Héroes de carne y hueso

Por Marisa Díez


Mis abuelos, Luis y María, en Madrid, hacia 1920.

No llegué a conocerle y sin embargo podría afirmar que pronto se convirtió en un referente en mi vida. Mi abuelo Luis murió cuando yo acababa de aterrizar en este mundo, pero su recuerdo quedó inmortalizado en una colección de viejas fotografías en blanco y negro que mi padre conservó, perfectamente clasificadas y organizadas, en un álbum que él mismo encuadernó. Por eso, observando su imagen una y otra vez, sentí desde el principio cómo aquel hombre, extraordinariamente parecido a mi padre, despedía un sinfín de buenas vibraciones. Crecí escuchando relatar multitud de anécdotas que ocurrían en el piso bajo que habitaban en la calle Zurbano, al que mis padres se trasladaron durante un tiempo una vez casados, un hecho de lo más habitual en los años de la posguerra en Madrid. Los nuevos matrimonios, al no disponer de vivienda propia, se veían obligados a compartirla como podían con sus mayores.

Me hubiese gustado tanto conocerle que imaginé desde niña cómo hubiera sido jugar con él o escuchar de su propia voz aquellas historias en las que él era el protagonista. Nunca lo reconocí, pero siempre envidié en silencio a los niños que hablaban de visitas a sus abuelos o juegos compartidos junto a ellos. Porque tampoco pude conocer a mi abuelo materno, Vicente, que murió mucho antes de que yo naciera. Y siempre he sentido esas ausencias como un vacío que produjo un cierto desgarro en mi vida.

A cambio disfruté plenamente de mis dos abuelas, María y Agustina. La primera, la mujer de mi abuelo Luis, vivió con nosotros durante años hasta que falleció. Al quedar viuda, la exigua pensión que le correspondía no le permitió mantenerse sola, así que aterrizó con sus escasos bártulos en nuestra casa, tras alguna estancia ocasional con sus hijas. Mi abuela María era una mujer de carácter, o al menos así la definían quienes la conocieron. Y sin embargo, yo la recuerdo sentada en aquel sofá de skay, sin dar ninguna guerra, mientras movía sus pies rítmicamente a la vez que rechinaba sin parar su escasa dentadura, porque debía de padecer algún tipo de enfermedad similar al Parkinson que le impedía permanecer quieta. Apenas hablaba y cuando lo hacía nunca asomaba a sus labios ese mal genio que tanto había oído comentar. Mi abuela se peinaba su moño cada día frente al espejo del cuarto de baño; guardaba en su bolsa de aseo no sé sabe bien qué tesoros y yo podría, a día de hoy, reconocer perfectamente el olor característico de su perfume. En el bolsillo de su delantal podías encontrar cualquier cosa, pero lo que nunca faltaba era alguna de esas monedas que ella llamaba “rubias”, y que acababa entregándome cuando me decidía a acercarme y susurrarle: “Abuela, ¿me das una peseta?”. Yo me llevaba bien con ella, aunque nunca fue excesivamente cariñosa, pero también era capaz de despertar en mí una rabia descomunal cada vez que, en ausencia de mis padres, presenciaba alguna que otra trastada de poca importancia, y, al regresar ellos, con el rostro impasible, comentaba en voz alta: “Yo no digo nada, eh, Marisita, yo no digo nada…”. Ni qué decir tiene que, a continuación, mis padres exigían respuestas y yo me llevaba, como mínimo, una reprimenda que tampoco pasaba a mayores, mientras ella sonreía, con cierta malicia, observando la escena que acababa de provocar.

Mi abuela materna, Agustina, era distinta. Últimamente la tengo a menudo en mi pensamiento, quizá porque mi madre, empeñada en conservar su independencia mientras le sea posible, me recuerda cada día más a ella. Fue una mujer valiente, obligada a sacar adelante una familia con nueve hijos tras la muerte prematura de su marido, aunque para entonces algunos de ellos habían abandonado ya el hogar en busca de nuevos horizontes. Con el tiempo, se trasladó a Madrid, dejando atrás su pequeño pueblo soriano, y aquí empezó de cero en el piso del barrio de Virgen de Begoña al que acudíamos a visitarla de forma regular. Mi abuela nunca dejó de vestir de luto hasta el final de sus días. De tarde en tarde se permitía alguna pequeña licencia y adornaba su ropa con otro color oscuro, azul o gris, pero no era lo habitual. Cuando murió llegué a temer que la familia se resquebrajase, porque ella era el verdadero pilar que la había sostenido sin fisuras. Mal que bien, sobrevivimos a su pérdida y en la actualidad todavía conservamos esa unión que con los años se hace, si cabe, un poco más fuerte.

Un abuelo suele ser la primera gran pérdida a la que te enfrentas en la vida y sólo con el transcurrir de los años serás consciente de la huella que dejó en ti. Toda una generación de luchadores a los que difícilmente conseguiremos emular, siquiera un poco. A menudo imagino su cara de estupefacción si se vieran obligados a enfrentarse a las noticias que, a diario, nos sobresaltan en este mundo absurdo del que cada vez me entran más ganas de bajarme en marcha. No hemos avanzado nada, abuelo…










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