Bandera roja


Por Marisa Díez




Hace tiempo que no tengo un sueño feliz. Me refiero a uno de esos capaz de dejar en tu rostro esa extraña huella de satisfacción que no entiendes bien de dónde procede. Cuando empiezas a desperezarte eres consciente de haber sido protagonista involuntaria de una historia que terminó en el momento que despertaste. Y te quedas con cara de tonta al comprender que nada de lo que acabas de disfrutar pertenece a la esfera real. Puede que te hayas trasladado “al sitio de tu recreo”, que gozaras de la compañía de quien está lejos o de un encuentro con alguien que hace tiempo se marchó. Todo era casi tangible y ahora, ahí estás, maldiciendo por haberte despertado. Sabes que es imposible regresar a tu sueño por más que quieras intentarlo, y lo harás, esta misma noche.

De un tiempo a esta parte no hago otra cosa que dar vueltas en la cama. A la izquierda, a la derecha, boca arriba o boca abajo. Me levanto, bebo un vaso de agua, cojo un libro o me tumbo en el sofá. Soy incapaz de dormir más de dos horas seguidas y eso dificulta la probabilidad de sumergirme en un sueño más o menos estimulante. A veces pienso que dedico demasiadas horas al día a soñar despierta y cuando llega la noche no me queda otra que cerrar los ojos e intentar relajarme. Mi cabeza me suplica que la deje descansar y por eso no consigo imaginar dormida nada que supere a lo que ya he fabulado durante el día. Dicen que a lo largo de la noche tenemos varias etapas oníricas y sin embargo hace siglos que cuando me despierto no recuerdo nada. Positivo, me refiero, porque las sombras sí que me acechan a menudo, aunque decido olvidarlas desde el momento en que comienzo la jornada.

Pero a mí me gustaría seguir soñando también dormida. Podría viajar a mis lugares de referencia, los que ahora y en un futuro incierto, se han convertido en una quimera. Hace unos días, un poco angustiada por no sentir el sol en contacto con mi piel, me tumbé en el suelo de la habitación a la hora en la que los rayos entran con más fuerza. Y ahí mismo, con los ojos cerrados, escuché con claridad el murmullo del agua entre las piedras. Por unos minutos me evadí, recordando los buenos momentos, las risas, los abrazos… Y después, como en un quiebro, pude escuchar el sonido de las olas cuando rompen en la playa, mientras en el aire ondeaba la bandera roja ante un mar embravecido. Abrí los ojos y el presente se mostró de golpe y sin tapujos. Ahí estaba yo, tirada en el suelo de la habitación, intentando escapar de este encierro que cada día me resulta más inverosímil.

Nadie había imaginado, ni por un momento, que tendríamos un papel protagonista en esta película de terror. No estábamos preparados ni lo vimos venir. Y ahora somos incapaces de ver el final, de la misma manera que no supimos vislumbrar el principio. Cada día me observo en el espejo, intentando descubrir si la imagen que encuentro reflejada es la misma de hace unas semanas. Podría pensar que sí, pero dudo. Quizá antes sonreía con más fuerza o aquella arruga se veía mucho menos pronunciada. No estoy segura, pero temo que al final de este encierro, nosotros, los de entonces, ya nunca volvamos a ser los mismos.

Hace tiempo que no consigo soñar de noche lo que imagino de día. En un rato voy a tomar de nuevo mi dosis necesaria de vitamina D. El sol entra en mi habitación alrededor de las doce y parece brillar con una fuerza desconocida en este cielo tan azul que estos días luce Madrid. Pero acechan nubarrones grises en el horizonte y mucho me temo que en breve ondeará de nuevo la bandera roja.

2 comentarios:

  1. Calderón decía "que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son"
    Y Aute "que toda la vida es cine y los sueños, cine son".
    Sea lo que sea, nunca dejes de soñar

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  2. Soñar es lo que llevo haciendo toda la vida. No estoy segura de que sea bueno, pero da igual porque ya no tiene remedio.

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