La mujer del palo

Foto: Pensiero (Foter)
Por Esperanza Goiri

Unas semanas atrás en la sobremesa de una reunión familiar, un primo de mi marido consiguió captar la atención de todos los presentes contándonos un suceso que le tiene intrigado desde hace tiempo.

En nuestras vidas existen determinadas rutinas que, consciente o inconscientemente, repetimos a diario. Una de ellas es el trayecto que recorremos para ir al puesto de trabajo. Lo habitual es elegir un medio específico de transporte, hacerlo en un horario concreto y por la misma ruta. En su caso, él se desplaza a pie desde su domicilio a su empresa en un paseo de unos cuantos kilómetros. A fuerza de repetirlo, suele coincidir en el itinerario con personas a quienes, pese a no conocer de nada, ya identifica, al cruzarse con ellas cotidianamente en un determinado punto del recorrido y más o menos a la misma hora. De entre toda esa gente, hay una transeúnte que le tiene muerto de curiosidad. Se trata de una mujer de mediana edad y aspecto corriente que siempre porta en su mano un palo. No se trata de ningún bastón u objeto similar que sirva de ayuda para caminar. Es un palo de madera, largo y astillado, como si lo hubiera arrancado del marco de una puerta o de un cuadro de grandes dimensiones. No lo apoya en el suelo, se limita a sujetarlo entre sus dedos. La venía observando, preguntándose a dónde iría (por la hora temprana de la mañana, presumiblemente a su trabajo), para qué le serviría el palo (a priori, inútil e incómodo de llevar por su tamaño y textura con aristas y astillas), y contemplaba perplejo el vigoroso y decidido paso femenino. Así han venido coincidiendo a lo largo del tiempo. Ella a lo suyo y él atento e inquieto ante su presencia.


Pero un buen día se produjo un cambio: la mujer, en vez del palo habitual, llevaba en su mano uno redondo, pulido y de color rosa. En la siguiente jornada, el palo de madera volvió a hacer acto de presencia y del rosado, nunca más se supo hasta la fecha. Ante esa curiosa novedad, las hipótesis y teorías del primo de mi marido se multiplicaron sin llegar a ninguna conclusión válida. La única manera de resolver el enigma sería preguntar directamente a la señora en cuestión. Lo que no garantiza nada, ya que esta podría optar por no contestar, mentir o propinarle un golpazo por su impertinencia.

Os cuento esta anécdota porque pude comprobar, una vez más, el enorme poder de atracción y sugestión que tiene una buena historia. Por la mente de todos y cada uno de los asistentes a esa reunión surgieron, y así lo manifestamos en voz alta, posibles explicaciones al comportamiento de la misteriosa paseante, algunas plausibles y otras disparatadas. Estoy convencida de que si nos hubieran preguntando cómo imaginábamos a la mujer, aún disponiendo de los mismos datos, ninguna descripción hubiera coincidido. Incluso se hizo una búsqueda en internet, sin resultados, por si se trataba de uno de esos personajes pintorescos y populares que existen en los barrios. Me consta que, a posteriori, le hemos dado vueltas en la cabeza al relato y, al pasar por las calles que ella transita habitualmente, hemos intentando localizarla.

No sé si habrá un final definitivo para este cuento o nos tendremos que conformar con uno abierto a infinidad de posibilidades. No creo que importe. Al fin y al cabo, en el momento que una narración es lanzada a los oyentes pasa a ser de su propiedad. Cada uno de ellos, hará un análisis personal y único de lo que acaba de oír. Todos válidos y admisibles. Ahí reside la magia. ¿Quién puede mandar en la creatividad? ¿Quién puede afirmar que una interpretación sea mejor que otra? ¿Quién puede encontrar un desenlace incuestionable? Nadie. Un hecho sí es cierto, allí reunidos en torno a la mesa pendientes de las palabras del narrador, constaté que, a pesar de la increíble evolución del mundo, hay algo que no ha cambiado: la influencia y hechizo que una voz y una historia ejercen sobre la imaginación.

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