Ochocientas películas y un biberón

Por José María Ruiz del Álamo



Gran galería del Louvre, de Hubert Robert.
Ya estás conectado, la pantalla alumbra tus ojos. Es el momento de abrir una ventana, y de ahí a otra. ¿Con cuántas ventanas has interactuado hoy? ¿Cuántas pantallas has encendido? Ya no sabemos vivir sin ellas, nuestra relación ha mutado, nuestro yo se ha digitalizado.

La estadística así lo confirma, perdemos el control del tiempo frente a esas luminiscencias, quedamos absortos. Nuestro hábitat se ha llenado de reflectores, ya sean televisiones, ordenadores, tabletas, móviles… Los juegos van al vídeo, mientras a los “books” se le añade la “e”. Todo está informatizado, quizá nuestras células vengan a transformarse en códigos binarios o en píxeles.


Para, detente y calcula: ¿cuántas horas pasaste ayer frente a una pantalla? ¿Más de seis? La media llega a las ocho horas. ¿Es mucho? Una jornada laboral. Nos han invadido. Estos ultracuerpos tecnológicos nos subyugan, nos hipnotizan.

Confieso, yo también soy culpable. Reniego, y no obstante aquí me pronuncio. “No, pero sí” me digo. No tengo internet; mi móvil es de lo más básico, solo SMS (no admite fotos, ya para qué hablar de aplicaciones); nunca he “guasapeado” ni “chateado”; la lectura, siempre sobre papel; los escritos, a bolígrafo, y pese a todo, me declaro culpable.

La pantalla grande ha sido mi perdición, me acunaban en una sala de cine con un biberón de celuloide. Puede decirse que me drogaron desde la cuna, así he desarrollado una adicción: me chuto con películas. Lo mismo da que sean buenas o malas, desde Ninguno de los tres se llamaba Trinidad a Centauros del desierto, tanto cine de terror como bélico, ¿quién se puede resistir a una de romanos?, da igual que sean chinas que chilenas…

Soy espectador de cine: cine en el cine, cine en el televisor y cine en internet (nunca sobre las pulgadas de un móvil)… ¡Qué pozo sin fondo es este mundo del cine! Cuanto más ves, más te queda por ver. No he de morirme sin haber contemplado todas las películas estrenadas que no he visto, tanto antiguas como modernas. De ahí que a un promedio de 800 películas al año, sí, todavía me restan unos cuantos decenios de existencia.

Sin embargo, son las pantallas tecnológicas las que vienen a priorizar al sujeto activo. Ya no basta con ser espectador, demandan protagonismo. El correo electrónico se queda corto ante las redes sociales y los grupos de “guasap”, y a ellos nos abocamos con presteza, pero en esos nuevos canales de comunicación ¿somos realmente uno mismo? Lo pregunto porque hace unos días vi una película —ente pasivo— y me hizo pensar —ente activo—. En Clara y Claire —dicho queda el título—, del francés Safy Nebou, se presenta a una madura profesora de literatura, divorciada y con dos hijos que abre una cuenta en Facebook con un nombre supuesto. Allí traba amistad con un joven universitario, y la asentada maestra transmuta, cambia su personalidad. ¿El doctor Frankenstein ha creado un monstruo? ¿Mister Hyde absorbe al doctor Jekyll? ¿Ha quedado vampirizada Clara por Claire en este mundo paralelo? Podemos ser otro yo, ficcionar nuestra realidad. Cabe preguntarse si nos gustamos a nosotros mismos, si buscamos un yo mejorado o necesitamos exhibirnos continuamente.

Y mientras tanto, continuamos pegados a la pantalla, abriendo y abriendo ventanas. La red de araña de la tecnología nos ha atrapado, lo mismo por obligación que por ocio. Hemos renunciado a la ventana del cielo y de la tierra. Yo el primero, que con 800 películas al año y algún que otro biberón —nada de palomitas— paso los días… ¿Quién soy yo para redimir?

Sería cuestión de echar mano al freno. O quizá no. En verdad, ante tantas pantallas y ventanas abiertas hemos cerrado la puerta.

2 comentarios:

  1. Jo me parece una reflexion muy intima. Y muy auto critica. Solo añadir que yo tb soy culpable.😊

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  2. Quien no sea culpable que tire la primera pantalla.

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