Los objetos que nos hablan



Por Juana Celestino 
 
Foto de Juana Celestino

A cada paso que doy me encuentro con ellos, me rodean, se caen, se interponen en mi camino y me hacen tropezar. Los uso y disfruto, los maltrato y acaricio, me miran, y muchos me hablan si les devuelvo la mirada. Algunos son inútiles, pero llaman mi atención a diario, con insistencia, invitándome a admirar su belleza; otros, más discretos, solo cuando reparo en ellos mencionan a la persona que me los regaló, resaltan alguna anécdota del viaje donde los adquirí o me guían hasta aquella casa que en otro tiempo habitamos. Los objetos de nuestro entorno deberían ser dignificados por estar siempre ahí, esperándonos con las historias que viven en ellos y las voces que los explican. Me basta contemplar a estos emisarios de recuerdos para sentirme engullida en el significado que tienen para mí. Si decido deshacerme de algunos no es porque necesite espacio, estén deteriorados o pasados de moda, es por una razón de peso: ya no me dicen nada. Dejan de compartir espacio conmigo cuando caen en la indiferencia o la armonía entre nosotros se esfuma y, tarde o temprano, se me impone la necesidad de una criba, de verme rodeada únicamente por lo que es consustancial a mí, de separar el grano de la paja. Algo que con los años cada vez veo más claro y no me supone un gran esfuerzo llevar a cabo, tanto en lo referente a objetos como a sujetos.

Gran parte de las cosas que habitan mi casa son libros, habladores por excelencia. Tampoco ellos escapan a esa razón de peso, y en las purgas que emprendo cuando limpio a conciencia mis estanterías, no solo de micropartículas, pelos de gato, ácaros y otros organismos devoradores de cultura de esos libros que corren libres por muebles y estanterías sin la protección de vidrieras, también me desprendo de volúmenes que ya no tienen para mí interés narrativo ni sentimental. Los regalo, los dono, los dejo en bancos de algún parque o en cualquier otro lugar y les doy la oportunidad de encontrar nuevos propietarios que les presten atención. Algunos parecen saberlo, se resisten a ser objeto de selección y expulsión, y agazapados en algún hueco de los estantes invocan el deseo interno de pasar desapercibidos por si acaso. Incluso cerrados tienen algo que decir. Hace unos días descubrí a uno de estos camuflados que, para mi vergüenza, me recordó de inmediato que era un libro prestado, así como el nombre de su propietario, a quien llamé al instante para comunicarle el hallazgo. Entre torpes disculpas (el libro debía llevar conmigo más de un año), le expresé mi deseo de devolvérselo cuanto antes. No fue necesario, ya había comprado otro al echarlo de menos y no recordar a quién se lo había prestado. Le debo uno.

Creo que los libros están hechos para circular y difundir sus historias, ellos lo saben y lo desean porque incluso deciden hacerlo por iniciativa propia. Hace años uno de estos ejemplares me abandonó para correr su propia aventura; debió saltar de mis manos al suelo de un vagón de metro abarrotado cuando yo creía guardarlo en el bolso. Si bien no soy una maniática de la acumulación de libros, ni los considero objetos fetiche, sí soy capaz de un rastreo infatigable si pierdo alguno de mi devoción. Aquel lo busqué durante días en puestos de estaciones y en la Oficina de Objetos Perdidos del Ayuntamiento sin resultado alguno. Se trataba de El cuento de nunca acabar, de Carmen Martín Gaite, fácil de encontrar en librerías, pero aquel contenía una dedicatoria que solicité a la autora al término de una conferencia que dio en Madrid. Por un tiempo abrigué la esperanza de que alguien se pusiera en contacto conmigo al ver en el ex libris mi nombre y el primer apellido, que no es muy común. Yo lo hubiera hecho, siempre me han fascinado esos detectives que en las películas americanas localizan sobre la marcha, en una sobada guía telefónica de cualquier cabina o local público, al exacto John Smith o a la mismísima Lily Parker que andan buscando, da igual si la guía es de Los Ángeles o de Nueva York. Pero aquel libro no cayó en manos de ningún sabueso, se fue de las mías para ir a parar a otras o a otro lugar, con la misma resolución que el de mi amigo decidió instalarse disimuladamente en mi biblioteca.

Algunos de los objetos que me rodean son compañeros de tiempo inmemorial, sin embargo siempre tienen algo nuevo que decirme y todavía me mueve alguna emoción su relato; otros, sin tanta solera, también tienen lo suyo que contar y no dejan de seducirme. Nos comunicamos bien y, aunque a veces nos ignoramos, somos muy felices juntos y seguimos creciendo, en la salud y en la enfermedad hasta que el azar o la muerte nos separe. Siempre que me digan algo.

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