Biografías personales

Cuéntenos su historia y sea el autor del libro de su vida. Foto:Nicolai Berntsen

Historia de una empresa

Sueños hechos realidad coronados por el éxito

Cuentos personalizados

Historias con nombres y hechos a resaltar en un contexto real o fantástico. Imagen:Echi-Book

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BIOGRAFÍAS Y MEMORIAS FAMILIARES



Una biografía nos conecta con nuestro pasado, con nuestras raícesEs una herencia única, vinculada con nuestra identidad, con nuestra historia familiar. Puede ser una válvula de escape con un efecto terapéutico, y una ayuda para encontrar ese hilo conductor que nos ha llevado a forjar nuestro destino. Es un gran regalo para la familia y amigos. Una biografía nos ayudará a conocernos mejor y a ser recordados.

      Cómo lo hacemos  


Mentiras

Por Marisa Díez 


Pinocho. Ana María Méndez. www.ilustradorescolombianos.com


“Si dices la verdad no tendrás que acordarte de nada” (Mark Twain). 

Frases y sentencias sobre la mentira las hay a cientos, pero ésta, sin duda, es una de mis preferidas. Algunas personas demuestran una capacidad extraordinaria para interpretar un papel digno de los mejores actores, sin ocupar, ni de lejos, la nómina de tal profesión. Se me ocurren así, a bote pronto, bastantes ejemplos, con nombres y apellidos que todos conocemos. La mayoría forman parte, de una u otra manera, de eso que llamamos “la cosa pública” y nos representan en las instituciones haciendo de la mentira su verdadero leitmotiv. Pero que los políticos mientan lo consideramos algo poco menos que inherente a su propia condición. Hay otras mentiras infinitamente peores y que nos tragamos como sapos, que nos dejan un regusto de lo más amargo.

En el fondo, siempre he admirado a esa gente capaz de creerse sus propias farsas. Imaginan una realidad que solo existe para ellos y a partir de ahí, comienzan a fabular, incrementando cada vez un poco más su nivel de autoengaño. Son felices en su particular universo; podríamos decir que ni siquiera son tóxicas, porque no mienten para hacer daño ni para justificarse. Quizá parten de un resquicio de verdad, pero moldean ésta a su gusto y se imaginan un mundo fantástico del que están encantados de formar parte. Tengo un amigo, al que veo muy de tarde en tarde, que es un claro ejemplo de realidad paralela. Jamás he sido capaz de hacerle ningún reproche porque sé que tras su comportamiento no se esconde ni un resquicio de maldad. Él es así y punto. Además, me hace reír, lo que considero sobrada razón para no pedirle nada a cambio de escuchar, divertida, todos sus embustes.

Bastante más dañinos resultan los mentirosos compulsivos, aquellos que hacen del engaño su razón de ser. Mienten con tal descaro que te gustaría descubrirles una por una cada falacia que sueltan en tu propia cara. Pero como tienes claro que dispones de una condición humana muy superior a la suya, te callas, y ni te dignas a responder, sabiendo como sabes que estás por encima de todas sus historias y sus clases magistrales de enredos y ficción.

Luego están los que no saben mentir, entre los cuales, y no sin cierto resquemor, me cuento. Imagino mi propia mirada, incapaz de sostener la de mi interlocutor cuando estoy fabricando una trola, y se me cae el mundo encima. Me pongo nerviosa, balbuceo, me sonrojo, y entonces decido que es absolutamente imprescindible dar un paso atrás y reconocer mi error. Por eso no lo suelo hacer; no soy capaz de mentir ni siquiera en el currículum. Me pillan a la primera de cambio. Qué le voy a hacer. Soy así de transparente. Y que conste que esa torpeza para ocultar la verdad no es algo de lo que me sienta especialmente orgullosa.

Quizá por eso tengo cierta facilidad para descubrir cuándo me la están intentando jugar. No es tan complicado; se trata sólo de observar determinadas actitudes. A quien no está acostumbrado a mentir le delatan sus gestos. Un extraño rictus se apodera de su rostro y ese simple indicio te obliga a ponerte en guardia. Un par de preguntas bien hechas pueden dar al traste con todo su esfuerzo por fabricar una realidad paralela. Pero lo más conveniente en estos casos es seguir adelante y dar a cada historia la relevancia que se merece. Si son felices imaginando que te la han pegado, mejor para ellos. Tampoco yo soy nadie para desenmascararles y por eso les dejo vivir en su mundo de fantasía.

De cualquier forma, desde aquí me atrevo a reivindicar la mentira piadosa, esa que resulta mucho más digerible que la auténtica verdad. Aliñar una falsedad con un poco de imaginación y ciertas dosis de autenticidad puede convertirse en la mejor manera de salir del paso de una situación embarazosa. Confieso haberla utilizado en alguna ocasión cuando no me ha quedado otra alternativa. Porque mentir, lo que se dice mentir, tampoco es tan grave si trae como consecuencia la felicidad del que tienes enfrente. Y la verdad, como todo en esta vida, es un concepto muy relativo; es posible que la mía no tenga nada que ver con la de mi vecino. Ya lo dijo Antonio Machado: “¿Tu verdad? No, la verdad. Y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”.

El semáforo


Foto: Victor Rodríguez (Flickr)

Por Esperanza Goiri

Cada vez utilizo menos el coche para circular por Madrid. Primero, porque la ciudad dispone de un transporte público muy bueno y segundo, porque es raro el día que no haya alguna manifestación, evento u obra pública que invada las calles y las hagan prácticamente intransitables.

Pero hace unas semanas, convaleciente de una pequeña intervención quirúrgica, sumado al mal tiempo primaveral y a la pereza que rebosaba por todos mis poros tras estar unos días “hibernando” en casa por prescripción médica, me arriesgué a recurrir al automóvil. Craso error. Pagué cara la osadía y recibí justo castigo en forma de un monumental atasco. Allí estaba, atrapada en mi caja de lata con ruedas, en una calle anodina, sin más distracciones que observar cómo bostezaba y se hurgaba la nariz el conductor del coche de al lado. El fluir del tráfico me obligó a quedarme parada en mitad del paso de peatones, lo que propició ser objeto de las miradas furibundas de los que cruzaban y la amenaza de un bastón enarbolado por un anciano, cuyo aspecto inofensivo quedaba desmentido por sus belicosas intenciones. El semáforo iba alternando el color rojo con el verde, pasando por el ámbar. Una y otra vez. Allí no se movía ni un vehículo. La gama cromática se iba sucediendo con imparable cadencia y los minutos pasaban con exasperante lentitud.

Media vida en el cine Doré

Por José María Ruiz del Álamo

Las colas en el cine Doré deparan amistad.
Apenas faltaban cuarenta minutos para el inicio de la sesión y ya estaba formada la fila. Me situé en último lugar, mas viendo que en una posición privilegiada se hallaba un amigo decidí colarme. La charla se inició al instante, y debatimos sobre al evento que allí nos congregaba: el encuentro de Carlos Saura y Vittorio Storaro con el público asistente al cine Doré (sede de proyecciones de Filmoteca Española).

Fructificaba el diálogo, al que se unió una mujer preguntándome: “¿Tú no trabajabas en…?”. "Sí —respondí—, de eso hace ya…”. Habíamos sido compañeros, meses compartiendo oficina, meses frente a unos ordenadores. A la conversación se unieron una cuarta y una quinta persona. Departimos en confianza, con naturalidad.

No al miedo

Escena final de Vértigo (1958), de Alfred Hitchcock



Por Juana Celestino

Hace unos días, Marisa, amiga y compañera de La vida en su tinta, publicaba en Facebook una imagen de texto donde nos preguntaba: “¿Y tú, en qué miedo descubriste que eras valiente?”. A velocidad supersónica, mi memoria viajó en el tiempo y me vi con ocho años de pie al borde de aquella piscina, desde donde miraba fijamente el agua que cubría su zona más profunda. Las piernas me temblaban. Ese día parecía uno de tantos que pasaba en la piscina municipal de Cáceres con mis primos, mayores que yo, que en numerosas ocasiones habían intentado enseñarme a nadar sin éxito. Sentía un miedo irracional y persistente al agua, y la inseguridad de estar a merced de otro me impedía avanzar en aquellas “clases” que había abandonado por imposible. Atracción y temor hacia ese elemento se alternaban; la admiración por nadadores, buceadores y cualquiera que realizara alguna pirueta acuática, podía atrapar mi atención durante horas, en tanto yo me veía limitada a remojarme y a jugar en zonas seguras plagadas de niños.

Aquel día fue diferente. Con una decisión no premeditada, como abducida, me dirigí al borde de la piscina más grande y allí permanecí unos segundos, durante los cuales no oí ni el griterío de los bañistas ni vi cosa alguna que me rodeara. Estaba a solas con mi miedo. Me arrojé de pie. En el momento de la inmersión me invadió una gran euforia y me recreé fascinada en la levedad de mi cuerpo, pero la sensación se desvaneció cuando, al rozar el fondo, ascendí tan solo unos centímetros sin atravesar toda la masa de agua que me cubría; no supe qué hacer con esa ingravidez para seguir avanzando y desasirme de una fuerza que parecía tirar de mí hacia abajo. En mi lucha la garganta se cerraba al aire para impedir la entrada de agua; la rabia por mi estupidez y la pena de abandonar el mundo me asaltaron y mis lágrimas se mezclaron con el agua. Uno nunca sabe cómo va a reaccionar en una situación extrema, pero aquella muda desesperación duró unos segundos antes de que cierta serenidad me envolviera y empezara a dar la patada que mis “monitores” me habían hecho repetir tantas veces. La subida a la superficie rozó una eternidad, y la corta distancia que me separaba del borde al que deseaba asirme hasta llegar a la escalerilla la cubrí con torpes manotazos, hundiendo las cabezas que encontraba a mi paso y provocando toda clase de improperios en los bañistas. Atragantada de agua, tosiendo y con el corazón en la boca, me dirigí hacia mi toalla donde me desplomé de bruces; ninguno de mis acompañantes se había percatado del temerario chapuzón. La audacia una vez que se manifiesta no hay quién la pare, engancha, porque volví a saltar dos veces más, con mejores resultados de tiempo en mi ascenso a la superficie. Al cuarto intento me sorprendió comprobar que mis piernas ya no temblaban, y saber que era capaz de invocar una calma como la que, repentinamente, me había ayudado a emerger, fue lo que me permitió aprender a nadar y a disfrutar de una actividad que con el tiempo se ha convertido en uno de mis deportes favoritos. Más que el suceso en sí, puedo rememorar con nitidez las sensaciones que lo acompañaron, pero no sé qué ocurrió después de aquello, al día siguiente y durante el resto de las vacaciones, no recuerdo nada más de aquel verano.

El temor al agua me había acompañado desde muy niña, aunque no recuerdo ninguna experiencia negativa que lo justificara. Era una fobia de mi madre, sin que ella misma conociera su procedencia. Yo solía darme a la fuga burlando la vigilancia de los mayores y le obsesionaba que pudiera merodear por una charca cercana a la casa de mis abuelos sobre la que oí escabrosas historias, seguramente inventadas, en su afán por protegerme. Pero era un miedo que a mí no me pertenecía, era prestado, y sin embargo se había enquistado en mi mente. Ese día en la piscina, sin saberlo, había decidido no atender al eco de aquellos relatos que aún resonaban dentro de mí.

El miedo es un aliado en nuestra supervivencia, pero también puede ser un enemigo que nos aprisiona y tortura. Ignoro si puede considerarse valiente a quien huye hacia adelante de ese torturador, tratando de sacudirse la zozobra que le provoca sin valorar las posibilidades de éxito, pensando solo en escapar de ese callejón que parece no tener salida. Quizá se trate solo de modos de enfrentarlo –impulsivo o reflexivo- y a la valentía eso poco le importe. Pero sí sé que el miedo se infla en nuestra mente y es embustero. Vamos, que el león no tan fiero como lo pintan.




A vueltas con los mayores

Por Marisa Díez


Viñeta de El Roto para El País

Estoy en esa franja de edad en la que ocuparse de los mayores se ha convertido en una parte fundamental de la rutina diaria. Si me encuentro con amigos a los que hace tiempo que no veo, la conversación siempre gira en torno al mismo tema recurrente. Quienes tenemos la suerte de conservar a nuestros padres o, al menos, a uno de ellos, dedicamos gran parte de nuestras charlas a explicar cómo hacemos frente a tal contingencia. Algunos más implicados que otros, dependiendo de la relación y el cariño que les profesemos, pero cada uno intentando hallar la mejor fórmula para que sigan disfrutando de sus últimos años a nuestro lado. Nos enfrentamos a múltiples dudas y nos encantaría disponer de la varita mágica capaz de resolver el enigma. Tratamos de adivinar el camino correcto, ese mismo camino que en muchas ocasiones encontramos repleto de obstáculos.

Hace unos días, en medio de una de estas conversaciones, tuve que contar hasta diez y mantener la calma, ante los argumentos que alguien esgrimió para juzgar la forma en que una amiga se ocupa de su madre enferma. Sin mostrar el más mínimo asomo de empatía, calificó a esta última, a la que conozco de toda la vida, de ser una persona egoísta y desconsiderada que estaba amargando la vida a su abnegada hija. Y yo que, repito, puedo hablar con auténtico conocimiento de causa, empecé a recordar los años que dedicó al cuidado de sus nietos, a quienes iba a buscar diariamente al colegio. Los acogía en su casa para darles de comer y merendar y, si se terciaba, también de cenar. Día tras día. Año tras año. Sin una sola queja. Pensé en el cariño que mi amiga ha sentido siempre por su madre, cariño igualmente correspondido. Por eso me molestó la manera en que una advenediza trató de explicarme que, si no podía estar en su casa, “la llevaran a una residencia”, así, palabras textuales, porque estaba “acabando con la salud de su propia hija”. En ese momento la miré, y sólo pude preguntarle: “Tú tienes a tus padres, ¿verdad?, a los dos, y son más jóvenes, y autosuficientes, sin grandes problemas aparte de sus pequeños achaques, ¿no es cierto?”. Me contestó: “Sí, claro, tengo a los dos y viven en su casa”. “Entonces, cuando te llegue el momento”, le rebatí, “vienes y me lo cuentas”. Aunque, en vista de lo que oí, puedo imaginar su comportamiento en ese futuro que ella todavía cree lejano.

Me indigna la ligereza con la que algunas personas se enfrentan a un tema que, de momento, les resulta ajeno; lo sencillo que lo ven, la facilidad con la que esgrimen la solución perfecta. Llevo años intentando discernir si estoy haciendo lo correcto en el cuidado de mi madre, si debería tomar decisiones diferentes o si ella realmente es feliz viviendo en su casa con la ayuda que le proporcionamos mis hermanas y yo. Cada día me enfrento a más y más dudas. Por eso detesto que me den lecciones, o que intenten impartirlas a quien se preocupa de devolver a sus mayores aunque sólo sea una pequeña parte del amor desinteresado que siempre recibieron de ellos.

Podría relatar multitud de conductas que me provocan vergüenza ajena, pero me voy a abstener de enumerarlas. Es simple: en mi cabeza no caben razones que justifiquen el abandono en el cuidado de unos padres que para ti han sido los mejores mientras no te exigían asumir responsabilidades. Por fortuna, también existe el extremo opuesto y en ello estoy, en fijarme y aprender de quienes, antes que yo, salieron victoriosos de esta difícil situación, con la cabeza alta y convencidos de que hicieron todo lo que estaba en sus manos para procurarles el bienestar que merecieron hasta el final de sus días. Tan fácil como entender que más pronto que tarde nosotros mismos nos encontraremos, apenas sin darnos cuenta, en su misma casilla de llegada.

Miguel Strogoff

Foto: Cesar Ojeda (Flickr)

Por Esperanza Goiri

Uno de mis héroes de infancia fue el aguerrido y valiente Correo del Zar creado por Julio Verne. Recuerdo ir montada sobre mi bici, como si fuese a caballo, siempre con una cantimplora de plástico en bandolera, que le daba un sabor asqueroso al agua. Recorría, infatigable, las campas que rodeaban la casa donde pasábamos los veranos en un pueblo de Vizcaya. Simulaba ser una versión femenina del admirado personaje que afrontaba, como él, toda suerte de obstáculos (algunos reales, como los temibles perros de los caseríos) para llevar “mensajes vitales” de los que dependía el futuro de la humanidad.

En contra de la creencia extendida, objetivamente fundamentada, de que lo importante es el mensaje y no el mensajero, en mi opinión es vital el portador de una noticia. Sin duda, mi devoción infantil hacia Miguel Strogoff algo habrá tenido que ver.

Estatua de sal

Por José María Ruiz del Álamo

Nunca he llevado mi escritura a tiempos tan remotos, y no por detenerme en las Santas Escrituras, que también incidiré con Lot y su parentela, sino por buscar un futuro cuando se desdibuja el presente. Ante ello espero hilvanar el convincente vocabulario para esclarecer este párrafo que sirve de introducción.

La evolución tiende a significar futuro, mientras damos grado de nostalgia al pasado. Aunar los elementos constituiría un hermoso presente. Una utopía. Por ello algunos buscan soluciones para el futuro en el pasado, claro que no vienen a medir las consecuencias de tamaña decisión. Me explicaré con tres ejemplos.

¡Qué Movida!




 
Portadas de la revista Madrid Me Mata.


Por Juana Celestino

La oleada de aire fresco que oxigenó España tras la muerte de Franco disipó unas normas que parecían eternas, donde la moral estaba sujeta a las leyes de orden de Estado que, como diría Foucault, no tolera el desorden de los corazones. Quienes recordamos el franquismo, pero no lo padecimos, apenas teníamos preocupaciones políticas. Sí participábamos en manifestaciones (incluso de colectivos ajenos a nosotros), donde corríamos huyendo de la policía antidisturbios —que tenía la doble tarea de crear disturbios y reprimirlos— para terminar refugiados en algún bar bullicioso donde, entre risas, nos alegrábamos de haberles dado esquinazo. Jugábamos a revolucionarios. Eran los años 80 y el espíritu alegre y hedonista que los caracterizó nos alejaba muy mucho de los combativos estudiantes, que en décadas anteriores se jugaron con sus protestas la libertad y en algún caso la vida.

Date prisa, cartero

Por Marisa Díez




Guardadas y semiescondidas en un armario en casa de mi madre, atesoro un buen puñado de cartas que empecé a recibir siendo todavía una niña. Durante bastantes años fui la destinataria de muchas misivas y tarjetas postales de las que se enviaban en la época. Las últimas que llegaron a mis manos datan ya de mi etapa universitaria, alcanzando incluso algún año de la década de los noventa. Pero a partir de ahí, la nada. No podría especificar la fecha exacta en que puse fin a esa fase epistolar, pero es casi seguro que resultó ser consecuencia de la implantación de las nuevas tecnologías. En el remite de mi correspondencia encuentro amigos que todavía hoy permanecen a mi lado, junto a otros que, inevitablemente, se quedaron por el camino. A pesar del tiempo transcurrido, jamás he sido capaz de deshacerme de ninguna. Han logrado sobrevivir, apenas intactas, a sucesivas y demoledoras limpiezas generales y a mi abandono del hogar materno.

El comensal invisible



Por Esperanza Goiri

Rita Hayworth y Burt Lancaster en Mesas separadas.
Hace muchos años leí una novela, no recuerdo el título ni al autor, que narraba la vida de una saga familiar. La viuda del patriarca, un hombre déspota y tirano, que profesaba un temor reverencial por el finado, le sigue reservando la cabecera de la mesa para que, aún después de muerto, siga presidiendo las reuniones. Ese comensal invisible influye de una manera sutil y siniestra en la vida de todo el clan.

Sin llegar a ese extremo patológico, hay algo inquietante en un sitio vacío en la mesa. Surgen muchas preguntas: ¿quién va a ocupar esa silla?, ¿en qué momento va a llegar esa persona?, ¿qué le ha impedido llegar a tiempo?

¡Hoy merendamos!

Por José María Ruiz del Álamo

Charles Chaplin  y Jackie Coogan en El chico.


Aquel fue un día de recogimiento, para dar descanso al cuerpo. La semana acumulaba fatiguitas. Se agradeció el sosiego del domingo. A ello súmese el relax de contemplar la nevada que cayó sobre Madrid (ciudad). Finalicé los menesteres de la casa a primera hora, y buena acogida me deparó el sofá, donde di a la lectura con la prosa de Lorenzo Silva, las aventuras de los guardias civiles Bevilacqua y Chamorro entretuvieron mi mente.

La paz del vermut dio paso a unos sabrosos huevos fritos con arroz blanco, culminada con un café fuerte. Y tras los cristales, los copos de nieve seguían presentes. Un reposo terapéutico completado en simbiosis con el susurrante aleteo del programa radiofónico La estación azul, una hora dedicada al mundo literario, conducido por Ignacio Elguero y Cristina Hermoso de Mendoza.

Asfixia


 
Shutterstock


Por Juana Celestino


Fue un encuentro casual. Alguien pronunció mi nombre, y al volverme vi una cara que dejó mi mente en suspenso durante unos segundos; solo después de identificarse, la reconocí. El cambio experimentado desde la última vez que nos vimos era notable. Había dejado crecer su pelo por debajo de los hombros, vestía con elegancia convencional y algunos kilos más redondeaban su cara y su cuerpo, alterando en conjunto aquel aspecto andrógino y casual que yo recordaba. Desde hacía más de un año nos habíamos perdido la pista. No recordaba cuál de las dos ignoró primero a la otra hasta dejar caer en el olvido una relación que, si bien no fue muy estrecha, sí marcó cierta sintonía personal durante los meses que trabajamos en aquel proyecto. Seguimos en contacto, sin que mediara ya el vínculo laboral, compartiendo aficiones que teníamos en común, y también le presenté amigos con los que llegó a tener algún escarceo amoroso. Vivía las relaciones sentimentales en campo abierto, una especie de monogamia en serie con parejas que se sucedían sin esperar que ninguna de ellas durase, pero siempre involucrada, con afecto de por medio.

Mis adorables sobrinos

Por Marisa Díez




Pertenezco a ese grupo de mujeres que, por diversas circunstancias, no ha tenido hijos. Desconozco las cifras exactas, pero imagino que la estadística marcará un tanto por ciento inferior al veinte para encuadrar a quienes, como yo, no han contribuido a elevar la exigua natalidad de nuestro país. Y es que, cuando mi reloj biológico comenzó a despertar, era incapaz de encontrar el momento apropiado. O no tenía pareja, o, cuando la tuve, carecía de trabajo estable, pero al conseguirlo, mi horario laboral era incompatible con la maternidad. Años más tarde, aparecieron una serie de problemas añadidos, que no vienen al caso, y que dificultaron de manera extraordinaria mi deseo de traer una niña –única y exclusivamente–al mundo.

Así que, resumiendo, me resigné al poder de la sabia naturaleza. Y como ésta se empeñó en negarme la criatura, a no ser que resolviese someterme a agotadores tratamientos médicos, eternos y poco fiables, a los que renuncié desde el principio, un día asumí que, en lo que a mí respecta, mi especie no se perpetuaría. Pero a cambio, soy tía, que ya supongo que no es lo mismo, pero estoy segura de que en ocasiones resulta incluso más gratificante.

Tempus fugit

Por José María Ruiz del Álamo

Harold Lloyd en El hombre mosca.
Hace apenas unos días, como quien dice, era diciembre, y ya está aquí el nuevo año. Porque este escrito ve la luz en el mes de enero de 2018. ¡Cómo es el tiempo! ¡Un suspiro, y doce meses han transcurrido! ¿Dónde queda ya el año 2017?

En un momento está y al instante se nos ha escapado, inútiles resultan mis manos para apresarlo. Lo mismo transcurre a toda velocidad que se hace eterno, y así transita, con alegría o pesadez. Y siendo siempre el mismo, se nos muestra diferente. Tal es su estado. Con el tic-tac intentamos dominarlo, imposible domesticarlo; con una fotografía creemos que lo apresamos, pero no se detiene nunca.

Hotel, dulce hotel

Foto de Keem Ibarra

Por Esperanza Goiri

Me he permitido tomar prestado de Joaquín Sabina el título de su quinto disco, me viene al pelo para ilustrar esta entrada.

Tendría cuatro o cinco años la primera vez que recuerdo haberme alojado en un hotel. Viajamos a un remoto pueblo de La Mancha para visitar a mi abuelo paterno. Un vasco apasionado y bohemio que decidió, nadie supo muy bien los motivos, pasar sus últimos años en aquellas tierras. Desde la inocencia de la niñez, aquel establecimiento me pareció estupendo y disfruté mucho de la experiencia. Cuando crecí, al recordar mi entusiasmo, mi madre se moría de risa mientras me explicaba que se trataba de una sencilla fonda, única opción de hospedaje en la zona.

Ya de adolescente, tuve una compañera del colegio que residía con su familia en un apartamento privado de un conocido hotel madrileño, del que su padre era el director. En plena edad del pavo nos parecía el colmo del lujo y la sofisticación vivir allí. El sumun era cuando, tras preguntarnos qué nos apetecía merendar, levantaba con gesto displicente el teléfono para pedir al servicio de habitaciones.

Los objetos que nos hablan



Por Juana Celestino 
 
Foto de Juana Celestino

A cada paso que doy me encuentro con ellos, me rodean, se caen, se interponen en mi camino y me hacen tropezar. Los uso y disfruto, los maltrato y acaricio, me miran, y muchos me hablan si les devuelvo la mirada. Algunos son inútiles, pero llaman mi atención a diario, con insistencia, invitándome a admirar su belleza; otros, más discretos, solo cuando reparo en ellos mencionan a la persona que me los regaló, resaltan alguna anécdota del viaje donde los adquirí o me guían hasta aquella casa que en otro tiempo habitamos. Los objetos de nuestro entorno deberían ser dignificados por estar siempre ahí, esperándonos con las historias que viven en ellos y las voces que los explican. Me basta contemplar a estos emisarios de recuerdos para sentirme engullida en el significado que tienen para mí. Si decido deshacerme de algunos no es porque necesite espacio, estén deteriorados o pasados de moda, es por una razón de peso: ya no me dicen nada. Dejan de compartir espacio conmigo cuando caen en la indiferencia o la armonía entre nosotros se esfuma y, tarde o temprano, se me impone la necesidad de una criba, de verme rodeada únicamente por lo que es consustancial a mí, de separar el grano de la paja. Algo que con los años cada vez veo más claro y no me supone un gran esfuerzo llevar a cabo, tanto en lo referente a objetos como a sujetos.

Aullidos

Por Marisa Díez


Ciervo acosado por una jauría de perros (1640).  Paul de Vos 

No podría explicar con exactitud de dónde salió la pareja que se acercó a auxiliarla. Una especie de bruma cubría su consciencia. Tampoco sabía cómo había aparecido tumbada en aquel banco, en posición fetal. Recuerda vagamente que el suelo se movía bajo sus pies, que llegó a trompicones y se dejó caer, exhausta. Sólo su instinto de supervivencia consiguió sacarla de aquel portal y entonces comenzó a deambular por la ciudad como un fantasma, mientras la fiesta continuaba a su alrededor sin que ella pudiera articular palabra.

No sentía dolor ni conseguía llorar. Por un momento pensó que todo había sido fruto de su imaginación. Había leído en los periódicos que algo así podía ocurrir pero nunca imaginó convertirse en la protagonista de este melodrama. Lo último que recuerda antes de aquel delirio es haber entablado conversación con un grupo de extraños, podían ser cinco jóvenes, quizá con acento del sur, que se movían en manada, pero tampoco se atrevería a asegurarlo. En su cabeza todo da vueltas y no consigue poner en orden sus pensamientos.

El 156, desde luego


Por José María Ruiz del Álamo

Decalcomanie (1961) René Magritte.
Desde luego que lleva unos días muy ufano. Se cree el centro del universo. ¡A ver quién le tose! Va con el prurito subido y no se baja de su atalaya. Cierto, está en boca de todos, y no existe puerta que haya resistido su embestida. “Aquí estoy”, vocifera el muy gallito. Mas a uno ya le tiene harto y exhausto.

Malo resulta contradecirle. “No te tires al monte”, y sin embargo cabalga a galope sin freno. Presume mientras puedas, pero recuerda que siempre serás uno más, aunque desde la cuna eras un fanfarrón. “Ya verás, ya verás”…, nos decías con retintín. Ya estoy viendo.

La "despuesta"

Por Esperanza Goiri




"Soledad con sombrero", Alicia de la Campa


No os molestéis en consultar el diccionario de la RAE porque no vais a encontrar este vocablo. Sin embargo, sí se recoge en el último libro de Luis Piedrahita 222 nuevas palabras sin colorantes y con Cervantes. El término “despuesta” se define como: “Ocurrencia impuntual. Respuesta que acude cuando el interlocutor ya no está delante o cuando el estímulo que la provocó ya se ha desvanecido. Réplica brillante que permanece en la oscuridad”.

Me parece genial. Estoy segura de que, como yo, os habréis encontrado muchas veces en esas situaciones donde por más que buscas a toda velocidad una contestación inteligente, oportuna e ingeniosa para dar réplica a tu interlocutor, te quedas en blanco y encajas como puedes una doble humillación: aceptar tu torpeza y falta de reflejos y contemplar la “sonrisilla” de superioridad y triunfo de quien sabe que has perdido la batalla dialéctica.