Cine de verano


Por José María Ruiz del Álamo

Atrás quedó agosto. Septiembre nos recibe con una sonrisa. Estamos de vuelta. Concluyen los días que se imponen a las noches. Decimos adiós al periodo estival. Las vacaciones ya son recuerdo. ¿Hemos vivido unas jornadas satisfactorias? En todo caso, ¡que la felicidad reine en los corazones!

Los días de baño en el mar se prorrogan, efecto del calentamiento global; y sin embargo las piscinas echan el cierre. La manga corta se adentra en el otoño. Los helados ya se toman durante todo el año. Esperemos que el estío finalice en octubre. ¿Perdurará el calor en noviembre?


¿Has oído hablar de esculturas de verano? Sirenas y castillos se alzan sobre la arena de la playa, efímero arte. ¿Cabe considerar las canciones de verano como música? ¡Cuántos pecados se dibujan sobre el pentagrama! Se desmoronan los tuétanos con La barbacoa. ¿Existe la literatura veraniega? Para estos días recomiendan darte tanto a una lectura ligera como a grandes “tochos”, y en este agosto transité por ambos caminos, lo mismo la novela negra de Andrea Camilleri con su comisario Montalbano, que la biografía de Robert Mitchum escrita por Lee Server.

¿Conectan las bellas artes con el periodo estival? Hágase la noche para que se besen al aire libre el teatro, el cine y la música. Los conciertos al aire libre son imprescindibles estos días pasados. Por supuesto, irrumpe la interpretación en el foro romano, la tragedia y la comedia sobrevuelan Mérida en su festival de teatro clásico. Al igual que Almagro, a los pies de una corrala. Estrellas, fieles compañeras.

No circulé por tales rutas. Mi devenir resulta más prosaico. Ya lo sabes, acurrucado al séptimo arte pervivo. La memoria viaja cuarenta años atrás (correría 1977, quizá fuese 1978), cuando mis ojos descubrieron por primera vez el mar, la mirada se perdió en el horizonte. Mar de Cristal, costa murciana.

Aguas transparentes, donde los peces te hacían cosquillas. Olas suaves, para dejar de lado el flotador. Vamos a hacer el muerto, nada a perrito, ahora bracea. Fueron jornadas alegres. Reinó una despreocupación absoluta, se vivía la infancia.

La mañana se abría a golpe de pedal. Era menester ir a la compra del pan en bicicleta, claro que me desviaba del itinerario un par de kilómetros, y allá, donde irrumpía un descampado, se divisaba una fortificación rectangular de unos dos metros de altura, tenía un torreón en su frontal, mientras que en el extremo opuesto sobresalían tres cuartas partes de una inmensa pantalla. Un cine que al cielo se alzaba. Por techo, las estrellas.

Un cine del todo punto distinto a los que conocía en mi barriada madrileña, pues cada día se cambiaba la programación y solo había una sesión que tenía su inicio a las 22.00 horas. Traspasé sus muros de la mano de Cantinflas.

El interior albergaba un mundo de sorpresas, véase la combinación de sillas de plástico y madera, conformando un patio de butacas sin anclajes al suelo, así las movías a tu conveniencia esquivando cabezas; a la entrada encontrabas un gran número de sillas apiladas, reservadas para un aforo más que completo. Tú la cogías y allá te sentabas donde querías; un puesto de helados surtido con toda clase de ágapes y refrescos, triunfaban las pipas; ni rastro de acomodadores, al albur, muy anárquico. Había que ser previsor, una chaqueta no estaba de más. Junto a la banda sonora de la película se colaba el silbido del aire, los múltiples desplazamientos de las sillas, las diversas “masticaduras” y los infinitos cuchicheos, llantos de niños incluidos, así como el oleaje marino (quizá haya incluido esta ensoñación).

Al fin y al cabo estaba ante un coctel tremendamente fresco (valga la metáfora), todo un chorro de diversión.

Jerry Lewis y un western completaron aquellas sesiones nocturnas proporcionando chiribitas a los ojos. Se iluminó un nuevo concepto de ver cine.

Al año siguiente volví por aquellos lares. Tomé la bicicleta y fui a la busca del cine. Vano intento. La construcción de chalets había tomado su lugar. ¿Arquitectura de verano? Era un paisaje demasiado goloso para el ladrillo.

La hora bruja de la noche convierte al cinema en un paraíso. Todo es fiesta a la “oscuridad” de las estrellas. Hoy en día estos espacios han desaparecido de las costas españolas, sin embargo se promueven iniciativas para disfrutar del séptimo arte al aire libre, y la misma playa resulta un escenario “alucinovibrante”. Coge la hamaca, vamos para allá.



3 comentarios:

  1. Precioso ejercicio de nostalgia. Gracias José María

    ResponderEliminar
  2. Sí, aquellas arquitecturas de cine ya han desaparecido, se las comieron los intereses del ladrillo. Sin embargo, siempre quedará esa alegría que nos proporcionó. De ahí que viajar al cine al aire libre signifique ver una película divertida, nada mejor que los hermanos Marx para ello, no siento a Godard a la luz de las estrellas.

    ResponderEliminar
  3. Sí, aquellas arquitecturas de cine han desaparecido hoy en día, ganó la batalla el ladrillo. Sin embargo, siempre quedará la alegría. Por ello considero que el cine al aire libre es para ver películas divertidas, ahí estarían los hermanos Marx, a Godard como que no lo vería a la luz de las estrellas. Era otra forma de ir al cine, otra forma de ver el cine.

    ResponderEliminar