Sin mí no soy nada

Por Marisa Díez


La metamorfosis de Narciso (1937). Salvador Dalí.


Me sorprenden las personas que están encantadas de haberse conocido. Son felices en ese mundo que han construido a su medida, en el que se desenvuelven como pez en el agua porque nada ni nadie les hace sombra. Desconocen el valor de la humildad y consideran que triunfar en la vida está únicamente al alcance de unos pocos, entre los cuales, por supuesto, se encuentran. Pero no es culpa suya y por eso no ven la necesidad de pedir perdón ante el agravio comparativo con sus semejantes, que no han tenido la suerte de estar tocados por la varita mágica. Son casi perfectos y así lo asumen. Si tú no estás en el grupo de los elegidos, mala suerte. Bastante hacen con permitirte formar parte de su círculo vital. Deberías aprender de ellos.

Todos nos hemos topado alguna vez con personajes de este calibre. No siempre son conscientes de interpretar ese rol y la mayoría de las veces obran sin mala fe, pero si he de ser sincera, me resultan cargantes. Cuando deciden revestirse de cierta modestia, esconden mínimamente su falsedad. Y si se permiten el lujo de escuchar en algún momento detalles de tu aburrida existencia, no escatimarán miradas de reproche o, lo que es peor, disfrazadas de auténtica lástima.

He pensado muchas veces que tras este tipo de personas únicamente se esconde un complejo de inferioridad mal asumido. Por lo que he podido conocer de ellas, algo en su pasado les ha impedido gestionar correctamente su futuro. O así lo creen ellos. Por eso tienden a ocultar ciertas partes de su recorrido vital, que consideran prescindibles, sin aceptar que les marcaron hasta el punto de convertirlas en quienes en la actualidad son. Es decir, más o menos lo mismo que nos ha ocurrido, en algún momento de nuestra vida, a todo hijo de vecino. La diferencia es que el hecho de no aceptar determinadas circunstancias del ayer les transforma en seres acomplejados y poco creíbles, porque nadie en este mundo es perfecto, que es exactamente lo que ellos pretenden hacerte ver a cada momento. Intentan borrar de su existencia todo pasaje que les pueda convertir en vulnerables y eluden cualquier argumento o justificación de un pasado que les resulte molesto e inadecuado para su actual modelo de vida. Así, se convierten en personajes de una ficción que han creado para conseguir sentirse los reyes del mambo. A veces percibes que te observan desde un peldaño superior aunque, si te fijas bien, sólo tienes que sostener un instante su mirada para darte cuenta de que, en realidad, podrías desmontar en un momento el mundo ficticio que han creado a su alrededor.

Reconozco que muchas veces me he sentido fascinada ante este tipo de personas. Me gustaría poder quererme hasta el punto en que ellos se aman y sentirme tan insustituible y necesaria como a sí mismos se consideran. Pero no soy capaz; cuando me asaltan mis complejos no dejo de pensar en la manera de conseguir esa fe ciega y confianza en su propia persona de la que estos individuos hacen gala a cada minuto. Y siempre fracaso en mi empeño. Carezco de ese punto de valentía y de arrojo del que ellos presumen a raudales. Entonces recuerdo el instante fugaz en el que no consiguen mantener tu mirada y me doy cuenta de que todo se reduce a una pose para tratar de ocultar sus propias carencias.

A unos cuantos de estos personajes los podría identificar con nombres y apellidos, pero no lo haré, más que nada porque me niego a otorgarles esa dosis extra de protagonismo con la que se sienten tan cómodos. Otros, incluso, consiguen hacerme reír a carcajadas al verles en su salsa cuanto mayor es su exposición. Porque individuos enamorados de sí mismos han existido desde que el mundo es mundo. Y tampoco me molestan en exceso; de todo tiene que haber en la viña del Señor. Lo único que verdaderamente me apena es que no sean capaces de entender que intentar olvidar de dónde vienes te acaba convirtiendo, tarde o temprano, en un simple extraño de ti mismo.

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