Si las almohadas hablasen…


Por Esperanza Goiri

Fotograma de Lost in Traslation (2003), de Sofia Coppola


No, no me he equivocado. Ya sé que el dicho popular es diferente: “si las paredes hablasen”, dando a entender lo que estas podrían contar sobre lo que ocurre dentro del espacio que delimitan. He cambiado la expresión porque me parece mucho más inquietante que fueran las almohadas las que tuvieran el don de la palabra. ¿Os imagináis?

Solo hace falta echar la vista atrás para darnos cuenta de la cantidad de recuerdos y vivencias que van asociados a ese elemento doméstico, mullido e íntimo. En la niñez nos sirve para mitigar los miedos y terrores infantiles. ¿Quién no se ha dormido agarrado con fuerza a ella o se ha escondido debajo de sus plumas para no ver a los monstruos y duendes que acechan en la oscuridad? ¿Quién, de chiquillo, no la ha utilizado de arma, contra hermanos o amigos, en feroces batallas donde la lesión más grave posible era acabar en el suelo despeinado y muerto de risa? ¿Quién a los quince años, como decía la canción, no ha vertido sentidas lágrimas por desengaños de amor o amistad, ocultando la cara en su cálido cobijo?

A su resguardo se depositan los más variopintos objetos: desde dientes de leche para el Ratoncito Pérez a lecturas subversivas de todo tipo, pequeñas linternas y radios o walkman, ahora sustituidos por smartphones y tablets. Acogen por igual las pías estampitas de las abuelas, a las que ellas rezan para dormir en paz, como otras imágenes no tan inocentes que desvelan a febriles adolescentes. Sirven para esconder armas de fuego, cuchillos o navajas cuyos propietarios, miedosos o intranquilos, acechan un peligro en medio de la noche. Los avariciosos y mezquinos atesoran en su esponjoso interior dinero y joyas.

Amortiguan jadeos, suspiros, carcajadas y sollozos para no ser captados por quien no debe oírlos. Se utilizan como arma letal asfixiando a las desprevenidas víctimas. Sin comerlo ni beberlo se ven envueltas en escenas violentas y, al ser empleadas como escudo protector, reciben tiros y cortes.

Son cómplices de seres a la fuga, simulando sus cuerpos bajo las sábanas, para engañar a los que les vigilan. Son golpeadas, achuchadas, besuqueadas, regadas de lloros o risas. Las olemos en busca del aroma del ser querido añorando su presencia. Recorremos toda su longitud en las largas y cálidas noches de verano para capturar un centímetro de tejido fresco y reparador.

Aunque no hay pruebas de ello, tienen reputación de sabias y buenas consejeras. Cuántas veces habremos invocado el manido: “lo voy a consultar con la almohada y mañana te comento”. Ahí están las pobres, aguantando nuestras monsergas sin flaquear. Son fieles compañeras de insomnes y enfermos aportándoles algo de alivio y consuelo.

No me gustaría estar en el “pellejo” de las que soportan en los hoteles los pensamientos y manías de tanta gente extraña. Al fin y al cabo, las nuestras ya nos tienen calados, y como dice el refrán: “más vale lo malo conocido…” Hace tiempo leí que la reina Isabel de Inglaterra cuando viajaba solo exigía llevar con ella, fuese donde fuese, su propia almohada. La comprendí perfectamente. Tal vez soy muy rara o fantasiosa, pero siempre que pernocto en un establecimiento público me pregunto quién habrá dormido antes en esa misma cama, en esa misma almohada; qué ambiciones, angustias y deseos habrá dejado depositados; qué huella ha marcado tras su paso y si sus vivencias se mezclarán con las mías en la inconsciencia del sueño.

Por la noche, en la intimidad, con la guardia baja, ajenos a miradas extrañas, despojados de todos los artificios que portamos para bregar en el mundo, cuando posamos la cabeza en la almohada, tal vez sea el momento en el que somos más genuinos y francos, sin trampa ni cartón. Descansando entre cojines, cuadrantes y almohadones dejamos fluir con total libertad las preocupaciones, sueños, miserias, temores, envidias, odios y filias, sin filtros ni camuflajes, a tumba abierta. Testigos mudos de nuestro ser interior: ¡ay, si las almohadas hablasen! Quedaríamos retratados, y me temo que a muchos, como a Dorian Grey, no les gustaría su reflejo.

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