Peregrinos



Por Juana Celestino


Mojón que indica la entrada a la ciudad de Santiago de Compostela



Me gusta caminar. Sin más, sin rumbo predeterminado, en un caminar aparentemente improductivo. Digo “aparentemente”, porque aunque no sea mi intención la de llegar a un destino concreto, andar me estimula a pensar, divagar y fantasear. El punto de partida o llegada es lo de menos, la meta se relativiza y lo que de verdad importa es lo impredecible que surge mientras pongo un pie delante del otro y puede llevarme a una imagen o a reformular una cuestión que parecía tener resuelta, a trasformarme por dentro. «La mente es una especie de paisaje y caminar es un modo de atravesarlo», dice Rebecca Solnit en su fascinante libro Wanderlust. Una historia del caminar. También me gustan los caminantes y los relatos de sus andanzas, pero más aún los que hacen del caminar un gesto revolucionario, como esos grupos que un día se pusieron en marcha desde lejos, desde muy lejos, y aún resisten: caminantes por la paz o los derechos, ecologistas, obreros… Esos mineros asturianos y leoneses que alguna vez hemos visto avanzar por carreteras empujados por sus reivindicaciones, dando sensación de calma y sosiego, pero al mismo tiempo marchando hacia adelante con ese paso firme y decidido que da la fuerza del colectivo. Admirable.


Caminar nos une a los que andan a nuestro lado por extraños que sean, pero sobre todo nos acerca a nosotros mismos. Por estas fechas se cumplen ocho años de una de mis mejores caminatas, la que me llevó hasta Santiago de Compostela. El punto de partida fue la localidad lucense de Sarriá, un tramo de algo más de 100 kilómetros por el interior de Galicia, que me guió hasta la capital compostelana a través de frondosos bosques de eucaliptos y pinos, maizales y huertas, puentes, arroyos y alguna calzada romana. Verdes laderas y valles salpicados de aldeas, pueblos y villas en una ruta que superé en cinco etapas con alguna que otra ampolla, dolor de rodillas y hombros, calor, lluvias repentinas, y un mal tropiezo que me lesionó un dedo del pie y me obligó a presentarme en chanclas en un Santiago lluvioso. Un percance que me impidió continuar caminando unos kilómetros más hasta Finisterre, trayecto que hice en coche, para cumplir con la tradición de quemar alguna prenda de ropa usada durante el camino, en un ritual de purificación antes de volver a casa. Aunque más que el teatral rito, mi estímulo en continuar hasta ese punto era el deseo de pasear por la espectacular, aunque peligrosa, playa de Mar de Fora y admirar desde el Faro la belleza de la costa gallega.

Cada peregrino tiene inquietudes muy diferentes para emprender el Camino de Santiago. Si en el pasado había en la peregrinación una intención profundamente religiosa, en la actualidad se ha ido perdiendo frente a un carácter más cultural y de contacto con la naturaleza. Pero el sentido es el mismo: caminar hacia algo. La concha de vieira, cuyos surcos convergen en un mismo punto, es el símbolo del Camino por excelencia. La ruta jacobea como metáfora del propio recorrido vital, donde seguimos en la brecha a pesar de tropiezos, heridas y desalientos. Como lo es la mochila que cargamos a la espalda con pertenencias que nos lastran y en algún momento del recorrido nos lleva a preguntarnos: ¿necesito esto realmente? Es un trayecto donde iremos haciendo expurgo de lo superfluo, pero también repararemos en lo que nos falta, hasta que se nos haga presente lo esencial. Sin querer se entra en una dimensión de búsqueda y liberación que hace de esta experiencia algo más que un puñado de anécdotas y una peculiar forma de hacer turismo. El buen peregrino está libre de todo. Solo a la vuelta descubriremos hasta qué punto lo estamos nosotros, porque el Camino no termina en Santiago, más bien comienza a su llegada si uno se hace consciente de la profundidad que puede alcanzar. Es una emocionante partida, y no es de extrañar que el juego de la oca esté asociado a la ruta jacobea. Un juego que en su origen fue un mapa del Camino Francés a Santiago diseñado por los Caballeros Templarios, orden fundada con el fin de proteger a los peregrinos que se dirigían a los lugares santos como Roma, Jerusalén y Santiago de Compostela. Además de los puentes que hay que atravesar, los peregrinos (las fichas), se mueven en este tablero por casillas simbólicas: la posada, que representa a los albergues y hospitales donde se les atendía; los dados, el azar con los avances y atrasos que provocan las circunstancias; el pozo, el desaliento que puede hacer acto de presencia durante el trayecto; el laberinto, la confusión en el rumbo que lleva al caminante a perderse… Un conjunto de pruebas que uno ha de superar, a veces ayudado por un golpe de suerte, a veces empujado por fuertes convicciones, y otras gracias a los que nos acompañan en un camino, cuyo itinerario y forma de recorrerlo no es ni mejor ni peor que otro. Es el camino de cada uno.

2 comentarios:

  1. Pensar, divagar y fantasear, claro que sí, todo eso se hace caminando. Yo muchas veces he mantenido largas conversaciones imaginarias en mis paseos. Y además, nadie te lleva la contraria.

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  2. Así es, sin interrupciones ajenas al paseante. Los mejores pensamientos son los paseados, como decía el filósofo. Gracias, caminante Rodima.

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