El semáforo


Foto: Victor Rodríguez (Flickr)

Por Esperanza Goiri

Cada vez utilizo menos el coche para circular por Madrid. Primero, porque la ciudad dispone de un transporte público muy bueno y segundo, porque es raro el día que no haya alguna manifestación, evento u obra pública que invada las calles y las hagan prácticamente intransitables.

Pero hace unas semanas, convaleciente de una pequeña intervención quirúrgica, sumado al mal tiempo primaveral y a la pereza que rebosaba por todos mis poros tras estar unos días “hibernando” en casa por prescripción médica, me arriesgué a recurrir al automóvil. Craso error. Pagué cara la osadía y recibí justo castigo en forma de un monumental atasco. Allí estaba, atrapada en mi caja de lata con ruedas, en una calle anodina, sin más distracciones que observar cómo bostezaba y se hurgaba la nariz el conductor del coche de al lado. El fluir del tráfico me obligó a quedarme parada en mitad del paso de peatones, lo que propició ser objeto de las miradas furibundas de los que cruzaban y la amenaza de un bastón enarbolado por un anciano, cuyo aspecto inofensivo quedaba desmentido por sus belicosas intenciones. El semáforo iba alternando el color rojo con el verde, pasando por el ámbar. Una y otra vez. Allí no se movía ni un vehículo. La gama cromática se iba sucediendo con imparable cadencia y los minutos pasaban con exasperante lentitud.


De puro aburrimiento, casi en trance, no podía dejar de mirar al muñeco de color verde, indicativo del paso libre para los viandantes. Era uno de esos monigotes animados que simula caminar. Al principio lo hacía con paso lento, despreocupado, pero luego iba incrementando su velocidad hasta acabar prácticamente corriendo. Repetía incansable sus movimientos y al observarlo me invadió una sensación de inquietud. Como es obvio, no era la primera vez que veía la señal en cuestión en otros muchos semáforos de la ciudad, pero hasta ese momento le había dedicado la atención justa y necesaria para cumplir las normas de seguridad vial.

El caso es que mientras contemplaba al hombrecillo andarín, no pude evitar pensar que ese indicador sencillo y elemental de regulación del paso representaba con bastante fidelidad la existencia misma. Me explico. En la juventud, por pura inconsciencia, nos vemos con toda la vida por delante y el tiempo no es un factor que preocupe en exceso. En nuestro particular saldo creemos disponer de superávit de años. El futuro se fía largo y siempre nos acostamos con la “seguridad” de que habrá un mañana. Vamos recorriendo el camino con despreocupación y la certeza de que, ocurra lo que ocurra, ya habrá ocasión de solucionarlo más adelante. Transcurren las décadas y llega un momento en que percibes con toda claridad que ese camino infinito no existe, que el reloj de arena cada vez tiene menos contenido en la parte superior y más llena la inferior. Entonces entran las prisas y agobios por cumplir esas expectativas y sueños, grandes o pequeños, que no se han conseguido realizar, por si acaso no hubiera otra oportunidad. Suele coincidir con un desesperado e inútil intento de retener la juventud y muchos sucumben a los cantos de sirena en busca de esa quimera. Como pollos descabezados corren en pos de no se sabe muy bien qué, mientras el dios Chronos sigue marcando inexorablemente el ritmo. Finalmente se asume que sí, que el tiempo pasa y en vez de luchar contra él, lo conviertes en tu aliado y empiezas a atesorar todos y cada uno de los preciosos momentos que te quedan; a compartirlos con quien quieres y te quiere, a centrarte en lo esencial, a disfrutar de lo que te hace feliz y a evitar cargas, compromisos y estupideces que te lastran sin aportarte nada. De todas estas reflexiones en el interior del coche, me sacó un bocinazo del conductor de atrás, para indicarme que por fin circulábamos. Quizá fuera un reflejo del sol o una jugarreta de mi vista cansada, y sois libres de creerme o no, pero juraría que mientras metía la primera marcha, el muñeco verde se tocó el ala del sombrero dedicándome un fugaz saludo.

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