Biografías personales

Cuéntenos su historia y sea el autor del libro de su vida. Foto:Nicolai Berntsen

Historia de una empresa

Sueños hechos realidad coronados por el éxito

Cuentos personalizados

Historias con nombres y hechos a resaltar en un contexto real o fantástico. Imagen:Echi-Book

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¿POR QUÉ UNA BIOGRAFÍA?



Una biografía nos conecta con nuestro pasado, con nuestras raícesEs una herencia única, vinculada con nuestra identidad, con nuestra historia familiar. Puede ser una válvula de escape con un efecto terapéutico, y una ayuda para encontrar ese hilo conductor que nos ha llevado a forjar nuestro destino. Es un gran regalo para la familia y amigos. Una biografía nos ayudará a conocernos mejor y a ser recordados.

      Cómo lo hacemos  


Aullidos

Por Marisa Díez


Ciervo acosado por una jauría de perros (1640).  Paul de Vos 

No podría explicar con exactitud de dónde salió la pareja que se acercó a auxiliarla. Una especie de bruma cubría su consciencia. Tampoco sabía cómo había aparecido tumbada en aquel banco, en posición fetal. Recuerda vagamente que el suelo se movía bajo sus pies, que llegó a trompicones y se dejó caer, exhausta. Sólo su instinto de supervivencia consiguió sacarla de aquel portal y entonces comenzó a deambular por la ciudad como un fantasma, mientras la fiesta continuaba a su alrededor sin que ella pudiera articular palabra.

No sentía dolor ni conseguía llorar. Por un momento pensó que todo había sido fruto de su imaginación. Había leído en los periódicos que algo así podía ocurrir pero nunca imaginó convertirse en la protagonista de este melodrama. Lo último que recuerda antes de aquel delirio es haber entablado conversación con un grupo de extraños, podían ser cinco jóvenes, quizá con acento del sur, que se movían en manada, pero tampoco se atrevería a asegurarlo. En su cabeza todo da vueltas y no consigue poner en orden sus pensamientos.

Con el transcurso de los días pudo ir centrando aquellos flashes que le vienen una y otra vez a la cabeza durante el tiempo que se mantiene despierta. Y cuando duerme, la misma pesadilla. Cinco cuerpos pesados sobre ella. Con el primero intentó luchar, pero no pudo hacer nada contra su corpulencia física. Los demás, uno por uno, se la repartieron ya vencida, como un muñeco desvencijado, roto por dentro y por fuera. Quizá transcurrieran 15 o 20 veinte minutos, quizá fueran 30. Nunca podrá precisarlo porque casi desde el principio perdió el sentido de la realidad. Recuerda que gritó, suplicó, y después lloró. Más tarde, el vacío. Otra vez aquella nebulosa. Faltaba poco para que amaneciera cuando una patrulla policial la trasladó a comisaría y allí comenzó el siguiente trance. El que iba a durar hasta el día de hoy, casi año y medio después. El que tal vez no acabaría nunca.

Ella nunca volvió a ser la misma. Hubo de enfrentarse también a los demonios que impregnan esta oscura sociedad que la rodea, aún expuesta a demasiados prejuicios e incapaz de ponerse en el pellejo de la víctima, mientras, en el mejor de los casos, mira hacia otro lado. Todavía, transcurridos 17 años del nuevo milenio, debe escuchar o soportar miradas condescendientes de quienes le vienen a decir algo así como “tú te lo buscaste. Por darles cuartel”.

Había conseguido por fin sacudirse la culpa, esa misma que sintió durante las horas y los días posteriores. Una reacción común, le explicó la psicóloga que la atendió transcurrido un tiempo de aquella maldita noche. Pero seguía sin superar ese miedo acérrimo que sentía a caminar sola por la calle, cuando la noche empieza a caer. Y ese temblor imperceptible que recorre su cuerpo cuando un extraño se le acerca.

No fue su culpa y sin embargo, aún tiene que enfrentarse cada día a los comentarios que le llegan a través del anonimato de las redes sociales. Cobardes parapetados bajo un alias que la empujan a seguir escondida en su caparazón.

Ella puede que nunca consiga olvidar y la posibilidad de que los cinco protagonistas de su pesadilla acaben durante años entre rejas no le proporciona más allá de una mínima sensación de alivio, porque es consciente de que el previsible castigo penal que caerá sobre los culpables de todo este desvarío, no servirá para librarla a ella misma de su propia y particular condena.



El 156, desde luego


Por José María Ruiz del Álamo

Decalcomanie (1961) René Magritte.
Desde luego que lleva unos días muy ufano. Se cree el centro del universo. ¡A ver quién le tose! Va con el prurito subido y no se baja de su atalaya. Cierto, está en boca de todos, y no existe puerta que haya resistido su embestida. “Aquí estoy”, vocifera el muy gallito. Mas a uno ya le tiene harto y exhausto.

Malo resulta contradecirle. “No te tires al monte”, y sin embargo cabalga a galope sin freno. Presume mientras puedas, pero recuerda que siempre serás uno más, aunque desde la cuna eras un fanfarrón. “Ya verás, ya verás”…, nos decías con retintín. Ya estoy viendo.

La "despuesta"

Por Esperanza Goiri




"Soledad con sombrero", Alicia de la Campa


No os molestéis en consultar el diccionario de la RAE porque no vais a encontrar este vocablo. Sin embargo, sí se recoge en el último libro de Luis Piedrahita 222 nuevas palabras sin colorantes y con Cervantes. El término “despuesta” se define como: “Ocurrencia impuntual. Respuesta que acude cuando el interlocutor ya no está delante o cuando el estímulo que la provocó ya se ha desvanecido. Réplica brillante que permanece en la oscuridad”.

Me parece genial. Estoy segura de que, como yo, os habréis encontrado muchas veces en esas situaciones donde por más que buscas a toda velocidad una contestación inteligente, oportuna e ingeniosa para dar réplica a tu interlocutor, te quedas en blanco y encajas como puedes una doble humillación: aceptar tu torpeza y falta de reflejos y contemplar la “sonrisilla” de superioridad y triunfo de quien sabe que has perdido la batalla dialéctica.

Mentiras piadosas


Por Juana Celestino

Fotograma de Frantz (2016), de François Ozon 



El dolor es inevitable. Externo a nosotros, en cualquier momento puede sorprendernos en forma de malas noticias, pérdidas, injusticia, violencia…, e impactar en nuestra vida como un proyectil que nos hiere física o emocionalmente causándonos sufrimiento. Es una experiencia única, propia e intransferible, a la que cada uno se enfrentará según su discurso interno a partir de sus vivencias, carácter, credo o estado físico, mental y emocional. El apoyo recibido por parte de los demás, sobre todo si el padecimiento afecta a nuestro ánimo, será un elemento más a la hora de procesar el dolor. La mentira, algo que por lo general provoca sufrimiento, paradójicamente puede resultar uno de esos apoyos, un consuelo, cuando la realidad que inventamos le hace al otro la vida más llevadera.

Donde se acaba el mar


Por Marisa Díez
Bosque de las ribeiras del Tambre en Chaián (Santiago de Compostela)


No había cumplido aún catorce años la primera vez que “olí” Galicia. Unas vacaciones para hijos de empleados, organizadas por la empresa en la que trabajaba mi padre, me llevaron hasta allí durante 15 días de julio, allá por 1980. Un puñado de niños y adolescentes, repletos de ilusiones, desembarcamos en Sada, un municipio de la provincia de A Coruña, del que estoy segura, todos los que disfrutamos de aquel verano guardamos un recuerdo imborrable.

Tardé unos años en regresar; el tiempo que transcurrió hasta que pude conseguir mi ansiada independencia económica, pero cuando por fin lo hice, confieso que ese olor me embargó desde Finisterre a Santa Tecla, desde Muxía a Pontevedra o a la playa de las Catedrales. Galicia huele… ¡qué sé yo! Quizás al salitre que arrastran sus olas en el incomparable marco de la Costa da Morte, mezclado con el eucalipto de sus bosques y esa humedad que impregna el ambiente. Un aroma que te envuelve nada más cruzar una frontera invisible. “Estoy en Galicia”, exclamo cada vez que lo respiro, y esa sensación, difícil de describir, me acompaña durante todo el tiempo que permanezco en ese pedazo de tierra del noroeste peninsular.

Desde hace unos días Galicia, Asturias y hasta León, se queman. O más bien como cantaba Serrat, “alguien anda pintando el cielo de rojo”. Una sinrazón para la que no tenemos respuestas y sí muchas preguntas. Y miedo. Y desolación. Y grandes dosis de impotencia.

Mi relación con Galicia se estrechó cuando conocí a mi amiga Sonsoles, una madrileña de adopción que, a pesar de los 30 años vividos en la capital, jamás olvidó su origen ni perdió un ápice de su acento del norte. “¡Nunca tal vi!” hubiera sido su exclamación de haber estado por allí en estas jornadas tan negras. Ella me enseñó multitud de expresiones y giros gramaticales, desconocidos en mi castellano natal, que me provocaban auténtica sorpresa, cuando no un cierto estupor. Se empeñó durante años en hacerme entender el uso correcto del laísmo y el leísmo, algo absolutamente incomprensible para una oriunda del foro como yo, al mismo tiempo que me soltaba, sin ningún recato, su típico ¿lo qué? sin mover un músculo de la cara. Galicia en estado puro y sin discusión, porque Sonsoles maneja como nadie ese poder que sólo tienen los gallegos de convencerte con su “ni sí, ni no, sino todo lo contrario”. Gracias a ella mantuve inquebrantable mi devoción por Galicia. Y por su olor.

De mi amigo Manolo, orensano afincado en Madrid durante años, me asombró siempre su capacidad para mantener una conversación en castellano y cambiar, sin inmutarse y con total naturalidad, a su gallego de origen, cuando, por ejemplo, respondía a una llamada telefónica de sus padres, que nunca abandonaron su tierra. Sin necesidad de inmersiones lingüísticas ni peligrosas reivindicaciones, tan de moda en estos tiempos, los gallegos han conseguido mantener sin fisuras sus dos lenguas, sabiendo como saben, que el bilingüismo les confiere un valor cultural añadido del que no necesitan jactarse porque lo asumen como algo inherente a su propia condición humana

Un gallego es gallego desde que nace hasta que muere, aunque durante generaciones haya vivido en Argentina, Uruguay o Venezuela. Tampoco precisan salir a la calle para reafirmarse en ruidosas manifestaciones, a pesar de que siempre existió un cierto sentimiento nacionalista. Ni sacan su bandera a pasear, porque se reconocen en ella sin necesidad de excluir ninguna otra.

Galicia es para mí todo esto y mucho más. Por eso esta mañana de lunes, al observar las terroríficas imágenes de los fuegos que mostraban las televisiones, he sentido un desgarro interior que no sé bien cómo describir. Me queman Galicia y con sus bosques destruyen su olor y una gran parte mis recuerdos.

Viernes 13, ¡vaya día!

Por José María Ruiz del Álamo

¡Vaya día para publicar un artículo! Sí, ya está aquí la fecha que depara mala suerte. ¿Alguna desgracia nos acecha al doblar la esquina? ¿Somos inmunes al maleficio?

Asumimos con naturalidad que la superstición ronda durante estas 24 horas. Una situación circunscrita de unos años hacia acá. El proceso de colonización ha fructificado.

Tenemos que hablar


Coffee talks, imagen de Joshua Ness


Por Esperanza Goiri

Hace unos días iba en autobús, camino de casa, cuando se sentó detrás de mí una pareja madura. El calor del sol otoñal que entraba por la ventanilla y el rítmico movimiento del vehículo, invitaban a echarse una “cabezadita”. Me deje llevar, ajena a miradas indiscretas, protegida por las gafas de sol. En estado semiinconsciente, les oía hablar, como ruido de fondo, sin prestar atención, captando alguna palabra suelta.

Permanecieron un rato callados, cuando de repente, con tono neutro, la mujer dijo: “Tenemos que hablar”. Esas tres palabras me espabilaron rápidamente. Confieso que me puse en modo de escucha activa. El hombre, con voz sorprendida, le preguntó si pasaba algo malo. Ella contestó con evasivas, para finalmente rogarle que esperase a llegar a su domicilio. Por supuesto, él, de tanto en tanto, insistía de nuevo, pero solo obtuvo respuestas negativas. Tras varios intentos infructuosos, no volvieron a cruzar palabra. Se bajaron antes que yo. Les observé, a través del cristal, alejarse por la acera hacia su destino. El hombre, inquieto, miraba a su pareja, quien con la vista al frente caminaba con decisión.

Vivir con arte

 Por Juana Celestino


Pintura, poesía y música en el salón (1636), Frans Francken el Joven


Reconocer el valor del arte, apreciarlo, es una de las formas más hermosas de entender la vida, a nosotros mismos y a los que nos rodean. Cuando vemos una película, leemos un poema, escuchamos música u observamos una pintura intentamos buscar el significado de lo que el artista desea transmitir y lo interpretamos en función de nuestra naturaleza y experiencia vital. El lenguaje del arte, sus sonidos, cadencias, líneas y colores nos toca internamente llevándonos a un diálogo silencioso que revierte en la realidad exterior. Es una forma de autoconocimiento, lo que percibimos está en nuestro interior y lo sabemos cuando la emoción, agradable o penosa, se manifiesta sorprendiéndonos a veces con reacciones insólitas.

Ni contigo, ni sin ti

Por Marisa Díez



Tengo un grupo de amigos de lo más variopinto. Estamos juntos desde hace mil años, o así me lo parece. Desde que tengo uso de razón me he movido entre ellos. Somos nada menos que 18 personas, cada una con sus peculiaridades y rarezas, pero siempre nos hemos llevado moderadamente bien. Y sin embargo, de un tiempo a esta parte, Jorge está dando la lata con que nos quiere abandonar. Ya no se siente identificado con nosotros, no le aportamos nada y no quiere ser parte integrante de este grupo tan singular. Se larga, sin rencores, pero se va. Que lo siente mucho y patatín y patatán, pero ya está decidido y no hay marcha atrás.

Quiere volar libre y sentirse independiente, sin ataduras de amistades que obstaculizan y coartan su libertad y, en ocasiones, a su entender, le suponen un verdadero lastre que no está dispuesto a asumir ni a seguir cargando en su mochila. Piensa que lejos de nosotros se sentirá infinitamente más realizado, que la vida le irá mucho mejor sin discusiones absurdas y sin la obligación de pagar el peaje que le acarrea mantener una amistad de tantos años. El resto del grupo le observamos consternados, sin llegar a entenderlo del todo. Algunos se soliviantan más que otros; hay opiniones para todos los gustos, pero en general, nos parece una absurda cuestión de orgullo mal entendida. A dónde vas a ir tú solo, alma cándida, si llevas toda la vida con nosotros. No podrás sobrevivir, nos echarás de menos. Y cuando quieras regresar será tarde, le dicen otros, porque si te vas, te vas, para no volver, farfullan los más extremistas. Luego no vengas con arrepentimientos, que no vamos a abrir la puerta. Te quedas fuera y punto. Para siempre.

Por eso Jorge amaga, amaga, pero no termina de cruzar el umbral. Cada vez que se enfada y nos amenaza, termina por darse la vuelta y retroceder. Y nosotros le aceptamos sin reservas, aunque cada vez somos más los que alzamos la voz y le exigimos que se aclare, que no puede estar dando tanta guerra, que no es el ombligo del mundo y que tenemos otros asuntos infinitamente más importantes de los que ocuparnos. Jorge nos tiene ya más que aburridos, hastiados de la película que se tiene montada, en la que sólo ve ventajas y apenas ningún inconveniente. Es difícil que lleguemos a entenderle, acostumbrados como estamos a mantener inquebrantable nuestra amistad, a pesar de los inevitables roces que surgen por la convivencia de tantos años.

Cada septiembre, a Jorge le entra la misma paranoia. Este año llevaba más tiempo insistiendo en cumplir esa especie de reto y hace unos días le dio por hacer una demostración de fuerza, un poco impostada, la verdad, y muy exagerada. Abrió la puerta de la calle de par en par y gritó que no había vuelta atrás y que en unos días se iría sin remedio.

A nosotros ya nos tiene más que hartos; casi queremos ya que se marche para siempre. Es un plasta con tanta amenaza. Nos gustaría verle sobrevivir sin nosotros, a los que acude con la cabeza gacha cada vez que se siente solo y necesita ayuda. Es un egoísta, le espetamos, y con su actitud sólo demuestra un egocentrismo absoluto y extremadamente ingrato.

Y sin embargo yo no creo que al final decida marcharse. El día que le pongan sobre la mesa todos los inconvenientes que le va a suponer dejar de pertenecer a un grupo tan heterogéneo y disperso como el nuestro, recogerá velas de nuevo y callará durante un tiempo, hasta que le vuelva a entrar la neura. Y vuelta a empezar.

A Jorge le gusta que le llamen Jordi, a pesar de que el nombre en castellano es, a mi entender, mucho más bonito. Pero le respetamos, le llamamos así y punto, porque es su nombre y es su idioma. Jorge, digo Jordi, es muy orgulloso pero no es mala gente. Yo creo que en realidad lo que de verdad le pasa es que está muy mal aconsejado y se ha creído a pies juntillas ese mundo idílico que le han asegurado que va a encontrar detrás de la puerta. Es que Jorge, es decir Jordi, en el fondo es un soñador y los sueños, pues eso, sueños son. Tampoco hace daño a nadie.

Al final este Jorge siempre nos hace lo mismo, amaga, nos amenaza, pero no acaba de rematar la faena. El otro día le cogí en un aparte y se lo canté, en plan bolero, porque ya se sabe que la música siempre ha hecho extraños compañeros de viaje: “Ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio: contigo porque me matas; sin ti, porque yo me muero”. Y no le quedó más remedio que darme la razón.

Cine de verano


Por José María Ruiz del Álamo

Atrás quedó agosto. Septiembre nos recibe con una sonrisa. Estamos de vuelta. Concluyen los días que se imponen a las noches. Decimos adiós al periodo estival. Las vacaciones ya son recuerdo. ¿Hemos vivido unas jornadas satisfactorias? En todo caso, ¡que la felicidad reine en los corazones!

Los días de baño en el mar se prorrogan, efecto del calentamiento global; y sin embargo las piscinas echan el cierre. La manga corta se adentra en el otoño. Los helados ya se toman durante todo el año. Esperemos que el estío finalice en octubre. ¿Perdurará el calor en noviembre?

Si las almohadas hablasen…


Por Esperanza Goiri

Fotograma de Lost in Traslation (2003), de Sofia Coppola


No, no me he equivocado. Ya sé que el dicho popular es diferente: “si las paredes hablasen”, dando a entender lo que estas podrían contar sobre lo que ocurre dentro del espacio que delimitan. He cambiado la expresión porque me parece mucho más inquietante que fueran las almohadas las que tuvieran el don de la palabra. ¿Os imagináis?

Solo hace falta echar la vista atrás para darnos cuenta de la cantidad de recuerdos y vivencias que van asociados a ese elemento doméstico, mullido e íntimo. En la niñez nos sirve para mitigar los miedos y terrores infantiles. ¿Quién no se ha dormido agarrado con fuerza a ella o se ha escondido debajo de sus plumas para no ver a los monstruos y duendes que acechan en la oscuridad? ¿Quién, de chiquillo, no la ha utilizado de arma, contra hermanos o amigos, en feroces batallas donde la lesión más grave posible era acabar en el suelo despeinado y muerto de risa? ¿Quién a los quince años, como decía la canción, no ha vertido sentidas lágrimas por desengaños de amor o amistad, ocultando la cara en su cálido cobijo?

Peregrinos



Por Juana Celestino


Mojón que indica la entrada a la ciudad de Santiago de Compostela



Me gusta caminar. Sin más, sin rumbo predeterminado, en un caminar aparentemente improductivo. Digo “aparentemente”, porque aunque no sea mi intención la de llegar a un destino concreto, andar me estimula a pensar, divagar y fantasear. El punto de partida o llegada es lo de menos, la meta se relativiza y lo que de verdad importa es lo impredecible que surge mientras pongo un pie delante del otro y puede llevarme a una imagen o a reformular una cuestión que parecía tener resuelta, a trasformarme por dentro. «La mente es una especie de paisaje y caminar es un modo de atravesarlo», dice Rebecca Solnit en su fascinante libro Wanderlust. Una historia del caminar. También me gustan los caminantes y los relatos de sus andanzas, pero más aún los que hacen del caminar un gesto revolucionario, como esos grupos que un día se pusieron en marcha desde lejos, desde muy lejos, y aún resisten: caminantes por la paz o los derechos, ecologistas, obreros… Esos mineros asturianos y leoneses que alguna vez hemos visto avanzar por carreteras empujados por sus reivindicaciones, dando sensación de calma y sosiego, pero al mismo tiempo marchando hacia adelante con ese paso firme y decidido que da la fuerza del colectivo. Admirable.

Sin mí no soy nada

Por Marisa Díez


La metamorfosis de Narciso (1937). Salvador Dalí.


Me sorprenden las personas que están encantadas de haberse conocido. Son felices en ese mundo que han construido a su medida, en el que se desenvuelven como pez en el agua porque nada ni nadie les hace sombra. Desconocen el valor de la humildad y consideran que triunfar en la vida está únicamente al alcance de unos pocos, entre los cuales, por supuesto, se encuentran. Pero no es culpa suya y por eso no ven la necesidad de pedir perdón ante el agravio comparativo con sus semejantes, que no han tenido la suerte de estar tocados por la varita mágica. Son casi perfectos y así lo asumen. Si tú no estás en el grupo de los elegidos, mala suerte. Bastante hacen con permitirte formar parte de su círculo vital. Deberías aprender de ellos.

Todos nos hemos topado alguna vez con personajes de este calibre. No siempre son conscientes de interpretar ese rol y la mayoría de las veces obran sin mala fe, pero si he de ser sincera, me resultan cargantes. Cuando deciden revestirse de cierta modestia, esconden mínimamente su falsedad. Y si se permiten el lujo de escuchar en algún momento detalles de tu aburrida existencia, no escatimarán miradas de reproche o, lo que es peor, disfrazadas de auténtica lástima.

Cambio de firma

Por José María Ruiz del Álamo

Texto y firma de Cervantes.
Probablemente resulte egoísta por mi parte; quizá la lucha estaba perdida de antemano; quizá sea más honesto presentarme de esta manera, pues así me hallo y aquí me encuentro.

Bien podía haberlo pensado antes, pero en aquel entonces este mundo de internet no existía. No te perdías en el conglomerado de las búsquedas. Mi firma resultaba única, sobre el papel quedaba impresa, máxime cuando solo escribía de cine, y en ese esfera todo se reduce.

"Y sin embargo, se mueve"

Galileo y Viviani de Tito Lessi

Por Esperanza Goiri

Esta conocida frase que se atribuye a Galileo, pese a que nunca la pronunció, refleja una verdad incuestionable: el mundo gira. ¡Pues vaya descubrimiento!, pensaréis. El astrónomo italiano, tras estudiar las teorías de Copérnico y realizar complejos experimentos y cálculos, llegó a la conclusión de que nuestro planeta rotaba alrededor del Sol y no era el centro del universo como se creía. Pagó cara su osadía: denuncias, procesos ante el Santo Oficio, calumnias y arresto domiciliario fueron, entre otras, las consecuencias que sufrió por su rompedora teoría heliocéntrica.

Desde entonces aceptamos como un hecho indiscutible que la Tierra orbita en torno al astro rey. Además, pivota sobre su propio eje en movimiento continuo. No para, como el popular conejito rosa de una conocida marca de pilas.

Al margen de cuestiones científicas, que siempre me producen pasmo, estupor e infinita admiración, porque me veo incapaz de comprender ese y otros fenómenos similares, todos hemos percibido alguna vez esa sensación de que, pase lo que pase en nuestra vida particular, efectivamente el mundo sigue girando insensible e indiferente a nuestros avatares personales.

Raíces


Por Juana Celestino



Vista de La Siberia desde el castillo de Puebla de Alcocer (Badajoz).  Foto de Arturo Finch.

Durante mi juventud pasé algo más de un año viviendo en Grecia. Recién terminados los estudios, y sin una idea clara de qué quería hacer con mi vida, volé al país que tanto deseaba conocer por ser la cuna de la civilización occidental. Con poco dinero en el bolsillo, trabajé durante los primeros meses en la recolección de naranjas, abundantes en el Peloponeso donde recalé, en compañía de jóvenes extranjeros deseosos de conocer mundo como yo; más adelante, ya con algunos conocimientos rudimentarios de griego moderno, me dediqué a dar clases particulares de español a estudiantes amantes de la cultura española. Fue mi primer viaje en solitario, lo que me facilitó ser porosa a unas experiencias vitales que conformaron algunos aspectos de mi manera de ser. Nunca me sentí extranjera allí. Si bien fueron Aristóteles, Homero, Pitágoras, Aristófanes o Pericles, la antigua Atenas, Delfos o Micenas los que me reclamaron en un principio, durante mi estancia serían ciudades como Argos, Nafplio o Kalamata, y personas como Marina, Takis, Evangelos, Adonia, Tassos y muchos más, los que hicieron que Grecia llegara a ser un país entrañable. Aunque hace años que no lo visito, para mí es como esos amigos que por muy de tarde en tarde que los veamos, al llevarlos dentro, el reencuentro se da con la misma naturalidad que si nos hubiéramos visto el día anterior; así creo que será mi sentir el día que pise de nuevo suelo griego. Algo parecido me ocurre con la vecina Portugal, si no por haber entablado allí estrechas relaciones de afecto con portugueses, sí por la frecuencia con la que la que la visito, por su belleza y las acogedoras gentes que hacen que me sienta como en casa.

Señales en el horizonte

Por Marisa Díez

Imagen del rayo verde en California. El Universo hoy.



Me pareció distinguir un destello de luz verde al final del atardecer, con el sol a punto de esconderse en el horizonte. Un instante nada más, pero el reflejo lo percibí a lo lejos mientras apartaba la vista de los últimos rayos de sol, que amenazaban con cegarme. Algo se removió en mi interior y sentí cómo una mano intangible se posaba sobre mi hombro y me decía que era necesario conservar la calma.

Días atrás, había tenido un sueño extraño durante la noche. Encontraba la casa de mi madre completamente en obras. Al llegar allí, como cada día, la puerta de la calle estaba abierta y, en la entrada, uno de los albañiles me impedía el acceso hasta que la reforma estuviese completamente terminada. No quedaba en pie nada más que el pasillo, porque el resto había quedado reducido a escombros. Tenían que volver a levantarlo todo de nuevo. El obrero, al que no conocía, me explicaba sin pestañear que cuando terminasen la obra, aquella casa no la reconocería nadie porque no tendría nada que ver con la anterior. Entonces me dirigí, asustada, a casa de mis vecinos, los de toda la vida, y pude comprobar con alivio, que allí todo seguía igual que siempre. Eran los únicos en todo el bloque que mantenían intacta su vivienda, porque los seis pisos restantes de los que consta el edificio habían cambiado de repente toda su fisonomía, resultándome completamente extraños. Me desperté sobresaltada y un poco aturdida, con una intensa sensación de angustia que me duró el resto del día.

Dicen que todos los sueños tienen su significado, algo que empecé a vislumbrar tan sólo unos días después. El capítulo semanal de una serie de televisión que sigo desde hace años se refirió a la existencia del rayo verde, aquel último destello que sólo algunas personas pueden llegar a distinguir en el momento final de un atardecer. La primera descripción se la debemos a Julio Verne: “Si existe el verde en el paraíso, no puede ser más que este verde, que es, sin duda, el verdadero color de la esperanza”. Y a partir de entonces surge la leyenda. Algunos piensan que si dos personas son capaces de percibirlo a la vez, estarán predestinadas a vivir enamoradas el resto de sus vidas. Otros creen que en el mismo instante en que esa luz se hace presente, un alma está volviendo a la tierra desde el reino de los muertos.

Leyendas aparte, continué dando vueltas al significado de mi sueño, para el que encontré diferentes versiones. Algunas me gustaban; otras simplemente las rechacé por inconvenientes y dolorosas. Y no me preguntéis por qué, pero tuve clara la extraña relación que unía mi sueño con el reflejo verde del atardecer. Mi natural agnosticismo en cuestiones de fe me impide aceptar cualquier referencia a la reencarnación de las almas. Yo sólo creo en las señales, que debes ser capaz de interpretar. Tampoco sé quién las envía, ni el lugar exacto donde van a aparecer, pero me gusta pensar que se reciben en el momento en el que nadie más que tú las puede entender, y me entretengo pensando quién, de entre todos los que se marcharon, se esconde tras ellas. También es posible que todo sea fruto de mi imaginación y la luz verde sólo se viera reflejada en mi subconsciente. Pero algún suceso a mi alrededor, en aquellos días, me confirmó que siempre es posible construir de nuevo lo que ahora está en ruinas, aunque para ello sea necesario empezar de cero. Únicamente tienes que parar un momento y buscar el rastro que deja el último rayo antes del anochecer. Si te fijas bien, seguro que eres capaz de distinguirlo.

 

El caso de las gafas progresivas


Por José María Ruiz del Álamo

Gafas olvidadas, Vladimir Kush

El señor De Mantua vino desde el más allá. Atravesó el espejo, se aproximó a la mesa de la ruleta y con la punta de su bastón señaló el número 13. En ese momento cerré el ojo derecho. El uno y el tres se unieron en la pantalla del televisor. El síntoma aparecía de nuevo.

¿Quién puede olvidar la primera vez? Un inocente verano intentando cubrir el largo de la piscina buceando. Los ojos abiertos para no chocar con otro nadador, mientras el cloro bailaba sobre las pupilas. No logré el reto, aunque fueron muchos los metros avanzados.

Zapatos, zapatillas y pies. Recuerdos de infancia, III

Foto: Pixabay


Por J. Teresa Padilla


Cuando era niña, en el parque de El Retiro, había un pequeño túnel levantado sobre un canalillo de agua nada profundo que desembocaba, creo recordar, en el estanque del Palacio de Cristal. Estaba diseñado para recorrerlo a pie, y con este fin se habían dispuesto a lo ancho unos tablones de poco más de un palmo, no completamente fijos ni inmóviles, entre los que se había dejado un espacio suficiente para que se colara, al menos, un pie infantil. Aquellos tablones se balanceaban ligeramente al pisarlos, y ni tan siquiera podías confiarlo todo a tu pericia, pues había más paseantes que, transitando en una u otra dirección, también los hacían moverse cuando menos te lo esperabas. Mis hermanos corrían sobre ellos pasándoselo en grande y acrecentando mi pánico, más que a introducir el pie en aquella miaja de agua, a la bronca de mi madre por haber mojado, y quién sabe si estropeado, los zapatos bonitos, los de los domingos.

Creemos que el tiempo es como el espacio, un continuo, pero quizá no haya dimensiones más diferentes entre sí que éstas. En realidad, ni siquiera lo creemos. Lo damos por supuesto, no lo hemos pensado ni sentido en serio. Por eso cuando leemos buenas novelas en que se narran vidas (y la vida es tiempo y nada más) jugando con los recuerdos y la quietud pétrea de los espacios, familiares o extraños, entramos en otra dimensión. La de los sueños y la ficción, es cierto, pero también la de una auténtica conciencia del tiempo que es nuestra propia existencia. Y entonces percibimos el pasado como lo que es, y no esa historia cronológicamente ordenada y llena de acontecimientos, unos recordados y otros olvidados, pero registrados en su lugar (una metáfora espacial, cómo no) y, en teoría, recuperables con la debida investigación y papeleo. El pasado no es un archivo. Es más bien un pasadizo oscuro en el que flotan, aquí y allá, esos tablones, más inestables que los de mi Retiro infantil, que son los recuerdos. Sin darte cuenta pisas uno de ellos, y parte de ti y de lo que viste o sentiste hace un millón de años te viene a la cabeza. Entonces puedes esforzarte por encontrar un hilo que lo vincule con otros momentos conservados en tu memoria y forme ese collar de perlas, más perfectas cuanto menos auténticas, que acaba en el presente y, no se sabe bien por qué, te gustaría que fuese tu pasado, tu vida. Puedes engañarte y convertir así tu existencia en una serie de nacaradas cuentas con unas coordenadas espacio-temporales claras, o puedes reconocer la brillantez de esas piedras de río sueltas y aisladas que encuentras mientras mantienes el equilibrio sobre tablones resbaladizos. Cuando comencé a escribir aquí mis recuerdos de infancia, opté por lo último: puede que no sea tan espectacular como un collar de perlas cultivadas, pero estas verdades dispersas, esos cantos pulidos anárquicos en su forma y color, siempre son, por mal que coticen en los mercados de piedras preciosas, más bellos. A mí me lo parecen. Y aunque nunca se escribe sólo para uno mismo, se escribe siempre también para uno mismo.

Empecé recordando a una niña de un curso superior al mío entrando en mi clase con unos zapatos escolares en la mano, y este recuerdo, nítido y doloroso, despertó el más amable de los paseos por el Retiro con los zapatos de los domingos; el de aquel túnel que me atraía tanto como repelía; el de la decepción en que sumía a mi madre mi supuesto maltrato a este complemento y su venganza: comprarme para el colegio una especie de “tanques” indestructibles que me hacían sentir como un militar de maniobras entre esas monadas de mocasines castellanos que lucían las demás. También el recuerdo de mi hermano en zapatillas de estar por casa cuando nos disponíamos a entrar en el taxi que nos llevaría a la parroquia donde hice la primera comunión; de las burlas de mis vecinos por no llevar las deportivas de marca conocida y respetable; de las rozaduras provocadas por aquellos zapatos baratos de “Los Guerrilleros”; de lo feos que me han parecido siempre los pies de hombre y los míos propios, con esos dedos largos que no quedan bien con ninguna sandalia; de la alegría de encontrar en la edad adulta a alguien que compartía conmigo ese miedo y horror por los pies desnudos. Ahora me arrepiento de no haberle enseñado nunca mis pies, a ver qué opinaba. Lo mismo estoy a tiempo, que no será difícil de localizar, pero quizá no se acuerde de aquello, del miedo que le daban los pies, y pocas cosas duelen como descubrir que lo que tú crees un recuerdo compartido no lo sea ya. Te sientes olvidada y sola, así que prefiero no contrastarlos nunca.

Todo este flujo de recuerdos ha terminado manando a partir de uno de esos cantos pulidos que te permiten un punto de apoyo desde el que adentrarte en el túnel del pasado: los zapatos de Sara. Sara era una niña nueva en el colegio, de pelo rizado y muy rubio, casi albino. Nos hicimos amigas. Ella era mi amiga. No tenía otra más cercana. Éramos pequeñas. ¿Siete u ocho años? Como mucho. Un día faltó a clase. A media mañana su hermana, varios años mayor pero igual de rubia y pálida que ella, entró en nuestra clase con todas sus cosas y se dirigió hacia la profesora para justificar la ausencia. Mi recuerdo, aquello de lo que en aquel momento no pude quitar los ojos, fueron los zapatos de Sara, que su hermana llevaba en la mano. ¿Dónde podía ir o estar alguien sin zapatos? Y descubrí el horror de la pérdida. No importó que la profesora explicara luego que había sufrido un atropello, pero que estaba bien. Ni la serenidad de su hermana, que corroboraba la levedad del accidente. Yo perdí a Sara ese día como si hubiera muerto porque una mañana no llegó ella a clase, sino sólo sus zapatos. La perdí para siempre. Estaba de paso. Supongo que para cuando se recuperó había cambiado de colegio. O puede que volviera durante un tiempo, hasta el fin de aquel curso, y yo, obsesionada con el descubrimiento de la hondura y rotundidad de la pérdida que me provocaron sus zapatos, fuera incapaz de verla como antes. Aún hoy he de reconocer que he olvidado su rostro, que sólo vislumbro a través del de su hermana, tan parecido al suyo.

Un recuerdo insignificante para todos excepto para mí. Tan vulgar como esos cantos pulidos que me gusta guardar y por los que jamás nadie pagaría. Pero determinante. Y es que no puedo ver un zapato sin dueño sin pensar en aquello, en el misterio terrible de la desaparición de quien lo calzó.