Mi amigo Ernest





Por Juana Celestino



André Kertész, Mi amigo Ernest, Paris, 1931

Saber mirar es la base de la fotografía creativa y, como decía Flaubert, cualquier cosa observada detenidamente se vuelve maravillosa. El estadounidense de origen húngaro André Kertész poseía este peculiar sentido de la percepción y es uno de los grandes maestros, el pionero, de la fotografía humanista, ese arte que simpatiza con la vida de las personas. En este retrato del pequeño Ernest, el fotógrafo describe la alegría de vivir y la espontaneidad de su modelo, que nos presenta con su babi en el aula de pesados pupitres de madera, donde asoma tras él su atenta compañera. Una imagen que resume la magia de la fotografía al trasladarnos a otro lugar y a otro tiempo y, como si estuviéramos allí, hace que nos preguntemos por este colegial.
Los fotógrafos, más allá de representar su entorno o expresar su vida interior, también pueden jugar con el pasado y el futuro. Kertész lo consigue. Cuando en 1980 Roland Barthes incluyó esta fotografía en su obra La cámara lúcida. Nota sobre la fotografía, le llevó a preguntarse: “Es posible que Ernest viva todavía en la actualidad, pero ¿dónde?, ¿cómo? ¡Qué novela!”.

Al contemplar esta impresionante fotografía, me he resistido a la tentación de contestar a esas preguntas. La especial intensidad expresiva del escolar me contagia y, fantasía en mano, casi me dejo llevar por Barthes al tratar de imaginar qué fue de Ernest, si vive todavía, dónde murió si no, qué hizo hasta entonces... Dejo que su figura me invada y trato de hacerle vivir. ¿Qué ha podido ser de él? ¿Llegó a sobrevivir a la Segunda Guerra Mundial y a la ocupación alemana? ¿Enarbolaría los ideales de libertad y se hizo miembro de la Resistencia?; quizá se presentara como enfermero voluntario; o se convirtió en colaboracionista y llegara a ser esa clase de hombre capaz de cualquier traición por salvar el pellejo; más tarde, con sus estudios frustrados por la guerra, quizá trabajara en una fábrica y viviera las miserias de la posguerra; también podría hacerle saltar el charco hacia otro continente en busca de una vida con más oportunidades para su desarrollo personal y profesional, y no borrarle el brillo de sus ojos luminosos. Se le ve tan vulnerable. En la fotografía, su inocencia desconoce esas posibilidades y se puede ver también en ella nuestro potencial de parte de la inocencia perdida. El retrato agita y lleva a imaginar. Pero decido no seguir el juego que Barthes propone, me da pereza acometer la pesada tarea de crear una vida adulta. Bastante tiene el chiquillo con las limitaciones de la infancia y los chascos que solemos llevarnos a esas edades, en las que uno se asoma a la vida donde todo le viene grande y no se domina nada. Me resisto a despertar a Ernest de su infancia, correr el riesgo de convertirlo en un niño obsoleto. Quiero seguir viéndolo ahí, solemne en su niñez, en esa instantánea sin pasado ni preocupaciones de futuro, solo con la inocencia de su presente, sin plena consciencia aún de los peligros de la vida; disfrutando de lo más simple y de la locura que le está permitida, sin saber que va creando recuerdos. Mejor le dejo viviendo en su mundo secreto, ese que se oculta tras la realidad. Prefiero al Ernest que no se ha cargado de tiempo. El que aún no ha alcanzado la edad donde una extraña sensación despersonalizadora asalta en ocasiones cuando miramos una fotografía de lo que fuimos. El que hace preguntas incómodas a los adultos porque necesita ir conformando un mundo que tenga peso propio. Ese niño que aún no sabe que más adelante le gustaría viajar en el tiempo y conocer a sus padres antes de que él naciera y quedaran atrapados en el trajín y las preocupaciones de la vida doméstica; a él todavía le parecen “normales”, aún no ha llegado a ese punto de madurez donde se intenta comprender a los padres en sus peculiaridades y rarezas.

Me quedo con el niño de 1931, de mirada viva y pose autocomplaciente que, después de mirar con detenimiento en la fotografía, acabo queriendo y deseo llamarle, como Kertész, “mi amigo Ernest”.

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