De abandonos y huidas


Por Juana Celestino


Escapando de la crítica (1874), de Pere Borrell.

Una amiga me contó que de niña no le gustaba jugar al escondite con su padre porque temía que desapareciera y no volver a verle. Si era él quien se ocultaba, le buscaba con prisa y nerviosismo por toda la casa, hasta romper en llanto si tardaba en encontrarlo; cuando era a ella a quien tocaba esconderse, en el urgente deseo de poner fin a tan desasosegante momento, delataba su situación con algún ruido, o aparecía sin más. Ese juego de infancia, donde estrategia, tensión y emoción nos procuraban euforia y alegría, en su caso se convertía en un momento de angustia cuando se trataba de su padre. Al cabo del tiempo supo que con quien jugaba al escondite en realidad era con un tío suyo, el hermano menor de su madre que vivía con ellas. Nunca conoció a su padre, es hija de madre soltera, pero mucho antes de saber esto, quizás con ese radar especial que tienen los niños, ya había detectado el abandono.

En mayor o menor grado, el abandono nos ha afectado a todos en algún momento. Puede tratarse de una pérdida o ausencia, ya sea por muerte, ya de forma voluntaria por un período corto o largo de tiempo, pero también ocurre cuando en nuestra edad más vulnerable hemos percibido alguna vez que no se nos prestaba la atención suficiente y nos ha asaltado la inseguridad del desamparo.

Al igual que el abandono, también la fuga forma parte de nuestra existencia. Esos primeros raptos que nos asaltan y nos envuelven en fantasías y sueños en la infancia, que la mayoría de las veces poco o nada tienen que ver con la vida que luego tendremos de adultos. O esos momentos de soledad que buscamos en la adolescencia, tan necesarios para entendernos y llegar a una edad adulta más o menos saludable, para posicionarnos y tomar decisiones. Como el protagonista de El barón rampante, la novela del genial Italo Calvino. Cósimo, primogénito del barón de Rondó, a la edad de doce años decide rebelarse contra la tiranía familiar, cuyas normas empezaba a no aceptar, mediante el excéntrico recurso de encaramarse en los árboles, esbozar sus propias reglas y no volver a pisar nunca más el suelo; en su deambular de árbol en árbol llegará a lejanos territorios donde descubrirá un universo imperceptible para quienes veían pasar su existencia apegados a sus pequeños mundos territoriales, llegando a valorar por encima de todo la libertad y la igual dignidad de todos, así como la Naturaleza. Una fuga con la intención de mejorar el mundo.

La huida es un sueño que, en mayor o menor medida, nos acompaña y a veces nos asalta con fuerza. Cualquier momento es bueno para poner tierra de por medio, dar la espalda a lo que nos oprime, hacer la maleta y decir “¡a la mierda!”. Aunque tampoco hay que recorrer grandes distancias. Huir puede ser dar una vuelta a la manzana con el perro como excusa para pasar unos minutos a solas con nuestros sueños, olvidarnos de la rutina o escapar de una realidad frustrante; también abstraernos de esa conversación en grupo que nos importa un bledo (hasta que encontramos el modo de largarnos de allí) o cerrar un libro que ya nos aburre en la página 14.

Está presente en todos, pero es en la juventud donde más se impone la huida cuando enarbolamos la bandera de la rebeldía ante las normas, los conflictos generacionales, políticos o nos sentimos empujados en pos de una vida mejor en otro lugar. Huir es una necesidad porque va unido a la búsqueda, ya sea de una solución, de un respiro o de un nuevo camino. Nos acompaña a lo largo de la vida, en unos casos construyendo y dando forma a nuestros sueños, y en otras causando daño cuando afecta negativamente a otros; también destruyéndonos si es de nosotros de quien queremos escapar y, ante la imposibilidad de conseguirlo, el perseguidor acaba eliminando al perseguido. El deseo de huir también puede llevar implícito el boicot del que planea la fuga cuando, después de llevar un tiempo esperando la oportunidad y finalmente ve abierta la puerta por donde escapar, no se atreve a cruzarla. Hay tantas clases de huidas como individuos y circunstancias. Incluso las hay de película, como la de esas dos amigas, Thelma y Louise, que para evadirse de sus rutinas y frustraciones, organizan una escapada de fin de semana durante la cual se verán abocadas a un destino fatal, aunque su deseo sea el de encaminarse hacia un lugar mejor, y donde en una dramática y épica huida en pos de la libertad individual, aceleran su coche haciéndolo volar sobre el abismo.

Italo Calvino tuvo que irse al siglo XVIII para que Cósimo, durante más de cincuenta años, pudiera recorrer mundo y vivir su vida en libertad con la Naturaleza. Sería inimaginable situarlo en la época actual, donde cada vez van quedando menos lugares en los que el medio ambiente natural nos ofrezca un refugio a donde huir de la ajetreada y masificada vida urbana.

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