Mírate



Por Juana Celestino





Alberto Durero, Autorretrato (1498). Museo del Prado


Los espejos tienen poder, son capaces de confundir y engañar pero también muestran aquello que a simple vista no se ve, sacan a la luz lo que está más allá del rostro. Una experiencia que para alguno puede llegar a ser insoportable si no se reconoce o tiene la sensación de que es otra persona quien lo mira, llevándole, incluso, a experimentar estados alterados de conciencia que le provoquen ansiedad o inquietud. La cara es el reflejo del alma, se suele decir. Así lo creía Shakespeare cuando provoca que el vengativo Hamlet ordene a su madre: “¡Sentaos! No os moveréis de aquí, ni saldréis hasta que os haya puesto ante un espejo donde veáis lo más íntimo de vuestro ser”. Mirarse detenidamente en un espejo puede llegar a ser toda una aventura.


Muchos maestros de la pintura se han plasmado en el lienzo frente al espejo, algunos de forma insistente, como Rembrandt, del que se conocen unos cincuenta autorretratos que pintó a lo largo de su vida, desde la juventud exultante hasta la vejez donde mostró el inevitable y progresivo deterioro físico. Cuando un pintor se retrata a sí mismo, no vemos en la obra ningún espejo (aunque en muchos casos este sí existe implícitamente), y en esa acción de mirar su reflejo y pintarse hay todo un acto de introspección, una mirada hacia su interior que el artista manifiesta de diferentes maneras: con vanidad y deseo de inmortalizarse, con dolor y exhibiendo las heridas del alma, con orgullo por su maestría, con la mirada de una vida atormentada o con el deseo de alcanzar ese “Conócete a ti mismo” que los antiguos griegos dejaron escrito sobre piedra en el Templo de Apolo en Delfos. Lo que se persigue, en la mayoría de los casos, a través de esa aparente autocomplacencia es algo mucho más profundo que convierte al autorretrato en uno de los géneros más complejos y fascinantes de la historia de la pintura.

Alberto Durero fue el primer maestro del autorretrato en plasmar la idea que el artista tiene sobre sí mismo, sus fantasías y la posición de su propia imagen dentro de la sociedad; se retrató en numerosas obras, tanto óleos como dibujos, el primero de ellos cuando apenas contaba con 13 años. El maestro alemán se nos presenta como un artista joven, desafiante, orgulloso de su obra y de su estatus. En el famoso autorretrato de 1498, que se conserva en el Museo del Prado, puede apreciarse no solo la complacencia por su aspecto personal y la consciencia de su maestría, también se comprueba en la inscripción del alfeizar de la ventana, escrita en alemán: 1498, lo pinté según mi figura. Tenía yo veintiséis años Albrecht Dürer. En esta obra, como en las de otros artistas que han trabajado este género, lo que más destaca es la mirada, una mirada directa dirigida a los ojos del espectador, consecuencia del hecho de que Durero se retrata observándose fijamente en el espejo, pero también es una mirada intensa porque es activa, es la que pinta. Y no solo evoca el mundo interior del autor, también invita al espectador a adentrarse en él.

Al margen del carácter introspectivo que pueda tener el autorretrato, en él siempre hay algo de narcisismo, una necesidad de mostrarse que casi todos tenemos y que actualmente se ha desbordado con los selfies que se publican en internet y en las redes sociales. Un selfie puede ser creativo, desde luego, pero en su mayoría son vanos y adocenados, una broma de autorretrato decía Vicente Verdú. Su función es fundamentalmente informativa, lúdica o sorpresiva, cuando no un instrumento para tratar de ser famoso aunque sea solo durante unos minutos, pero carece de mirada reflexiva y contenidos que enriquezcan a otros. Es una moda social impulsada por la idea de que lo que está en los medios es lo que existe, como una forma de autoafirmar la existencia. Más que indagar, que observarse, el selfie busca la aprobación de los demás. No tiene ningún interés en “mirarse” como el artista que se pinta, tan solo persigue un “miradme”.

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