Quién sabe dónde

Por Esperanza Goiri

Foto: Wikicommons

Un día, no sé muy bien cómo ni por qué, empecé a recibir en Facebook avisos emitidos por una Asociación que alerta sobre personas desaparecidas. El mismo formato, pero con distintos protagonistas. Una foto, una breve descripción de las características físicas y de su indumentaria en el momento de la desaparición, junto con el día y el punto geográfico donde se les vio por última vez. Poco más.

Desde esas instantáneas los “fugitivos” miran a la cámara, unos sonrientes, otros serios. Todos envueltos en un halo de misterio e incógnita. Algunos han desaparecido de forma involuntaria, enredados en una enfermedad mental que les ha extraviado de sus rutinas. Otro grupo lo forman jóvenes en pos de aventuras, sentimentales o de otro tipo. Tal vez su marcha sea un grito desesperado en busca de atención y ayuda. En ocasiones, al cabo de un tiempo, me llega la notificación de que la persona ha sido hallada, con o sin vida. La búsqueda queda desactivada. Por muy terrible que sea asumir el fallecimiento del ser querido, más en esas circunstancias, hay un final. Un epílogo que permite, pasado el proceso de duelo, un nuevo comienzo.


Lo más inquietante es el limbo en el que quedan aquellos que un día desaparecieron y nunca más se supo. Ni vivos ni muertos. Y peor aún, ¿qué pasa con los que les esperan? No pueden llorar a sus difuntos, ni llevarles flores, ni pasar página. ¿Y si un día, contra todo pronóstico, los ausentes regresan? No soy capaz de imaginar lo que puede pasar por la cabeza de alguien que se levanta todas las mañanas aguardando una pista, una llamada o una foto para resolver el enigma. También me pregunto si en algún momento la ausencia se normaliza, se acepta, se convive con ella como el que padece una enfermedad crónica. O, si, por el contrario, se tiene la sensación de que alguien ha pulsado la tecla de pausa y no se ve la manera de retroceder ni avanzar.

Hay desapariciones forzosas e involuntarias provocadas por actos criminales, accidentes o catástrofes. Pero creo que las más desasosegantes son las voluntarias. Las que se producen dentro de lo cotidiano y sin causa aparente. Me refiero a esos familiares o parejas que un día, sin previo aviso, no vuelven. Los que sufren el abandono buscan desesperadamente una explicación. ¿Qué hicieron mal? ¿Cómo no advirtieron las señales? ¿Qué otra vida más atractiva o diferente salieron a buscar? “Parecía feliz”, “yo le quería”, “todo era normal en casa” argumentan angustiados tratando de hallar una justificación. Quizá, no la hay. Puede que la huida no fuera premeditada. Sin plan alguno, decidieron que no podían más y cerraron la puerta sin mirar atrás. No suelen aparecer, no quieren ser encontrados. Dejan detrás, un goteo interminable de preguntas sin respuesta, de amargura e incomprensión. Si vuelven, habrá casos en que el reencuentro acabe felizmente. En otros, como le sucedió a la protagonista de la canción Penélope de Joan Manuel Serrat, los que un día les aguardaron ahora, por fin, frente a frente, los miren a los ojos y les digan: “tú no eres quien yo espero”.

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