Vidas cruzadas



Jackson Pollock. Convergence. 1952


Por Juana Celestino


Sí, nos vamos encontrando unos con otros en nuestro recorrido por la vida. Unas veces simplemente nos cruzamos con una mirada o algunas palabras y seguimos nuestro camino. Otras, prestamos más atención al destino y nos detenemos ante esa oportunidad que nos brinda el azar de entrar en contacto con el otro y ese encuentro empieza a tomar forma hasta el punto de instalarse durante algún tiempo en nuestra vida o, incluso, hasta el final de ella. Pero el azar en las relaciones está sobre todo lleno de encuentros y desencuentros esporádicos, que no por ser breves son menos importantes; muy al contrario, alguna de estas microhistorias puede tener tal fuerza que su recuerdo nunca llegue a desvanecerse en nuestra memoria.

El cine ha reflejado muy bien este trasiego vital, sobre todo en el aspecto amoroso; me vienen a la memoria dos ejemplos de intensos encuentros casuales, uno es de duración determinada, breve, el otro se alarga en el tiempo hasta dar forma sólida a una relación. Me estoy refiriendo en concreto a las películas Breve encuentro de David Lean, y a la trilogía de Richard Linklater que se inaugura con la cinta Antes del amanecer.

¿Es necesario ser joven y ávido de experiencias para estar dispuesto a bajarse de un tren, alterar nuestra ruta para tomar café y seguir conversando con alguien que nos ha encandilado? No creo que sea cuestión de edad, sino más bien de la atención que cada uno quiera prestar a los guiños del azar. Nos podemos dejar llevar, y atrevernos a dar un viraje a nuestra vida, o ignorar esas señales; los destellos que de estos encuentros lleguen a nuestra memoria pueden despertarnos un día cualquiera de la rutina de nuestro día a día y presentarse como un grato recuerdo que nos dibuje una sonrisa, o como una acusación de cobardía sentida desde la amargura de un presente frustrante.

Hace algunos años, muchos años diría yo, viajé con mis hermanos a Turquía con Interrail. Un viaje a la antigua usanza, sin prisas, saboreando cada kilómetro de la aventura, sintiendo lo irrepetible de la experiencia, de ciudad en ciudad, subiendo y bajando de trenes, cuyo destino, tras salvar algunas contrariedades, atravesar seis países y visitar nueve ciudades, era Estambul. Durante los diez días que duró la primera etapa del viaje fueron numerosas las personas que conocimos, de las que supimos algo de sus vidas y con las que intercambiamos direcciones y deseos de volver a vernos. Encuentros que en su mayoría no volvieron a darse, pero que han dejado su huella en la memoria aunque sus caras se hayan borrado.
Como el de aquella mujer argentina de mediana edad, menuda y de voz profunda, con la que compartimos departamento en un largo trayecto de tren, y que en cuanto nos oyó hablar en castellano centró su interés en nosotros, amenizando el recorrido con una conversación fluida en la que se alternaron los temas personales con las experiencias viajeras, más numerosas las suyas, que narraba con parsimonia y todo tipo de detalles despertando nuestra admiración y embeleso. Solo dio tregua a la palabra durante unas breves cabezadas para continuar luego hablando con cualquiera de nosotros que permaneciera despierto. Ya nos había contado que estaba casada y tenía dos hijos adolescentes, que tanto a su marido como a ella les encantaba viajar y que cuando empezaron a llegar los hijos se habían ido turnando en su cuidado para que el otro pudiera continuar disfrutando de la pasión viajera. En uno de esos paréntesis de torrente verbal me desperté mientras los demás dormían. Al poco rato ella abrió los ojos, más como si hubiera estado concentrada en sus pensamientos que dormida, porque de repente dijo: “Los hijos crean sensación de encerramiento”. Aprovechó el silencio que me causó la sorpresa de sus palabras y continuó hablando con esa soltura y falta de pudor que nos empuja a veces a confesar algo personal a quien sabemos que no vamos a volver a ver, o quizás es que no tenía a nadie a quien comentar su situación, pues a veces el silencio es lo que suele imponerse ante una inclinación prohibida como la que iba a revelarme. Se dirigía a Trieste, en donde tenía previsto reunirse con un hombre al que había conocido dos años atrás en otro viaje y con el que había mantenido una intensa relación por carta a través de un apartado de correos. No pensaba volver con su marido. “He llevado una vida demasiado razonable”, terminó diciendo más para sí misma que dirigiéndose a mí. Nos despedimos de ella en Venecia.

Puede tratarse de un instante, algo que oímos casualmente en la calle y nos deja pensativos o, como en este caso, de una conversación con un desconocido mientras viajamos. Son encuentros aparentemente superficiales pero que en algún momento pueden activar en nosotros un pensamiento, una sonrisa o una emoción. Seguimos nuestro camino como si nada, pero ahí queda el poso de la influencia que haya podido dejar la presencia del otro en nosotros.
Porque, ¿quién me dice a mí que el encuentro con aquella mujer no tuvo su peso en una decisión vital que yo tomaría unos meses después? [1]














[1] A los veintitrés años decidí suspender mi boda nueve días antes de su celebración.

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