Sin mirar atrás


Por Marisa Díez



No siempre es sencillo decir adiós, aunque tengas claro que es el momento idóneo para la despedida. Te asaltan dudas, te sientes frágil, o puede que te asuste la incertidumbre del futuro que, inevitablemente, se abre a continuación. Desconoces los cambios que afectarán a tu vida, y aunque desearías agitar esa varita mágica capaz de descubrir lo que va a suceder mañana, no queda más remedio que rendirse a la evidencia de que no posees tal poder de adivinación. Puedes tener alguna idea de por dónde van a ir los tiros, pero no te sientes en absoluto dueña de tu destino, por más empeño que pongas en dirigir tus pasos hacia un camino determinado que a veces se bifurca en el momento más inoportuno, obligándote de nuevo a elegir y a renunciar. 

Es difícil decir adiós, aunque sea inevitable, por la tristeza que conlleva dejar atrás lo que hasta entonces has considerado imprescindible. Puede que resulte necesario despedirse de personas con las que mantener el contacto ya no te hace ningún bien, o que encuentres inaplazable finiquitar alguna etapa concreta de tu vida que se ha alargado demasiado en el tiempo; incluso es posible que poner tierra de por medio sea la única solución posible para alejarte de un lugar en el que ya no tienes interés en permanecer. Al final, de una u otra manera, estás diciendo adiós. Borrón y cuenta nueva. Parece tratarse de eso, de terminar y volver a comenzar; de poner el punto final a una historia e iniciar un cuento inédito. A veces sales reforzada del envite, pero no siempre sucede así. Es posible que el adiós suponga una carga añadida y no te sientas capacitada para hacerle frente. O quizás la necesidad de empezar de nuevo haya aparecido de improviso cuando menos lo tenías planeado.

Al final todo consiste en ir cerrando etapas para poder abrir paso a las siguientes. Pero decir adiós sin mirar atrás no es tan fácil cuando lo que dejas en el camino constituía hasta entonces una parte fundamental de tu existencia. Y aunque no hubieras visto satisfechas tus expectativas, a veces resulta complicado seguir sin aquello a lo que has decidido o te has visto obligada a renunciar. Por circunstancias, por hartazgo, por una simple cuestión de estrategia… Decides que es el momento; es ahora o no será nunca. Te sientes incapacitada para avanzar y necesitas echar el cerrojo definitivo a esa parte de tu historia, reciente o más lejana, que te ha dejado paralizada durante demasiado tiempo.

Jamás me gustaron las despedidas. Cuando me enfrento a ellas intento pasar el trago lo más rápidamente posible. Recuerdo que decir adiós a mis amigos al final de cada verano me suponía una experiencia casi traumática, porque me impedía seguir disfrutando de su compañía hasta el año siguiente. Lo solventaba como podía, con dos besos fugaces para que no descubrieran mi desazón, y salía corriendo. Y en el resto de despedidas me he comportado a menudo de forma similar.

Pero ahora he decidido que esto tiene que cambiar, porque hay despedidas que nunca consigues rematar. Y es necesario ser fuerte. “Serás, amor, un largo adiós que no se acaba. Vivir, desde el principio, es alejarse…”, escribía Pedro Salinas. Así que, lo que ahora me apetece de verdad es abrir las ventanas y que se inunde todo de aire fresco. Un buen final puede ser a menudo el inicio de un futuro mejor. Tan solo es necesario encontrar el momento idóneo para dejar atrás todo lo que te perturba e impide avanzar en busca de tus sueños. Porque a menudo, como decía Salinas, “lo más seguro es el adiós”.

2 comentarios:

  1. De esa frase de Françoise Sagan echo mano a menudo, pero no tenía ni idea de que a ti también te gustaba, hermanita...

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  2. Sí, me la enviaste en una ocasión hace siete años, cuando cerramos las puertas del Galiano. Y desde entonces también la utilizo, ya ves.

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