Biografías personales

Cuéntenos su historia y sea el autor del libro de su vida. Foto:Nicolai Berntsen

Historia de una empresa

Sueños hechos realidad coronados por el éxito

Cuentos personalizados

Historias con nombres y hechos a resaltar en un contexto real o fantástico. Imagen:Echi-Book

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BIOGRAFÍAS Y MEMORIAS FAMILIARES



Una biografía nos conecta con nuestro pasado, con nuestras raícesEs una herencia única, vinculada con nuestra identidad, con nuestra historia familiar. Puede ser una válvula de escape con un efecto terapéutico, y una ayuda para encontrar ese hilo conductor que nos ha llevado a forjar nuestro destino. Es un gran regalo para la familia y amigos. Una biografía nos ayudará a conocernos mejor y a ser recordados.

      Cómo lo hacemos  


En penumbra

Foto: Belén Sánchez (Flickr)

Por Esperanza Goiri

Sin llegar a los extremos de Grace y sus hijos, protagonistas de la película Los otros, de Alejandro Amenábar, ya que afortunadamente no soy fotosensible, en cuanto llega el verano y el sol impone su implacable presencia, mi hogar adquiere una atmósfera misteriosa, llena de claroscuros, como si fuera un lienzo en el que los objetos cotidianos adquieren otra dimensión, un aspecto seductor e inquietante al mismo tiempo.

Vito se mueve al ralentí como un elfo peludo. Sus puntiagudas orejas se recortan contra el cristal del mirador por la única abertura que dejo en las persianas, para que pueda tomar sus baños de sol y ver pasar la vida, ladrando ocasionalmente a otro perro, al carrito del cartero o a cualquier otro elemento rodante que, por lo que sea, encuentre amenazador.

La razón de vivir en semioscuridad durante tres o cuatro meses (el verano en Madrid es infinito, o al menos a mí me lo parece) es práctica: la casa tiene una orientación este-oeste y el astro rey le proyecta toda su fuerza y calor desde que sale hasta que decide retirarse a descansar y nos da un respiro. En invierno es una delicia por la luz y por lo fácil que es mantenerla caldeada. Pero en el estío sobrevivimos gracias al aire acondicionado, ventiladores varios y a mimetizarnos con las costumbres del Talpidae. No dejéis volar vuestras calenturientas mentes, me estoy refiriendo al inofensivo y nada glamuroso topo común.

Ensueño

Por José María Ruiz del Álamo


Fotograma de la película Recuerda (1945), de Alfred Hitchcock.
Quizá este hecho que voy a comentar sea definido como una peripecia, y sin embargo, apenas fue una sucesión de sensaciones, que, siendo extrañas se dibujan de la forma más natural. Ya fluye, ya se diluye, deparando una vivencia imposible de retener. La mente posee esta inconsistencia.

Todo devino de un estado de ánimo. No lo negaré, aquella noche me embargaba el sosiego. Una paz conquistada tras disfrutar de la belleza de una película, porque contemplar la versión completa de Fanny y Alexander me satisfizo; cinco horas y cuarto de pleno goce. La orquestación de Ingmar Bergman fue magistral. Salí feliz del cine.

Tres son multitud






Por Juana Celestino

No había transcurrido un año desde que la convenciera para que fuera a vivir con él. Lo pasaban bien, bromeaban, reían y conversaban sobre cualquier cosa mientras paseaban o saboreaban una copa de vino durante las largas sobremesas de la cena. Solían ver en casa alguna serie o película y, aunque les costaba ponerse de acuerdo en los títulos, el amor les hacía condescendientes.
Al cabo de unos meses, la sensación de frustración y rabia se fueron alternando en ella al descubrir el deseo compulsivo de ver televisión que él padecía. Terminada la jornada laboral en su empresa de telefonía, ocupaba su sitio favorito frente al televisor, que encendía al llegar; incluso los anuncios le fascinaban: imágenes, sonidos y recurrencia de luces lo absorbían. Poco a poco, se vio obligada a pasar más tiempo recluida en el pequeño estudio, donde preparaba sus clases o trataba de enfrascarse en algún libro, aunque ahora cierta inquietud le impedía concentrarse. Ya no compartían tanto el sofá, y cuando se reunían en la mesa de comedor, las charlas eran más bien monólogos a  los que él asentía de forma distraída mirando a la pantalla.

Palabras más o menos

Por Marisa Díez 

 El eclipse (1962), Michelangelo Antonioni

Las palabras que se quedan por decir permanecen para siempre en tu memoria. Esa conversación que hubiese resuelto todas las dudas; un par de frases, quizás, hubieran sido suficientes. Pero puede que tuviéramos demasiada prisa y hasta es posible que nos atenazara el miedo.

Qué hubiera sido de nosotros de haber sabido pronunciar las palabras oportunas en algún momento concreto de nuestra vida. Si no hubiésemos salido corriendo antes de preguntar, por temor a las respuestas que no queríamos oír. Si no hubiéramos reprimido el primer impulso que nos empujaba a hacer lo que al final, sin saber exactamente la razón, no hicimos.

Algunos se marchan para siempre dejando tras de sí un montón de incógnitas sin resolver. Instantes no compartidos por la prisa que impone este mundo incivilizado. También hay personas que permanecen a tu lado, pero con las que ves pasar los días sin ser capaz de recuperar el tiempo perdido, ni de retomar esa conversación que se quedó en el tintero. Inventas mil excusas para no hablar hasta que un día te das cuenta de que se te ha hecho demasiado tarde.

Las palabras que nunca dices son las mismas que podrían salvarte o definitivamente acabar de hundirte. Y sin embargo a veces hablamos a destiempo. Todo lo que hemos retenido se escapa como un torrente el día en que lo mejor hubiera sido permanecer callado. En un ataque de sinceridad te has vaciado sin darte cuenta. La basura acumulada sale en tromba sin control y en todas direcciones, contaminando lo que encuentra a su paso. Cuando el silencio ha sido tu norma durante demasiado tiempo al final explotas y esto siempre suele ocurrir de la forma más inadecuada y en el momento más inoportuno.

Una amiga me recuerda a menudo que no hay que callarse, que ya está bien. Se acostumbran a manejarte y no puede ser, dice. Ella ya se ha rebelado y hace tiempo que lo está poniendo en práctica, aun a riesgo de enzarzarse en batallas que no desearía, pero que considera justas. Pues no, yo todavía no sé hacerlo. Nunca aprendí a hablar cuando debía. Me aterra hacerme escuchar en público, pero tampoco acierto a comunicarme, a veces, ni ante una única persona. Luego, a solas, me sale la conversación a borbotones, pero claro, ya es tarde y únicamente me escucho yo, porque lo de hablar conmigo misma es un arte que cada día domino más y mejor. Me rebato y hasta llego a discutir en soledad, aunque lo habitual es que en mis monólogos la razón la tenga siempre yo. Normal, no soy nada masoquista.

Me encantaría aprender a hablar, a decir y expresar mis sentimientos en el momento justo. Pero sólo cuando aporreo las teclas del ordenador me sale con facilidad lo que guardo dentro. Lo malo es que no todo el mundo es capaz de entender mi táctica. Se hacen líos y divagan pensando a quién me puedo referir en cada momento, cuando lo habitual es que no me dirija a nadie en concreto, porque lo que tengo es una especie de batiburrillo en el que ni yo misma consigo aclararme.

Las palabras que no conseguiste pronunciar jamás llegas a olvidarlas del todo. Te acechan cada cierto tiempo para imaginar qué hubiera ocurrido de no haberlas callado. Quizá te arrepientas de tu incapacidad para expresarlas, pero te consuelas pensando que o un gesto o una mirada a menudo son capaces de suplirlas, porque el lenguaje de los ojos expresa con infinita claridad lo que sentimos aunque ni una sola palabra consiga salir de nuestros labios.



La mujer del palo

Foto: Pensiero (Foter)
Por Esperanza Goiri

Unas semanas atrás en la sobremesa de una reunión familiar, un primo de mi marido consiguió captar la atención de todos los presentes contándonos un suceso que le tiene intrigado desde hace tiempo.

En nuestras vidas existen determinadas rutinas que, consciente o inconscientemente, repetimos a diario. Una de ellas es el trayecto que recorremos para ir al puesto de trabajo. Lo habitual es elegir un medio específico de transporte, hacerlo en un horario concreto y por la misma ruta. En su caso, él se desplaza a pie desde su domicilio a su empresa en un paseo de unos cuantos kilómetros. A fuerza de repetirlo, suele coincidir en el itinerario con personas a quienes, pese a no conocer de nada, ya identifica, al cruzarse con ellas cotidianamente en un determinado punto del recorrido y más o menos a la misma hora. De entre toda esa gente, hay una transeúnte que le tiene muerto de curiosidad. Se trata de una mujer de mediana edad y aspecto corriente que siempre porta en su mano un palo. No se trata de ningún bastón u objeto similar que sirva de ayuda para caminar. Es un palo de madera, largo y astillado, como si lo hubiera arrancado del marco de una puerta o de un cuadro de grandes dimensiones. No lo apoya en el suelo, se limita a sujetarlo entre sus dedos. La venía observando, preguntándose a dónde iría (por la hora temprana de la mañana, presumiblemente a su trabajo), para qué le serviría el palo (a priori, inútil e incómodo de llevar por su tamaño y textura con aristas y astillas), y contemplaba perplejo el vigoroso y decidido paso femenino. Así han venido coincidiendo a lo largo del tiempo. Ella a lo suyo y él atento e inquieto ante su presencia.

Caminar, un placer perdido

Por José María Ruiz del Álamo

Callejeando descubres paisajes urbanos. Entrada a la plaza Mayor de Madrid por la calle de la Sal.

Me declaro culpable. Soy el primero en asumir la condena. No pido clemencia. Bien merecido lo tengo, ya se sabe: “siempre tiene que hablar el que más debe callar”. Pero como uno está escribiendo.

Todo porque desde hace algún tiempo (mucho tiempo) he dejado de lado las caminatas. Parece que ya uno solo anda por obligación, y lo imprescindible. Hoy impera el sedentarismo. ¿Quién no ha visto cómo alguien se sube al autobús para bajarse en la siguiente parada? Ni siquiera nos permitimos recorrer a pie 500 metros. Recuerda, ¿qué itinerario has llevado a cabo ayer?

Contacto





Mano-Concha (1934), Dora Maar


Por Juana Celestino

Omnipresente día y noche, nos produce sensaciones tan opuestas como el placer o el dolor, y nuestra vida entera está entrelazada por doquier con las experiencias que nos proporciona. Es el tacto. ¿A quién no le gusta comer con los dedos? Pinzar con ellos un espárrago y comerlo de cabo a rabo, aprisionar un bocadillo, pelar unas gambas, rozar un merengue y chuparse el dedo… Y si además el placentero ritual culinario lo disfrutamos en la naturaleza, sentados en el suelo, en contacto con la tierra, la experiencia puede alcanzar el sumun, desplegándose todos los sentidos para nuestro deleite.

Me gusta toquetear las cosas, pero de muchas me tengo que abstener ante el cartel, presencial o no, de “no tocar”, como en los museos (excepto en el Tiflológico). Una escultura, que implica tanto al sentido del tacto como al de la vista, invita a ser acariciada; sin embargo, mantener una distancia prudente frente a una obra de arte es un gesto asumido por la mayoría. El arte como un ente alejado y puro que solo puede/debe “tocarse” con los ojos. Me resulta difícil superar la frustración que a veces estas necesarias normas de conservación me provocan. Contemplar, por ejemplo, una obra de Caravaggio y no poder tocarla es toda una prueba. Las figuras del pintor italiano sorprenden por su “carnosidad”, algunas parecen decir “tócame”; me acerco y miro con envidia a su incrédulo santo Tomás al que me gustaría emular, no para cerciorarme en cuestiones de fe religiosas, sino para comprobar que tanto él como sus compañeros de escena son personajes y no seres reales.

Mentiras

Por Marisa Díez 


Pinocho. Ana María Méndez. www.ilustradorescolombianos.com


“Si dices la verdad no tendrás que acordarte de nada” (Mark Twain). 

Frases y sentencias sobre la mentira las hay a cientos, pero ésta, sin duda, es una de mis preferidas. Algunas personas demuestran una capacidad extraordinaria para interpretar un papel digno de los mejores actores, sin ocupar, ni de lejos, la nómina de tal profesión. Se me ocurren así, a bote pronto, bastantes ejemplos, con nombres y apellidos que todos conocemos. La mayoría forman parte, de una u otra manera, de eso que llamamos “la cosa pública” y nos representan en las instituciones haciendo de la mentira su verdadero leitmotiv. Pero que los políticos mientan lo consideramos algo poco menos que inherente a su propia condición. Hay otras mentiras infinitamente peores y que nos tragamos como sapos, que nos dejan un regusto de lo más amargo.

En el fondo, siempre he admirado a esa gente capaz de creerse sus propias farsas. Imaginan una realidad que solo existe para ellos y a partir de ahí, comienzan a fabular, incrementando cada vez un poco más su nivel de autoengaño. Son felices en su particular universo; podríamos decir que ni siquiera son tóxicas, porque no mienten para hacer daño ni para justificarse. Quizá parten de un resquicio de verdad, pero moldean ésta a su gusto y se imaginan un mundo fantástico del que están encantados de formar parte. Tengo un amigo, al que veo muy de tarde en tarde, que es un claro ejemplo de realidad paralela. Jamás he sido capaz de hacerle ningún reproche porque sé que tras su comportamiento no se esconde ni un resquicio de maldad. Él es así y punto. Además, me hace reír, lo que considero sobrada razón para no pedirle nada a cambio de escuchar, divertida, todos sus embustes.

Bastante más dañinos resultan los mentirosos compulsivos, aquellos que hacen del engaño su razón de ser. Mienten con tal descaro que te gustaría descubrirles una por una cada falacia que sueltan en tu propia cara. Pero como tienes claro que dispones de una condición humana muy superior a la suya, te callas, y ni te dignas a responder, sabiendo como sabes que estás por encima de todas sus historias y sus clases magistrales de enredos y ficción.

Luego están los que no saben mentir, entre los cuales, y no sin cierto resquemor, me cuento. Imagino mi propia mirada, incapaz de sostener la de mi interlocutor cuando estoy fabricando una trola, y se me cae el mundo encima. Me pongo nerviosa, balbuceo, me sonrojo, y entonces decido que es absolutamente imprescindible dar un paso atrás y reconocer mi error. Por eso no lo suelo hacer; no soy capaz de mentir ni siquiera en el currículum. Me pillan a la primera de cambio. Qué le voy a hacer. Soy así de transparente. Y que conste que esa torpeza para ocultar la verdad no es algo de lo que me sienta especialmente orgullosa.

Quizá por eso tengo cierta facilidad para descubrir cuándo me la están intentando jugar. No es tan complicado; se trata sólo de observar determinadas actitudes. A quien no está acostumbrado a mentir le delatan sus gestos. Un extraño rictus se apodera de su rostro y ese simple indicio te obliga a ponerte en guardia. Un par de preguntas bien hechas pueden dar al traste con todo su esfuerzo por fabricar una realidad paralela. Pero lo más conveniente en estos casos es seguir adelante y dar a cada historia la relevancia que se merece. Si son felices imaginando que te la han pegado, mejor para ellos. Tampoco yo soy nadie para desenmascararles y por eso les dejo vivir en su mundo de fantasía.

De cualquier forma, desde aquí me atrevo a reivindicar la mentira piadosa, esa que resulta mucho más digerible que la auténtica verdad. Aliñar una falsedad con un poco de imaginación y ciertas dosis de autenticidad puede convertirse en la mejor manera de salir del paso de una situación embarazosa. Confieso haberla utilizado en alguna ocasión cuando no me ha quedado otra alternativa. Porque mentir, lo que se dice mentir, tampoco es tan grave si trae como consecuencia la felicidad del que tienes enfrente. Y la verdad, como todo en esta vida, es un concepto muy relativo; es posible que la mía no tenga nada que ver con la de mi vecino. Ya lo dijo Antonio Machado: “¿Tu verdad? No, la verdad. Y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”.

El semáforo


Foto: Victor Rodríguez (Flickr)

Por Esperanza Goiri

Cada vez utilizo menos el coche para circular por Madrid. Primero, porque la ciudad dispone de un transporte público muy bueno y segundo, porque es raro el día que no haya alguna manifestación, evento u obra pública que invada las calles y las hagan prácticamente intransitables.

Pero hace unas semanas, convaleciente de una pequeña intervención quirúrgica, sumado al mal tiempo primaveral y a la pereza que rebosaba por todos mis poros tras estar unos días “hibernando” en casa por prescripción médica, me arriesgué a recurrir al automóvil. Craso error. Pagué cara la osadía y recibí justo castigo en forma de un monumental atasco. Allí estaba, atrapada en mi caja de lata con ruedas, en una calle anodina, sin más distracciones que observar cómo bostezaba y se hurgaba la nariz el conductor del coche de al lado. El fluir del tráfico me obligó a quedarme parada en mitad del paso de peatones, lo que propició ser objeto de las miradas furibundas de los que cruzaban y la amenaza de un bastón enarbolado por un anciano, cuyo aspecto inofensivo quedaba desmentido por sus belicosas intenciones. El semáforo iba alternando el color rojo con el verde, pasando por el ámbar. Una y otra vez. Allí no se movía ni un vehículo. La gama cromática se iba sucediendo con imparable cadencia y los minutos pasaban con exasperante lentitud.

Media vida en el cine Doré

Por José María Ruiz del Álamo

Las colas en el cine Doré deparan amistad.
Apenas faltaban cuarenta minutos para el inicio de la sesión y ya estaba formada la fila. Me situé en último lugar, mas viendo que en una posición privilegiada se hallaba un amigo decidí colarme. La charla se inició al instante, y debatimos sobre al evento que allí nos congregaba: el encuentro de Carlos Saura y Vittorio Storaro con el público asistente al cine Doré (sede de proyecciones de Filmoteca Española).

Fructificaba el diálogo, al que se unió una mujer preguntándome: “¿Tú no trabajabas en…?”. "Sí —respondí—, de eso hace ya…”. Habíamos sido compañeros, meses compartiendo oficina, meses frente a unos ordenadores. A la conversación se unieron una cuarta y una quinta persona. Departimos en confianza, con naturalidad.

No al miedo

Escena final de Vértigo (1958), de Alfred Hitchcock



Por Juana Celestino

Hace unos días, Marisa, amiga y compañera de La vida en su tinta, publicaba en Facebook una imagen de texto donde nos preguntaba: “¿Y tú, en qué miedo descubriste que eras valiente?”. A velocidad supersónica, mi memoria viajó en el tiempo y me vi con ocho años de pie al borde de aquella piscina, desde donde miraba fijamente el agua que cubría su zona más profunda. Las piernas me temblaban. Ese día parecía uno de tantos que pasaba en la piscina municipal de Cáceres con mis primos, mayores que yo, que en numerosas ocasiones habían intentado enseñarme a nadar sin éxito. Sentía un miedo irracional y persistente al agua, y la inseguridad de estar a merced de otro me impedía avanzar en aquellas “clases” que había abandonado por imposible. Atracción y temor hacia ese elemento se alternaban; la admiración por nadadores, buceadores y cualquiera que realizara alguna pirueta acuática, podía atrapar mi atención durante horas, en tanto yo me veía limitada a remojarme y a jugar en zonas seguras plagadas de niños.

Aquel día fue diferente. Con una decisión no premeditada, como abducida, me dirigí al borde de la piscina más grande y allí permanecí unos segundos, durante los cuales no oí ni el griterío de los bañistas ni vi cosa alguna que me rodeara. Estaba a solas con mi miedo. Me arrojé de pie. En el momento de la inmersión me invadió una gran euforia y me recreé fascinada en la levedad de mi cuerpo, pero la sensación se desvaneció cuando, al rozar el fondo, ascendí tan solo unos centímetros sin atravesar toda la masa de agua que me cubría; no supe qué hacer con esa ingravidez para seguir avanzando y desasirme de una fuerza que parecía tirar de mí hacia abajo. En mi lucha la garganta se cerraba al aire para impedir la entrada de agua; la rabia por mi estupidez y la pena de abandonar el mundo me asaltaron y mis lágrimas se mezclaron con el agua. Uno nunca sabe cómo va a reaccionar en una situación extrema, pero aquella muda desesperación duró unos segundos antes de que cierta serenidad me envolviera y empezara a dar la patada que mis “monitores” me habían hecho repetir tantas veces. La subida a la superficie rozó una eternidad, y la corta distancia que me separaba del borde al que deseaba asirme hasta llegar a la escalerilla la cubrí con torpes manotazos, hundiendo las cabezas que encontraba a mi paso y provocando toda clase de improperios en los bañistas. Atragantada de agua, tosiendo y con el corazón en la boca, me dirigí hacia mi toalla donde me desplomé de bruces; ninguno de mis acompañantes se había percatado del temerario chapuzón. La audacia una vez que se manifiesta no hay quién la pare, engancha, porque volví a saltar dos veces más, con mejores resultados de tiempo en mi ascenso a la superficie. Al cuarto intento me sorprendió comprobar que mis piernas ya no temblaban, y saber que era capaz de invocar una calma como la que, repentinamente, me había ayudado a emerger, fue lo que me permitió aprender a nadar y a disfrutar de una actividad que con el tiempo se ha convertido en uno de mis deportes favoritos. Más que el suceso en sí, puedo rememorar con nitidez las sensaciones que lo acompañaron, pero no sé qué ocurrió después de aquello, al día siguiente y durante el resto de las vacaciones, no recuerdo nada más de aquel verano.

El temor al agua me había acompañado desde muy niña, aunque no recuerdo ninguna experiencia negativa que lo justificara. Era una fobia de mi madre, sin que ella misma conociera su procedencia. Yo solía darme a la fuga burlando la vigilancia de los mayores y le obsesionaba que pudiera merodear por una charca cercana a la casa de mis abuelos sobre la que oí escabrosas historias, seguramente inventadas, en su afán por protegerme. Pero era un miedo que a mí no me pertenecía, era prestado, y sin embargo se había enquistado en mi mente. Ese día en la piscina, sin saberlo, había decidido no atender al eco de aquellos relatos que aún resonaban dentro de mí.

El miedo es un aliado en nuestra supervivencia, pero también puede ser un enemigo que nos aprisiona y tortura. Ignoro si puede considerarse valiente a quien huye hacia adelante de ese torturador, tratando de sacudirse la zozobra que le provoca sin valorar las posibilidades de éxito, pensando solo en escapar de ese callejón que parece no tener salida. Quizá se trate solo de modos de enfrentarlo –impulsivo o reflexivo- y a la valentía eso poco le importe. Pero sí sé que el miedo se infla en nuestra mente y es embustero. Vamos, que el león no tan fiero como lo pintan.




A vueltas con los mayores

Por Marisa Díez


Viñeta de El Roto para El País

Estoy en esa franja de edad en la que ocuparse de los mayores se ha convertido en una parte fundamental de la rutina diaria. Si me encuentro con amigos a los que hace tiempo que no veo, la conversación siempre gira en torno al mismo tema recurrente. Quienes tenemos la suerte de conservar a nuestros padres o, al menos, a uno de ellos, dedicamos gran parte de nuestras charlas a explicar cómo hacemos frente a tal contingencia. Algunos más implicados que otros, dependiendo de la relación y el cariño que les profesemos, pero cada uno intentando hallar la mejor fórmula para que sigan disfrutando de sus últimos años a nuestro lado. Nos enfrentamos a múltiples dudas y nos encantaría disponer de la varita mágica capaz de resolver el enigma. Tratamos de adivinar el camino correcto, ese mismo camino que en muchas ocasiones encontramos repleto de obstáculos.

Hace unos días, en medio de una de estas conversaciones, tuve que contar hasta diez y mantener la calma, ante los argumentos que alguien esgrimió para juzgar la forma en que una amiga se ocupa de su madre enferma. Sin mostrar el más mínimo asomo de empatía, calificó a esta última, a la que conozco de toda la vida, de ser una persona egoísta y desconsiderada que estaba amargando la vida a su abnegada hija. Y yo que, repito, puedo hablar con auténtico conocimiento de causa, empecé a recordar los años que dedicó al cuidado de sus nietos, a quienes iba a buscar diariamente al colegio. Los acogía en su casa para darles de comer y merendar y, si se terciaba, también de cenar. Día tras día. Año tras año. Sin una sola queja. Pensé en el cariño que mi amiga ha sentido siempre por su madre, cariño igualmente correspondido. Por eso me molestó la manera en que una advenediza trató de explicarme que, si no podía estar en su casa, “la llevaran a una residencia”, así, palabras textuales, porque estaba “acabando con la salud de su propia hija”. En ese momento la miré, y sólo pude preguntarle: “Tú tienes a tus padres, ¿verdad?, a los dos, y son más jóvenes, y autosuficientes, sin grandes problemas aparte de sus pequeños achaques, ¿no es cierto?”. Me contestó: “Sí, claro, tengo a los dos y viven en su casa”. “Entonces, cuando te llegue el momento”, le rebatí, “vienes y me lo cuentas”. Aunque, en vista de lo que oí, puedo imaginar su comportamiento en ese futuro que ella todavía cree lejano.

Me indigna la ligereza con la que algunas personas se enfrentan a un tema que, de momento, les resulta ajeno; lo sencillo que lo ven, la facilidad con la que esgrimen la solución perfecta. Llevo años intentando discernir si estoy haciendo lo correcto en el cuidado de mi madre, si debería tomar decisiones diferentes o si ella realmente es feliz viviendo en su casa con la ayuda que le proporcionamos mis hermanas y yo. Cada día me enfrento a más y más dudas. Por eso detesto que me den lecciones, o que intenten impartirlas a quien se preocupa de devolver a sus mayores aunque sólo sea una pequeña parte del amor desinteresado que siempre recibieron de ellos.

Podría relatar multitud de conductas que me provocan vergüenza ajena, pero me voy a abstener de enumerarlas. Es simple: en mi cabeza no caben razones que justifiquen el abandono en el cuidado de unos padres que para ti han sido los mejores mientras no te exigían asumir responsabilidades. Por fortuna, también existe el extremo opuesto y en ello estoy, en fijarme y aprender de quienes, antes que yo, salieron victoriosos de esta difícil situación, con la cabeza alta y convencidos de que hicieron todo lo que estaba en sus manos para procurarles el bienestar que merecieron hasta el final de sus días. Tan fácil como entender que más pronto que tarde nosotros mismos nos encontraremos, apenas sin darnos cuenta, en su misma casilla de llegada.

Miguel Strogoff

Foto: Cesar Ojeda (Flickr)

Por Esperanza Goiri

Uno de mis héroes de infancia fue el aguerrido y valiente Correo del Zar creado por Julio Verne. Recuerdo ir montada sobre mi bici, como si fuese a caballo, siempre con una cantimplora de plástico en bandolera, que le daba un sabor asqueroso al agua. Recorría, infatigable, las campas que rodeaban la casa donde pasábamos los veranos en un pueblo de Vizcaya. Simulaba ser una versión femenina del admirado personaje que afrontaba, como él, toda suerte de obstáculos (algunos reales, como los temibles perros de los caseríos) para llevar “mensajes vitales” de los que dependía el futuro de la humanidad.

En contra de la creencia extendida, objetivamente fundamentada, de que lo importante es el mensaje y no el mensajero, en mi opinión es vital el portador de una noticia. Sin duda, mi devoción infantil hacia Miguel Strogoff algo habrá tenido que ver.

Estatua de sal

Por José María Ruiz del Álamo

Nunca he llevado mi escritura a tiempos tan remotos, y no por detenerme en las Santas Escrituras, que también incidiré con Lot y su parentela, sino por buscar un futuro cuando se desdibuja el presente. Ante ello espero hilvanar el convincente vocabulario para esclarecer este párrafo que sirve de introducción.

La evolución tiende a significar futuro, mientras damos grado de nostalgia al pasado. Aunar los elementos constituiría un hermoso presente. Una utopía. Por ello algunos buscan soluciones para el futuro en el pasado, claro que no vienen a medir las consecuencias de tamaña decisión. Me explicaré con tres ejemplos.

¡Qué Movida!




 
Portadas de la revista Madrid Me Mata.


Por Juana Celestino

La oleada de aire fresco que oxigenó España tras la muerte de Franco disipó unas normas que parecían eternas, donde la moral estaba sujeta a las leyes de orden de Estado que, como diría Foucault, no tolera el desorden de los corazones. Quienes recordamos el franquismo, pero no lo padecimos, apenas teníamos preocupaciones políticas. Sí participábamos en manifestaciones (incluso de colectivos ajenos a nosotros), donde corríamos huyendo de la policía antidisturbios —que tenía la doble tarea de crear disturbios y reprimirlos— para terminar refugiados en algún bar bullicioso donde, entre risas, nos alegrábamos de haberles dado esquinazo. Jugábamos a revolucionarios. Eran los años 80 y el espíritu alegre y hedonista que los caracterizó nos alejaba muy mucho de los combativos estudiantes, que en décadas anteriores se jugaron con sus protestas la libertad y en algún caso la vida.

Date prisa, cartero

Por Marisa Díez




Guardadas y semiescondidas en un armario en casa de mi madre, atesoro un buen puñado de cartas que empecé a recibir siendo todavía una niña. Durante bastantes años fui la destinataria de muchas misivas y tarjetas postales de las que se enviaban en la época. Las últimas que llegaron a mis manos datan ya de mi etapa universitaria, alcanzando incluso algún año de la década de los noventa. Pero a partir de ahí, la nada. No podría especificar la fecha exacta en que puse fin a esa fase epistolar, pero es casi seguro que resultó ser consecuencia de la implantación de las nuevas tecnologías. En el remite de mi correspondencia encuentro amigos que todavía hoy permanecen a mi lado, junto a otros que, inevitablemente, se quedaron por el camino. A pesar del tiempo transcurrido, jamás he sido capaz de deshacerme de ninguna. Han logrado sobrevivir, apenas intactas, a sucesivas y demoledoras limpiezas generales y a mi abandono del hogar materno.

El comensal invisible



Por Esperanza Goiri

Rita Hayworth y Burt Lancaster en Mesas separadas.
Hace muchos años leí una novela, no recuerdo el título ni al autor, que narraba la vida de una saga familiar. La viuda del patriarca, un hombre déspota y tirano, que profesaba un temor reverencial por el finado, le sigue reservando la cabecera de la mesa para que, aún después de muerto, siga presidiendo las reuniones. Ese comensal invisible influye de una manera sutil y siniestra en la vida de todo el clan.

Sin llegar a ese extremo patológico, hay algo inquietante en un sitio vacío en la mesa. Surgen muchas preguntas: ¿quién va a ocupar esa silla?, ¿en qué momento va a llegar esa persona?, ¿qué le ha impedido llegar a tiempo?

¡Hoy merendamos!

Por José María Ruiz del Álamo

Charles Chaplin  y Jackie Coogan en El chico.


Aquel fue un día de recogimiento, para dar descanso al cuerpo. La semana acumulaba fatiguitas. Se agradeció el sosiego del domingo. A ello súmese el relax de contemplar la nevada que cayó sobre Madrid (ciudad). Finalicé los menesteres de la casa a primera hora, y buena acogida me deparó el sofá, donde di a la lectura con la prosa de Lorenzo Silva, las aventuras de los guardias civiles Bevilacqua y Chamorro entretuvieron mi mente.

La paz del vermut dio paso a unos sabrosos huevos fritos con arroz blanco, culminada con un café fuerte. Y tras los cristales, los copos de nieve seguían presentes. Un reposo terapéutico completado en simbiosis con el susurrante aleteo del programa radiofónico La estación azul, una hora dedicada al mundo literario, conducido por Ignacio Elguero y Cristina Hermoso de Mendoza.

Asfixia


 
Shutterstock


Por Juana Celestino


Fue un encuentro casual. Alguien pronunció mi nombre, y al volverme vi una cara que dejó mi mente en suspenso durante unos segundos; solo después de identificarse, la reconocí. El cambio experimentado desde la última vez que nos vimos era notable. Había dejado crecer su pelo por debajo de los hombros, vestía con elegancia convencional y algunos kilos más redondeaban su cara y su cuerpo, alterando en conjunto aquel aspecto andrógino y casual que yo recordaba. Desde hacía más de un año nos habíamos perdido la pista. No recordaba cuál de las dos ignoró primero a la otra hasta dejar caer en el olvido una relación que, si bien no fue muy estrecha, sí marcó cierta sintonía personal durante los meses que trabajamos en aquel proyecto. Seguimos en contacto, sin que mediara ya el vínculo laboral, compartiendo aficiones que teníamos en común, y también le presenté amigos con los que llegó a tener algún escarceo amoroso. Vivía las relaciones sentimentales en campo abierto, una especie de monogamia en serie con parejas que se sucedían sin esperar que ninguna de ellas durase, pero siempre involucrada, con afecto de por medio.