Aullidos

Por Marisa Díez


Ciervo acosado por una jauría de perros (1640).  Paul de Vos 

No podría explicar con exactitud de dónde salió la pareja que se acercó a auxiliarla. Una especie de bruma cubría su consciencia. Tampoco sabía cómo había aparecido tumbada en aquel banco, en posición fetal. Recuerda vagamente que el suelo se movía bajo sus pies, que llegó a trompicones y se dejó caer, exhausta. Sólo su instinto de supervivencia consiguió sacarla de aquel portal y entonces comenzó a deambular por la ciudad como un fantasma, mientras la fiesta continuaba a su alrededor sin que ella pudiera articular palabra.

No sentía dolor ni conseguía llorar. Por un momento pensó que todo había sido fruto de su imaginación. Había leído en los periódicos que algo así podía ocurrir pero nunca imaginó convertirse en la protagonista de este melodrama. Lo último que recuerda antes de aquel delirio es haber entablado conversación con un grupo de extraños, podían ser cinco jóvenes, quizá con acento del sur, que se movían en manada, pero tampoco se atrevería a asegurarlo. En su cabeza todo da vueltas y no consigue poner en orden sus pensamientos.

Con el transcurso de los días pudo ir centrando aquellos flashes que le vienen una y otra vez a la cabeza durante el tiempo que se mantiene despierta. Y cuando duerme, la misma pesadilla. Cinco cuerpos pesados sobre ella. Con el primero intentó luchar, pero no pudo hacer nada contra su corpulencia física. Los demás, uno por uno, se la repartieron ya vencida, como un muñeco desvencijado, roto por dentro y por fuera. Quizá transcurrieran 15 o 20 veinte minutos, quizá fueran 30. Nunca podrá precisarlo porque casi desde el principio perdió el sentido de la realidad. Recuerda que gritó, suplicó, y después lloró. Más tarde, el vacío. Otra vez aquella nebulosa. Faltaba poco para que amaneciera cuando una patrulla policial la trasladó a comisaría y allí comenzó el siguiente trance. El que iba a durar hasta el día de hoy, casi año y medio después. El que tal vez no acabaría nunca.

Ella nunca volvió a ser la misma. Hubo de enfrentarse también a los demonios que impregnan esta oscura sociedad que la rodea, aún expuesta a demasiados prejuicios e incapaz de ponerse en el pellejo de la víctima, mientras, en el mejor de los casos, mira hacia otro lado. Todavía, transcurridos 17 años del nuevo milenio, debe escuchar o soportar miradas condescendientes de quienes le vienen a decir algo así como “tú te lo buscaste. Por darles cuartel”.

Había conseguido por fin sacudirse la culpa, esa misma que sintió durante las horas y los días posteriores. Una reacción común, le explicó la psicóloga que la atendió transcurrido un tiempo de aquella maldita noche. Pero seguía sin superar ese miedo acérrimo que sentía a caminar sola por la calle, cuando la noche empieza a caer. Y ese temblor imperceptible que recorre su cuerpo cuando un extraño se le acerca.

No fue su culpa y sin embargo, aún tiene que enfrentarse cada día a los comentarios que le llegan a través del anonimato de las redes sociales. Cobardes parapetados bajo un alias que la empujan a seguir escondida en su caparazón.

Ella puede que nunca consiga olvidar y la posibilidad de que los cinco protagonistas de su pesadilla acaben durante años entre rejas no le proporciona más allá de una mínima sensación de alivio, porque es consciente de que el previsible castigo penal que caerá sobre los culpables de todo este desvarío, no servirá para librarla a ella misma de su propia y particular condena.



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