Amor de tinta y tiza


Por Marisa Díez
Esplendor en la hierba (1961), de Elia Kazan.


Llegó sin avisar, en uno de esos días aburridos e intrascendentes en los que recorrías como un autómata el camino de casa al instituto y del instituto a casa. Sentiste una especie de chasquido interior cuando le viste pasar. Y esas hormonas revolucionadas, que eras incapaz de controlar durante esa etapa convulsa de tu adolescencia, amenazaron con desbordarse y hacer de las suyas. Desde ese mismo momento tuviste claro que querías pasar con él todos los días que restaban de tu vida, porque, de otra manera, no encontrabas ninguna razón para ser feliz. Sin él ya nada tendría sentido. Era el único chico del universo, el más guapo, el más inteligente, el más simpático y el primero que te hizo sentir las mariposas en el estómago que, años más tarde y en alguna otra ocasión, llegaste a notar de nuevo, pero ni por asomo con la misma intensidad.

El amor primero se te manifestaba así, de improviso. Nunca estabas preparado. Podías encontrarlo en tu barrio, jugando con los vecinos, en el colegio, en una excursión o durante unas vacaciones de verano. Las posibilidades eran infinitas. Lo único seguro es que siempre lo recordarás con esa especie de añoranza ante los sentimientos puros y verdaderos. Los que no están contaminados por el tiempo y las malas experiencias.

En mi caso particular, recuerdo con exactitud que aquel chico me tenía loca. Me pasaba las horas pensando en él y esperando el momento de volver a cruzarme en su camino, durante el recreo o en los pasillos del instituto. Con un simple “hola” me convertía en la persona más feliz de la tierra, porque, a continuación, empezaba a fantasear y a imaginar historias en las que él, por supuesto, siempre era el protagonista. Y, naturalmente, al final siempre caía rendido a mis pies. Los amores en la adolescencia son así, capaces de trastornar lo que hasta entonces había sido un mundo más o menos equilibrado. Ese primer sobresalto emocional dura, aproximadamente, hasta el siguiente desequilibrio, que puede ocurrir en unos días o alargarse, como fue mi caso, lo que duró el curso escolar. Y entonces, llegado aquel terrible momento, supe sin ninguna duda que ya no tenía ningún motivo para ser feliz y que jamás encontraría otra persona que me hiciera sentir lo mismo. Mi vida se había terminado el mismo día en que se acabó el curso. Todo me daba igual. Se me quitó el hambre, no tenía ganas de salir de casa y lloraba mi desgracia encerrada entre las cuatro paredes de mi habitación, escuchando esas canciones de los Pecos que parecían haber sido escritas para mí. A partir de ese momento, me dedicaría a vegetar y a ver pasar los días sin ilusión ni esperanza. Y es que los amores en la adolescencia se convierten en algo tremendo, trágico, impredecible. Vamos, un auténtico caos. Un horror.

Ni qué decir tiene que aquel estado me duró, aproximadamente y tirando por lo alto, un mes escaso, si llegó. Porque olvidé por completo a mi amor del instituto en cuanto me dispuse a disfrutar de mis vacaciones veraniegas. Y vuelta a empezar. Y otra vez esas hormonas sin control haciendo de las suyas.

No hay duda. Tu primer amor nunca lo olvidas. O lo que piensas que fue tu primer amor. Sí, porque luego, con los años, por alguna razón que no aciertas a descifrar, tiendes a quitar importancia a aquellos sentimientos que te bloqueaban y te dejaban sin apenas capacidad de reacción. Te crees con la experiencia suficiente como para pensar que aquello no tuvo la menor importancia. Incluso te refieres a ello como algo banal, intrascendente, sin recordar que te marcó y te convirtió en una persona desconocida hasta ese momento, al menos durante el tiempo que duró aquel estado emocional que te desbordaba. Pero tu primer amor siempre está ahí, idealizado, bajo una nube de recuerdos imprecisos. Lo tienes escondido en un rinconcito de tu memoria, la que guarda los sentimientos que no han conseguido malearse con el tiempo. En ocasiones puntuales, y sin darte apenas cuenta, te encuentras echando mano de aquellos viejos recuerdos, sin saber bien el porqué. Puede que te sientas cansado, o necesites recuperar la inocencia de la que disfrutabas en tu niñez. O te encuentres haciendo esa especie de balance en el que a veces te embarcas cuando consideras que has llegado a una edad, digamos, comprometida.

Todos podríamos nombrar, sin temor a equivocarnos y sin apenas vacilar, aquella persona que en nuestra infancia o adolescencia se convirtió en el protagonista de nuestros sueños. Y no, definitivamente, no lo olvidas. En mi caso, recuerdo con precisión su nombre y apellidos. Y, vale, confieso que he llegado a buscarlo en el Facebook. Si le he encontrado o no, eso ya es cosa mía. O una historia para contar en la próxima entrada. Quién sabe…







2 comentarios:

  1. Es bueno reconfortarte de vez en cuando con esos recuerdos. Bonito artículo, enhorabuena.

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  2. Gracias, lo mejor es recordar esos años en los que todavía estabas sin malear y todo lo veías con esa inocencia que vas perdiendo sin darte ni cuenta. Debería ser obligatorio de vez en cuando volver atrás en el tiempo para no olvidarnos de lo que hemos sido. Mejor nos iría.

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