Media vida en el cine Doré

Por José María Ruiz del Álamo

Las colas en el cine Doré deparan amistad.
Apenas faltaban cuarenta minutos para el inicio de la sesión y ya estaba formada la fila. Me situé en último lugar, mas viendo que en una posición privilegiada se hallaba un amigo decidí colarme. La charla se inició al instante, y debatimos sobre al evento que allí nos congregaba: el encuentro de Carlos Saura y Vittorio Storaro con el público asistente al cine Doré (sede de proyecciones de Filmoteca Española).

Fructificaba el diálogo, al que se unió una mujer preguntándome: “¿Tú no trabajabas en…?”. "Sí —respondí—, de eso hace ya…”. Habíamos sido compañeros, meses compartiendo oficina, meses frente a unos ordenadores. A la conversación se unieron una cuarta y una quinta persona. Departimos en confianza, con naturalidad.

El extraordinario reencuentro supuso tomar conciencia del tiempo transcurrido. Nunca me afectaron las crisis de las décadas, atrás quedaron los treinta y los cuarenta. El medio siglo ya ni lo conté. Pero sí me dio por pensar que en unos meses cumpliré media vida acudiendo al cine Doré, sede de proyecciones de Filmoteca Española. Así concatenan tiempo y lugar en un mismo vértice.

¿Cuántos espacios hemos habitado? Muchos son los edificios donde ha transcurrido nuestra existencia, lo mismo el colegio que la Universidad; lo mismo la casa paterna que la convivencia en el hogar matrimonial; lo mismo la oficina de trabajo que… Sí, muchos son los inmuebles que hemos morado, nos familiarizamos con sus estructuras y vienen a formar parte de nosotros mismos, se convierten en un apéndice más.

El Doré nació allá por 1912 como una barraca de exhibición cinematográfica. Ya en los años veinte quedó constituido como local permanente de cine. Una placa recuerda que el edificio es un ejemplo de tardío modernismo, donde la estrechez de la fachada y la sala quedan compensadas por el efecto ilusionista que resulta de acercar mucho entre sí las columnas y pilares. Una naturaleza mágica donde he venido a “residir”.

El cine Doré ha gozado de tiempos mejores y peores, clásico ejemplo de los denominados cines de barrio, palacio de las pipas, “donde entran dos y salen tres” formulaba el dicho. Espacio escénico de varias películas: Frivolinas, Y después del cuplé. Local cerrado en la década de los sesenta, rehabilitado a partir de 1982 y abierto como sede de Filmoteca Española el 28 de febrero de 1989.

Bajo el frío otoño de noviembre de 1992 traspasé sus puertas por primera vez, más de dos años llevaba sin poner los pies en un cine, y este reencuentro con la sala oscura supuso un renacer. Desde el silencio comencé a mostrarme, degusté el ambiente, observé sus peculiaridades, asimilé su paz, hasta que por fin la voz sobrevino, el diálogo se hizo presente y mi escritura brotó a su amparo. Al cine Doré le estaré eternamente agradecido. A él me acojo con placer. En el corazón le llevo, quizá somos amantes. Una relación que ya sobrepasa el cuarto de siglo, una relación estable y apasionada. El tiempo da valor a nuestra singular relación.

En su entorno me siento a gusto, feliz, libre (¿en cuántas cárceles nos hemos encontrado?). Ya camino por aquí, ya hablo por allá; ora me tomo un café, ora estoy leyendo un libro. Palpo su respiración. En su hall se hace vida cinéfila, hasta hay quien ha publicado un poema dedicado a la camarera del Doré, porque allí burbujea un mundo más allá de la realidad. Un mundo más grande que la realidad se plasma sobre su pantalla. Todo puede volverse emoción.

Desde el patio de butacas me posiciono, de abajo arriba los ojos contemplan sus fotogramas, apenas he subido al entresuelo, queda prohibido situarse en los palcos. Los encuadres se magnifican y me pierdo en su contemplación: siempre en la misma fila, siempre en la misma butaca (¿quién no tiene alguna manía?). Apago el móvil, limpio las gafas, me tomo un caramelo. Se abre el telón, se apagan las luces, se enciende el proyector. Silencio, por favor.

Cual barón rampante viajaba de cine en cine por todo Madrid. Hoy, con esos “bosques talados”, me alimento de celuloide en este último refugio, porque el cine Doré resulta fascinante para esconderse de contaminaciones mil.

Media vida ligado a un mismo espacio, media vida soñando en el cine Doré. Un día vine a descubrir la filmoteca, puede que la filmoteca me haya encontrado.

3 comentarios:

  1. Hipnotizado y meditabundo me quedo tras degustar tu escritura apasionada, rica y descriptiva. Me encanta. Un sincero saludo de un Photosista que aún lo es.

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  2. Hipnotizado se queda uno cuando traspasa las puertas del Doré, un lugar único para los amantes del cine sin barreras. Gracias por los comentarios.

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