Tempus fugit

Por José María Ruiz del Álamo

Harold Lloyd en El hombre mosca.
Hace apenas unos días, como quien dice, era diciembre, y ya está aquí el nuevo año. Porque este escrito ve la luz en el mes de enero de 2018. ¡Cómo es el tiempo! ¡Un suspiro, y doce meses han transcurrido! ¿Dónde queda ya el año 2017?

En un momento está y al instante se nos ha escapado, inútiles resultan mis manos para apresarlo. Lo mismo transcurre a toda velocidad que se hace eterno, y así transita, con alegría o pesadez. Y siendo siempre el mismo, se nos muestra diferente. Tal es su estado. Con el tic-tac intentamos dominarlo, imposible domesticarlo; con una fotografía creemos que lo apresamos, pero no se detiene nunca.


¿Se nos ha hecho largo este año 2017 o se nos ha pasado volando? En aquel enero se veía con lejanía este enero de 2018… Y ahora, ¿somos de los que miramos hacia atrás o hacia adelante? ¿Nos trazamos una serie de objetivos? ¿Hemos cumplido los que nos impusimos?

Un año, 12 meses, un chispazo, una eternidad. Así de incongruente puede dibujarse. De niño no veía el día en que cumpliese los 18, y una razón egoísta lo motivaba: quería ir al cine a ver películas aptas para esa edad. Sí, porque hace mucho tiempo, en esta España donde vivo, cada película tenía su calificación moral (eclesiástica) y por edades (gubernativa). Mas al llegar a la mayoría de edad habían pasado a mejor vida aquellas disposiciones, salvo para las recientemente inauguradas salas X. De perdidos al río, al fin y al cabo eran películas. Caí en la tentación… La futilidad del tiempo ha deparado que hoy ya no existen esos cines dedicados a la proyección de material “hard-core”.

Muchas personas afirman que no tienen tiempo para nada. A otras, les sobra. Unos cuantos dejan los quehaceres para última hora, pensando qué largo me lo fías. También aseveramos que hemos ganado tiempo, cuando muchas veces, en verdad, lo estás perdiendo (mi intelecto no parte en su busca). Todos sabemos que el tiempo es oro. Y en el mundo deportivo puede pedirse un tiempo muerto. Claro que lo más razonable es dar tiempo al tiempo.

Por regla general, a golpe de despertador se inicia nuestra jornada, y al momento pedimos cinco minutos de tregua. Vano intento de autoengaño, ya todo está en marcha. El reloj condiciona, si bien se podría alcanzar una aspiración suprema viviendo en ese tiempo llamado libre, y así darme al ocio, ahí el elemento cultural supone gran ventura.

A día de hoy, la literatura y la cinematografía son los terrenos que cultivo (las cuitas deportivas ya quedan lejos). A la lectura me doy, donde Luis Martín-Santos relata el siniestro Tiempo de silencio, mientras Montserrat Roig nos lleva a saborear el Tiempo de cerezas, sin olvidarnos en ningún caso de los Tiempo difíciles descritos por Charles Dickens. Claro que para andar de un lado a otro, nada como el invento de La máquina del tiempo expuesta por H. G. Wells. Y si rompemos con la lógica temporal, ahí se encuentra Jardiel Poncela con sus Cuatro corazones con freno y marcha atrás. El perfecto dominio sobre el tiempo se observa en El retrato de Dorian Gray o en esos seres que habitan la noche, como Drácula, ese vampiro creado por Bram Stoker

Y desde el patio de butacas, donde el proyector lanza su haz de luz mágico en la gran pantalla, observo el descoyuntamiento que suponen los Tiempos modernos para Charles Chaplin, o el febril romanticismo que regala Douglas Sirk en Tiempo de amar, tiempo de morir, ese cine donde puedes quedar Atrapado en el tiempo, y si hay una canción mítica en el séptimo arte es As time goes by.

Mas donde constato, en mayor medida, la fragilidad sentimental que conlleva el transcurrir de la existencia en la niñez es en la película Fanny y Alexander. Ingmar Bergman nos regala un cuento de Navidad dividido en tres actos. El primero se muestra como un derroche de luz y alegría, donde te alimentas de felicidad e imaginación, las horas se convierten en minutos, a galope tendido se cabalga, no existen las preocupaciones, todo es rock and roll. Sin embargo, el segundo acto entona un réquiem, surge un mundo tenebroso, los minutos se hacen eternos, desaparece el amor, las risas se han extinguido, el castigo entra en sus vidas y las lágrimas recorren los rostros, se vive en una austeridad enfermiza. No escribiré sobre el tercer acto, vean esta magnífica película.

En definitiva, ¿concedemos demasiada importancia al tiempo o le otorgamos rango de futilidad? De momento seguiremos contándolo. Lo dicho: tempus fugit. Que el año 2018 sea un tiempo de paz.

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