Figurantes

Anita Ekberg rodeada de figurantes (La Dolce Vita).

 Por Esperanza Goiri

Los figurantes son las personas que aparecen en una obra de teatro, película o serie de televisión con presencia singularizada, pero que carecen de frase y de acción dramática precisa. Ayudan a crear un ambiente y dan contrapunto a los actores protagonistas y secundarios. Son los que aparecen sentados en una cafetería en un segundo plano, mientras el galán besa apasionadamente a la chica; o los que forman parte del temible ejército que acata las consignas del héroe. Vamos, los que hacen bulto. No firman autógrafos, nadie les reconoce por la calle, no constan en los títulos de crédito ni en el elenco. Son los “cenicientos” del séptimo arte y aledaños. Sin embargo, resultan imprescindibles en determinadas escenas o actos y forman parte intrínseca de la obra o del film.

El otro día me vinieron a la cabeza estos extras. En uno de los semáforos cercanos a mi casa hay un hombre de edad indefinida que aprovecha, cuando los coches están detenidos, para vender pañuelos de papel. No puedo precisar cuánto tiempo lleva dedicado a esta labor, pero sin duda serán ya varios años. Siempre que paso por esa calle, ahí está él. Menudo, vestido con prendas oscuras que contrastan con el amarillo chillón de su chaleco de seguridad para hacerse visible entre los automovilistas; un poco encorvado y con andares inestables, se mueve entre los coches ofreciendo su mercancía. Correcto y amable, que no servil, te muestra los kleenex. Si ese día toca y cae algo, te lo agradece con un gesto; si no hay suerte, lo acepta con elegancia y jamás insiste o tuerce el gesto.


Dos manzanas más allá, busco con la mirada y la diviso. Sí, allí está sentada en su silla de ruedas, con una manta ligera de lana sobre las rodillas, acompañada de una cuidadora. Es una anciana con la que jamás he cruzado palabra, pero que conozco del barrio. A lo largo de los años la he visto acompañar a sus nietos al parque, comprar en el mercado o tomar algo en las terrazas. Su salud se ha ido deteriorando y ahora está impedida.

Paso por delante de un bar al que nunca he entrado, pese a que ya estaba abierto cuando me instalé en este distrito de Madrid. Apoyado en el quicio de la puerta con un mandil negro atado en la cintura, echándose un pitillo, está el dueño mirando al infinito a la espera de clientes. En todo este tiempo ha engordado algo y ya peina canas, pero su actitud chulapa permanece intacta.

Todos ellos, entre otros muchos, son los figurantes de esta etapa de mi vida. No sé sus nombres y desconozco las historias vitales que les ha llevado a su situación actual. No puedo afirmar que tengan un papel trascendente en mi existencia, y sin embargo forman parte de mi microcosmos día tras día.

Lógicamente, yo también representaré el rol de mera comparsa en la vida de otros. Algunos me identificarán como la que pasea a ese chihuahua tan gracioso o con la madre del chaval que ya ha pegado el estirón y que recuerdan tirándose, cuando no levantaba un palmo, por el tobogán del parque. Es natural y aceptable. A estas alturas de la película ya tengo asumido que en el mundo, la mayoría somos meros figurantes y son muy pocos los que van a constar en los títulos de crédito finales. ¿Y sabéis una cosa? No me importa nada, la verdad. De todos es sabido que solo los cinéfilos se quedan a leerlos. Más triste y descorazonador es, cuando creyéndote actriz principal o secundaria de lujo, de esas que se “comen” la pantalla, en la vida de personas que sí te importan, te das cuenta de que para ellas tú solo eres un simple extra sin derecho a frase. En esos casos, por duro que resulte, lo que procede es realizar un digno y oportuno mutis por el foro.

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