El día que vi "Á bout de souffle"

Por José María Ruiz del Álamo 



Fotograma de la película "Al final de la escapada".
No debía haber visto Al final de la escapada (título con que se estrenó en España), razones varias así lo atestiguarían, pero como uno de vez en cuando es un ser voluble y cambia su pensar de un momento a otro. La naturaleza me pierde, porque sin saber lo que me deparaba derivé hacia la sala de un cine.

No era un día como otro cualquiera, tal vez sí. Pongamos que sí. Como cualquier jornada del verano de mi juventud (valga decir adolescencia), barbilampiño y melena al viento, cual zagal venturoso partí a primera hora a clases de recuperación. Las zarandajas matemáticas eran mi desatino. Circunstancia tal también se extendía a los idiomas, siendo el francés un suplicio para mi alma. Cuita la mía, que entre ambas lecciones tres horas quedaban en blanco. Un tiempo que mataba entre chapuzones en la piscina y algún partido de tenis.


Continuos fueron los paseos por las calles de Madrid, y siendo socio (por antecedentes familiares) de la piscina del Canal, las tardes también transcurrían al arrullo de sus instalaciones. Mis padres, más de una vez, me encargaban llevar la comida fresquita. En un suspiro caminaba el trecho (del instituto a casa para recoger la neverita de mano y transportar las viandas camino de la piscina). Era llegar, darme un baño y comer. Un colmado de mesas y sillas habitábamos. Hacer la digestión devenía en una timba de cartas (lo mismo el tute que el mus).

No eran años para la introspección y buscarse a uno mismo (al menos en mi caso). Todo era sol. Una nueva incursión en las aguas cloradas para continuar la tarde debatiéndome entre el frontón (con pelota de tenis) y la cancha de baloncesto (el pádel era un deporte ignoto por aquellos tiempos, hoy se ha convertido en el rey de aquellas instalaciones). El cuerpo aguantaba cualquier cosa. Nuevo encuentro con el baño para desentumecer los músculos tras el ejercicio físico y llegaba la hora de cenar al amparo de las estrellas. Unas cervezas ponían epílogo a la jornada. Rozando la medianoche decíamos adiós a la piscina hasta el día siguiente. Era el continuo devenir veraniego.

Una comuna sin religión ni normas se abría paso, casi todos nos conocíamos (en mayor o menor medida). Era una isla en el asfalto madrileño. En los ojos de Ana podía perderme, pero me perdía la timidez, apenas departíamos unos saludos y unas sonrisas. Ella habitaba en la zona de arriba, mientras mi familia ocupaba el espacio inferior. Unos 200 metros nos separaban. Y esa tarde: “¿Ya te vas?”. “Al cine”, alcancé a responder. ¡Ay, si ella hubiese dicho: voy contigo! ¡Ay, si le hubiese sugerido un: ¿vienes?! ¡Ay si mis ojos hablaran tu idioma! Quizá en aquel momento pudo cambiar el rumbo de mi vida. (¡Qué exagerado!). Apenas un instante.

Pero si habías dicho a tu madre que ibas a estudiar en casa. Todo hubiese sido perdonado si sus ojos besaran los míos. En gracia caía a mamá. Pipiolo, bobalicón. Y en verdad estudié, así te lo digo. Increíblemente elástico era el tiempo.

Rompiendo toda regla, esa tarde no vine a ver el programa doble de sesión continua, tuve que conformarme solo con la primera película que se proyectaba en el cinestudio Griffith, apenas 90 minutos y partir raudo a hincar los codos. Siempre puntual, a las 18.00 horas dio inicio la magia de las imágenes en movimiento. ¿Cómo imaginar que me acercaba al Griffith para recibir la impresión de descubrir o experimentar por primera vez los recursos del cine? ¿Cómo percibir su deslizamiento a tumba abierta en una vasta confusión de sentimientos, con la esperanza manifiesta de encontrar nuevas limitaciones y así conquistar la libertad? Mi intelecto no era competente para responder a Godard (y a día de hoy tampoco se ha desarrollado para dialogar con este “genio”). Mucho más importante era llegar a casa antes que la parentela.

Al final de mi escapada abrí la puerta del balcón. La brisa jugueteó con alegría y vine a traducir un texto. Los deberes quedaron hechos. Es más, vi la película en versión original. Puede decirse que fue una clase extra del idioma galo. Me sacrifiqué en pos de la cultura, aunque no me aficioné a Godard. En el recuerdo quedó la película que no llegué a ver: Jules et Jim, de Truffaut. Dormí a pierna suelta, sin el remordimiento del pecado cometido.

Aquel 29 de agosto de 1984 no fue un día cualquiera. Más físico que introspectivo, más dulce que amargo y menos apasionado que lo deseado. Sus ojos, siempre sus ojos. En definitiva, aprobé las asignaturas y pasé de curso. Véase el texto sin moraleja, aunque...



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