"Mater amatisima"




Fragmento de Maternidad de Gustav Klimt. 

Por Esperanza Goiri
En breve se festeja El Día de la Madre y quien más o quien menos tendrá una atención, un detalle, un recuerdo o pensamiento para la suya.

Se ha mitificado, analizado, discutido y pontificado, hasta la saciedad diría yo, sobre el “instinto maternal”. No voy a descubrir la pólvora ni aportar nada sustancial al tema, pero sí quiero hacer una reflexión por ser mujer y madre.

En las últimas semanas varias polémicas han estallado en los medios y redes sociales, criticando y calificando de “malas madres” a una popular cantante y a una conocida periodista. Una por publicar una foto, a la semana de haber dado a luz, en la que aparecía cenando con su pareja en un restaurante. Se le reprochó el separarse de su niña, siendo tan pequeña, aunque solo fuera por un par de horas y dejándola perfectamente atendida. Nadie culpó de ser “mal padre” a su pareja, que compartía mesa y mantel y también se había alejado de su bebé. La otra, se atrevió a decir en voz alta que la maternidad a veces abruma y que no era más feliz tras parir a sus mellizos. Se la han comido viva.


Resulta feroz la presión social que sufren las mujeres, primero para procrear y después para ser la madres que se supone deben ser. Que levante la mano la que a cierta edad no ha empezado a recibir indirectas muy directas: “¿Para cuándo? Yo a tu edad tenía tres y otro en camino. Se te a va a pasar el arroz. ¿Quieres ser una madreabuela?”.

Al quedar claro que se ha optado por no tener hijos, son muchas las mujeres que reciben miradas de pesadumbre o de censura, cuando no son calificadas directamente de raras o incompletas. “Qué razón de ser tienen sus existencias”, parecen pensar sus detractores.

Pero, ¡ojo!, que hay para todas. Si eres madre, tampoco te libras. Si solo tienes uno, es insuficiente. “¿No has tenido más? ¡Qué pena! Ya se sabe, un hijo único…“. Dejan la frase incompleta como si no hiciera falta mencionar todas las complicaciones y desdichas que va a sufrir en la vida por ser unigénito. Las prolíficas no salen mejor paradas: “Fíjate, otra vez con bombo, parece una coneja. ¡Qué irresponsabilidad, tal y como está el mundo!”.

Parece que la maternidad “fetén” es la que se muestra en la publicidad, en algunas películas y libros, envuelta entre algodones rosas o azules, con olor a colonia infantil, en la que todo es satisfacción y felicidad, pasteles de chocolate y canciones de cuna. Madres que a las siete de la mañana, perfectamente maquilladas, bailotean por su cocina utilizando de micrófono el cartón de leche mientras su prole, sentada y repeinada, come fruta fresca y la contempla con arrobo. ¿De verdad? O esos adolescentes, guapísimos y sin granos, sentados en un fardón 4 X 4 rapeando con su mami camino del instituto al ritmo del último hit. Repito, ¿de verdad? Alguien puede pensar: son anuncios. Subliman todo. Sí, es cierto, pero no dejan de representar y propagar unos estereotipos que nada tienen que ver con la realidad. Se “vende” una maternidad idealizada. Mujeres que pierden su identidad y ya no son María, Mónica o Pilar, sino la mamá de Pelayo o Tomás. Súper madres que deben llegar a todo, sin permitirse un momento de desfallecimiento, de duda o de vértigo. No pueden confesar que están cansadas o abrumadas por la responsabilidad. Se sienten fatal por “enchufarles” a Bob Esponja para disponer de un rato a solas consigo mismas. Se avergüenzan cada vez que les dan de cenar salchichas o pizza precocinada porque, exhaustas, no tienen ganas ni humor de cocinar verduras o pescado a la plancha. Llenas de culpabilidad, “sobornan” con un dulce o un helado para no discutir. Por si fuera poco, tienen que escuchar, a diestro y siniestro, consejos no pedidos para criar a sus niños “como Dios manda”.

Jamás ha sido fácil ser madre, pero nunca como ahora se cuestiona, critica y prejuzga a la mujer en su función procreadora y educativa. La sociedad, las políticas y las leyes tienen todavía que cambiar mucho para facilitar la maternidad a las mujeres que quieran serlo, con medidas viables y no meros eslóganes, y respetar a las que decidan lo contrario. No existe una fórmula mágica ni exacta, hay tantas maternidades posibles como mujeres y churumbeles (lo que funciona con uno, puede que falle con otro). No tengo ninguna duda de que la mayoría de las madres queremos a nuestros hijos y lo intentamos hacer lo mejor que podemos y sabemos. Posiblemente sea el amor más desinteresado que se pueda sentir por otro ser humano y, sí, este dura toda la vida. Como en todo, hay excepciones, por desgracia.

He tenido la suerte de disfrutar de una madre estupenda, que no perfecta (son cualidades diferentes) y espero que mi “monstruo” algún día, cuando toque, se acuerde de mí con una sonrisa, como lo voy hacer yo de la mía el próximo 7 de mayo.

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