidad, según el momento.

Me propongo preocuparme tan solo de quien se lo merece y olvidarme de los que, poco a poco o de repente, me dejaron en la estacada. A quienes yo abandoné, seguro que tendría sobradas razones para hacerlo, ya ni pienso en ellos. Se desvanecieron en mi memoria con el paso de los años y no tengo ninguna intención de reintegrarlos en mi vida. En su día me defraudaron y ahora ya no dispongo de tanto tiempo y paciencia como entonces. Me he vuelto mucho más práctica y sé que es necesario apurar el aquí y ahora sin tantas contemplaciones ni absurdos remordimientos.

La pérdida de la inocencia

Por José María Ruiz del Álamo

Gregory Peck en Matar un ruiseñor.

Lo sé, el título me viene grande, máxime cuando uno es tan banal, aunque en verdad resulta pertinente el enunciado. Abarcar este asunto tan espinoso, y en fechas navideñas (véase que la entrada toma vida el Día de los Santos Inocentes), me resultaría imposible si no lo acoto a un punto concreto. Son demasiadas las inocencias que perdemos a lo largo de la existencia para circunscribirlas a un solo texto.

Entonces, ¿por qué me aboco a ello? Simplemente, por las vinculaciones que desarrolla un cerebro ante un acontecimiento. Y mis células cerebrales se activaron cuando oí por la radio que le habían otorgado el Goya de honor a Narciso Ibáñez Serrador. En ese momento los recuerdos se agolparon: una merma de la inocencia provocaban sus imágenes.

Personal e intransferible



Por Juana Celestino


© Tommy Ingberg


A muchos nos gusta mirar al cielo; sentimos especial devoción por las aves y por los espectáculos, tanto visuales como sonoros, que estos plumíferos animales nos pueden regalar. Hay muchísimas aves preciosas e interesantes, pero yo siento predilección por las migratorias, como las cigüeñas y las grullas; estas últimas son de las más viajeras, nos visitan cada invierno surcando el cielo en bandadas numerosas y rompiendo el silencio con su característico trompeteo. Al margen de la belleza de estas esbeltas criaturas, no deja de admirarme su capacidad de orientación, ese sistema de navegación preciso que las lleva a recorrer miles de kilómetros, atravesando países y continentes, para invernar en los mismos lugares y regresar más tarde a sus criaderos de origen. Gran parte del secreto de esa brújula biológica parece estar en la memoria genética, del mismo modo que en la abeja, que hereda su habilidad para construir un panal, o en la araña para tejer con su seda la red donde atrapará a sus presas. La información necesaria para la supervivencia ya les viene dada, luego la suerte jugará su papel.

A diferencia de los animales, los seres humanos no recibimos por transmisión natural ningún tipo de información sustancial para la vida. Muy al contrario, necesitamos de un largo proceso de aprendizaje donde la disciplina y el esfuerzo son la base para adquirir los conocimientos y habilidades que nos ayuden sobrevivir en el medio laboral y social. Sí podemos heredar el talento que nos lleve a la excelencia de algo de lo aprendido, pero hay que pasar por el taller; sin un maestro es difícil obtener preparación alguna.

Días chungos






Metáfora, J.R. Rey

Por Esperanza Goiri

Utilizo el adjetivo coloquial (chungo) porque resulta muy expresivo para calificar esos días confusos y difíciles, que acechan silenciosamente y surgen cuando nada hace presagiar su aparición. No hay ningún acontecimiento dramático ni desestabilizador que justifique su visita. A priori, son un número más en el calendario. Una jornada normal y corriente como otras muchas. Pero cuando deciden llamar a mi puerta, llegan de improviso, como esos convidados inesperados e inoportunos que no han tenido la delicadeza de avisarte con antelación. Hacen notar su presencia de manera sutil, pero tangible.

Son esos días que, como dice la canción de Alejandro Sanz, “amaneces en cruz”. Nada te parece bien. El té que siempre disfrutas en el desayuno, hoy tiene un regusto agrio y menos aromático que de costumbre. Ese cuadro que elegiste con tanta ilusión como recuerdo de un viaje, que te encanta, luce menos colorido, como impregnado de una pátina gris y viscosa. Las noticias de primera hora de la mañana, que habitualmente provocan mi indignación, me dejan fría e indiferente. ¡Anda qué les den! Porque esos días eres tú y tus circunstancias, no hay cabida para nadie ni nada más. Lo ves todo patas arriba. Te cuestionas hasta tu nombre y elucubras sobre cada uno de los aspectos de tu vida. Magnificas y exageras cualquier contratiempo por nimio que sea. Lo que ayer era bueno, hoy es malo. No te aguantas a ti misma ni a los demás. Tienes la molesta impresión de estar fuera de lugar. Vamos, un asco total.

Por escribir

Por José María Ruiz del Álamo

La muerte de Marat (1793), de Jacques-Louis David

Por principio puso una letra mayúscula (al fin y al cabo cumplía con las normas ortográficas) y conformó una palabra sin pleno significado por sí misma, pero otorgándole un cariz de preposición, ya que anunciaba un comienzo sin saber a ciencia cierta cómo iba a concluir.

Por seguir con la oración, una palabra dio paso a otra para crear una frase, donde ya se hicieron palpables un sujeto y un predicado (para ser correctos), así como un sentido global. Por poner un ejemplo: el párrafo se acaba en este punto.

Mírate



Por Juana Celestino





Alberto Durero, Autorretrato (1498). Museo del Prado


Los espejos tienen poder, son capaces de confundir y engañar pero también muestran aquello que a simple vista no se ve, sacan a la luz lo que está más allá del rostro. Una experiencia que para alguno puede llegar a ser insoportable si no se reconoce o tiene la sensación de que es otra persona quien lo mira, llevándole, incluso, a experimentar estados alterados de conciencia que le provoquen ansiedad o inquietud. La cara es el reflejo del alma, se suele decir. Así lo creía Shakespeare cuando provoca que el vengativo Hamlet ordene a su madre: “¡Sentaos! No os moveréis de aquí, ni saldréis hasta que os haya puesto ante un espejo donde veáis lo más íntimo de vuestro ser”. Mirarse detenidamente en un espejo puede llegar a ser toda una aventura.