Claustrofobia





Por Juana Celestino



Imagen: mejoresfotos.eu
 


Me desperté de madrugada aún con la angustia provocada por la pesadilla de la que acababa de salir. En ella, mi cuerpo era un peso muerto que iba descendiendo con rapidez a un lugar muy profundo donde se oía un ruido ensordecedor, como si miles de máquinas estuviesen funcionando a la vez; siguió un griterío de voces que no entendía qué decían, era algo ininteligible todas al unísono, una salmodia infernal que me produjo un vértigo insoportable. La escena cambia y me veo en casa, de repente se desata un fuerte viento y oigo portazos continuos en el piso de abajo, los cuadros se caen de las paredes y un tenderete de ropa que hay en la terraza se convierte en una fiesta loca de camisas y pantalones que bailan vacíos, uniendo sus puños, entrelazando sus piernas. Salgo riéndome a carcajadas y la potencia del vendaval apenas me deja mantener los ojos abiertos, una sábana se desprende de las cuerdas y me envuelve, es blanca, pero todo se vuelve negro. Me despertó el agudo e insistente tintineo de las campanillas de viento que cuelgan en la terraza. Me vino a la mente Alicia, que siguiendo al conejo blanco cae por un profundísimo agujero, de paredes llenas de armarios y estanterías, mapas y cuadros colgados que, imagina divertida, la llevará a atravesar la Tierra hasta Nueva Zelanda o Australia donde vive esa gente que anda cabeza abajo. En mi sueño no encontré el País de las Maravillas.

Busqué la razón de aquel mal sueño y concluí que se debía al hecho de haber estado leyendo la prensa antes de dormir, concretamente la noticia que informaba de los últimos avances en el rescate de Julen, el niño de dos años que una semana antes había caído por un estrecho y profundo pozo donde aún permanecía atrapado. Un suceso que, unido a lo angustioso que siempre resulta la búsqueda de un niño perdido, remite a mitos ancestrales y terrores de infancia. Quería imaginar que, en el mejor de los casos, el niño estaría conmocionado, aturdido, y no era consciente de su aislamiento en la oscuridad de ese pozo infernal, pero también me asaltaba esa idea implícita a la vida, la del absurdo que se une a lo trágico cuando la realidad se vuelve negra e irrespirable. Trataba de distraerme de estos pensamientos siguiendo la ingente labor desde todos los ámbitos de los centenares de personas que el suceso había puesto en movimiento; en los profesionales y arriesgados mineros que picaban en la oscuridad como si al otro lado del túnel hubiera un soplo de vida, aunque en su interior (y en el de todos) la lógica nos golpeara con lo contrario.

Finalmente el niño Julen no ha podido ser rescatado con vida y el suceso nos ha dejado un gusto amargo. Pero el aire que me ha faltado durante estos días me lo ha devuelto la solidaridad de la que es capaz el ser humano frente al infortunio.



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