Biografías personales

Cuéntenos su historia y sea el autor del libro de su vida. Foto:Nicolai Berntsen

Historia de una empresa

Sueños hechos realidad coronados por el éxito

Cuentos personalizados

Historias con nombres y hechos a resaltar en un contexto real o fantástico. Imagen:Echi-Book

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BIOGRAFÍAS Y MEMORIAS FAMILIARES



Una biografía nos conecta con nuestro pasado, con nuestras raícesEs una herencia única, vinculada con nuestra identidad, con nuestra historia familiar. Puede ser una válvula de escape con un efecto terapéutico, y una ayuda para encontrar ese hilo conductor que nos ha llevado a forjar nuestro destino. Es un gran regalo para la familia y amigos. Una biografía nos ayudará a conocernos mejor y a ser recordados.

      Cómo lo hacemos  


Por escribir

Por José María Ruiz del Álamo

La muerte de Marat (1793), de Jacques-Louis David

Por principio puso una letra mayúscula (al fin y al cabo cumplía con las normas ortográficas) y conformó una palabra sin pleno significado por sí misma, pero otorgándole un cariz de preposición, ya que anunciaba un comienzo sin saber a ciencia cierta cómo iba a concluir.

Por seguir con la oración, una palabra dio paso a otra para crear una frase, donde ya se hicieron palpables un sujeto y un predicado (para ser correctos), así como un sentido global. Por poner un ejemplo: el párrafo se acaba en este punto.

Mírate

Alberto Durero, Autorretrato (1498). Museo del Prado


Por Juana Celestino

Los espejos tienen poder, son capaces de confundir y engañar, pero también muestran aquello que a simple vista no se ve, sacan a la luz lo que está más allá del rostro. Una experiencia que puede ser insoportable si uno no llega a reconocerse o tiene la sensación de ser otra persona quien lo mira, llevándole, incluso, a experimentar estados alterados de conciencia que provoquen ansiedad o inquietud. La cara es el reflejo del alma, se suele decir. Así lo creía Shakespeare cuando hace que el vengativo Hamlet ordene a su madre: "¡Sentaos! No os moveréis de aquí, ni saldréis hasta que os haya puesto ante un espejo donde veáis lo más íntimo de vuestro ser." Mirarse detenidamente en un espejo puede llegar a ser toda una aventura.

Sin mirar atrás


Por Marisa Díez



No siempre es sencillo decir adiós, aunque tengas claro que es el momento idóneo para la despedida. Te asaltan dudas, te sientes frágil, o puede que te asuste la incertidumbre del futuro que, inevitablemente, se abre a continuación. Desconoces los cambios que afectarán a tu vida, y aunque desearías agitar esa varita mágica capaz de descubrir lo que va a suceder mañana, no queda más remedio que rendirse a la evidencia de que no posees tal poder de adivinación. Puedes tener alguna idea de por dónde van a ir los tiros, pero no te sientes en absoluto dueña de tu destino, por más empeño que pongas en dirigir tus pasos hacia un camino determinado que a veces se bifurca en el momento más inoportuno, obligándote de nuevo a elegir y a renunciar. 

Es difícil decir adiós, aunque sea inevitable, por la tristeza que conlleva dejar atrás lo que hasta entonces has considerado imprescindible. Puede que resulte necesario despedirse de personas con las que mantener el contacto ya no te hace ningún bien, o que encuentres inaplazable finiquitar alguna etapa concreta de tu vida que se ha alargado demasiado en el tiempo; incluso es posible que poner tierra de por medio sea la única solución posible para alejarte de un lugar en el que ya no tienes interés en permanecer. Al final, de una u otra manera, estás diciendo adiós. Borrón y cuenta nueva. Parece tratarse de eso, de terminar y volver a comenzar; de poner el punto final a una historia e iniciar un cuento inédito. A veces sales reforzada del envite, pero no siempre sucede así. Es posible que el adiós suponga una carga añadida y no te sientas capacitada para hacerle frente. O quizás la necesidad de empezar de nuevo haya aparecido de improviso cuando menos lo tenías planeado.

Al final todo consiste en ir cerrando etapas para poder abrir paso a las siguientes. Pero decir adiós sin mirar atrás no es tan fácil cuando lo que dejas en el camino constituía hasta entonces una parte fundamental de tu existencia. Y aunque no hubieras visto satisfechas tus expectativas, a veces resulta complicado seguir sin aquello a lo que has decidido o te has visto obligada a renunciar. Por circunstancias, por hartazgo, por una simple cuestión de estrategia… Decides que es el momento; es ahora o no será nunca. Te sientes incapacitada para avanzar y necesitas echar el cerrojo definitivo a esa parte de tu historia, reciente o más lejana, que te ha dejado paralizada durante demasiado tiempo.

Jamás me gustaron las despedidas. Cuando me enfrento a ellas intento pasar el trago lo más rápidamente posible. Recuerdo que decir adiós a mis amigos al final de cada verano me suponía una experiencia casi traumática, porque me impedía seguir disfrutando de su compañía hasta el año siguiente. Lo solventaba como podía, con dos besos fugaces para que no descubrieran mi desazón, y salía corriendo. Y en el resto de despedidas me he comportado a menudo de forma similar.

Pero ahora he decidido que esto tiene que cambiar, porque hay despedidas que nunca consigues rematar. Y es necesario ser fuerte. “Serás, amor, un largo adiós que no se acaba. Vivir, desde el principio, es alejarse…”, escribía Pedro Salinas. Así que, lo que ahora me apetece de verdad es abrir las ventanas y que se inunde todo de aire fresco. Un buen final puede ser a menudo el inicio de un futuro mejor. Tan solo es necesario encontrar el momento idóneo para dejar atrás todo lo que te perturba e impide avanzar en busca de tus sueños. Porque a menudo, como decía Salinas, “lo más seguro es el adiós”.

La habitación congelada

Escena de Rebeca (1940), de Alfred Hitchcock


Por Esperanza Goiri

Era una preadolescente impresionable cuando vi por primera vez Rebeca, película de Alfred Hitchcock basada en la novela homónima de Daphne du Maurier. Me impactó mucho. La imagen de Manderley en llamas es inolvidable. No obstante, a mí me sobrecogió especialmente la escena donde la señora Danvers, el ama de llaves, enseña a la segunda mujer de Max de Winter (personaje interpretado por Joan Fontaine) el cuarto de Rebeca, fallecida pero omnipresente. Casi en trance, la sirvienta muestra con devoción, como si estuviera en un santuario, las pertenencias personales de su idolatrada señora. Todo permanece en el mismo estado que lo dejó Rebeca, como si en cualquier momento pudiera aparecer por la puerta. Danvers, alimentando su obsesión, se encarga de ello con mimo y celo. Es un claro ejemplo de lo que denomino una "habitación congelada". Congelada y detenida en el tiempo y en el espacio.

Son esas estancias cuyos moradores, bien por fallecimiento o por desaparición, no las volverán a ocupar jamás. Sin embargo, quienes los han querido no se resignan a su ausencia. Se aferran a esas cuatro paredes y a su contenido, reliquias que veneran, acarician y contemplan día tras día. Su razón de existir consiste en mantener a esos testigos mudos que, como una enfermedad silenciosa y sin diagnosticar, van minando la salud y cordura de algunos de los supervivientes. Tal vez porque tengan miedo a olvidar el sonido de la risa, el aroma de la piel del ser querido, o en un vano intento de recuperar esos rasgos que el tiempo inmisericorde va borrando sin prisa pero sin pausa.

Todos los casos son tristes e inaceptables para quien tiene la desgracia de convertirse en una especie de "vigilante de museo" con una única sala que custodiar, sin público ni explicaciones técnicas que ofrecer. Pero es especialmente dramático, por ser una pérdida "contra natura", cuando es un hijo el "inquilino" de esa estancia petrificada desde un día y hora concretos. Pocas cosas hay tan desgarradoras como los cuartos infantiles decorados en tonos pastel, llenos de peluches y libros de cuentos que nadie va a volver a leer. Esas habitaciones juveniles, empapeladas de posters, con un flexo en la mesa de estudio que no va a iluminar más. Cuánto dolor concentrado en tan pocos metros cuadrados. Cuánto lo que pudo haber sido, que ya nunca será. ¿Qué hacer cuando nada ni nadie puede justificar lo inexplicable? No hay respuesta.

Recuperar la rutina

Por José María Ruiz del Álamo

Fotograma de El tercer hombre (1949), de Carol Reed.

Hemos dicho adiós al verano, las vacaciones han quedado atrás, ya estamos de vuelta (o quizá no), pero por lo general… Octubre se adivina, a finales de septiembre se edita esta entrada, y parece que nos han cambiado la hora; el reloj biológico se ha desequilibrado durante nuestro período de holganza, y uno, verdaderamente, no se siente igual. Tal estado de “ingravidez·” vino a definirlo un locutor de radio cuando le preguntaron cómo se encontraba: “recuperando la rutina” fue su respuesta.

La frase posee un punto atractivo, ya que aporta cierto carácter positivo a un concepto que venimos a definir negativamente, una especie de antagonismos que se complementan. Así se destaca el valor de lo cotidiano, lo monótono, lo repetitivo, lo aburrido. Esa constatación que eleva a los seres humanos a postularse como animales de costumbres, y quizá implica cierto acomodo.

En defensa de la memoria

Leonora Carrington. Laberinto (1991)


 Por Juana Celestino

Somos memoria, nuestra identidad personal está basada en ella. No se trata de un archivo, no es un cajón con documentos o un ordenador donde guardamos datos listos para consultar con la completa información registrada. Hacemos memoria desde el presente utilizando material del pasado, en un laborioso proceso de reciclaje donde lo filtramos, transformamos y finalmente aprovechamos para nuevo uso. Escarbar en nuestra memoria es una actividad que requiere esfuerzo, y también cierto grado de valentía cuando sabemos que en el interior de ese laberinto pueden ocultarse espacios poco amables y acogedores. Implica una búsqueda personal. Sabemos que si contemplamos cómo fueron las cosas, probablemente estaremos a salvo de caer de nuevo en los mismos errores y avanzaremos por el aprendizaje de lo vivido (uno de los beneficios de la memoria histórica). Pero rememorar también lleva implícito olvidar, no se oponen. Suprimir y conservar información es un contraste necesario: la memoria es recuerdo y olvido.

Hace unas semanas leí un cuento de J.L.Borges que recordaba de mi época de estudiante; en realidad, todo lo que conozco del escritor argentino lo asocio a aquellos tiempos, ya que no había vuelto a leer nada de él, y su obra me lleva más a mi pasado, a mi ambiente personal de entonces, que al recuerdo de los propios relatos. Si a esto se añade que ya no somos los lectores de antaño porque hemos cambiado, puedo decir que abordé la lectura casi de nuevas. Se trata de Funes el memorioso (recogido en el volumen Ficciones), cuyo protagonista, el joven Ireneo Funes, debido a un accidente, dispone de una capacidad prodigiosa para memorizar cualquier detalle de lo aprendido. Para él vivir es recordar, perdiéndose en los pormenores de lo percibido, y sin razonamiento alguno todo queda almacenado en su mente, resultando de lo más trivial esa capacidad para retener conocimientos al estar desprovista de una de las formas de la memoria, el olvido.

Fuera de la ficción, nosotros, afortunadamente, no recordamos el pasado íntegro, sino una selección de sucesos que conservamos sobre otros que se han ido desvaneciendo. Sin embargo, la actualidad tecnológica nos va acercando cada vez más al “funesto” personaje de Borges. Los álbumes de fotos seleccionadas ya son historia, ahora guardamos cientos de imágenes en el ordenador, así como audios o videos, ya sea para publicarlos en una red social, para recrearnos o, simplemente, almacenarlos. Es algo tan habitual capturar cualquier momento en su mínimo detalle mediante el ojo electrónico de una cámara (paisajes que apenas se contemplan, eventos que no se disfrutan en vivo), que para algunos empieza a convertirse en una forma de vida. Pero en ese afán por percibirlo todo no sienten, al estar desvinculados de la experiencia directa. Sensación y memoria forman la experiencia, decía Aristóteles.
Poco a poco, gran parte de nuestras vivencias van pasando a ser custodiadas por un ordenador, tableta o móvil. Ya no tenemos que esforzarnos en recordar, basta con echar mano de una tarjeta de memoria, pero los momentos ya no son memorizados, sino fotografiados. Podemos acumular cada instante de nuestra existencia y revisitarlo (no memorizarlo). Como los lifeloggers, esos aficionados al diario fotográfico, que portan una pequeña cámara que dispara automáticamente varias fotografías por minuto a lo largo de su día a día, también localizables mediante un GPS.

En el cuento de Borges leemos: “Sospecho, sin embargo, que (Funes) no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer”. A este triste personaje, su abrumadora percepción lo priva no solo de la posibilidad de sentir, sino también de pensar. El almacenamiento masivo de imágenes y datos en dispositivos siempre será más cómodo y no tan caótico como el pensamiento o la memoria, desordenado uno, y caprichosa y escurridiza, la otra. Pero caer en esa rememoración compulsiva nos aboca a un mundo donde los gigabytes, además de quitar espacio a nuestra privacidad en ese afán por mostrarnos, también pueden arrebatarnos el pensamiento.

La confianza



Por Marisa Díez



Era un mueble pequeño, pero en sus estrechas baldas se amontonaban objetos de incalculable valor sentimental. Se mezclaban algunos ligeramente extravagantes con otros muy sencillos; unos pocos los conservaba de toda la vida y el resto los había ido coleccionando a lo largo de los años. Cada uno de ellos conservaba su propia esencia y, por supuesto, tenía sus predilectos. En lo alto se alzaba, desde mucho tiempo atrás, su objeto de más valor. No era mejor ni peor que los otros, pero a ella le gustaba más que ninguno. Una mañana en la que se puso a hacer limpieza, de repente cayó desde lo más alto, sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Le golpeó en la cabeza y entonces perdió la conciencia de dónde estaba. Pasaron unas horas hasta que consiguió volver a la realidad. Al abrir los ojos, lo encontró hecho añicos y, cuando por fin reaccionó, fue consciente de que llevaba meses temiendo que pudiera ocurrir. Lo había visto tambalearse en más de una ocasión mientras intentaba poner orden en su peculiar estantería.

Desde entonces anda intentando encajar los pedazos que aquella tarde recogió del suelo de su habitación. Con infinita paciencia, y el mejor pegamento del mercado, se empeña día tras día en unir de nuevo cada fragmento y así conseguir que vuelva a lucir como antes, en lo más alto del armario. Pero a veces las piezas no sueldan con facilidad y se tiene que emplear a fondo para encontrar el punto exacto en el que deben acoplarse.

Recordó este incidente, a modo de metáfora, mientras arreglaba el mundo con una amiga en una de esas cálidas tardes que el verano, a punto de acabar, les había regalado este año. Parapetadas tras un par de cervezas charlaron sobre la dificultad de recomponer una relación, del tipo que fuera, cuando se hace añicos de repente. Aunque lo veas venir, al final te pilla de improviso y sin recursos para reaccionar a tiempo. Empiezas a pensar lo que deberías haber hecho y no hiciste, las palabras que no tendrías que haber callado, los besos que no diste o los abrazos que nunca debiste aplazar.

Hay personas por las que hubieras puesto la mano en el fuego sin temor a quemarte. Dejando a un lado a tu familia, a la que supones inquebrantable, del resto de la humanidad escoges un puñadito de seres a los que consideras dignos de tu total confianza. Pero, aunque cumplas mil años, no dejas de llevarte desilusiones en ese sentido. Te crees fuerte, más lista que nadie en esto de las relaciones humanas y luego pasa lo que pasa: cuando menos te lo esperas, tus objetos más preciados resbalan de la estantería, estallan en pedazos y lo dejan todo perdido.

El tiempo va situando las cosas en su sitio y a cada persona en el lugar que le corresponde. O eso dicen. A veces parece que los días pasan demasiado despacio, con una lentitud que puede llegar a exasperarte, pero, sin apenas darte cuenta, un día descubres que de nuevo la vida ha corrido mucho más rápido que tú, y con las prisas no pudiste llevar a cabo lo que juzgaste como inaplazable. El tiempo real no se ajusta exactamente a tus necesidades: en ocasiones te desborda o puede volverse extrañamente relajado.

La confianza que depositas en tus escogidos la supones siempre a prueba de bomba y por encima de cualquier espacio temporal. Por eso el sobresalto es tan fuerte cuando desde lo más alto del escalafón se desprende alguna de tus reliquias, tan veneradas por ti. Juntar de nuevo las partes rotas es una tarea complicada que exige un esfuerzo diario. Siempre temes dejar algún pequeño hueco donde el pegamento no acierta a unir con precisión, alguna afilada arista que se te clave cuando ya creías haber recompuesto de nuevo el desastre que un día encontraste esparcido en el suelo de tu habitación.

En penumbra

Foto: Belén Sánchez (Flickr)

Por Esperanza Goiri

Sin llegar a los extremos de Grace y sus hijos, protagonistas de la película Los otros, de Alejandro Amenábar, ya que afortunadamente no soy fotosensible, en cuanto llega el verano y el sol impone su implacable presencia, mi hogar adquiere una atmósfera misteriosa, llena de claroscuros, como si fuera un lienzo en el que los objetos cotidianos adquieren otra dimensión, un aspecto seductor e inquietante al mismo tiempo.

Vito se mueve al ralentí como un elfo peludo. Sus puntiagudas orejas se recortan contra el cristal del mirador por la única abertura que dejo en las persianas, para que pueda tomar sus baños de sol y ver pasar la vida, ladrando ocasionalmente a otro perro, al carrito del cartero o a cualquier otro elemento rodante que, por lo que sea, encuentre amenazador.

La razón de vivir en semioscuridad durante tres o cuatro meses (el verano en Madrid es infinito, o al menos a mí me lo parece) es práctica: la casa tiene una orientación este-oeste y el astro rey le proyecta toda su fuerza y calor desde que sale hasta que decide retirarse a descansar y nos da un respiro. En invierno es una delicia por la luz y por lo fácil que es mantenerla caldeada. Pero en el estío sobrevivimos gracias al aire acondicionado, ventiladores varios y a mimetizarnos con las costumbres del Talpidae. No dejéis volar vuestras calenturientas mentes, me estoy refiriendo al inofensivo y nada glamuroso topo común.

Ensueño

Por José María Ruiz del Álamo


Fotograma de la película Recuerda (1945), de Alfred Hitchcock.
Quizá este hecho que voy a comentar sea definido como una peripecia, y sin embargo, apenas fue una sucesión de sensaciones, que, siendo extrañas se dibujan de la forma más natural. Ya fluye, ya se diluye, deparando una vivencia imposible de retener. La mente posee esta inconsistencia.

Todo devino de un estado de ánimo. No lo negaré, aquella noche me embargaba el sosiego. Una paz conquistada tras disfrutar de la belleza de una película, porque contemplar la versión completa de Fanny y Alexander me satisfizo; cinco horas y cuarto de pleno goce. La orquestación de Ingmar Bergman fue magistral. Salí feliz del cine.

Tres son multitud






Por Juana Celestino

No había transcurrido un año desde que la convenciera para que fuera a vivir con él. Lo pasaban bien, bromeaban, reían y conversaban sobre cualquier cosa mientras paseaban o saboreaban una copa de vino durante las largas sobremesas de la cena. Solían ver en casa alguna serie o película y, aunque les costaba ponerse de acuerdo en los títulos, el amor les hacía condescendientes.
Al cabo de unos meses, la sensación de frustración y rabia se fueron alternando en ella al descubrir el deseo compulsivo de ver televisión que él padecía. Terminada la jornada laboral en su empresa de telefonía, ocupaba su sitio favorito frente al televisor, que encendía al llegar; incluso los anuncios le fascinaban: imágenes, sonidos y recurrencia de luces lo absorbían. Poco a poco, se vio obligada a pasar más tiempo recluida en el pequeño estudio, donde preparaba sus clases o trataba de enfrascarse en algún libro, aunque ahora cierta inquietud le impedía concentrarse. Ya no compartían tanto el sofá, y cuando se reunían en la mesa de comedor, las charlas eran más bien monólogos a  los que él asentía de forma distraída mirando a la pantalla.

Palabras más o menos

Por Marisa Díez 

 El eclipse (1962), Michelangelo Antonioni

Las palabras que se quedan por decir permanecen para siempre en tu memoria. Esa conversación que hubiese resuelto todas las dudas; un par de frases, quizás, hubieran sido suficientes. Pero puede que tuviéramos demasiada prisa y hasta es posible que nos atenazara el miedo.

Qué hubiera sido de nosotros de haber sabido pronunciar las palabras oportunas en algún momento concreto de nuestra vida. Si no hubiésemos salido corriendo antes de preguntar, por temor a las respuestas que no queríamos oír. Si no hubiéramos reprimido el primer impulso que nos empujaba a hacer lo que al final, sin saber exactamente la razón, no hicimos.

Algunos se marchan para siempre dejando tras de sí un montón de incógnitas sin resolver. Instantes no compartidos por la prisa que impone este mundo incivilizado. También hay personas que permanecen a tu lado, pero con las que ves pasar los días sin ser capaz de recuperar el tiempo perdido, ni de retomar esa conversación que se quedó en el tintero. Inventas mil excusas para no hablar hasta que un día te das cuenta de que se te ha hecho demasiado tarde.

Las palabras que nunca dices son las mismas que podrían salvarte o definitivamente acabar de hundirte. Y sin embargo a veces hablamos a destiempo. Todo lo que hemos retenido se escapa como un torrente el día en que lo mejor hubiera sido permanecer callado. En un ataque de sinceridad te has vaciado sin darte cuenta. La basura acumulada sale en tromba sin control y en todas direcciones, contaminando lo que encuentra a su paso. Cuando el silencio ha sido tu norma durante demasiado tiempo al final explotas y esto siempre suele ocurrir de la forma más inadecuada y en el momento más inoportuno.

Una amiga me recuerda a menudo que no hay que callarse, que ya está bien. Se acostumbran a manejarte y no puede ser, dice. Ella ya se ha rebelado y hace tiempo que lo está poniendo en práctica, aun a riesgo de enzarzarse en batallas que no desearía, pero que considera justas. Pues no, yo todavía no sé hacerlo. Nunca aprendí a hablar cuando debía. Me aterra hacerme escuchar en público, pero tampoco acierto a comunicarme, a veces, ni ante una única persona. Luego, a solas, me sale la conversación a borbotones, pero claro, ya es tarde y únicamente me escucho yo, porque lo de hablar conmigo misma es un arte que cada día domino más y mejor. Me rebato y hasta llego a discutir en soledad, aunque lo habitual es que en mis monólogos la razón la tenga siempre yo. Normal, no soy nada masoquista.

Me encantaría aprender a hablar, a decir y expresar mis sentimientos en el momento justo. Pero sólo cuando aporreo las teclas del ordenador me sale con facilidad lo que guardo dentro. Lo malo es que no todo el mundo es capaz de entender mi táctica. Se hacen líos y divagan pensando a quién me puedo referir en cada momento, cuando lo habitual es que no me dirija a nadie en concreto, porque lo que tengo es una especie de batiburrillo en el que ni yo misma consigo aclararme.

Las palabras que no conseguiste pronunciar jamás llegas a olvidarlas del todo. Te acechan cada cierto tiempo para imaginar qué hubiera ocurrido de no haberlas callado. Quizá te arrepientas de tu incapacidad para expresarlas, pero te consuelas pensando que o un gesto o una mirada a menudo son capaces de suplirlas, porque el lenguaje de los ojos expresa con infinita claridad lo que sentimos aunque ni una sola palabra consiga salir de nuestros labios.



La mujer del palo

Foto: Pensiero (Foter)
Por Esperanza Goiri

Unas semanas atrás en la sobremesa de una reunión familiar, un primo de mi marido consiguió captar la atención de todos los presentes contándonos un suceso que le tiene intrigado desde hace tiempo.

En nuestras vidas existen determinadas rutinas que, consciente o inconscientemente, repetimos a diario. Una de ellas es el trayecto que recorremos para ir al puesto de trabajo. Lo habitual es elegir un medio específico de transporte, hacerlo en un horario concreto y por la misma ruta. En su caso, él se desplaza a pie desde su domicilio a su empresa en un paseo de unos cuantos kilómetros. A fuerza de repetirlo, suele coincidir en el itinerario con personas a quienes, pese a no conocer de nada, ya identifica, al cruzarse con ellas cotidianamente en un determinado punto del recorrido y más o menos a la misma hora. De entre toda esa gente, hay una transeúnte que le tiene muerto de curiosidad. Se trata de una mujer de mediana edad y aspecto corriente que siempre porta en su mano un palo. No se trata de ningún bastón u objeto similar que sirva de ayuda para caminar. Es un palo de madera, largo y astillado, como si lo hubiera arrancado del marco de una puerta o de un cuadro de grandes dimensiones. No lo apoya en el suelo, se limita a sujetarlo entre sus dedos. La venía observando, preguntándose a dónde iría (por la hora temprana de la mañana, presumiblemente a su trabajo), para qué le serviría el palo (a priori, inútil e incómodo de llevar por su tamaño y textura con aristas y astillas), y contemplaba perplejo el vigoroso y decidido paso femenino. Así han venido coincidiendo a lo largo del tiempo. Ella a lo suyo y él atento e inquieto ante su presencia.

Caminar, un placer perdido

Por José María Ruiz del Álamo

Callejeando descubres paisajes urbanos. Entrada a la plaza Mayor de Madrid por la calle de la Sal.

Me declaro culpable. Soy el primero en asumir la condena. No pido clemencia. Bien merecido lo tengo, ya se sabe: “siempre tiene que hablar el que más debe callar”. Pero como uno está escribiendo.

Todo porque desde hace algún tiempo (mucho tiempo) he dejado de lado las caminatas. Parece que ya uno solo anda por obligación, y lo imprescindible. Hoy impera el sedentarismo. ¿Quién no ha visto cómo alguien se sube al autobús para bajarse en la siguiente parada? Ni siquiera nos permitimos recorrer a pie 500 metros. Recuerda, ¿qué itinerario has llevado a cabo ayer?

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Mano-Concha (1934), Dora Maar


Por Juana Celestino

Omnipresente día y noche, nos produce sensaciones tan opuestas como el placer o el dolor, y nuestra vida entera está entrelazada por doquier con las experiencias que nos proporciona. Es el tacto. ¿A quién no le gusta comer con los dedos? Pinzar con ellos un espárrago y comerlo de cabo a rabo, aprisionar un bocadillo, pelar unas gambas, rozar un merengue y chuparse el dedo… Y si además el placentero ritual culinario lo disfrutamos en la naturaleza, sentados en el suelo, en contacto con la tierra, la experiencia puede alcanzar el sumun, desplegándose todos los sentidos para nuestro deleite.

Me gusta toquetear las cosas, pero de muchas me tengo que abstener ante el cartel, presencial o no, de “no tocar”, como en los museos (excepto en el Tiflológico). Una escultura, que implica tanto al sentido del tacto como al de la vista, invita a ser acariciada; sin embargo, mantener una distancia prudente frente a una obra de arte es un gesto asumido por la mayoría. El arte como un ente alejado y puro que solo puede/debe “tocarse” con los ojos. Me resulta difícil superar la frustración que a veces estas necesarias normas de conservación me provocan. Contemplar, por ejemplo, una obra de Caravaggio y no poder tocarla es toda una prueba. Las figuras del pintor italiano sorprenden por su “carnosidad”, algunas parecen decir “tócame”; me acerco y miro con envidia a su incrédulo santo Tomás al que me gustaría emular, no para cerciorarme en cuestiones de fe religiosas, sino para comprobar que tanto él como sus compañeros de escena son personajes y no seres reales.

Mentiras

Por Marisa Díez 


Pinocho. Ana María Méndez. www.ilustradorescolombianos.com


“Si dices la verdad no tendrás que acordarte de nada” (Mark Twain). 

Frases y sentencias sobre la mentira las hay a cientos, pero ésta, sin duda, es una de mis preferidas. Algunas personas demuestran una capacidad extraordinaria para interpretar un papel digno de los mejores actores, sin ocupar, ni de lejos, la nómina de tal profesión. Se me ocurren así, a bote pronto, bastantes ejemplos, con nombres y apellidos que todos conocemos. La mayoría forman parte, de una u otra manera, de eso que llamamos “la cosa pública” y nos representan en las instituciones haciendo de la mentira su verdadero leitmotiv. Pero que los políticos mientan lo consideramos algo poco menos que inherente a su propia condición. Hay otras mentiras infinitamente peores y que nos tragamos como sapos, que nos dejan un regusto de lo más amargo.

En el fondo, siempre he admirado a esa gente capaz de creerse sus propias farsas. Imaginan una realidad que solo existe para ellos y a partir de ahí, comienzan a fabular, incrementando cada vez un poco más su nivel de autoengaño. Son felices en su particular universo; podríamos decir que ni siquiera son tóxicas, porque no mienten para hacer daño ni para justificarse. Quizá parten de un resquicio de verdad, pero moldean ésta a su gusto y se imaginan un mundo fantástico del que están encantados de formar parte. Tengo un amigo, al que veo muy de tarde en tarde, que es un claro ejemplo de realidad paralela. Jamás he sido capaz de hacerle ningún reproche porque sé que tras su comportamiento no se esconde ni un resquicio de maldad. Él es así y punto. Además, me hace reír, lo que considero sobrada razón para no pedirle nada a cambio de escuchar, divertida, todos sus embustes.

Bastante más dañinos resultan los mentirosos compulsivos, aquellos que hacen del engaño su razón de ser. Mienten con tal descaro que te gustaría descubrirles una por una cada falacia que sueltan en tu propia cara. Pero como tienes claro que dispones de una condición humana muy superior a la suya, te callas, y ni te dignas a responder, sabiendo como sabes que estás por encima de todas sus historias y sus clases magistrales de enredos y ficción.

Luego están los que no saben mentir, entre los cuales, y no sin cierto resquemor, me cuento. Imagino mi propia mirada, incapaz de sostener la de mi interlocutor cuando estoy fabricando una trola, y se me cae el mundo encima. Me pongo nerviosa, balbuceo, me sonrojo, y entonces decido que es absolutamente imprescindible dar un paso atrás y reconocer mi error. Por eso no lo suelo hacer; no soy capaz de mentir ni siquiera en el currículum. Me pillan a la primera de cambio. Qué le voy a hacer. Soy así de transparente. Y que conste que esa torpeza para ocultar la verdad no es algo de lo que me sienta especialmente orgullosa.

Quizá por eso tengo cierta facilidad para descubrir cuándo me la están intentando jugar. No es tan complicado; se trata sólo de observar determinadas actitudes. A quien no está acostumbrado a mentir le delatan sus gestos. Un extraño rictus se apodera de su rostro y ese simple indicio te obliga a ponerte en guardia. Un par de preguntas bien hechas pueden dar al traste con todo su esfuerzo por fabricar una realidad paralela. Pero lo más conveniente en estos casos es seguir adelante y dar a cada historia la relevancia que se merece. Si son felices imaginando que te la han pegado, mejor para ellos. Tampoco yo soy nadie para desenmascararles y por eso les dejo vivir en su mundo de fantasía.

De cualquier forma, desde aquí me atrevo a reivindicar la mentira piadosa, esa que resulta mucho más digerible que la auténtica verdad. Aliñar una falsedad con un poco de imaginación y ciertas dosis de autenticidad puede convertirse en la mejor manera de salir del paso de una situación embarazosa. Confieso haberla utilizado en alguna ocasión cuando no me ha quedado otra alternativa. Porque mentir, lo que se dice mentir, tampoco es tan grave si trae como consecuencia la felicidad del que tienes enfrente. Y la verdad, como todo en esta vida, es un concepto muy relativo; es posible que la mía no tenga nada que ver con la de mi vecino. Ya lo dijo Antonio Machado: “¿Tu verdad? No, la verdad. Y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”.

El semáforo


Foto: Victor Rodríguez (Flickr)

Por Esperanza Goiri

Cada vez utilizo menos el coche para circular por Madrid. Primero, porque la ciudad dispone de un transporte público muy bueno y segundo, porque es raro el día que no haya alguna manifestación, evento u obra pública que invada las calles y las hagan prácticamente intransitables.

Pero hace unas semanas, convaleciente de una pequeña intervención quirúrgica, sumado al mal tiempo primaveral y a la pereza que rebosaba por todos mis poros tras estar unos días “hibernando” en casa por prescripción médica, me arriesgué a recurrir al automóvil. Craso error. Pagué cara la osadía y recibí justo castigo en forma de un monumental atasco. Allí estaba, atrapada en mi caja de lata con ruedas, en una calle anodina, sin más distracciones que observar cómo bostezaba y se hurgaba la nariz el conductor del coche de al lado. El fluir del tráfico me obligó a quedarme parada en mitad del paso de peatones, lo que propició ser objeto de las miradas furibundas de los que cruzaban y la amenaza de un bastón enarbolado por un anciano, cuyo aspecto inofensivo quedaba desmentido por sus belicosas intenciones. El semáforo iba alternando el color rojo con el verde, pasando por el ámbar. Una y otra vez. Allí no se movía ni un vehículo. La gama cromática se iba sucediendo con imparable cadencia y los minutos pasaban con exasperante lentitud.

Media vida en el cine Doré

Por José María Ruiz del Álamo

Las colas en el cine Doré deparan amistad.
Apenas faltaban cuarenta minutos para el inicio de la sesión y ya estaba formada la fila. Me situé en último lugar, mas viendo que en una posición privilegiada se hallaba un amigo decidí colarme. La charla se inició al instante, y debatimos sobre al evento que allí nos congregaba: el encuentro de Carlos Saura y Vittorio Storaro con el público asistente al cine Doré (sede de proyecciones de Filmoteca Española).

Fructificaba el diálogo, al que se unió una mujer preguntándome: “¿Tú no trabajabas en…?”. "Sí —respondí—, de eso hace ya…”. Habíamos sido compañeros, meses compartiendo oficina, meses frente a unos ordenadores. A la conversación se unieron una cuarta y una quinta persona. Departimos en confianza, con naturalidad.

No al miedo

Escena final de Vértigo (1958), de Alfred Hitchcock



Por Juana Celestino

Hace unos días, Marisa, amiga y compañera de La vida en su tinta, publicaba en Facebook una imagen de texto donde nos preguntaba: “¿Y tú, en qué miedo descubriste que eras valiente?”. A velocidad supersónica, mi memoria viajó en el tiempo y me vi con ocho años de pie al borde de aquella piscina, desde donde miraba fijamente el agua que cubría su zona más profunda. Las piernas me temblaban. Ese día parecía uno de tantos que pasaba en la piscina municipal de Cáceres con mis primos, mayores que yo, que en numerosas ocasiones habían intentado enseñarme a nadar sin éxito. Sentía un miedo irracional y persistente al agua, y la inseguridad de estar a merced de otro me impedía avanzar en aquellas “clases” que había abandonado por imposible. Atracción y temor hacia ese elemento se alternaban; la admiración por nadadores, buceadores y cualquiera que realizara alguna pirueta acuática, podía atrapar mi atención durante horas, en tanto yo me veía limitada a remojarme y a jugar en zonas seguras plagadas de niños.

Aquel día fue diferente. Con una decisión no premeditada, como abducida, me dirigí al borde de la piscina más grande y allí permanecí unos segundos, durante los cuales no oí ni el griterío de los bañistas ni vi cosa alguna que me rodeara. Estaba a solas con mi miedo. Me arrojé de pie. En el momento de la inmersión me invadió una gran euforia y me recreé fascinada en la levedad de mi cuerpo, pero la sensación se desvaneció cuando, al rozar el fondo, ascendí tan solo unos centímetros sin atravesar toda la masa de agua que me cubría; no supe qué hacer con esa ingravidez para seguir avanzando y desasirme de una fuerza que parecía tirar de mí hacia abajo. En mi lucha la garganta se cerraba al aire para impedir la entrada de agua; la rabia por mi estupidez y la pena de abandonar el mundo me asaltaron y mis lágrimas se mezclaron con el agua. Uno nunca sabe cómo va a reaccionar en una situación extrema, pero aquella muda desesperación duró unos segundos antes de que cierta serenidad me envolviera y empezara a dar la patada que mis “monitores” me habían hecho repetir tantas veces. La subida a la superficie rozó una eternidad, y la corta distancia que me separaba del borde al que deseaba asirme hasta llegar a la escalerilla la cubrí con torpes manotazos, hundiendo las cabezas que encontraba a mi paso y provocando toda clase de improperios en los bañistas. Atragantada de agua, tosiendo y con el corazón en la boca, me dirigí hacia mi toalla donde me desplomé de bruces; ninguno de mis acompañantes se había percatado del temerario chapuzón. La audacia una vez que se manifiesta no hay quién la pare, engancha, porque volví a saltar dos veces más, con mejores resultados de tiempo en mi ascenso a la superficie. Al cuarto intento me sorprendió comprobar que mis piernas ya no temblaban, y saber que era capaz de invocar una calma como la que, repentinamente, me había ayudado a emerger, fue lo que me permitió aprender a nadar y a disfrutar de una actividad que con el tiempo se ha convertido en uno de mis deportes favoritos. Más que el suceso en sí, puedo rememorar con nitidez las sensaciones que lo acompañaron, pero no sé qué ocurrió después de aquello, al día siguiente y durante el resto de las vacaciones, no recuerdo nada más de aquel verano.

El temor al agua me había acompañado desde muy niña, aunque no recuerdo ninguna experiencia negativa que lo justificara. Era una fobia de mi madre, sin que ella misma conociera su procedencia. Yo solía darme a la fuga burlando la vigilancia de los mayores y le obsesionaba que pudiera merodear por una charca cercana a la casa de mis abuelos sobre la que oí escabrosas historias, seguramente inventadas, en su afán por protegerme. Pero era un miedo que a mí no me pertenecía, era prestado, y sin embargo se había enquistado en mi mente. Ese día en la piscina, sin saberlo, había decidido no atender al eco de aquellos relatos que aún resonaban dentro de mí.

El miedo es un aliado en nuestra supervivencia, pero también puede ser un enemigo que nos aprisiona y tortura. Ignoro si puede considerarse valiente a quien huye hacia adelante de ese torturador, tratando de sacudirse la zozobra que le provoca sin valorar las posibilidades de éxito, pensando solo en escapar de ese callejón que parece no tener salida. Quizá se trate solo de modos de enfrentarlo –impulsivo o reflexivo- y a la valentía eso poco le importe. Pero sí sé que el miedo se infla en nuestra mente y es embustero. Vamos, que el león no tan fiero como lo pintan.




A vueltas con los mayores

Por Marisa Díez


Viñeta de El Roto para El País

Estoy en esa franja de edad en la que ocuparse de los mayores se ha convertido en una parte fundamental de la rutina diaria. Si me encuentro con amigos a los que hace tiempo que no veo, la conversación siempre gira en torno al mismo tema recurrente. Quienes tenemos la suerte de conservar a nuestros padres o, al menos, a uno de ellos, dedicamos gran parte de nuestras charlas a explicar cómo hacemos frente a tal contingencia. Algunos más implicados que otros, dependiendo de la relación y el cariño que les profesemos, pero cada uno intentando hallar la mejor fórmula para que sigan disfrutando de sus últimos años a nuestro lado. Nos enfrentamos a múltiples dudas y nos encantaría disponer de la varita mágica capaz de resolver el enigma. Tratamos de adivinar el camino correcto, ese mismo camino que en muchas ocasiones encontramos repleto de obstáculos.

Hace unos días, en medio de una de estas conversaciones, tuve que contar hasta diez y mantener la calma, ante los argumentos que alguien esgrimió para juzgar la forma en que una amiga se ocupa de su madre enferma. Sin mostrar el más mínimo asomo de empatía, calificó a esta última, a la que conozco de toda la vida, de ser una persona egoísta y desconsiderada que estaba amargando la vida a su abnegada hija. Y yo que, repito, puedo hablar con auténtico conocimiento de causa, empecé a recordar los años que dedicó al cuidado de sus nietos, a quienes iba a buscar diariamente al colegio. Los acogía en su casa para darles de comer y merendar y, si se terciaba, también de cenar. Día tras día. Año tras año. Sin una sola queja. Pensé en el cariño que mi amiga ha sentido siempre por su madre, cariño igualmente correspondido. Por eso me molestó la manera en que una advenediza trató de explicarme que, si no podía estar en su casa, “la llevaran a una residencia”, así, palabras textuales, porque estaba “acabando con la salud de su propia hija”. En ese momento la miré, y sólo pude preguntarle: “Tú tienes a tus padres, ¿verdad?, a los dos, y son más jóvenes, y autosuficientes, sin grandes problemas aparte de sus pequeños achaques, ¿no es cierto?”. Me contestó: “Sí, claro, tengo a los dos y viven en su casa”. “Entonces, cuando te llegue el momento”, le rebatí, “vienes y me lo cuentas”. Aunque, en vista de lo que oí, puedo imaginar su comportamiento en ese futuro que ella todavía cree lejano.

Me indigna la ligereza con la que algunas personas se enfrentan a un tema que, de momento, les resulta ajeno; lo sencillo que lo ven, la facilidad con la que esgrimen la solución perfecta. Llevo años intentando discernir si estoy haciendo lo correcto en el cuidado de mi madre, si debería tomar decisiones diferentes o si ella realmente es feliz viviendo en su casa con la ayuda que le proporcionamos mis hermanas y yo. Cada día me enfrento a más y más dudas. Por eso detesto que me den lecciones, o que intenten impartirlas a quien se preocupa de devolver a sus mayores aunque sólo sea una pequeña parte del amor desinteresado que siempre recibieron de ellos.

Podría relatar multitud de conductas que me provocan vergüenza ajena, pero me voy a abstener de enumerarlas. Es simple: en mi cabeza no caben razones que justifiquen el abandono en el cuidado de unos padres que para ti han sido los mejores mientras no te exigían asumir responsabilidades. Por fortuna, también existe el extremo opuesto y en ello estoy, en fijarme y aprender de quienes, antes que yo, salieron victoriosos de esta difícil situación, con la cabeza alta y convencidos de que hicieron todo lo que estaba en sus manos para procurarles el bienestar que merecieron hasta el final de sus días. Tan fácil como entender que más pronto que tarde nosotros mismos nos encontraremos, apenas sin darnos cuenta, en su misma casilla de llegada.