Palabras más o menos

Por Marisa Díez 

 El eclipse (1962), Michelangelo Antonioni

Las palabras que se quedan por decir permanecen para siempre en tu memoria. Esa conversación que hubiese resuelto todas las dudas; un par de frases, quizás, hubieran sido suficientes. Pero puede que tuviéramos demasiada prisa y hasta es posible que nos atenazara el miedo.

Qué hubiera sido de nosotros de haber sabido pronunciar las palabras oportunas en algún momento concreto de nuestra vida. Si no hubiésemos salido corriendo antes de preguntar, por temor a las respuestas que no queríamos oír. Si no hubiéramos reprimido el primer impulso que nos empujaba a hacer lo que al final, sin saber exactamente la razón, no hicimos.

Algunos se marchan para siempre dejando tras de sí un montón de incógnitas sin resolver. Instantes no compartidos por la prisa que impone este mundo incivilizado. También hay personas que permanecen a tu lado, pero con las que ves pasar los días sin ser capaz de recuperar el tiempo perdido, ni de retomar esa conversación que se quedó en el tintero. Inventas mil excusas para no hablar hasta que un día te das cuenta de que se te ha hecho demasiado tarde.

Las palabras que nunca dices son las mismas que podrían salvarte o definitivamente acabar de hundirte. Y sin embargo a veces hablamos a destiempo. Todo lo que hemos retenido se escapa como un torrente el día en que lo mejor hubiera sido permanecer callado. En un ataque de sinceridad te has vaciado sin darte cuenta. La basura acumulada sale en tromba sin control y en todas direcciones, contaminando lo que encuentra a su paso. Cuando el silencio ha sido tu norma durante demasiado tiempo al final explotas y esto siempre suele ocurrir de la forma más inadecuada y en el momento más inoportuno.

Una amiga me recuerda a menudo que no hay que callarse, que ya está bien. Se acostumbran a manejarte y no puede ser, dice. Ella ya se ha rebelado y hace tiempo que lo está poniendo en práctica, aun a riesgo de enzarzarse en batallas que no desearía, pero que considera justas. Pues no, yo todavía no sé hacerlo. Nunca aprendí a hablar cuando debía. Me aterra hacerme escuchar en público, pero tampoco acierto a comunicarme, a veces, ni ante una única persona. Luego, a solas, me sale la conversación a borbotones, pero claro, ya es tarde y únicamente me escucho yo, porque lo de hablar conmigo misma es un arte que cada día domino más y mejor. Me rebato y hasta llego a discutir en soledad, aunque lo habitual es que en mis monólogos la razón la tenga siempre yo. Normal, no soy nada masoquista.

Me encantaría aprender a hablar, a decir y expresar mis sentimientos en el momento justo. Pero sólo cuando aporreo las teclas del ordenador me sale con facilidad lo que guardo dentro. Lo malo es que no todo el mundo es capaz de entender mi táctica. Se hacen líos y divagan pensando a quién me puedo referir en cada momento, cuando lo habitual es que no me dirija a nadie en concreto, porque lo que tengo es una especie de batiburrillo en el que ni yo misma consigo aclararme.

Las palabras que no conseguiste pronunciar jamás llegas a olvidarlas del todo. Te acechan cada cierto tiempo para imaginar qué hubiera ocurrido de no haberlas callado. Quizá te arrepientas de tu incapacidad para expresarlas, pero te consuelas pensando que o un gesto o una mirada a menudo son capaces de suplirlas, porque el lenguaje de los ojos expresa con infinita claridad lo que sentimos aunque ni una sola palabra consiga salir de nuestros labios.



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