Tres son multitud






Por Juana Celestino

No había transcurrido un año desde que la convenciera para que fuera a vivir con él. Lo pasaban bien, bromeaban, reían y conversaban sobre cualquier cosa mientras paseaban o saboreaban una copa de vino durante las largas sobremesas de la cena. Solían ver en casa alguna serie o película y, aunque les costaba ponerse de acuerdo en los títulos, el amor les hacía condescendientes.
Al cabo de unos meses, la sensación de frustración y rabia se fueron alternando en ella al descubrir el deseo compulsivo de ver televisión que él padecía. Terminada la jornada laboral en su empresa de telefonía, ocupaba su sitio favorito frente al televisor, que encendía al llegar; incluso los anuncios le fascinaban: imágenes, sonidos y recurrencia de luces lo absorbían. Poco a poco, se vio obligada a pasar más tiempo recluida en el pequeño estudio, donde preparaba sus clases o trataba de enfrascarse en algún libro, aunque ahora cierta inquietud le impedía concentrarse. Ya no compartían tanto el sofá, y cuando se reunían en la mesa de comedor, las charlas eran más bien monólogos a  los que él asentía de forma distraída mirando a la pantalla.

La primera vez que le planteó que aquel aparato se interponía entre ellos y el declive de la relación era evidente, él reaccionó tomando conciencia con cierto sobresalto. De pronto, parecía como si la situación se rebobinara y volviera a reiniciarse, compartían más tiempo de ocio cotidiano y hacían alguna escapada fuera de la ciudad. Se revitalizaban. Aquel toque de atención funcionó un par de veces más, pero solo eran pequeños paréntesis y, tarde o temprano, el volvía a eclipsarse frente a la pantalla. Otras veces, ella se plantaba delante del televisor con los brazos en cruz y él, tras un momentáneo desconcierto, la apagaba y se levantaba para abrazarla. Eran pequeñas treguas de las que esperaba obtener algún día una victoria final. El convencimiento de que le quería le impedía claudicar con una ruptura. Pero, en realidad, el amor y el compromiso habían dado paso a la fuerza de voluntad: la relación se había convertido para ella en una prueba de resistencia.

Un día, para celebrar una subida de sueldo, él compró un televisor de 60 pulgadas. Durante la cena se explayó sobre el alto nivel de equipamiento y la excelente calificación global del aparato, el diseño, la calidad de imagen y sonido… Mientras, ella seguía el curso de sus propios pensamientos sin poder evitar que en algún momento se le escapara la risa, agachaba la cabeza para disimular y seguía con su plato. Había empezado a sentir una perversa satisfacción en la que se regodeaba y le impedía salir de su vida para siempre. Todavía no.

Orgulloso de su nueva adquisición, no se resistió a presentársela a sus amistades con excusas como estas: "Ven a tomar unas cervezas. ¿Por qué no vemos el partido en mi casa?, tengo un pedazo de tele con una resolución…" Pronto, el espacioso salón acogió con frecuencia a algunos de sus amigos que, repanchingados en los dos sofás, seguían las eliminatorias del Mundial de Fútbol mientras picoteaban aperitivos distraídamente y agotaban cervezas. Durante aquellas reuniones, ella salía a pasear o quedaba con amigos hasta asegurarse de encontrar la casa despejada. Hoy vuelve un poco antes. El bullicio de los hombres atraviesa la puerta de su cuarto; seguían uno de los últimos partidos con gran algarabía, lanzando al unísono la exclamación ¡uyyyy!, o ¡vamos, vamos, dale!, y vociferando los goles como aullidos de dolor inextinguible. Mientras prepara una bolsa de viaje, por un momento piensa que el plan es descabellado y un tanto aparatoso. “Aparatoso”, la palabra le hace reír.

Es más de medianoche, continúa encerrada en el estudio y escucha música con auriculares; él, agotado por la jornada futbolística y el sopor del alcohol, se asoma, le tira un beso desde la puerta y se retira a dormir. Al cabo de unos minutos, ella sale del cuarto y escucha: él duerme profundamente. Enciende una lámpara del salón y comienza a desconectar los cables del televisor con cierta parsimonia y, libre de ataduras, lo empuja sobre el soporte de ruedas hasta la cocina, iluminada tan solo por la claridad que llega de la sala. Echa un vistazo al patio y comprueba que no hay vecinos asomados o tendiendo ropa; ninguna luz encendida, todo está en silencio. A duras penas consigue subir al alfeizar de la ventana el descomunal aparato y lo precipita causando gran estruendo. Se asoma de nuevo. Recoge algunos mandos esparcidos por el sofá y, sin entrar en la cocina, desde la puerta los lanza al oscuro vacío con olímpico desdén.
Cuando llama a la policía para confesar el “teleicidio”, regresa al lugar de los hechos y oye voces en el patio que se ha iluminado con las luces de baños y cocinas. Él es uno de los pocos que aún duerme en el edificio. Tranquilamente recostada en el sofá, abraza su bolsa y suspira con una sonrisa. Por fin podría abandonarle.









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