Hotel, dulce hotel

Foto de Keem Ibarra

Por Esperanza Goiri

Me he permitido tomar prestado de Joaquín Sabina el título de su quinto disco, me viene al pelo para ilustrar esta entrada.

Tendría cuatro o cinco años la primera vez que recuerdo haberme alojado en un hotel. Viajamos a un remoto pueblo de La Mancha para visitar a mi abuelo paterno. Un vasco apasionado y bohemio que decidió, nadie supo muy bien los motivos, pasar sus últimos años en aquellas tierras. Desde la inocencia de la niñez, aquel establecimiento me pareció estupendo y disfruté mucho de la experiencia. Cuando crecí, al recordar mi entusiasmo, mi madre se moría de risa mientras me explicaba que se trataba de una sencilla fonda, única opción de hospedaje en la zona.

Ya de adolescente, tuve una compañera del colegio que residía con su familia en un apartamento privado de un conocido hotel madrileño, del que su padre era el director. En plena edad del pavo nos parecía el colmo del lujo y la sofisticación vivir allí. El sumun era cuando, tras preguntarnos qué nos apetecía merendar, levantaba con gesto displicente el teléfono para pedir al servicio de habitaciones.


Con el correr de los años he conocido todo tipo de hoteles. Desde albergues y hostales de medio pelo que eran los que me podía permitir, en el mejor de los casos, en tiempos de estudiante, hasta alojamientos realmente fabulosos cuando la ocasión lo ha merecido. Entre los dos extremos me han acogido y ofrecido descanso en mis afanes viajeros toda una gama de establecimientos. En muchos me he encontrado a gusto y en otros, por diferentes motivos, no volvería a poner un pie. El caso es que por muy maravillosa que haya sido la estancia en ellos, nunca se me ocurriría considerarlos mi casa, mi hogar. Por eso me sorprendió cuando leí que un popular modisto español lleva siete años viviendo felizmente en la misma habitación de un hotel madrileño. A lo largo de la entrevista explicaba las ventajas que le reporta su elección, tanto logísticas como económicas. Por las fotos, la habitación es de tipo estándar en un establecimiento de buen nivel, pero no de lujo. Eso sí, le han permitido “customizarla” con sus propios muebles y objetos personales. Afirmaba con rotundidad que en ningún piso ha estado tan a gusto como en ese cuarto.

No es el primero que ha optado por esta forma de vida. Existe un cierto halo romántico en esas largas estadías de artistas y famosos en míticos hoteles a los que consideraban sus casas y al personal como su familia. En ellos amaron, dejaron fluir su vena creadora y, algunos, hasta llegaron a exhalar su último suspiro. Sin tanto glamour y leyenda, personas anónimas también eligen hacer de estos alojamientos su morada.

Tal vez, el hotel sea un refugio para escapar de la vida doméstica, según sentenció Bernard Shaw. Quizás, como dice una canción de Marvin Gaye, hay personas que consideran su hogar donde dejan el sombrero. Puede que haya gente que no diferencie entre estar o sentirse sola. Que cree tener un hogar y solo posee una casa. No sé, es complicado y difícil sacar conclusiones en un tema tan íntimo y personal. Pero sí tengo claro que, hoy por hoy, a mi hogar se accede con una llave de metal y no con una tarjeta magnética. En cualquier caso, versionando a Sabina, lo mejor sería disponer siempre de una habitación con vistas a los que amamos.

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