El 156, desde luego


Por José María Ruiz del Álamo

Decalcomanie (1961) René Magritte.
Desde luego que lleva unos días muy ufano. Se cree el centro del universo. ¡A ver quién le tose! Va con el prurito subido y no se baja de su atalaya. Cierto, está en boca de todos, y no existe puerta que haya resistido su embestida. “Aquí estoy”, vocifera el muy gallito. Mas a uno ya le tiene harto y exhausto.

Malo resulta contradecirle. “No te tires al monte”, y sin embargo cabalga a galope sin freno. Presume mientras puedas, pero recuerda que siempre serás uno más, aunque desde la cuna eras un fanfarrón. “Ya verás, ya verás”…, nos decías con retintín. Ya estoy viendo.


Muy bien, saca pecho. Hoy eres el número agraciado con el gordo, ese guarismo que nadie olvida y cambia la existencia a los premiados. (Véase cómo somos, que el 00155 se ha agotado en los puestos de lotería para el sorteo de Navidad). Mientras, uno debe conformarse con ser la aproximación. En este caso, el posterior. Parece que vivo a tu sombra y me toca actuar de secundario. Sí, el protagonismo es tuyo. Pero recuerda que otros días vendrán.

Saborea la fama. Es tu momento álgido. ¡Vaya evolución hacia el narcisismo con deriva egocéntrica! ¡Tu sombra es tal, que oscurece a todos los demás! Sin embargo, también se muere de éxito. ¡Recuérdalo, 155! Ejemplos hay a cientos. Ventura de realidad que bien puede teñirse de ficción (para no enfadar a nadie), una ficción literaria de tendencia criminalista.

Poco importa que Arthur Hastings escriba el libro en primera persona, porque el protagonista va a ser “un hombrecito de aspecto fuera de lo corriente. Mediría escasamente 1.60 metros de altura, pero su porte resultaba muy digno. Su cabeza tenía la forma exacta de un huevo. Su bigote era tieso y de aspecto militar. La pulcritud de su atuendo era casi increíble…”. Sí, Agatha Christie describe de esta guisa al detective belga Hercules Poirot (no le falta el pomposo nombre) en la novela El misterioso caso de Styles. Corría el año 1920 cuando estos personajes tomaron vida, y Agatha no imaginaba la manía y antipatía que le iba a suponer Poirot; tanto que lo ridiculizaba de principio a fin en La señora McGinty ha muerto. Es más, en la década de los años cuarenta vino a darle sepultura en el libro Telón, aunque este no se publicase hasta 1975, un año antes de la muerte de la autora.

El personaje se impuso al autor. Ella no quiso pasar por el mismo trance que Conan Doyle, cuando en el cuento El problema final decidió dar muerte a Sherlock Holmes. Los lectores no consintieron el hecho, hubo presiones y al final sir Arthur lo resucitó. Véase el homenaje de Christie al llamar a su personaje Arthur Hastings, el cual no aspiraba a ser secundario, porque sentía la secreta ambición de ser detective, no de Scotland Yard, sino un Sherlock Holmes; poco suponía tomar el rol de un doctor Watson. Ni a los personajes les gusta quedarse en la sombra. “¡Hercules Poirot! Había sido el más querido de mis amigos. Su influencia había moldeado mi existencia” acabaría confesando Hastings.

¿Otra vuelta de tuerca? ¡Vamos allá! Corría el año 1934, cuando Rex Stout publicó la novela Fer de lance, con una narración en primera persona de Archie Goodwin, que es el secretario y avispado ayudante del famoso detective Nero Wolfe (ya connotan los adjetivos). Un detective que se autodefine como excéntrico. Nunca sale de casa, mide casi dos metros, pesa 140 kilos, bebe cinco litros de cerveza al día y posee una cabeza “tan grande que solo moverla daba la impresión que era un trabajo ímprobo”, y afirmaba: “no soy un dios, solo soy un genio”. No cabe la modestia en él. Aquí el personaje vivió en paz con su autor, y Archie discrepó en broncas con Wolfe.

En todo caso, empatizas con el narrador, porque llegar a la verdad absoluta es un peso difícil de sobrellevar. Te humanizas frente al endiosamiento. Quizá soñemos en ser protagonistas, pero visto lo visto… Desde luego prefiero un 156 cualquiera a cualquier iluminado. Siempre detrás de tanto adelantado.

Véase que lo mismo esta entrada se ha escrito de forma simbólica. No obstante…



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