Parar el tiempo

Por Marisa Díez 


La persistencia de la memoria. Salvador Dalí

Definitivamente, me estoy haciendo vieja. No mayor, no. Vieja. Lo intuyo porque, de un tiempo a esta parte, tengo la sensación de que los acontecimientos más importantes de mi vida sucedieron hace más de veinte años. Y eso siendo benévola, porque la realidad es que incluso podrían haber pasado más de treinta. Alguien ha pisado el acelerador de mi existencia y yo ni me he enterado. Todo fluye a una velocidad vertiginosa y no puedo más que aceptar que esto ya no hay quién lo pare. A veces soñamos con detener las manecillas del reloj y saborear con plenitud esos momentos especiales que, de tarde en tarde, nos regala la vida. Pero no hay manera; para mí, la única verdad es que la rapidez con que corren esas malditas agujas es siempre directamente proporcional a la felicidad de la que disfrutamos. 

Sin embargo, hay lugares donde el tiempo parece haberse detenido. Los descubro en ocasiones paseando por mi barrio o empujando la puerta de algún garito que ya existía durante los años de mi particular movida madrileña. Pero de todos los sitios en los que me sorprendo realizando mi regreso al pasado, hay uno que sobresale entre los demás. Es posible que quienes lo conozcan no lleguen a comprender mi querencia por tan peculiar rincón, y simplemente lo consideren un lugar caduco, anticuado y sin gracia. Peor para ellos si no consiguen disfrutarlo.

Se trata de una terraza de verano, un antiguo chiringuito que se levanta junto a una de las piscinas naturales que existen en mi lugar de vacaciones. Tiene otro nombre, pero para mí siempre será “el quiosco de Pedrito”. Cada año estoy deseando que llegue la primavera para que su dueño se decida por fin a retirar el cartel de “cerrado”, pues dependiendo de la meteorología, lo hará en el mes de mayo o quizás a primeros de junio. Y entonces, no me lo pienso. Aparezco por allí con la seguridad de que nada habrá cambiado. A veces intentamos convencerle de la necesidad de que acometa pequeñas reformas y él siempre nos escucha sin hacernos el más mínimo caso. Y en realidad yo le agradezco infinito que, en mi primera visita veraniega, todo siga exactamente igual que hace treinta años. Cierro los ojos y distingo con claridad a mi sobrino correteando entre las mesas y a mi madre custodiando nuestras pertenencias, mientras los demás entramos y salimos del chiringuito sin orden ni concierto. Veo a mi padre jugando a las cartas en la mesa contigua o a mis amigos apurando la última partida de billar. Y, aunque llegue a abrir los ojos, mirando alrededor consigo ilusionarme con la idea de que únicamente en ese lugar, “nosotros, los de entonces”, seguimos siendo los mismos.

Lo sé, es una ensoñación, incluso puede que una estupidez, pero a mí me gusta comprobar cómo el viejo mueble que guardaba la antigua televisión sigue exactamente en la misma rinconera. Que si te acercas a la barra y pides una cerveza, observas con cierta aprensión que aún aguantan en pie ese par de taburetes donde sentarse es algo parecido a jugarse la vida. Pero, a cambio, rememoro el sabor de las paellas en familia, mientras el camarero nos invitaba a degustar el auténtico e incomparable postre de la casa. Y puedo revivir con claridad el inconfundible olor a tierra mojada, refugiada bajo su endeble techumbre, durante las tormentas que nos sorprendían cada año al acercarse el final del verano.

Soy consciente de que el tiempo no va a pararse por mucho que yo lo intente durante mis visitas al quiosco de Pedro. Y acepto que a algunos les parecerá un ejercicio inútil de nostalgia, pero es que ya soy mayor, lo he dicho al principio, y cada vez necesito más poner a trabajar mi mente para no acabar, parafraseando a Gómez de la Serna, con mis recuerdos encogidos como simples camisetas.



2 comentarios:

  1. Alguien me dijo un día algo así como: recordar no es malo, añorar es empezar a sufrir. No estoy segura de si tenía razón...

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  2. Yo estoy segura de que recordar es bueno en su justa medida. Incluso puede convertirse en necesario, sobre todo para esas personas que se empeñan en olvidar lo que no les interesa. En cuanto a añorar, pues no sabría bien qué decirte..

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