El "bombillazo"

Imagen: Wallpapers

 Por Esperanza Goiri

No sé exactamente en qué curso ni cómo surgió el tema del “bombillazo”. Fue en algún momento de tercero de BUP o quizás en COU. Sí tengo claro que, una vez instalado en mi vida, se mantuvo hasta que terminé la carrera.

No fue ninguna revelación o iluminación mística que me mostrara el camino a seguir en esos años decisivos. Era una costumbre más bien doméstica e intrascendente. Incluso se puede calificar de pueril. El mes de septiembre, siempre envuelto en olor a libros nuevos, a goma de borrar y a lápices, me lo ha traído a la memoria arrancándome una sonrisa nostálgica.


¿En qué consistía? Os cuento, fue una ocurrencia de mi padre, que surgiría al verme agobiada por algún examen. De niña no me preocupaban las pruebas escolares, pero en la adolescencia las cosas cambiaron. Era buena estudiante, aunque un poco agonías. Siempre me parecía no estar lo suficientemente preparada y me abrumaba la posibilidad de quedarme en blanco frente a las preguntas. El caso es que un día, ante mis nervios de punta por la próxima evaluación, me pidió que inclinara la cabeza frente a él y posó su mano derecha sobre ella, ejerciendo tres presiones consecutivas. Acompañó su acción de unas solemnes palabras: “este ´bombillazo´ ayudará a que todo salga bien”.

Mi padre era muy socarrón. Su sonrisa de medio lado y el tono zumbón no dejaban lugar a dudas de que se lo tomaba como lo que era, una broma, un elemento distractor para echarnos unas risas y aliviar mi preocupación. Lo cierto es que la ocurrencia de mi progenitor se convirtió en un rito. Una guasa privada y cómplice entre nosotros. Pese a ser consciente de lo absurdo de la tradición, no podía prescindir de ella. Siempre que me enfrentaba a un examen difícil recurría al “poder” de su mano. Evidentemente, los dos sabíamos que mis resultados académicos dependían de otros factores, pero el conjuro conseguía algo inestimable: tranquilizarme y aligerar la tensión para poder afrontar mejor la prueba. Eso, y que, en el fondo, nos encantaba compartir ese momento un poco surrealista y totalmente irracional.

Cuando acabé la licenciatura, la arrogancia de la juventud y las oportunidades que se me abrían, hicieron caer en el olvido el “bombillazo” paterno. Sin embargo, en el transcurso de los años, ya metida en faena, ante las jugarretas de la vida y en más de una ocasión, he añorado lo indecible volver a sentir esa cálida y reconfortante presión sobre mi cabeza.

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