Biografías personales

Cuéntenos su historia y sea el autor del libro de su vida. Foto:Nicolai Berntsen

Historia de una empresa

Sueños hechos realidad coronados por el éxito

Cuentos personalizados

Historias con nombres y hechos a resaltar en un contexto real o fantástico. Imagen:Echi-Book

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BIOGRAFÍAS Y MEMORIAS FAMILIARES



Una biografía nos conecta con nuestro pasado, con nuestras raícesEs una herencia única, vinculada con nuestra identidad, con nuestra historia familiar. Puede ser una válvula de escape con un efecto terapéutico, y una ayuda para encontrar ese hilo conductor que nos ha llevado a forjar nuestro destino. Es un gran regalo para la familia y amigos. Una biografía nos ayudará a conocernos mejor y a ser recordados.

      Cómo lo hacemos  


Mentira y gorda


 Por Marisa Díez 



Ahora nos gusta denominarlas fake news porque nos parece más fashion utilizar una expresión de este tipo, pero en realidad se refieren a un concepto que ha existido siempre. Las noticias falsas o engañosas que corren como la pólvora por las redes sociales están destinadas a crear confusión. Utilizan la supuesta ignorancia de los sujetos a quienes van dirigidas con un fin determinado. La clase política las usa sin ningún pudor ni la más mínima ética. Cada vez es más habitual escucharlas en boca de nuestros representantes públicos sin que se les mueva un músculo de la cara. No se preocupan en desmentir lo que pregonan, ni siquiera una vez demostrada la falsedad de lo que difunden a los cuatro vientos. La mentira está prácticamente institucionalizada como método para conseguir sus objetivos políticos.

De niña llegué a creer a pies juntillas lo que podría definir como la primera fake news que recuerdo. Por aquel entonces, al no existir las redes sociales, los bulos corrían de boca en boca, en el colegio o en la calle, en nuestro ámbito más cercano, y nos dejaban casi sin defensas ante la imposibilidad de desmentirlos si no era recurriendo a la fuente de información más fiable: nuestros padres o hermanos mayores. Aquella historia inquietante de la mano negra me persiguió durante un tiempo y me dejó paralizada en alguna ocasión, incapacitándome para acudir a solas al cuarto de baño. Era un bulo cruel, dirigido a los niños, y nunca he sido capaz de comprender el sentido real que se escondía detrás de una mentira tan increíble y amenazadora.

Con los años me fui blindando ante las historietas sin sentido que cada cierto tiempo circulaban por mi entorno, la mayoría sin explicación aparente, y llegué a convertirme en una auténtica experta en descifrar los bulos que la gente se empeñaba en hacerme creer. Recuerdo a una profesora del colegio, la señorita Isabel, objetivo de las patrañas más inverosímiles, tan solo por la discapacidad que padecía como consecuencia de haber sufrido un cruel accidente de tráfico. Su pierna ortopédica provocaba leyendas sin fin, pero yo la observaba desplazarse en su Seat 600 blanco sin aparente dificultad, lo que me empujaba a dudar de la veracidad de tanto rumor que la perseguía. Y así hasta el día de hoy, en que ya ni me molesto en dar credibilidad a lo que no me demuestren con hechos probados. Me he convertido en una escéptica de por vida. Si no lo veo, no lo creo, y punto. Por simple instinto de supervivencia o qué sé yo, el caso es que ya no me creo nada, y eso teniendo en cuenta que existen mentiras tan sumamente elaboradas y bien estructuradas, que consiguen a veces incluso hacerme dudar. Pero me mantengo firme en mi incredulidad. Me he convertido en una escéptica radical y así me protejo ante los ataques que surgen cuando menos te lo esperas y en cualquier ámbito.

Por eso sospecho a menudo de ciertos mensajes que se convierten en virales a través de Facebook, Twitter o Instagram y entonces me dan ganas de desaparecer por un tiempo del mundo virtual. Recibo auténticas barbaridades en mi Whatsapp, aún más ahora que nos encontramos en periodo electoral. Me lleva los demonios descubrir las falacias que la gente es capaz de construir para justificar el voto a una determinada opción política. Pero aún confío en la sensatez de las personas para adivinar, como si estuviéramos en un juego, dónde está la mentira o por dónde han escondido la verdad entre tanto mensaje tergiversado. Entonces me acuerdo de la señorita Isabel y su pierna ortopédica, y me parece que, en parte gracias a ella, pude darme cuenta a tiempo, tan solo utilizando un mínimo de observación y ciertas dosis de cordura, que la mentira, la inmensa mayoría de las veces, tiene las patas muy cortas.

A propósito de la moda

Por José María Ruiz del Álamo


Fotograma de la película María Antonieta, de Sofía Coppola.
Lo sé, lo sé. ¿Quién soy yo para inmiscuirme en el prolífico y proceloso mundo de la moda? Derroteros por los que apenas he transitado, así que me circunscribo a la teoría. Por disertar, en mayor medida.

De entrada, “moda” me remite a los oropeles del mundo de la vestimenta. La ropa como la gran clave del hecho que nos concita. De hecho también ha sido vuestro primer pensamiento. Lo mismo te ves en ese grado de magnificencia desfilando por las pasarelas del glamur, ser un maniquí humano, ser modelo de los modelos, creados por modistos para que lo luzcan modelos. Valgan estas repeticiones para huir de ellos y elevarnos sobre los diseñadores. Una evolución lingüística que llevaría a los arquitectos a autoproclamarse diseñadores de edificios; los electricistas, diseñadores de conexiones, o los escritores, diseñadores de frases.

Quo Vadis?

Escena de la serie Roma (2005)

Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus (Epicuro, citado por Séneca).
“Esto lo digo no para muchos, sino para ti:pues somos un público bastante grande el uno para el otro”.

Por Esperanza Goiri

No, no voy a hablar de la magnífica película dirigida por Mervyn LeRoy en 1951, interpretada, entre otros, por Deborah Kerr y Robert Taylor. Los protagonistas de esta entrada, aunque podrían perfectamente desenvolverse en la antigua Roma, son vecinos de mi barrio. La primera vez que tuve la suerte de encontrármelos fue a la salida de la biblioteca. Andaba como una urraca guardando mi “pitanza literaria” en el bolso cuando llegaron a mis oídos, pronunciadas con un varonil y grave tono, exactamente esas mismas palabras: quo vadis?

Mis básicos conocimientos de latín son los que consiguió enseñarme la señorita Marina, allá por segundo de BUP, más conocida en todo el colegio como la Latina. Más tarde, dos años de Derecho Romano volvieron a cruzar en mi camino la lengua de Cicerón. Luego la vida me fue llevando por otros derroteros y el latín quedó aparcado. A pesar de no haber perseverado en su estudio, siempre he mantenido cierta fascinación por ese idioma. Al escucharlo un día cualquiera, en plena calle y en el siglo XXI, sentí una inmediata curiosidad.

Claustrofobia





Por Juana Celestino



Imagen: mejoresfotos.eu
 


Me desperté de madrugada aún con la angustia provocada por la pesadilla de la que acababa de salir. En ella, mi cuerpo era un peso muerto que iba descendiendo con rapidez a un lugar muy profundo donde se oía un ruido ensordecedor, como si miles de máquinas estuviesen funcionando a la vez; siguió un griterío de voces que no entendía qué decían, era algo ininteligible todas al unísono, una salmodia infernal que me produjo un vértigo insoportable. La escena cambia y me veo en casa, de repente se desata un fuerte viento y oigo portazos continuos en el piso de abajo, los cuadros se caen de las paredes y un tenderete de ropa que hay en la terraza se convierte en una fiesta loca de camisas y pantalones que bailan vacíos, uniendo sus puños, entrelazando sus piernas. Salgo riéndome a carcajadas y la potencia del vendaval apenas me deja mantener los ojos abiertos, una sábana se desprende de las cuerdas y me envuelve, es blanca, pero todo se vuelve negro. Me despertó el agudo e insistente tintineo de las campanillas de viento que cuelgan en la terraza. Me vino a la mente Alicia, que siguiendo al conejo blanco cae por un profundísimo agujero, de paredes llenas de armarios y estanterías, mapas y cuadros colgados que, imagina divertida, la llevará a atravesar la Tierra hasta Nueva Zelanda o Australia donde vive esa gente que anda cabeza abajo. En mi sueño no encontré el País de las Maravillas.

Busqué la razón de aquel mal sueño y concluí que se debía al hecho de haber estado leyendo la prensa antes de dormir, concretamente la noticia que informaba de los últimos avances en el rescate de Julen, el niño de dos años que una semana antes había caído por un estrecho y profundo pozo donde aún permanecía atrapado. Un suceso que, unido a lo angustioso que siempre resulta la búsqueda de un niño perdido, remite a mitos ancestrales y terrores de infancia. Quería imaginar que, en el mejor de los casos, el niño estaría conmocionado, aturdido, y no era consciente de su aislamiento en la oscuridad de ese pozo infernal, pero también me asaltaba esa idea implícita a la vida, la del absurdo que se une a lo trágico cuando la realidad se vuelve negra e irrespirable. Trataba de distraerme de estos pensamientos siguiendo la ingente labor desde todos los ámbitos de los centenares de personas que el suceso había puesto en movimiento; en los profesionales y arriesgados mineros que picaban en la oscuridad como si al otro lado del túnel hubiera un soplo de vida, aunque en su interior (y en el de todos) la lógica nos golpeara con lo contrario.

Finalmente el niño Julen no ha podido ser rescatado con vida y el suceso nos ha dejado un gusto amargo. Pero el aire que me ha faltado durante estos días me lo ha devuelto la solidaridad de la que es capaz el ser humano frente al infortunio.



Buenas intenciones

Por Marisa Díez 


Imagen:Shutterstock


Me propongo sonreír y, si es posible, reír a carcajadas, al menos un par de veces al día. Y si tengo que llorar, que sea de risa. Así, las únicas lágrimas que resbalarán por mi cara serán esas gotas artificiales que utilizo para humedecer mi crónico ojo seco. Y si acaso me permito llorar a escondidas, lo haré como terapia para equilibrar el desajuste hormonal al que me enfrento con mayor o menor dignidad, según el momento.

Me propongo preocuparme tan solo de quien se lo merece y olvidarme de los que, poco a poco o de repente, me dejaron en la estacada. A quienes yo abandoné, seguro que tendría sobradas razones para hacerlo, ya ni pienso en ellos. Se desvanecieron en mi memoria con el paso de los años y no tengo ninguna intención de reintegrarlos en mi vida. En su día me defraudaron y ahora ya no dispongo de tanto tiempo y paciencia como entonces. Me he vuelto mucho más práctica y sé que es necesario apurar el aquí y ahora sin tantas contemplaciones ni absurdos remordimientos.

Me propongo cuidarme un poco más, quererme un poco más, incluso admirarme un poco más, al menos de cara a la galería, porque ya me fustigo lo suficiente en silencio y tampoco es cuestión de dar demasiadas pistas a quienes te quieren mal.

Me propongo seguir luchando por las causas que considero justas, sobre todo cuando observo que el mundo parece haberse dado la vuelta y algunos pretenden regresar, sin complejos, a tiempos que creíamos ya superados y juzgados por la historia.

Me propongo contrarrestar con argumentos irrebatibles los alaridos de quienes alzando la voz consideran que están en posesión de la verdad, tan solo porque gritan más fuerte. No me van a callar; cuanto más vociferen más tranquila y sosegada será mi respuesta. Pienso combatirlos desde la seguridad que se instala en mí cuando sé que estoy en lo cierto. Y, a ser posible, pillarlos de improviso para dejarlos sin defensa.

Me propongo seguir compartiendo buenos ratos con mis amigos, no dejar para mañana la cervecita que te puedas tomar hoy en tan grata compañía. No dar pie a excusas del tipo, “qué pereza, tengo frío, estoy depre, menudo catarro he pillado…”, cuando la mayoría de las veces quedarse anclada en el sofá no suele ser, ni de lejos, la mejor opción.

Me propongo seguir disfrutando de mi familia en pleno, y, ante todo, de las sorpresas con las que mi madre continúa obsequiándome a menudo en forma de recuerdos o historietas, algunas mil veces escuchadas, aunque en ocasiones escondan algún secreto jamás compartido.

Me propongo cuidar a los que están lejos, no escatimarles pequeños detalles, ésos que tanto se magnifican en la distancia y que tan poco esfuerzo nos suponen. Muestras de cariño sin motivo aparente; mensajes o llamadas injustificadas en cualquier momento o lugar, siempre que la diferencia horaria no se convierta en un obstáculo insalvable.

Me propongo incluso escribir una lista personalizada de propósitos para cada día del nuevo año. Ya sé que la mayoría se quedarán en el limbo de los deseos irrealizables e incumplidos, así que, en contrapartida, me reservo también la posibilidad de ejercer sobre quien corresponda alguna que otra pequeña maldad. Conozco mis limitaciones y sé que tampoco soy tan buena persona como aparento. Además, me empalaga tanto propósito exquisito y tanto fair play. Es aburridísimo. ¿Qué sería la vida si no existiera la satisfacción que te producen las pequeñas venganzas? Darte la vuelta y sonreír mientras dejas a tu espalda, hundida y derrotada, la que consideras verdadera causa de todas tus desdichas. Como propósito no está nada mal. Me lo voy a apuntar en el primer lugar de la lista.







La pérdida de la inocencia

Por José María Ruiz del Álamo

Gregory Peck en Matar un ruiseñor.

Lo sé, el título me viene grande, máxime cuando uno es tan banal, aunque en verdad resulta pertinente el enunciado. Abarcar este asunto tan espinoso, y en fechas navideñas (véase que la entrada toma vida el Día de los Santos Inocentes), me resultaría imposible si no lo acoto a un punto concreto. Son demasiadas las inocencias que perdemos a lo largo de la existencia para circunscribirlas a un solo texto.

Entonces, ¿por qué me aboco a ello? Simplemente, por las vinculaciones que desarrolla un cerebro ante un acontecimiento. Y mis células cerebrales se activaron cuando oí por la radio que le habían otorgado el Goya de honor a Narciso Ibáñez Serrador. En ese momento los recuerdos se agolparon: una merma de la inocencia provocaban sus imágenes.

Personal e intransferible


© Tommy Ingberg




Por Juana Celestino


A muchos nos gusta mirar al cielo; sentimos especial devoción por las aves y por los espectáculos, tanto visuales como sonoros, que estos plumíferos animales nos pueden regalar. Hay muchísimas aves preciosas e interesantes, pero yo siento predilección por las migratorias, como las cigüeñas y las grullas; estas últimas son de las más viajeras, nos visitan cada invierno surcando el cielo en bandadas numerosas y rompiendo el silencio con su característico trompeteo. Al margen de la belleza de estas esbeltas criaturas, no deja de admirarme su capacidad de orientación, ese sistema de navegación preciso que las lleva a recorrer miles de kilómetros, atravesando países y continentes, para invernar en los mismos lugares y regresar más tarde a sus criaderos de origen. Gran parte del secreto de esa brújula biológica parece estar en la memoria genética, del mismo modo que en la abeja, que hereda su habilidad para construir un panal, o en la araña para tejer con su seda la red donde atrapará a sus presas. La información necesaria para la supervivencia ya les viene dada, luego la suerte jugará su papel.

A diferencia de los animales, los seres humanos no recibimos por transmisión natural ningún tipo de información sustancial para la vida. Muy al contrario, necesitamos de un largo proceso de aprendizaje donde la disciplina y el esfuerzo son la base para adquirir los conocimientos y habilidades que nos ayuden sobrevivir en el medio laboral y social. Sí podemos heredar el talento que nos lleve a la excelencia de algo de lo aprendido, pero hay que pasar por el taller; sin un maestro es difícil obtener preparación alguna.

Más ardua aún es la andadura personal. No es nada sencillo elegir nuestro camino; desde la más temprana edad hay mucha presión, ruido y opiniones de otras personas que nos pueden confundir y distanciar de los propios sueños. Se trata de ir en busca de lo que creemos que nos dará más satisfacciones, aunque la equivocación esté a la vuelta de la esquina, pero será nuestro error, no el de otro. Casi todos hemos vivido ese intento de los padres por transmitirnos su saber mundano en ese afán por protegernos y prepararnos mejor para la andadura vital; también por boca de educadores y de algún amigo hemos oído alguna vez la advertencia “te lo digo por experiencia”, pero la de los otros no nos sirve. Sí podemos prestar oídos a esos consejos, pero descubrir la vida es una tarea personal. Las propias conquistas serán las únicas que verifiquen o no las experiencias que aquellos han intentado transmitirnos. Y aún en el caso de seguir esas directrices a pies juntillas, el resultado nunca será el mismo. Porque no se trata tan solo de vivencias, será sobre todo la interpretación, la reflexión que cada uno haga de esos hechos la que nos dé la información que antes desconocíamos y no podíamos aprender sin haber pasado antes por ello. Tampoco es ensayo y error, como si viviéramos en un laboratorio; el error quedará ahí como una experiencia no buscada, pero reconocerlo nos hace responsables y un poco más sabios, pues en el próximo intento ya tendremos en cuenta que, de la misma forma que podemos vivir un triunfo, también cabe la posibilidad de obrar de forma tan desacertada como la anterior. El recorrido por el mundo nos exige este esfuerzo continuo, en cuyos resultados están de más los juicios negativos; mejor, “disfrutar del error y de su enmienda”, como dice Ida Vitale en su poema Fortuna, y albergar la esperanza de que, tarde o temprano, la verdad se imponga por sí misma.

Se mire como se mire, la experiencia es personal e intransferible. Al final todos acabamos aprendiendo algo, ya sea por discernimiento o por sufrimiento, pero el enfoque que demos a esa información será lo que marque nuestra andadura existencial.



Días chungos






Metáfora, J.R. Rey

Por Esperanza Goiri

Utilizo el adjetivo coloquial (chungo) porque resulta muy expresivo para calificar esos días confusos y difíciles, que acechan silenciosamente y surgen cuando nada hace presagiar su aparición. No hay ningún acontecimiento dramático ni desestabilizador que justifique su visita. A priori, son un número más en el calendario. Una jornada normal y corriente como otras muchas. Pero cuando deciden llamar a mi puerta, llegan de improviso, como esos convidados inesperados e inoportunos que no han tenido la delicadeza de avisarte con antelación. Hacen notar su presencia de manera sutil, pero tangible.

Son esos días que, como dice la canción de Alejandro Sanz, “amaneces en cruz”. Nada te parece bien. El té que siempre disfrutas en el desayuno, hoy tiene un regusto agrio y menos aromático que de costumbre. Ese cuadro que elegiste con tanta ilusión como recuerdo de un viaje, que te encanta, luce menos colorido, como impregnado de una pátina gris y viscosa. Las noticias de primera hora de la mañana, que habitualmente provocan mi indignación, me dejan fría e indiferente. ¡Anda qué les den! Porque esos días eres tú y tus circunstancias, no hay cabida para nadie ni nada más. Lo ves todo patas arriba. Te cuestionas hasta tu nombre y elucubras sobre cada uno de los aspectos de tu vida. Magnificas y exageras cualquier contratiempo por nimio que sea. Lo que ayer era bueno, hoy es malo. No te aguantas a ti misma ni a los demás. Tienes la molesta impresión de estar fuera de lugar. Vamos, un asco total.

Por escribir

Por José María Ruiz del Álamo

La muerte de Marat (1793), de Jacques-Louis David

Por principio puso una letra mayúscula (al fin y al cabo cumplía con las normas ortográficas) y conformó una palabra sin pleno significado por sí misma, pero otorgándole un cariz de preposición, ya que anunciaba un comienzo sin saber a ciencia cierta cómo iba a concluir.

Por seguir con la oración, una palabra dio paso a otra para crear una frase, donde ya se hicieron palpables un sujeto y un predicado (para ser correctos), así como un sentido global. Por poner un ejemplo: el párrafo se acaba en este punto.

Mírate

Alberto Durero, Autorretrato (1498). Museo del Prado


Por Juana Celestino

Los espejos tienen poder, son capaces de confundir y engañar, pero también muestran aquello que a simple vista no se ve, sacan a la luz lo que está más allá del rostro. Una experiencia que puede ser insoportable si uno no llega a reconocerse o tiene la sensación de ser otra persona quien lo mira, llevándole, incluso, a experimentar estados alterados de conciencia que provoquen ansiedad o inquietud. La cara es el reflejo del alma, se suele decir. Así lo creía Shakespeare cuando hace que el vengativo Hamlet ordene a su madre: "¡Sentaos! No os moveréis de aquí, ni saldréis hasta que os haya puesto ante un espejo donde veáis lo más íntimo de vuestro ser." Mirarse detenidamente en un espejo puede llegar a ser toda una aventura.

Sin mirar atrás


Por Marisa Díez



No siempre es sencillo decir adiós, aunque tengas claro que es el momento idóneo para la despedida. Te asaltan dudas, te sientes frágil, o puede que te asuste la incertidumbre del futuro que, inevitablemente, se abre a continuación. Desconoces los cambios que afectarán a tu vida, y aunque desearías agitar esa varita mágica capaz de descubrir lo que va a suceder mañana, no queda más remedio que rendirse a la evidencia de que no posees tal poder de adivinación. Puedes tener alguna idea de por dónde van a ir los tiros, pero no te sientes en absoluto dueña de tu destino, por más empeño que pongas en dirigir tus pasos hacia un camino determinado que a veces se bifurca en el momento más inoportuno, obligándote de nuevo a elegir y a renunciar. 

Es difícil decir adiós, aunque sea inevitable, por la tristeza que conlleva dejar atrás lo que hasta entonces has considerado imprescindible. Puede que resulte necesario despedirse de personas con las que mantener el contacto ya no te hace ningún bien, o que encuentres inaplazable finiquitar alguna etapa concreta de tu vida que se ha alargado demasiado en el tiempo; incluso es posible que poner tierra de por medio sea la única solución posible para alejarte de un lugar en el que ya no tienes interés en permanecer. Al final, de una u otra manera, estás diciendo adiós. Borrón y cuenta nueva. Parece tratarse de eso, de terminar y volver a comenzar; de poner el punto final a una historia e iniciar un cuento inédito. A veces sales reforzada del envite, pero no siempre sucede así. Es posible que el adiós suponga una carga añadida y no te sientas capacitada para hacerle frente. O quizás la necesidad de empezar de nuevo haya aparecido de improviso cuando menos lo tenías planeado.

Al final todo consiste en ir cerrando etapas para poder abrir paso a las siguientes. Pero decir adiós sin mirar atrás no es tan fácil cuando lo que dejas en el camino constituía hasta entonces una parte fundamental de tu existencia. Y aunque no hubieras visto satisfechas tus expectativas, a veces resulta complicado seguir sin aquello a lo que has decidido o te has visto obligada a renunciar. Por circunstancias, por hartazgo, por una simple cuestión de estrategia… Decides que es el momento; es ahora o no será nunca. Te sientes incapacitada para avanzar y necesitas echar el cerrojo definitivo a esa parte de tu historia, reciente o más lejana, que te ha dejado paralizada durante demasiado tiempo.

Jamás me gustaron las despedidas. Cuando me enfrento a ellas intento pasar el trago lo más rápidamente posible. Recuerdo que decir adiós a mis amigos al final de cada verano me suponía una experiencia casi traumática, porque me impedía seguir disfrutando de su compañía hasta el año siguiente. Lo solventaba como podía, con dos besos fugaces para que no descubrieran mi desazón, y salía corriendo. Y en el resto de despedidas me he comportado a menudo de forma similar.

Pero ahora he decidido que esto tiene que cambiar, porque hay despedidas que nunca consigues rematar. Y es necesario ser fuerte. “Serás, amor, un largo adiós que no se acaba. Vivir, desde el principio, es alejarse…”, escribía Pedro Salinas. Así que, lo que ahora me apetece de verdad es abrir las ventanas y que se inunde todo de aire fresco. Un buen final puede ser a menudo el inicio de un futuro mejor. Tan solo es necesario encontrar el momento idóneo para dejar atrás todo lo que te perturba e impide avanzar en busca de tus sueños. Porque a menudo, como decía Salinas, “lo más seguro es el adiós”.

La habitación congelada

Escena de Rebeca (1940), de Alfred Hitchcock


Por Esperanza Goiri

Era una preadolescente impresionable cuando vi por primera vez Rebeca, película de Alfred Hitchcock basada en la novela homónima de Daphne du Maurier. Me impactó mucho. La imagen de Manderley en llamas es inolvidable. No obstante, a mí me sobrecogió especialmente la escena donde la señora Danvers, el ama de llaves, enseña a la segunda mujer de Max de Winter (personaje interpretado por Joan Fontaine) el cuarto de Rebeca, fallecida pero omnipresente. Casi en trance, la sirvienta muestra con devoción, como si estuviera en un santuario, las pertenencias personales de su idolatrada señora. Todo permanece en el mismo estado que lo dejó Rebeca, como si en cualquier momento pudiera aparecer por la puerta. Danvers, alimentando su obsesión, se encarga de ello con mimo y celo. Es un claro ejemplo de lo que denomino una "habitación congelada". Congelada y detenida en el tiempo y en el espacio.

Son esas estancias cuyos moradores, bien por fallecimiento o por desaparición, no las volverán a ocupar jamás. Sin embargo, quienes los han querido no se resignan a su ausencia. Se aferran a esas cuatro paredes y a su contenido, reliquias que veneran, acarician y contemplan día tras día. Su razón de existir consiste en mantener a esos testigos mudos que, como una enfermedad silenciosa y sin diagnosticar, van minando la salud y cordura de algunos de los supervivientes. Tal vez porque tengan miedo a olvidar el sonido de la risa, el aroma de la piel del ser querido, o en un vano intento de recuperar esos rasgos que el tiempo inmisericorde va borrando sin prisa pero sin pausa.

Todos los casos son tristes e inaceptables para quien tiene la desgracia de convertirse en una especie de "vigilante de museo" con una única sala que custodiar, sin público ni explicaciones técnicas que ofrecer. Pero es especialmente dramático, por ser una pérdida "contra natura", cuando es un hijo el "inquilino" de esa estancia petrificada desde un día y hora concretos. Pocas cosas hay tan desgarradoras como los cuartos infantiles decorados en tonos pastel, llenos de peluches y libros de cuentos que nadie va a volver a leer. Esas habitaciones juveniles, empapeladas de posters, con un flexo en la mesa de estudio que no va a iluminar más. Cuánto dolor concentrado en tan pocos metros cuadrados. Cuánto lo que pudo haber sido, que ya nunca será. ¿Qué hacer cuando nada ni nadie puede justificar lo inexplicable? No hay respuesta.

Recuperar la rutina

Por José María Ruiz del Álamo

Fotograma de El tercer hombre (1949), de Carol Reed.

Hemos dicho adiós al verano, las vacaciones han quedado atrás, ya estamos de vuelta (o quizá no), pero por lo general… Octubre se adivina, a finales de septiembre se edita esta entrada, y parece que nos han cambiado la hora; el reloj biológico se ha desequilibrado durante nuestro período de holganza, y uno, verdaderamente, no se siente igual. Tal estado de “ingravidez·” vino a definirlo un locutor de radio cuando le preguntaron cómo se encontraba: “recuperando la rutina” fue su respuesta.

La frase posee un punto atractivo, ya que aporta cierto carácter positivo a un concepto que venimos a definir negativamente, una especie de antagonismos que se complementan. Así se destaca el valor de lo cotidiano, lo monótono, lo repetitivo, lo aburrido. Esa constatación que eleva a los seres humanos a postularse como animales de costumbres, y quizá implica cierto acomodo.

En defensa de la memoria

Leonora Carrington. Laberinto (1991)


 Por Juana Celestino

Somos memoria, nuestra identidad personal está basada en ella. No se trata de un archivo, no es un cajón con documentos o un ordenador donde guardamos datos listos para consultar con la completa información registrada. Hacemos memoria desde el presente utilizando material del pasado, en un laborioso proceso de reciclaje donde lo filtramos, transformamos y finalmente aprovechamos para nuevo uso. Escarbar en nuestra memoria es una actividad que requiere esfuerzo, y también cierto grado de valentía cuando sabemos que en el interior de ese laberinto pueden ocultarse espacios poco amables y acogedores. Implica una búsqueda personal. Sabemos que si contemplamos cómo fueron las cosas, probablemente estaremos a salvo de caer de nuevo en los mismos errores y avanzaremos por el aprendizaje de lo vivido (uno de los beneficios de la memoria histórica). Pero rememorar también lleva implícito olvidar, no se oponen. Suprimir y conservar información es un contraste necesario: la memoria es recuerdo y olvido.

Hace unas semanas leí un cuento de J.L.Borges que recordaba de mi época de estudiante; en realidad, todo lo que conozco del escritor argentino lo asocio a aquellos tiempos, ya que no había vuelto a leer nada de él, y su obra me lleva más a mi pasado, a mi ambiente personal de entonces, que al recuerdo de los propios relatos. Si a esto se añade que ya no somos los lectores de antaño porque hemos cambiado, puedo decir que abordé la lectura casi de nuevas. Se trata de Funes el memorioso (recogido en el volumen Ficciones), cuyo protagonista, el joven Ireneo Funes, debido a un accidente, dispone de una capacidad prodigiosa para memorizar cualquier detalle de lo aprendido. Para él vivir es recordar, perdiéndose en los pormenores de lo percibido, y sin razonamiento alguno todo queda almacenado en su mente, resultando de lo más trivial esa capacidad para retener conocimientos al estar desprovista de una de las formas de la memoria, el olvido.

Fuera de la ficción, nosotros, afortunadamente, no recordamos el pasado íntegro, sino una selección de sucesos que conservamos sobre otros que se han ido desvaneciendo. Sin embargo, la actualidad tecnológica nos va acercando cada vez más al “funesto” personaje de Borges. Los álbumes de fotos seleccionadas ya son historia, ahora guardamos cientos de imágenes en el ordenador, así como audios o videos, ya sea para publicarlos en una red social, para recrearnos o, simplemente, almacenarlos. Es algo tan habitual capturar cualquier momento en su mínimo detalle mediante el ojo electrónico de una cámara (paisajes que apenas se contemplan, eventos que no se disfrutan en vivo), que para algunos empieza a convertirse en una forma de vida. Pero en ese afán por percibirlo todo no sienten, al estar desvinculados de la experiencia directa. Sensación y memoria forman la experiencia, decía Aristóteles.
Poco a poco, gran parte de nuestras vivencias van pasando a ser custodiadas por un ordenador, tableta o móvil. Ya no tenemos que esforzarnos en recordar, basta con echar mano de una tarjeta de memoria, pero los momentos ya no son memorizados, sino fotografiados. Podemos acumular cada instante de nuestra existencia y revisitarlo (no memorizarlo). Como los lifeloggers, esos aficionados al diario fotográfico, que portan una pequeña cámara que dispara automáticamente varias fotografías por minuto a lo largo de su día a día, también localizables mediante un GPS.

En el cuento de Borges leemos: “Sospecho, sin embargo, que (Funes) no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer”. A este triste personaje, su abrumadora percepción lo priva no solo de la posibilidad de sentir, sino también de pensar. El almacenamiento masivo de imágenes y datos en dispositivos siempre será más cómodo y no tan caótico como el pensamiento o la memoria, desordenado uno, y caprichosa y escurridiza, la otra. Pero caer en esa rememoración compulsiva nos aboca a un mundo donde los gigabytes, además de quitar espacio a nuestra privacidad en ese afán por mostrarnos, también pueden arrebatarnos el pensamiento.

La confianza



Por Marisa Díez



Era un mueble pequeño, pero en sus estrechas baldas se amontonaban objetos de incalculable valor sentimental. Se mezclaban algunos ligeramente extravagantes con otros muy sencillos; unos pocos los conservaba de toda la vida y el resto los había ido coleccionando a lo largo de los años. Cada uno de ellos conservaba su propia esencia y, por supuesto, tenía sus predilectos. En lo alto se alzaba, desde mucho tiempo atrás, su objeto de más valor. No era mejor ni peor que los otros, pero a ella le gustaba más que ninguno. Una mañana en la que se puso a hacer limpieza, de repente cayó desde lo más alto, sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Le golpeó en la cabeza y entonces perdió la conciencia de dónde estaba. Pasaron unas horas hasta que consiguió volver a la realidad. Al abrir los ojos, lo encontró hecho añicos y, cuando por fin reaccionó, fue consciente de que llevaba meses temiendo que pudiera ocurrir. Lo había visto tambalearse en más de una ocasión mientras intentaba poner orden en su peculiar estantería.

Desde entonces anda intentando encajar los pedazos que aquella tarde recogió del suelo de su habitación. Con infinita paciencia, y el mejor pegamento del mercado, se empeña día tras día en unir de nuevo cada fragmento y así conseguir que vuelva a lucir como antes, en lo más alto del armario. Pero a veces las piezas no sueldan con facilidad y se tiene que emplear a fondo para encontrar el punto exacto en el que deben acoplarse.

Recordó este incidente, a modo de metáfora, mientras arreglaba el mundo con una amiga en una de esas cálidas tardes que el verano, a punto de acabar, les había regalado este año. Parapetadas tras un par de cervezas charlaron sobre la dificultad de recomponer una relación, del tipo que fuera, cuando se hace añicos de repente. Aunque lo veas venir, al final te pilla de improviso y sin recursos para reaccionar a tiempo. Empiezas a pensar lo que deberías haber hecho y no hiciste, las palabras que no tendrías que haber callado, los besos que no diste o los abrazos que nunca debiste aplazar.

Hay personas por las que hubieras puesto la mano en el fuego sin temor a quemarte. Dejando a un lado a tu familia, a la que supones inquebrantable, del resto de la humanidad escoges un puñadito de seres a los que consideras dignos de tu total confianza. Pero, aunque cumplas mil años, no dejas de llevarte desilusiones en ese sentido. Te crees fuerte, más lista que nadie en esto de las relaciones humanas y luego pasa lo que pasa: cuando menos te lo esperas, tus objetos más preciados resbalan de la estantería, estallan en pedazos y lo dejan todo perdido.

El tiempo va situando las cosas en su sitio y a cada persona en el lugar que le corresponde. O eso dicen. A veces parece que los días pasan demasiado despacio, con una lentitud que puede llegar a exasperarte, pero, sin apenas darte cuenta, un día descubres que de nuevo la vida ha corrido mucho más rápido que tú, y con las prisas no pudiste llevar a cabo lo que juzgaste como inaplazable. El tiempo real no se ajusta exactamente a tus necesidades: en ocasiones te desborda o puede volverse extrañamente relajado.

La confianza que depositas en tus escogidos la supones siempre a prueba de bomba y por encima de cualquier espacio temporal. Por eso el sobresalto es tan fuerte cuando desde lo más alto del escalafón se desprende alguna de tus reliquias, tan veneradas por ti. Juntar de nuevo las partes rotas es una tarea complicada que exige un esfuerzo diario. Siempre temes dejar algún pequeño hueco donde el pegamento no acierta a unir con precisión, alguna afilada arista que se te clave cuando ya creías haber recompuesto de nuevo el desastre que un día encontraste esparcido en el suelo de tu habitación.

En penumbra

Foto: Belén Sánchez (Flickr)

Por Esperanza Goiri

Sin llegar a los extremos de Grace y sus hijos, protagonistas de la película Los otros, de Alejandro Amenábar, ya que afortunadamente no soy fotosensible, en cuanto llega el verano y el sol impone su implacable presencia, mi hogar adquiere una atmósfera misteriosa, llena de claroscuros, como si fuera un lienzo en el que los objetos cotidianos adquieren otra dimensión, un aspecto seductor e inquietante al mismo tiempo.

Vito se mueve al ralentí como un elfo peludo. Sus puntiagudas orejas se recortan contra el cristal del mirador por la única abertura que dejo en las persianas, para que pueda tomar sus baños de sol y ver pasar la vida, ladrando ocasionalmente a otro perro, al carrito del cartero o a cualquier otro elemento rodante que, por lo que sea, encuentre amenazador.

La razón de vivir en semioscuridad durante tres o cuatro meses (el verano en Madrid es infinito, o al menos a mí me lo parece) es práctica: la casa tiene una orientación este-oeste y el astro rey le proyecta toda su fuerza y calor desde que sale hasta que decide retirarse a descansar y nos da un respiro. En invierno es una delicia por la luz y por lo fácil que es mantenerla caldeada. Pero en el estío sobrevivimos gracias al aire acondicionado, ventiladores varios y a mimetizarnos con las costumbres del Talpidae. No dejéis volar vuestras calenturientas mentes, me estoy refiriendo al inofensivo y nada glamuroso topo común.

Ensueño

Por José María Ruiz del Álamo


Fotograma de la película Recuerda (1945), de Alfred Hitchcock.
Quizá este hecho que voy a comentar sea definido como una peripecia, y sin embargo, apenas fue una sucesión de sensaciones, que, siendo extrañas se dibujan de la forma más natural. Ya fluye, ya se diluye, deparando una vivencia imposible de retener. La mente posee esta inconsistencia.

Todo devino de un estado de ánimo. No lo negaré, aquella noche me embargaba el sosiego. Una paz conquistada tras disfrutar de la belleza de una película, porque contemplar la versión completa de Fanny y Alexander me satisfizo; cinco horas y cuarto de pleno goce. La orquestación de Ingmar Bergman fue magistral. Salí feliz del cine.

Tres son multitud






Por Juana Celestino

No había transcurrido un año desde que la convenciera para que fuera a vivir con él. Lo pasaban bien, bromeaban, reían y conversaban sobre cualquier cosa mientras paseaban o saboreaban una copa de vino durante las largas sobremesas de la cena. Solían ver en casa alguna serie o película y, aunque les costaba ponerse de acuerdo en los títulos, el amor les hacía condescendientes.
Al cabo de unos meses, la sensación de frustración y rabia se fueron alternando en ella al descubrir el deseo compulsivo de ver televisión que él padecía. Terminada la jornada laboral en su empresa de telefonía, ocupaba su sitio favorito frente al televisor, que encendía al llegar; incluso los anuncios le fascinaban: imágenes, sonidos y recurrencia de luces lo absorbían. Poco a poco, se vio obligada a pasar más tiempo recluida en el pequeño estudio, donde preparaba sus clases o trataba de enfrascarse en algún libro, aunque ahora cierta inquietud le impedía concentrarse. Ya no compartían tanto el sofá, y cuando se reunían en la mesa de comedor, las charlas eran más bien monólogos a  los que él asentía de forma distraída mirando a la pantalla.

Palabras más o menos

Por Marisa Díez 

 El eclipse (1962), Michelangelo Antonioni

Las palabras que se quedan por decir permanecen para siempre en tu memoria. Esa conversación que hubiese resuelto todas las dudas; un par de frases, quizás, hubieran sido suficientes. Pero puede que tuviéramos demasiada prisa y hasta es posible que nos atenazara el miedo.

Qué hubiera sido de nosotros de haber sabido pronunciar las palabras oportunas en algún momento concreto de nuestra vida. Si no hubiésemos salido corriendo antes de preguntar, por temor a las respuestas que no queríamos oír. Si no hubiéramos reprimido el primer impulso que nos empujaba a hacer lo que al final, sin saber exactamente la razón, no hicimos.

Algunos se marchan para siempre dejando tras de sí un montón de incógnitas sin resolver. Instantes no compartidos por la prisa que impone este mundo incivilizado. También hay personas que permanecen a tu lado, pero con las que ves pasar los días sin ser capaz de recuperar el tiempo perdido, ni de retomar esa conversación que se quedó en el tintero. Inventas mil excusas para no hablar hasta que un día te das cuenta de que se te ha hecho demasiado tarde.

Las palabras que nunca dices son las mismas que podrían salvarte o definitivamente acabar de hundirte. Y sin embargo a veces hablamos a destiempo. Todo lo que hemos retenido se escapa como un torrente el día en que lo mejor hubiera sido permanecer callado. En un ataque de sinceridad te has vaciado sin darte cuenta. La basura acumulada sale en tromba sin control y en todas direcciones, contaminando lo que encuentra a su paso. Cuando el silencio ha sido tu norma durante demasiado tiempo al final explotas y esto siempre suele ocurrir de la forma más inadecuada y en el momento más inoportuno.

Una amiga me recuerda a menudo que no hay que callarse, que ya está bien. Se acostumbran a manejarte y no puede ser, dice. Ella ya se ha rebelado y hace tiempo que lo está poniendo en práctica, aun a riesgo de enzarzarse en batallas que no desearía, pero que considera justas. Pues no, yo todavía no sé hacerlo. Nunca aprendí a hablar cuando debía. Me aterra hacerme escuchar en público, pero tampoco acierto a comunicarme, a veces, ni ante una única persona. Luego, a solas, me sale la conversación a borbotones, pero claro, ya es tarde y únicamente me escucho yo, porque lo de hablar conmigo misma es un arte que cada día domino más y mejor. Me rebato y hasta llego a discutir en soledad, aunque lo habitual es que en mis monólogos la razón la tenga siempre yo. Normal, no soy nada masoquista.

Me encantaría aprender a hablar, a decir y expresar mis sentimientos en el momento justo. Pero sólo cuando aporreo las teclas del ordenador me sale con facilidad lo que guardo dentro. Lo malo es que no todo el mundo es capaz de entender mi táctica. Se hacen líos y divagan pensando a quién me puedo referir en cada momento, cuando lo habitual es que no me dirija a nadie en concreto, porque lo que tengo es una especie de batiburrillo en el que ni yo misma consigo aclararme.

Las palabras que no conseguiste pronunciar jamás llegas a olvidarlas del todo. Te acechan cada cierto tiempo para imaginar qué hubiera ocurrido de no haberlas callado. Quizá te arrepientas de tu incapacidad para expresarlas, pero te consuelas pensando que o un gesto o una mirada a menudo son capaces de suplirlas, porque el lenguaje de los ojos expresa con infinita claridad lo que sentimos aunque ni una sola palabra consiga salir de nuestros labios.