¿Volver a nacer?


 
Huevo en el "Palomar". Casa-Museo Dalí en Portlligat



Por Juana Celestino

Siempre me ha sorprendido el anhelo con el que he oído decir a alguien “si yo volviera a nacer…”. La invocación, como una plegaria, procedía de personas que ya habían alcanzado cierta madurez y al mirar atrás, desde su presente, veían la imposibilidad de reparar errores, desengaños o traiciones. Ese deseo de enmendar alguna acción irreversible, sobre todo en lo que a relaciones personales se refiere, los mantenía atados al tormento de la culpa en una desazón que les empujaba al vano deseo de partir de cero. No parecía importarles el riesgo de incurrir, si no en esos, en otros fallos quizás más graves que tarde o temprano les llevarían a la misma cantinela del renacer. Algunos eran creyentes y habían negociado con su Dios el arrepentimiento, aunque, con Él o sin Él, por mucho que intentaran trampear y justificarse lo más ventajosamente posible, de la penitencia de la culpa no hay Dios que los libre porque, en el fondo, ellos mismos no han conseguido perdonarse. Consciente o inconscientemente, ese deseo de renacimiento, más que reparación, lo que persigue es hallar una vía de escape al sufrimiento, pero sería como salir de Málaga para meterse en Malagón: volver a nacer supondría tener que pasar (una vez más de la que nos toca a cada uno) por el ineludible trance de la muerte, del que la mayoría desearíamos escaquearnos.

Puestos a fantasear, prefiero ir al cine. En esa fábula de la vida que es El curioso caso de Benjamín Button, película inspirada en el relato homónimo de Scott Fitzgerald, el camino vital se nos muestra a la inversa, lo que en teoría nos pondría a salvo de esos errores personales que nos sumen en la aflicción. Benjamín, un personaje patético y conmovedor, nace con la apariencia y la salud de un viejo de 80 años, es abandonado a las puertas de un asilo y pasa la "infancia" rodeado de ancianos cuya apariencia es similar a la suya, pero su comportamiento es el propio del niño que en realidad es. Librándose poco a poco de los achaques de la vejez, va creciendo en estatura e inteligencia y rejuveneciendo progresivamente hasta que muere con la apariencia de un bebé. Benjamín se hace mayor a salvo del deterioro físico, y sin embargo es un ser trágico con una existencia tristemente condenada de antemano. Su destino, al mismo tiempo que privilegiado, es nefasto, arbitrario, pero previsible; misterioso, por un lado, pero en definitiva, revelador. Porque el hecho de que Button pase su infancia siendo viejo por fuera le permite acercarse, aunque con la mente de un niño, al final de la vida de otras personas, a la muerte, mucho antes de que eso mismo pueda afectarle realmente, y esa experiencia le hará valorar la vida de una forma más poderosa. El reloj corre al revés, pero cuando llega a la edad senil, por más que su apariencia sea la de un muchacho, la sensación es de tristeza y de profundo pesar. El recuerdo de los ancianos del asilo le dice que ya no hay tiempo para más experiencias, sabe lo que va a ocurrir.
No sé quién, en clave de humor (podría ser Woody Allen), planteaba en un texto algo parecido: primero deberíamos morir, para quitarnos ese trauma de en medio, despertar en un geriátrico y vivir la vejez hasta que nos toque trabajar los años reglamentarios, para luego pasárnoslo pipa durante la juventud con la pensión correspondiente. Una vez pasados los estudios de secundaria y primaria, viviríamos jugando como niños sin responsabilidad alguna hasta que llegáramos a ser bebés, entonces pasaríamos los mejores meses de nuestra vida flotando en el cálido vientre materno, hasta desaparecer en un orgasmo. Lo mejor, el final.

Para qué fantasear. Tal como está trazado el recorrido vital, podemos renacer tantas veces como se nos antoje, y no solo cuando pasamos por el mal trago de vivir una experiencia en la que hayamos rozado la muerte física; cualquier momento es bueno para hacer borrón y cuenta nueva, y empezar tantas veces como sea necesario hasta aproximarnos a aquello que queremos ser o alejar de nosotros lo que nos lastra. Lo interesante está por llegar, y el tiempo presente, imparable, es el trámite hacia ese porvenir. No es tanto lo que hemos sido (y no nos gusta) como lo que podemos llegar a ser en nuestra singularidad,  porque cada uno de nosotros es un ser único, doblemente único, tanto por nuestro origen como por nuestra particular aventura personal. A diferencia de Benjamín Button, que ya tiene en su bagaje vital las herramientas necesarias para afrontar la existencia, nosotros tenemos la interesante tarea de ingeniárnoslas día a día. Somos un proyecto en marcha, siempre hacia adelante: equivocándonos, estrellándonos, arrepintiéndonos, desesperándonos, maldiciendo…, pero seguir, manteniendo el tipo hasta el final.





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