Biografías personales

Cuéntenos su historia y sea el autor del libro de su vida. Foto:Nicolai Berntsen

Historia de una empresa

Sueños hechos realidad coronados por el éxito

Cuentos personalizados

Historias con nombres y hechos a resaltar en un contexto real o fantástico. Imagen:Echi-Book

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BIOGRAFÍAS Y MEMORIAS FAMILIARES



Una biografía nos conecta con nuestro pasado, con nuestras raícesEs una herencia única, vinculada con nuestra identidad, con nuestra historia familiar. Puede ser una válvula de escape con un efecto terapéutico, y una ayuda para encontrar ese hilo conductor que nos ha llevado a forjar nuestro destino. Es un gran regalo para la familia y amigos. Una biografía nos ayudará a conocernos mejor y a ser recordados.

      Cómo lo hacemos  


El día que vi "Á bout de souffle"

Por José María Ruiz del Álamo 



Fotograma de la película "Al final de la escapada".
No debía haber visto Al final de la escapada (título con que se estrenó en España), razones varias así lo atestiguarían, pero como uno de vez en cuando es un ser voluble y cambia su pensar de un momento a otro. La naturaleza me pierde, porque sin saber lo que me deparaba derivé hacia la sala de un cine.

No era un día como otro cualquiera, tal vez sí. Pongamos que sí. Como cualquier jornada del verano de mi juventud (valga decir adolescencia), barbilampiño y melena al viento, cual zagal venturoso partí a primera hora a clases de recuperación. Las zarandajas matemáticas eran mi desatino. Circunstancia tal también se extendía a los idiomas, siendo el francés un suplicio para mi alma. Cuita la mía, que entre ambas lecciones tres horas quedaban en blanco. Un tiempo que mataba entre chapuzones en la piscina y algún partido de tenis.

La caja de botones


Por Esperanza Goiri

Imagen: Bluemorphos

El único suspenso escolar de mi vida fue en Pretecnología (de ese nombre no se podía esperar nada bueno). Cursaba quinto de la EGB y la señorita Pilar se empeñó en enseñarnos diferentes puntos de costura en una tela de panamá. En junio mi labor era un guiñapo atravesado por hilos de colores sin orden ni concierto. Ese verano, para recuperar, mi madre me puso a coser una hora al día en un paño nuevo. En septiembre fue presentado con orgullo torero ante la crítica mirada de la profesora. Me acuerdo perfectamente de sus palabras: “Goiri, bien, lo que se dice bien no está, pero le has puesto empeño”. Conseguí aprobar, pero juré no volver a tocar una aguja. El tiempo diluye esas declaraciones grandilocuentes. Cogerla sí la he cogido, no me ha quedado más remedio, aunque lo único que hago, si no bien, al menos decentemente, es coser un botón.

Los botones siempre me han gustado como objeto al margen de su utilidad. Tienen el poder de realzar o devaluar una prenda. Basta cambiarlos para que un vestido o una camisa parezcan distintos, sobre todo en estos tiempos en los que intentan que vayamos todos uniformados. Mi madre, cuando desechaba la ropa, siempre los descosía con cuidado y los guardaba en una caja para reutilizarlos. Algunos de su época son pequeñas joyas por la calidad de su material y la originalidad de su diseño. Ya no los fabrican así. Al cerrar la casa familiar heredé su caja de botones en la que metí todos los que yo había acumulado por mi cuenta. Pasé a tener superávit de botones. Ello implica buscar y rebuscar, fatigosamente entre tantas opciones, el modelo del tamaño, número y color requeridos. Así que el pasado Viernes Santo, ante una larga y tristona tarde de confinamiento, acometí la tarea de poner un poco de orden en ese maremágnum de formas y colores. Las tareas manuales siempre me relajan. Entre mis dedos se fueron deslizando los botones de pasta de trajes y abrigos paternos; unos azules, como gominolas, de un abrigo infantil con el que me sentía arrebatadora; los de las blusas de mi madre forrados en seda; unos de asta de las trencas juveniles; de madera con forma de coche de una chaqueta de mi hijo… los recuerdos asociados a esas pequeñas piezas fueron cayendo en tromba como la lluvia que mojaba Madrid.

Bandera roja


Por Marisa Díez




Hace tiempo que no tengo un sueño feliz. Me refiero a uno de esos capaz de dejar en tu rostro esa extraña huella de satisfacción que no entiendes bien de dónde procede. Cuando empiezas a desperezarte eres consciente de haber sido protagonista involuntaria de una historia que terminó en el momento que despertaste. Y te quedas con cara de tonta al comprender que nada de lo que acabas de disfrutar pertenece a la esfera real. Puede que te hayas trasladado “al sitio de tu recreo”, que gozaras de la compañía de quien está lejos o de un encuentro con alguien que hace tiempo se marchó. Todo era casi tangible y ahora, ahí estás, maldiciendo por haberte despertado. Sabes que es imposible regresar a tu sueño por más que quieras intentarlo, y lo harás, esta misma noche.

De un tiempo a esta parte no hago otra cosa que dar vueltas en la cama. A la izquierda, a la derecha, boca arriba o boca abajo. Me levanto, bebo un vaso de agua, cojo un libro o me tumbo en el sofá. Soy incapaz de dormir más de dos horas seguidas y eso dificulta la probabilidad de sumergirme en un sueño más o menos estimulante. A veces pienso que dedico demasiadas horas al día a soñar despierta y cuando llega la noche no me queda otra que cerrar los ojos e intentar relajarme. Mi cabeza me suplica que la deje descansar y por eso no consigo imaginar dormida nada que supere a lo que ya he fabulado durante el día. Dicen que a lo largo de la noche tenemos varias etapas oníricas y sin embargo hace siglos que cuando me despierto no recuerdo nada. Positivo, me refiero, porque las sombras sí que me acechan a menudo, aunque decido olvidarlas desde el momento en que comienzo la jornada.

Pero a mí me gustaría seguir soñando también dormida. Podría viajar a mis lugares de referencia, los que ahora y en un futuro incierto, se han convertido en una quimera. Hace unos días, un poco angustiada por no sentir el sol en contacto con mi piel, me tumbé en el suelo de la habitación a la hora en la que los rayos entran con más fuerza. Y ahí mismo, con los ojos cerrados, escuché con claridad el murmullo del agua entre las piedras. Por unos minutos me evadí, recordando los buenos momentos, las risas, los abrazos… Y después, como en un quiebro, pude escuchar el sonido de las olas cuando rompen en la playa, mientras en el aire ondeaba la bandera roja ante un mar embravecido. Abrí los ojos y el presente se mostró de golpe y sin tapujos. Ahí estaba yo, tirada en el suelo de la habitación, intentando escapar de este encierro que cada día me resulta más inverosímil.

Nadie había imaginado, ni por un momento, que tendríamos un papel protagonista en esta película de terror. No estábamos preparados ni lo vimos venir. Y ahora somos incapaces de ver el final, de la misma manera que no supimos vislumbrar el principio. Cada día me observo en el espejo, intentando descubrir si la imagen que encuentro reflejada es la misma de hace unas semanas. Podría pensar que sí, pero dudo. Quizá antes sonreía con más fuerza o aquella arruga se veía mucho menos pronunciada. No estoy segura, pero temo que al final de este encierro, nosotros, los de entonces, ya nunca volvamos a ser los mismos.

Hace tiempo que no consigo soñar de noche lo que imagino de día. En un rato voy a tomar de nuevo mi dosis necesaria de vitamina D. El sol entra en mi habitación alrededor de las doce y parece brillar con una fuerza desconocida en este cielo tan azul que estos días luce Madrid. Pero acechan nubarrones grises en el horizonte y mucho me temo que en breve ondeará de nuevo la bandera roja.

Biblioteca de Javier y Pili

Por José María Ruiz del Álamo

Librería de la Cuesta de Moyano. EFE.

Nada como sentarse en el sofá un sábado a mediodía, máxime cuando los rayos del sol comienzan a atravesar el cristal del balcón y tornan a posarse en él. Allí me arrebujo. ¡Qué gustito, qué a gustito! Música, bebida y una novela completan la naturaleza (no muerta). ¡Cómo luce el astro en este febrero 2020!

Hora y media de absoluta calma. Atrás dejo los quehaceres de la semana, ya el domingo me plantearé nuevos avatares. Cada quien marca sus horarios, a esa libertad me atengo. Paz, para qué más. Al tocadiscos le encanta Ennio Morricone, un cubito de hielo demanda el vermut, y un lance con la prosa de Simenon. Concretamente, Maigret en los bajos fondos.

La piscina



Por Esperanza Goiri


Imagen: ddzphoto
Mi edificio no tiene piscina, lo que podría calificarse de rareza ya que el resto de los colindantes, de la misma época, disponen todos de una. Personalmente no me importa, nunca me han atraído las piscinas y mucho menos las comunitarias. El caso es que tenemos vistas directas a dos de ellas. Cuando mi hijo era pequeño me daba pena porque, en verano, en muchas ocasiones le pillé pegado al cristal de la ventana observando las evoluciones acuáticas de los vecinos. Se parecía a esos niños que arriman sus naricillas al escaparate de una juguetería alejados de los tesoros expuestos por un frágil vidrio. Trataba de consolarle, con escaso éxito, argumentando que él disfrutaba durante unas semanas del mar Cantábrico que era infinitamente mejor. Medio en broma medio en serio, todavía se queja de esa carencia.

Es justo reconocer que, aun en plena temporada “piscinera”, al tratarse de dos comunidades pequeñas y cívicas, no provocan los ruidos e inconvenientes asociados a ese entorno. Así que durante el día me olvido por completo de su existencia. Sin embargo, admito que, en alguna tórrida noche estival, asomada a la ventana, me he quedado absorta observándolas. Las piscinas están separadas por un muro medianero, pero tienen casi el mismo tamaño y quedan paralelas. En la oscuridad, iluminadas por sus focos interiores, destacan como dos enormes ojos. Difieren en su color, una es de intenso turquesa; la otra, de un verde azulado. Al igual que las personas y animales con heterocromía, esas pupilas acuáticas producen un efecto inquietante y sugestivo al mismo tiempo. No soy la única atrapada por su influjo. En su contemplación, más de una vez he coincidido con un hermoso gato negro, uno de los muchos que viven en el solar próximo. Siempre llega solo. Tras saltar la pared, pasea majestuoso y elegante por el bordillo de la piscina hasta dejarse caer con indolencia en un punto concreto, al lado de una de las escalerillas. Ambos compartimos el espacio, próximos pero ajenos el uno del otro. Yo, dándole vueltas a esos pensamientos, a veces absurdos, que asaltan a los insomnes. Él, sumido en razonamientos gatunos, cualesquiera que sean. Los dos disfrutando de la tranquilidad nocturna y de la sensación de frescor proporcionada por el agua.

Burlas del destino


Por Juana Celestino


Chair Car (1965), de Edward Hopper


Cuanto más envejecía menos le interesaba el futuro. Tenía algunos ahorros y una pensión decente, pero sus días eran de una pobreza existencial extrema. No es que el trabajo que había desempeñado a lo largo de su vida fuera algo del otro mundo y le dejara un gran vacío. Al contrario, había estudiado una carrera que no le importó ni mucho ni poco y toda su trayectoria laboral se podía resumir en reuniones interminables y horas de engorroso papeleo. A diferencia de sus compañeros, no vio en la jubilación forzosa una señal, el empujoncito que algunos necesitan para saltar a la siguiente etapa, la de recapitulación, y sentarse en su sillón favorito a reflexionar sobre el porqué de las cosas o a disfrutar del ocio y las aficiones. No era su caso. Ya había realizado todas las tareas convencionales —madurar, buscar trabajo, casarse, tener hijos—, y se le estaba acabando la cuerda. No esperaba nada de la vida. Las emociones de la juventud habían menguado sin ser sustituidas por otras nuevas. Ni tan siquiera la evocación de gratos momentos le servía de estímulo: aquel enamoramiento que cambió su vida ahora se presentaba en su memoria banal e impreciso; aquellas vacaciones exóticas, la carrera deportiva que ganó en la escuela… Recuerdos que “ya no me conmueven”, se sorprendió diciendo en voz alta mientras miraba por la ventanilla del tren. Quizá porque no se había implicado realmente en ello: se dejó arrastrar a un matrimonio impulsado y organizado principalmente por su pareja; por la misma razón conoció otros países, aunque siempre le dio pereza viajar, y puede que esa medalla deportiva la ganara porque sabía que su padre se sentiría orgulloso. En realidad, su vida había sido un continuo esfuerzo por encajar en unos parámetros familiares, sociales y laborales y no se molestó en pensar si se ajustaban a la clase de persona que era y a lo que deseaba.
De pronto reparó en que estaba de pie y abandonaba su asiento; con cierta parsimonia atravesó el vagón hacia la puerta de salida y la abrió tirando con fuerza. Había tomado una decisión, y un entusiasmo que no sentía desde hace tiempo sustituía ahora a su anterior indiferencia. El viento azotaba su rostro, dio un paso y vaciló, no por indecisión, sino para calibrar mejor las posibilidades de éxito. El paisaje que atravesaban le pareció demasiado llano para su propósito, conocía el recorrido y creyó conveniente esperar hasta llegar al desfiladero antes de entrar en el túnel; entonces lo haría. No se trataba de una fuga, sino la salida voluntaria de un escenario al que se había subido sin ser consciente de su consentimiento. Era un acto de libertad. Esperaba el momento idóneo para dar el salto, cuando la máquina de un bandazo le hizo perder el equilibrio y golpeó contra la puerta su cuerpo que rebotó hacia el exterior. Rodó por la despreciada llanura al tiempo que llegaba a sus oídos el estruendo provocado por el choque de trenes. Con tan solo algunas magulladuras y rasguños causados por la maleza, contempló con perplejidad el amasijo de hierros en que se había convertido su vagón.

Acaece

Por José María Ruiz del Álamo

Golondrina - Amor (1934), de Joan Miró.
Un segundo y acaece la vida. Dichosa palabra sin poesía, prosa universal: vida. No busques un verso, asfixiado queda por la hipoteca; dada a la prosopopeya, ¡menuda epopeya!, sin pompa y con mucha circunstancia.

Siempre en el crecer acaece el ser: arroyo volcánico de sentimientos, profundo lago de reflexión, catarata de tribulaciones administrativas, río de la vida, charco nigérrimo, afluente reverberante y océano de soledad.

De carne y hueso

Por Esperanza Goiri


Marilyn Monroe firmando autógrafos para sus fans en 1953. Foto: Milton Greene

En uno de los capítulos de la magnífica serie inglesa The Crown, el duque de Edimburgo aprovecha el paso por Gran Bretaña de los astronautas norteamericanos Armstrong, Collins y Aldrin, para solicitarles una entrevista a solas. Los admira profundamente, tras seguir toda la aventura espacial por la televisión, y le ilusiona compartir con ellos una audiencia privada, sin testigos. Protocolo le concede un cuarto de hora que, a priori, le parece muy poco tiempo para conocer a semejantes fenómenos. Sin embargo, cuando los tiene delante, enseguida se palpa su terrible decepción ante las respuestas y reacciones de sus interlocutores. Más tarde comenta a alguien de su confianza que esperaba encontrar a tres seres excepcionales, no a unos hombres normales y corrientes apabullados ante las alfombras y lámparas de Buckingham. 

En esa ocasión, el duque de Edimburgo se mostró expectante e inquieto como estaría cualquiera al conocer a alguien famoso. Pero olvidó un pequeño detalle que, tal vez, le hubiera evitado el chasco ante la conducta de sus héroes. No tuvo en cuenta que él mismo también era un personaje público. Como tal, ya había percibido, en otras situaciones, claras señales de desilusión en sus propios admiradores que esperaban encontrar a un digno representante de la Corona Británica y solo hallaron a un sujeto mal encarado y sarcástico. Obvió que detrás de cada celebridad hay una persona de carne y hueso. Como simples seres mortales, tienen malos días, padecen dolencias, pueden ser inseguros, ególatras, tiranos, simples, acomplejados… Incurrir en manías, supersticiones, cambiar de opinión, cansarse o ser infinitamente aburridos. Cada uno arrastra sus propias circunstancias y es imposible que encajen en las ideas preconcebidas que cada simpatizante tenga de ellos. Hay muchas papeletas para que pierdan en el cara a cara. Ya se sabe que las expectativas de los demás pueden ser un pozo sin fondo.

Las enseñanzas de Mafalda





Por Juana Celestino

Conocí a Mafalda ya siendo adulta. Fue en casa de un compañero de COU; mientras curioseaba en su biblioteca descubrí la obra de Quino que pronto me fascinó con su poderosa imaginería visual y el rompedor discurso tan adelantado en el tiempo. De una sentada leí la colección completa con las aventuras de esta niña —que odia la sopa, tiene una tortuga llamada Burocracia, no soporta a James Bond y es fan del Pájaro Loco, hasta el punto de pedir a gritos que se le conceda un Óscar— recibiendo un soplo de aire fresco con su humor y sus verdades que forman todo un catálogo doméstico-social.

El genial Joaquín Salvador LavadoTejón, Quino, fue merecidamente galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2014 “por sus lúcidos mensajes que siguen vigentes, por haber combinado con sabiduría la simplicidad en el trazo del dibujo con la profundidad de su pensamiento, y por el enorme valor educativo de su obra”. El padre de la universal Mafalda ha creado una de las obras más honestas que se hayan publicado, con una galería de personajes que representan diferentes arquetipos de adultos: Manolito, el materialista admirador de Rockefeller; Susanita, el ama de casa conservadora y conformista; el eterno soñador Felipe; Miguelito, otro soñador, pero muy ególatra y narcisista; la anarquista, crítica e incisiva Libertad; el ingenuo Guille. Todos ellos aún perviven; acompañan y complementan el mundo de Mafalda, esta pequeña filósofa que debería ser declarada en opinión de muchos (y también en la mía) Patrimonio de la Humanidad.

Empatía



Por Marisa Díez

Ilustración de Christian Schloe

Lleva meses intentando plantar cara a una situación que le está provocando verdaderos quebraderos de cabeza. Hace unos días la encontré hecha un mar de dudas, sin saber a ciencia cierta cómo afrontar las consecuencias inevitables de un suceso inesperado. Me confesó haber echado en falta el apoyo de quienes creía fieles. Pero, en contrapartida, ha descubierto que más allá de lealtades inquebrantables de las que nunca dudó, también se ha cruzado con personas que le han sorprendido por su solidaridad. Ha extrañado a algunos que suponía incondicionales y, sin embargo, ha sentido el respaldo de quienes menos esperaba. Se llama empatía, le contesté mientras se afanaba en explicármelo, y consiste en la capacidad de ponernos en el lugar del otro y comprender su realidad por encima de nuestra propia visión personal.

Se había hecho estas reflexiones tras enfrentarse a una especie de caos que, por unos días, puso su vida patas arriba. No lo vio venir y tuvo que lidiar con la incomprensión de quienes la acusaron de no haber estado lo suficientemente alerta. Se sintió perdida y un poco abandonada, mientras intentaba poner orden en todo aquel desconcierto. El mero hecho de tener que superar una situación que consideró extrema, dejó al descubierto su vulnerabilidad. Hasta ese momento estaba convencida de ser fuerte, pero empezó a ser consciente de su absoluta incapacidad para luchar contra lo desconocido y, por momentos, se vio desbordada y exhausta.

Calendario de vida

Por José María Ruiz del Álamo


Resulta extraño ver cómo las fechas tienden a desordenarse en nuestros recuerdos. La mente racionaliza una historia y la narra sin plantearse duda alguna. Pero indiscutiblemente el calendario marca sus tiempos y cuando los datos hacen acto de presencia sobre la mesa convierten el elemento poético en un trance “bukowskiano”.

Hasta hace unos días hubiese jurado que mi encuentro con los cinestudios madrileños vino dado por cuestiones “intelectuales”. Años de instituto, cuando la profesora de francés propuso llevarnos al cine a ver Pauline en la playa. Concertada quedó la fecha, pero dos días antes fue a verla ella con los alumnos de COU y determinó que moralmente no convenía que viésemos tamaña promiscuidad. Lástima, porque hubiese sido la primera vez que asistiese al desaparecido cine Alphaville (hoy renombrado Golem); además la profesora no consiguió que el título pasase al olvido, al contrario, aquella prohibición estimuló el interés.

El "bombillazo"

Imagen: Wallpapers

 Por Esperanza Goiri

No sé exactamente en qué curso ni cómo surgió el tema del “bombillazo”. Fue en algún momento de tercero de BUP o quizás en COU. Sí tengo claro que, una vez instalado en mi vida, se mantuvo hasta que terminé la carrera.

No fue ninguna revelación o iluminación mística que me mostrara el camino a seguir en esos años decisivos. Era una costumbre más bien doméstica e intrascendente. Incluso se puede calificar de pueril. El mes de septiembre, siempre envuelto en olor a libros nuevos, a goma de borrar y a lápices, me lo ha traído a la memoria arrancándome una sonrisa nostálgica.

Un cuento para el verano

Por Juana Celestino



Ilustración de John Tenniel para la primera edición de Alicia en el País de las Maravillas (1865)


El 4 de julio de 1862 el matemático y escritor Charles Lutwidge Dodgson y el reverendo Robinson Duckworth daban un paseo en barca por el Támesis con las tres hijas pequeñas de un amigo, las hermanas Liddell: Lorina, Alice y Edith. El calor apretaba, las pequeñas se aburrían y decidieron arrimar la barca a la sombra de la orilla; fue entonces cuando Dodgson, sobre la marcha, dio rienda suelta a su fantasía con un relato donde la curiosidad de una niña la lleva a precipitarse por la madriguera de un conejo blanco. La historia gustó tanto a sus oyentes que la mediana de las hermanas, Alice, pidió que el cuento no se perdiera y lo fijara en el papel. Dodgson pasó toda la noche escribiendo un relato que tituló Las aventuras de Alicia en el mundo subterráneo y le regaló el manuscrito a la niña. Tres años después llegaron a las librerías los primeros ejemplares de, ahora sí, Alicia en el país de las Maravillas, firmado con el seudónimo de Lewis Carroll, ese científico, genio de las matemáticas y de los enredos de la lógica, maestro de las adivinanzas, inventor, pionero de la fotografía, y quién sabe cuántas cosas más.

El ojo vago

Por Marisa Díez


Imagen: Wikimedia Commons
No sé cuánto tiempo atrás debemos remontarnos para evocar, con mayor o menor exactitud, nuestro primer recuerdo. Supongo que dependerá de cada persona y de su capacidad para descubrir en qué momento su cerebro hizo click y comenzó a almacenar historias. En mi caso concreto no tengo conciencia de sucesos, ni importantes ni triviales, hasta cerca de cumplir los cinco años. Quizá es que mi vida estuvo privada de emociones fuertes y mis neuronas entendieron que no merecía la pena dejar fijados, en ningún lugar de mi memoria, acontecimientos que no significaban gran cosa. O también pudo ocurrir que mi desarrollo cognitivo fuera precario hasta transcurridos unos cuantos años y necesitara esperar un poco más para empezar a distinguir con claridad mi catálogo de evocaciones.

Ignoro la razón por la que mis hermanas se lanzan a contar sus recuerdos a partir de una edad en la que yo soy incapaz de acordarme de nada. Me da envidia, y hasta cierta rabia, porque si las cuatro convivimos en la misma casa, el mismo barrio y, por descontado, la misma ciudad, durante toda nuestra infancia ¿cómo es que yo tardé más tiempo que ninguna de ellas en elegir aquello que no iba a olvidar nunca? Mi hermana mayor conserva recuerdos nítidos de sus dos o tres años, durante una visita a Bretún, el pueblo de mi madre: un paseo a caballo, la figura del bisabuelo sentado en la puerta de la casa y que alguien, no sabe quién, le regaló un huevo. Tal cual. Un huevo. Supongo que fue la extrañeza de tan inusual obsequio para una niña de ciudad, lo que disparó una especie de resorte en su mente infantil y le impidió olvidarlo. Otra de mis hermanas puede evocar, con absoluta claridad, el “río grande” que corría junto a la casa de veraneo que ocupamos durante unas vacaciones, la figura de un gato enorme que la asustaba y el transcurrir de los días sentada en una piedra con los pies en el agua. Y tendría aproximadamente la misma edad, alrededor de tres años. Con el paso del tiempo, alguna visita posterior al mismo lugar, le hizo constatar que ni el río tenía las dimensiones recordadas, ni mucho menos los gatos eran aquellos monstruos que se le aparecían para atemorizarla.

Por qué seleccionamos unos recuerdos sobre otros, y a partir de cuándo conseguimos revivir determinadas situaciones con relativa lucidez, es una cuestión que se me escapa. Por qué damos prioridad a unos hechos y sin embargo olvidamos por completo otros; qué razón oculta nos ayuda a elegir lo que entrará a formar parte de nuestra historia y en qué nos basamos para decidir cuándo algo es lo suficientemente importante para no olvidarlo.

Mi primer recuerdo no es nada divertido, aunque tampoco lo he vivido nunca como algo traumático. Me veo en la cocina de casa, rodeada de mis padres, mis hermanas y mi tío, quien había sentenciado que yo no tenía la misma visión en un ojo que en el otro. Para confirmar su hipótesis, allí mismo y delante de todos, me tapó uno de ellos ¡con una cuchara! Y de aquella manera tan rudimentaria pudo constatar que sus sospechas eran ciertas y que yo, básicamente, no veía ni jota por mi dichoso ojo torcido. A ver, que tampoco tengo conciencia de que me importase demasiado, pues veía perfectamente por el otro, pero sé que mi familia puso el grito en el cielo y se escuchó algún que otro llanto. Al final, con los años, la sangre no llegó al río. Durante mucho tiempo llevé unas gafas horribles que a mí me encantaban y cuidaba con esmero. Jamás las rompí ni me las quitaba, y, aunque mi ojo vago nunca recuperó la visión perfecta, no recuerdo haberlo vivido como algo preocupante, más allá de un ligero fastidio por no poder presumir de una mirada alineada, como la que tenían mis amigos, y de la que yo siempre carecí.

Pero continúo sin poder explicar la razón por la que seleccioné aquel momento como el primero que entraría a formar parte de mi almacén de vivencias. Desde entonces sigo buscando la manera de elegir mis recuerdos, para quedarme con los que me interesan y desechar todos los que me producen malas vibraciones. En ello estoy. Todavía no lo he conseguido, pero dadme un poco más de tiempo.

Ochocientas películas y un biberón

Por José María Ruiz del Álamo



Gran galería del Louvre, de Hubert Robert.
Ya estás conectado, la pantalla alumbra tus ojos. Es el momento de abrir una ventana, y de ahí a otra. ¿Con cuántas ventanas has interactuado hoy? ¿Cuántas pantallas has encendido? Ya no sabemos vivir sin ellas, nuestra relación ha mutado, nuestro yo se ha digitalizado.

La estadística así lo confirma, perdemos el control del tiempo frente a esas luminiscencias, quedamos absortos. Nuestro hábitat se ha llenado de reflectores, ya sean televisiones, ordenadores, tabletas, móviles… Los juegos van al vídeo, mientras a los “books” se le añade la “e”. Todo está informatizado, quizá nuestras células vengan a transformarse en códigos binarios o en píxeles.

Quién sabe dónde

Por Esperanza Goiri

Foto: Wikicommons

Un día, no sé muy bien cómo ni por qué, empecé a recibir en Facebook avisos emitidos por una Asociación que alerta sobre personas desaparecidas. El mismo formato, pero con distintos protagonistas. Una foto, una breve descripción de las características físicas y de su indumentaria en el momento de la desaparición, junto con el día y el punto geográfico donde se les vio por última vez. Poco más.

Desde esas instantáneas los “fugitivos” miran a la cámara, unos sonrientes, otros serios. Todos envueltos en un halo de misterio e incógnita. Algunos han desaparecido de forma involuntaria, enredados en una enfermedad mental que les ha extraviado de sus rutinas. Otro grupo lo forman jóvenes en pos de aventuras, sentimentales o de otro tipo. Tal vez su marcha sea un grito desesperado en busca de atención y ayuda. En ocasiones, al cabo de un tiempo, me llega la notificación de que la persona ha sido hallada, con o sin vida. La búsqueda queda desactivada. Por muy terrible que sea asumir el fallecimiento del ser querido, más en esas circunstancias, hay un final. Un epílogo que permite, pasado el proceso de duelo, un nuevo comienzo.

Mi amigo Ernest





Por Juana Celestino



André Kertész, Mi amigo Ernest, Paris, 1931

Saber mirar es la base de la fotografía creativa y, como decía Flaubert, cualquier cosa observada detenidamente se vuelve maravillosa. El estadounidense de origen húngaro André Kertész poseía este peculiar sentido de la percepción y es uno de los grandes maestros, el pionero, de la fotografía humanista, ese arte que simpatiza con la vida de las personas. En este retrato del pequeño Ernest, el fotógrafo describe la alegría de vivir y la espontaneidad de su modelo, que nos presenta con su babi en el aula de pesados pupitres de madera, donde asoma tras él su atenta compañera. Una imagen que resume la magia de la fotografía al trasladarnos a otro lugar y a otro tiempo y, como si estuviéramos allí, hace que nos preguntemos por este colegial.

Parar el tiempo

Por Marisa Díez 


La persistencia de la memoria. Salvador Dalí

Definitivamente, me estoy haciendo vieja. No mayor, no. Vieja. Lo intuyo porque, de un tiempo a esta parte, tengo la sensación de que los acontecimientos más importantes de mi vida sucedieron hace más de veinte años. Y eso siendo benévola, porque la realidad es que incluso podrían haber pasado más de treinta. Alguien ha pisado el acelerador de mi existencia y yo ni me he enterado. Todo fluye a una velocidad vertiginosa y no puedo más que aceptar que esto ya no hay quién lo pare. A veces soñamos con detener las manecillas del reloj y saborear con plenitud esos momentos especiales que, de tarde en tarde, nos regala la vida. Pero no hay manera; para mí, la única verdad es que la rapidez con que corren esas malditas agujas es siempre directamente proporcional a la felicidad de la que disfrutamos. 

Sin embargo, hay lugares donde el tiempo parece haberse detenido. Los descubro en ocasiones paseando por mi barrio o empujando la puerta de algún garito que ya existía durante los años de mi particular movida madrileña. Pero de todos los sitios en los que me sorprendo realizando mi regreso al pasado, hay uno que sobresale entre los demás. Es posible que quienes lo conozcan no lleguen a comprender mi querencia por tan peculiar rincón, y simplemente lo consideren un lugar caduco, anticuado y sin gracia. Peor para ellos si no consiguen disfrutarlo.

Se trata de una terraza de verano, un antiguo chiringuito que se levanta junto a una de las piscinas naturales que existen en mi lugar de vacaciones. Tiene otro nombre, pero para mí siempre será “el quiosco de Pedrito”. Cada año estoy deseando que llegue la primavera para que su dueño se decida por fin a retirar el cartel de “cerrado”, pues dependiendo de la meteorología, lo hará en el mes de mayo o quizás a primeros de junio. Y entonces, no me lo pienso. Aparezco por allí con la seguridad de que nada habrá cambiado. A veces intentamos convencerle de la necesidad de que acometa pequeñas reformas y él siempre nos escucha sin hacernos el más mínimo caso. Y en realidad yo le agradezco infinito que, en mi primera visita veraniega, todo siga exactamente igual que hace treinta años. Cierro los ojos y distingo con claridad a mi sobrino correteando entre las mesas y a mi madre custodiando nuestras pertenencias, mientras los demás entramos y salimos del chiringuito sin orden ni concierto. Veo a mi padre jugando a las cartas en la mesa contigua o a mis amigos apurando la última partida de billar. Y, aunque llegue a abrir los ojos, mirando alrededor consigo ilusionarme con la idea de que únicamente en ese lugar, “nosotros, los de entonces”, seguimos siendo los mismos.

Lo sé, es una ensoñación, incluso puede que una estupidez, pero a mí me gusta comprobar cómo el viejo mueble que guardaba la antigua televisión sigue exactamente en la misma rinconera. Que si te acercas a la barra y pides una cerveza, observas con cierta aprensión que aún aguantan en pie ese par de taburetes donde sentarse es algo parecido a jugarse la vida. Pero, a cambio, rememoro el sabor de las paellas en familia, mientras el camarero nos invitaba a degustar el auténtico e incomparable postre de la casa. Y puedo revivir con claridad el inconfundible olor a tierra mojada, refugiada bajo su endeble techumbre, durante las tormentas que nos sorprendían cada año al acercarse el final del verano.

Soy consciente de que el tiempo no va a pararse por mucho que yo lo intente durante mis visitas al quiosco de Pedro. Y acepto que a algunos les parecerá un ejercicio inútil de nostalgia, pero es que ya soy mayor, lo he dicho al principio, y cada vez necesito más poner a trabajar mi mente para no acabar, parafraseando a Gómez de la Serna, con mis recuerdos encogidos como simples camisetas.



La vitamina del sol

Por José María Ruiz del Álamo


Sunrise by the ocean, Vladimir Kush.
Ya se sabe: los años no perdonan. La realidad nos pasa factura. Ciertamente, el tiempo puede con nosotros. ¡Ay, con lo que hemos sido! ¡Y cómo te ves por tu mala cabeza! Ya lo decía Miguel Ríos: “dormimos poco y mal, quemando la salud”. El Rock Ríos y su Bienvenidos alumbró mi primera juventud (sigo esperando a la segunda). Aún recuerdo aquella canción Año 2000, con su pegadizo estribillo: “llega el año 2000, llega el año 2000”, lejos queda ya ese inicio de siglo… Lo mismo ahora se precipitan aquellos locos años veinte.

No te desvíes, José. Al tema, al tema. Reconduciendo: el examen médico se hace necesario. Máxime con los precedentes que ostenta mi ADN: unos progenitores que padecieron una enfermedad de larga duración (eufemismo para hablar del cáncer); súmese una colonoscopia motivada por unas heces sangrantes, así como haber superado el medio siglo. Factores, todos ellos, que aconsejan pasar por la consulta médica. Y cada dos años tengo la cita. Estoy, en lo que se llama, un grupo de riesgo.