Rufino Hinojosa versus Martín Laso (El hombre de los tres nombres). Biografía surrealista

Por Jose María Ruíz del Álamo

Capítulo I
                       Capítulo II






La cuna abrigó su ser en el país de las apariencias, pues en el sueño no había preocupación y casi todo era de color: aros de colores, exponencialmente superlativos. Amanecía España en el año 92 (1992) con ribetes universales, lo mismo en Sevilla que Barcelona; Madrid se quedó en el camino. La brújula marcaba el optimismo en el semblante. No existía pararrayos para esta lluvia de purpurina que a oro demudaba para algunas voces.

Así voceaban a España como el centro paradigmático de la evolución, la transformación sin par de un pueblo, el noble espíritu de la ciudadanía. Exposición Universal de Sevilla, Juegos Olímpicos de Barcelona y Madrid Capital Cultural. La capital nunca llegó a buen puerto
, el puerto catalán fue toda una inversión, y la isla bética, una fantasía. Oropeles manaba el ser ibérico.


Tamaña idiosincrasia no vislumbró Rufino, la mecedora del sueño era su jardín y, si bien mamaba la vida, mal disociaba estos fuegos artificiales. Al fin y al cabo era un bebé que había nacido en 1992. El seno familiar irrumpía en optimismo, al nacimiento súmese la compra de una segunda vivienda en la playa: fundamentales los cambios de aire para la criatura (más fundamentales eran los cambios de pañales), aunque realmente lo menos eran los aires… El estatus social se consolidaba, se convivía en ese paradigmático optimismo.

––Este niño tiene fiebre.

––Le tapas en demasía.

––Es la brisa nocturna que trae el relente del mar.

––Mañana ya se le habrá pasado.

Los aires conllevaban los males.

––Este niño tiene fiebre.

––En estas fechas hay que ponerle una mantita.

––Son los cambios de temperatura del día a la noche de esta ciudad.

––Mañana ya se le habrá pasado.

Así pasó el primer año: cambiando de aires, echando los dientes; durmiendo en la cuna, mamando la teta materna; recibiendo cucamonas de parientes varios, recibiendo inyecciones de doctores varios…

––¿Cómo se llama el niño? ––preguntaban a los padres.

––Rufino.

––¡Qué mono el niño!

En verdad, elogios por el nombre no hubo. Hubo un bisabuelo agraciado con el nominativo y él fue congraciado. No le otorgaron el Juan Alberto del abuelo, ni el Felipe del padre, ni siquiera el Luis o José Manuel del bisabuelo y abuelo de la rama materna. Rufino había sido consagrado sobre la pila bautismal: gracias bisabuelo paterno. Un chorrillo de agua bendita para alabar al Señor, para renacer al catolicismo por los siglos de los siglos.

No vivió el oro de Fermín Cacho, ni la emoción del gol de Kiko, ni el llanto de la hermana del príncipe (posteriormente rey), ni el descalabro del baloncesto; no vivió la magnificencia ornamental-casuística del islote sevillano que fue vanagloria, no visitó ningún stand bisecular, ni traspasó el puente al oasis. Era La Cartuja, era “La Era de los Descubrimientos” en el Parque Tecnológico Cartuja, porque con empaque y solera quedó bautizado, lo que en parque temático quedaría de Isla Mágica, y sí, se perdió la magia, no vivió ese equipamiento para la ciudad de las sevillanas. Soleado panorama.

Respiró esta ciudad sin cultura de Madrid, más allá de la movida, más acá del cierre coyuntural, salmo de oropeles sin versos, cultura de/por/para instituciones sin infusión en los madrileños, que en Madrid no se ha querido cultivar la cultura, por ello respiró la polución.

Los grandiosos fastos no nublaron su cabeza, se vendía España (decían que se descubría) como ejercicio de publicidad, y él no dio ni un paso aquel año, para qué. Así nublaran la vista, él no caería víctima del engaño, sí de las carantoñas a las que era sometido, y lo mismo respondía con una sonrisa que con una pedorreta. Así era cuando aún no contaba un año.

––¿Cómo se llama la niña? ––preguntaba alguna que otra salerosa.

––Rufino.

––¡Rufino!

Podían haber creado un nombre compuesto, mas no, más nombres no: Rufino Hinojosa Valero.

Bien dado a revolcarse por el suelo, no se podría decir que gateara, intentos hacía, y así el primer paso dio y, tras él, vendría la primera caída, ¡vaya coscorrón! ¡Vaya llantera!

––¿Le llevamos al médico?

––Mañana ya se le habrá pasado.

Así pasaban los días: levantándose y cayéndose; gateando y reptando; comiendo y durmiendo. No conocía la palabra “preocupación”, no conocía ninguna palabra.

––Este fin de semana pensado tenía ir a la Expo con mi padre.

––Y yo me quedo con el niño, claro.

––Es que lo mismo el cambio de aires le sienta mal y vuelve a tener fiebre.

“Trucha” fue la primera palabra que pronunció; puré de frutas, su primer plato casero; Silvia, su primera compañera de juegos; “El huésped del sevillano”, la primera zarzuela que le cantó el abuelo Juan Alberto; “Pena, penita, pena”, la primera copla que le cantó el abuelo Juan Alberto. El abuelo Juan Alberto era muy dado al cante…

Rufino había nacido en el optimismo social.

A las puertas del invierno amaneció el 15 de diciembre de 1992. Aquella noche Rufino se había portado medianamente bien, un par de lloreras apaciguadas en el seno materno, lo que se dice comer y volver a dormir. Solo eso, comer y volver a dormir. Otro día más.

El año de optimismo tocaba a su fin, la corrupción tenía el nombre de Filesa y pringaba al Partido Socialista Obrero Español, a la par que la política económica del país llevaba a cabo una nueva rectificación por el ministro Solchaga, un algo como facilitar el despido, tamaños aconteceres propiciaban los tambores de guerra del jefe de la oposición (José María Aznar, Partido Popular) y, naturalmente, el contencioso de Gibraltar seguía bloqueado.

Por demás, era el momento, como cualquier otro día, de cambiar los pañales al niño; la naturaleza tiene su curso, el curso de la vida.

––A este niño le falta un testículo.

––Hay que llevarle al pediatra ya mismo.

––Esto no es nada.

––¿Cómo que no es nada?

––Es algo natural.

––Lo natural es tener dos testículos.

––Se le ha subido.

––Pues habrá que bajarlo, porque antes tenía dos, ¿no?

––Como era tan pequeñito no me he fijado.

––No, si se tenían que haber fijado los médicos. Pues cuando sea grande ya verás cómo se fija él. Venga, nos ponemos el chaquetón y llevamos el niño al pediatra.

––Luego iré a pedir hora. Siéntate y vamos a desayunar.

––Muy tranquila te veo, pero nada más desayunar…

––Sí, lo que tú digas.

La naturaleza había deparado el hecho, mayor consecuencia no hubo, unos mínimos análisis para tranquilizar al padre y comprobar que el testículo perdido existía. Existía desubicado en el organismo, mas tan tiernecito era Rufino que no podía recibir el tratamiento preciso, que pasasen unos cuantos años, que el curso de la vida siguiese su tránsito.

Y así Madrid iba pasando la Navidad, donde lo mismo se hallaba un templo esotérico en la Cuesta de la Vega; que la aluminosis afectaba a unas 4.000 viviendas; vendría la subida del transporte público para el año que iba a comenzar mientras el pintor Manuel Mampaso inauguraba su exposición antológica… “Sensación de vivir” reinaba en televisión.

––Este niño da cada susto.

––Hoy no tiene fiebre.

––Una semana que no vamos al médico.



II.


Rebujito es un buen apodo, la pinta de pinche chiquitito bien lo atestigua. Un soplo de viento podría derribarle, pero aferra sus pies al suelo sacando ese ímpetu que reverbera en su interior, ¿la fuerza de la rabia? ¿Rebujito rabioso? El silencio aún le azora, y es en el silencio donde se refugia. No interpela, no busca el coloquio; dos palabras, no más le sacan. Buena voluntad sí que pone, no canta al sol, se abriga sobre sí mismo, no trasluce sentimientos. ¿Estatua de sal en una mina de sal? ¿Rebujito es sal? No, mas el deshielo no se ha producido. No hay rosas en su corazón, los cardos van desapareciendo.

Van pasando los días a golpe de pico, arrastra la penumbra a paladas, empuja la vida con la carretilla. Escava en su conciencia limpiando chapapote. Asienta fatigas, renace la risa. Labor de cocina, pespuntes a las camisas. La tarea se reparte, hoy es día de colada. Seis mulas arramblan tres carretas repletas de ropa; cuatro mineros departirán con el jabón, cuatro mineros trabajarán en la piedra y el agua. ¿La espalda se resiente más con el pico o con el jabón? De rodillas es menester el trabajo en el río.

Agua nítida para una ropa bien sudada, frescor natural para un secado al sol tendido en las ramas a la otra orilla del río. Así es la naturaleza de caprichosa, así divide la tierra el río, pues si de una parte es frondosa, de la otra baldía; el verdor frente a la blancura; un bosque y una mina divididos por el caudal de agua dulce. Un cauce de tres metros con una profundidad variable, una frontera de agua. No hay visado, el tránsito es un juego, ya por el camino de piedras, ya dándose un chapuzón. Dura faena.

––Esto es trabajo de lavadoras.

––Y aquello de excavadoras.

––Y si trabajan las lavadoras y las excavadoras, ¿tú en qué trabajas?

––Arreglando las lavadoras y las excavadoras.

––Ya no se pueden arreglar.

––No hay materia prima.

––Antes de ser minero, ¿en qué trabajabas, Poncho?

––Era bróker.

––Haciendo dinero sin hacer nada, ni siquiera trabajo de viento. Un juego improductivo. Un eslabón que nos ha traído hasta aquí.

––No resultaba satisfactorio, sí gozoso.

––Buen capital tenías.

––Era un período de dinero fácil.

––Dinero fácil para algunos. Dinero fácil sin sudar la camiseta.

––Realmente se sudaba, era toda una tensión estar mirando los números del ordenador.

––Ahí estaba el mal. Los números se comieron a las letras ––manifestó Martín.

––Bien por Rebujito, al fin soltó una frase.

––Aunque no se le entienda.

––¿Veremos el día en que se explique?

––Hoy no será ese día, pero ahora lo que estamos haciendo aquí es comunicarnos y si recitas números esta comunicación no nos llevará a ninguna parte.

––Veinte, trescientas, doce, noventa y dos, noventa y tres, mil ––suelta una risotada Poncho.

––Los números para tener significado deben relacionarse con las palabras.

––El Rebujito nos ha salido filósofo.

––Añade besos a los números.

––¿Cómo?

––Veinte besos, trescientos besos, cuatrocientos cincuenta besos, ¡mil besos!

––Filósofo y romántico.

––Veis, ya cambia la entonación.

––Veinte hostias, trescientas hostias, ¡mil hostias!

––Otro cambio de entonación.

Brotan las risas a la orilla del río.

––Aunque vienen a ser los números quienes nos atrapan. Ya no nos levantamos con la salida del sol, nos levantamos a las siete de la mañana; trabajamos ocho horas; hay un par de intermedios de veinte minutos… Nos ponemos marcas.

––¿De dónde vienes, Rebujito?

––¿De dónde vienes tú, Soto?



––De la cárcel.

––¿Por?

––Por robar.

––Cuatro que estamos aquí y dos son ladrones. Bien marcados estamos lavando nuestros trapos sucios.

––Rebujito, ¿también eres un ladrón?

––Sí, se puede decir que sí. Yo también he robado.

––Tres ladrones. Ernesto, ¿eres el cuarto ladrón?

––Yo fui robado.

––¿Por alguno de los tres? ¿Por los tres?

––Por los números.

––Cuatro desgraciados es lo que somos.

––Dale al jabón que quiero darme una dormidera a la sombra de un árbol.

––Dale a la piedra y al jabón.

Jabón, piedra, agua y siesta. Cinco palabras que conforman un significado. Cuatro jabones, cuatro piedras manifiestan los materiales de trabajo. Una corriente de cristalina agua, indeterminación de elemento natural. Una dormidera, en realidad cuatro siestas…



III.


Panorámica silbante del enigma,

a sus brazos estimo mi destino.

Único anhelo para mi deseo:

la luz purpurina de su boca.

Amapola que el sol te evoca

rociando los frutos de Perseo.

Otrora abriendo el camino,

meciéndose al compás del paradigma.

Eres viento de horizonte,

río de pupilas,

ojos verdes de albahaca.

Enmarcado queda el poema, en la pared arrebujado sobre el ordenador, en esa isla-rincón reluciente de la casa deshabitada, romo instinto de literatura. No más cuadros se ubican en las cuatro paredes de la habitación: un armario empotrado, dos librerías repletas, una televisión con DVD (desconectados mayormente), una mesa para tres sillas y un armario, adjúntese un sofá. Alfombra para la mesa, parquet para el suelo.

Buen día hoy para comer en el hogar, estado óptimo para trajinar en la cocina, y unas patatas guisadas el plato a saborear. Tubérculo regado de aceite, vino blanco y agua, amén de cebolla, ajo, tomate y pimiento junto a las especies de perejil, pimentón dulce, sal y su chispa de pimienta. Viudas son las patatas que Ross Berg lleva a la cazuela. Una comida decente tras su peregrinar en la esfera de la ficción, un plato hecho con parsimonia para degustar con amor. Que no falte el pan, que no falte el postre, que no falte una cerveza.

Una película acompaña la sobremesa con café, así “Novio a la vista”, de Luis García Berlanga, desata la delicia a un espíritu rejuvenecido. Hora y media de bienestar. La lucha con los Peláez, el batiburrillo del imperio austrohúngaro, los exámenes, la playa, los juegos de la niñez, las tardes de bicicleta, la pandilla y el inicio de la edad adulta. Ese es el mundo de ensoñación que dibuja “Novio a la vista”. Una película seleccionada de la videoteca que ocupa dos paredes de su habitación, cerca de 500 títulos conviven. Conviven con discos, casetes y CDs, añádanse unos cuantos cientos de libros. Un pequeño zoológico de cultura es ese cuarto de los sueños, véase cómo José María Gironella da la palabra a Fernando Rey para que toque la trompeta Louis Armstrong mientras canta Alfredo Kraus, ya que resulta imposible matar un ruiseñor cuando la tía Tula se llevó mi corazón. Dame una rumba, toma a Joseph Roth.

La intercomunicación y metacomunicación palpable, física.

Fatiga conlleva encender el ordenador, a él amarrado un mundo, cabe arrojarlo por el balcón, pero el correo electrónico duerme esperando la contraseña. La bandeja de entrada afirma que existen 360 mensajes sin leer, hay que despacharlos sin premura. Es la última labor antes de desaparecer. Hasta spams se han colado. Elimina aquí, contesta allá, aquello lo guarda en alguna carpeta, esto lo lee dos veces, change.org le solicita alguna que otra firma, hay un par de invitaciones, fotos de unos amigos, cartas de otros amigos y hasta cartas de otros que no son amigos…

Cuatro horas ha quedado enmarañado, entorno muerto en Facebook, no nato en Likedin, sin comentario en Twitter. No hay más, cabe entretenerse entrando en unas cuantas páginas webs, es divertido recorrer algunos blogs. Es un decir adiós al ordenador durante unos cuantos días.

Queda queso, lomo, chorizo y mortadela, todo ello con pan servirá de cena. Muy embutida es la alimentación, muy embutido se encuentra Ross. Algo de música para relajar, lo mismo “Don Giovanni”, de Mozart. La noche llama al sueño, volver a dormir en paz, y en un antes leer “El capitán Veneno”, de Pedro Antonio de Alarcón. Mañana es hora de desaparecer, hoy es el momento de alcanzar (por fin) la plena tranquilidad.

Tan distinta a todo artificio cual una diosa hecha de oro y de nácar, que le hizo recordar con pena el despertar de otras mujeres marchitas y consumidas, la triste carátula de luciente, desmaquillada, artificiosa como un producto de química…

Era una aurora fragante, una flor abierta en la pompa fecunda de un jardín de maravilla.


Continuación Capítulo III



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