¡Que viene el Coco!

Fotograma de Frankenstein (1931) de James Whale.



Por Juana Celestino


Ninguno nos hemos librado en nuestra niñez de historias de ogros, brujas o lobos; esas narraciones que nos amedrentaban tanto como nos fascinaban y que insistíamos una y otra vez en volver a escuchar ante los pacientes suspiros del adulto de turno. Una comparsa de seres fantásticos que, ocultos en el colorido de los cuentos, saltaban a nuestra imaginación y, en el fondo, nos ayudaban a liberar esas tensiones que todos los niños sienten a través de la angustia y los temores interiores que aún no saben expresar. Historias que escuchábamos con la respiración contenida hasta el final, y cuyo miedo nos protegía al hacernos conscientes de las innumerables situaciones de peligro que podían acecharnos en cualquier momento. Relatos que, si vamos más allá, estarían conectados con la historia de la humanidad, con la supervivencia, y cuyos hilos enlazarían con la propia vida, al servicio de la misma. Mantenernos vivos a través del miedo era lo que se pretendía, pero no solo del nuestro, también del sentido por el mismo narrador quien, en cierto modo, exorcizaba sus propios temores al expresarlos de viva voz dando énfasis con gestos amedrentadores.

El primer monstruo que recuerdo de mi niñez es el “Sapo negro”: un repugnante batracio que vivía en el fondo de las charcas y cerca de los pozos
que, con su lengua protráctil y pegajosa, atrapaba a gran velocidad a sus víctimas, preferentemente niños, y los engullía en su oscuro y viscoso estómago. Era un cuento personalizado, pues no he encontrado ninguna historia en la tradición de la narrativa infantil fantástica donde apareciera un sapo “comeniños”. Una creación en exclusiva para mí, que era muy dada a la fuga al menor despiste de mis padres o familiares. Sin embargo, aunque aparentemente la historia me impresionara, no debió calarme muy hondo, pues hasta los once años me persiguió la dromomanía: de repente dejaba lo que estuviera haciendo, cogía la puerta sin dar cuenta a nadie y me lanzaba a deambular por la calle ante la necesidad imperiosa de alejarme de mi casa o de la clase en el colegio, donde lo tenía más difícil y, con la excusa de ir al baño, me tenía que conformar con dar algunas vueltas al patio.

También recuerdo al “Tío Camuñas”; más de uno me habló en voz baja al oído de la afición del susodicho a rebanar el gaznate de los niños desobedientes, al tiempo que se pasaba el dedo índice alrededor del cuello emitiendo la onomatopeya precisa. Una noche, mientras la casa dormía y todo era oscuridad, creí identificarlo en unos grandes ojos enmarcados en el arco que separaba mi alcoba de la habitación de mis padres. Con el tiempo, me sorprendió saber que el tal “tío” había sido un padre de familia, nacido en la localidad toledana de Camuñas, héroe de la Guerra de la Independencia, y al que se conocía por el campechano y nada inquietante nombre de Francisquete, más dado a aterrorizar franceses con su cuadrilla que a niños españoles indefensos.
¿A esos adultos no se les ocurría pensar qué pasaba en la imaginación de un niño que permanecía despierto en la cama mientras ellos dormían? No reparaban en ello porque, a sabiendas o no, con estas amenazantes historias nos distraían de nuestros verdaderos temores: era preferible sentir miedo por un peligro inventado, pero que creíamos real, que por otro derivado de nuestro frágil mundo interior, como creer que estábamos solos.

Cuando en mi adolescencia leí la obra de Mary Shelley, Frankenstein, la empatía con el monstruo me estremeció hasta hacerme llorar al descubrir el que podía ser el peor de los temores: la soledad.
Una criatura sin infancia, ni recuerdos, a la que se le había negado la caricia de una madre que la serenara en las noches de pesadillas, y cuyo ‘padre’ (el verdadero monstruo), un insensible y despiadado científico, le había dado vida mediante violentas descargas eléctricas. Un ser melancólico que sentía la soledad en toda su intensidad porque se sabía distinto para los otros y no encontraba a su paso más que incomprensión y rechazo. Como esos niños condenados a vivir una vida oscura, inquietante y aterradora, que puede perseguirles, en silencio, el resto de su existencia, provocada por el castigo físico o psicológico a su rebeldía y desafío a la autoridad; porque son diferentes; porque albergan emociones complejas que el adulto no entiende y solo sabe manejar a manotazos; porque padecen acoso o abusos. Seres frágiles a los que se empuja a un agujero de carencia afectiva y aislamiento. Sus miedos no los provocan ogros con garras, ni lobos con dientes afilados, pero son más temibles al formar parte de una realidad presente que les empuja a una vida solitaria y taciturna, despojándoles de la riqueza de la niñez, de su vitalidad, de su misterio. Solo si logran sobrevivir, y en su día reciben la ayuda precisa, podrán enfrentarse a esos monstruos, cambiar la historia y comerse al lobo.

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