El sonido del silencio


Por Marisa Díez

La ausencia de noticias siempre es una buena noticia. Esta frase se ha convertido casi en un dogma de fe, al igual que aceptamos como un hecho cierto que las malas noticias vuelan. Me venía a la cabeza este pensamiento cuando intentaba comenzar mi entrada de hoy con un mínimo de sentido. Y es que hablar del silencio me resulta complicado. Acostumbrada a vivir en medio de todo ese bullicio que se le supone a una gran ciudad, descubrirte de pronto envuelta en un mutismo casi absoluto, te hace sentir, cuando menos, confusa. Siempre relaciono esa ausencia total de ruido con la extraña sensación que me embargó la primera vez que visité Bretún, el pequeño pueblo soriano de mi madre. Ese lugar podría definir perfectamente mi concepto de silencio, tan sólo roto por el ladrido de los perros al caer la noche.

A veces, el silencio puede llegar a convertirse en un verdadero estruendo y resultar ensordecedor. Su sola presencia consigue hacerte comprender lo que con palabras nadie ha sido capaz de explicar. Hace unos días se cumplió el aniversario de los atentados del 11 de marzo en Madrid y desde entonces, cuando alguien me pregunta qué recuerdo conservo de aquellos días, entre otros, siempre hago referencia al silencio, porque jamás lo escuché tan perceptible como en las horas que siguieron a las explosiones en los trenes. Entendí su significado con absoluta claridad, de manera que ninguna palabra hubiera podido describir mejor un sentimiento que envolvía a la ciudad entera. Estaba entre nosotros, esparcido por las calles. Se colaba por cualquier rendija. Un denso, doloroso y espectacular silencio.

En algún momento incluso podrías asegurar que dispone de entidad propia, como si a tu alrededor flotara una especie de niebla espesa que no puedes aprehender, pero que te envuelve, esperando que le encuentres un sentido a su repentina aparición. Intentas interpretarlo de la forma correcta y en raras ocasiones te equivocas. Porque el silencio, lo sabes, dice más que mil palabras. Y hay poco más que añadir. Es capaz de ofrecerte todas las respuestas.

A pesar de todo, yo detesto el silencio. Lo soporto sólo a ratos; un par de horas, a lo sumo. Incluso puede que llegue a resultarme imprescindible en circunstancias concretas. Pero después se acabó. Necesito ruido. No ensordecedor, pero ruido. Cualquier tipo de sonido, tampoco muy estridente, pero que vacíe esa atmósfera inquietante que consigue dejarme descolocada. El silencio me agota, me deja sin recursos y, en algún momento, incluso me asusta. Quizá porque me da miedo interpretarlo. O quizá porque me aterra que permanezca demasiado tiempo conmigo.

El silencio es capaz de llegar allí donde las palabras no alcanzan. Puede que te lo ofrezcan como castigo o una simple demostración de fuerza. Una mirada, una callada por respuesta, y te encuentras desarmada y sin argumentos para rebatir. La mentira se descubre en silencio, al igual que la verdad. Y cuando intentas reaccionar, ya es demasiado tarde. No hay nada más cierto y real. A veces, incluso, te parece que podrías llegar a tocarlo.

Hay quien piensa que es mejor callar que decir algo inapropiado. Y puede que tengan razón, pero a mí no deja de parecerme una postura un poco cobarde. Si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no lo vayas a decir, cantaba Manolo García, parafraseando aquel famoso proverbio hindú. O árabe. En fin, una de esas máximas que guardan en sus sentencias verdades supuestamente irrefutables.

Pero repito, a mí no me gusta el silencio. Y soy incluso capaz de mantener una conversación a solas conmigo misma con tal de no verme acorralada por él. Me pongo música, enciendo la televisión, llamo por teléfono o abro la ventana de par en par y escucho la algarabía de los niños mientras disfrutan de su recreo en el colegio que está junto a mi casa. Cualquier cosa con tal de no enfrentarme a él. Será porque siento miedo o porque aún no he conseguido dejar atrás a esa niña que odiaba despertarse por las noches envuelta en la oscuridad y el mutismo más absoluto. O quizá porque desde aquellos días de marzo no he sido capaz de olvidar el auténtico sonido del silencio.

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