Rufino Hinojosa versus Martín Laso (El hombre de los tres nombres). Biografía surrealista

Por José María Ruíz 





Desde el instante en que un hombre viene al mundo, ya es posible la historia de su familia, la historia de su sociedad, que estaban ahí antes que él. Las personas que conoce y frecuenta también forman parte de una historia que estaba ahí antes que ellas.

Alka Saraogi


Capítulo I


Cual reminiscencia, que acota los párrafos de la vida, se dibuja, sin glosa, mas con donaire, la ventana al espacio. Pues sin saber sabemos y sabiendo somos ignorantes. Creemos saber quién fue Rufino y desconocemos a Martín, sin embargo hay quien dice conocer a Martín e ignora la presencia de Rufino. Inadvertido resulta el ser cuando nadie se percata de su existencia, si bien siempre cabe incidir en la persona.

Sea clara la escritura, pues en estas páginas se concita la personalidad de Rufino, la personalidad de Martín y la personal disposición de los hechos a narrar. Son ochenta años los que hoy nos contemplan; una documentación que podríamos tomar como excesiva e incorrecta, la más de los casos, que requieren una condensación y una criba, esa separación del heno de la paja; un caudal de anécdotas tal que excederíamos el buen juicio; unos caminos perpendiculares que nos alejarían de la avenida por la que transitamos…
Demos inicio, aboquémonos a la realidad.



I.

Un inicio que bien puede situarse el día 19 de febrero de 2010.
-Mención especial para el relato “Mas es pero”, de Rufino Hinojosa. Se adjunta cheque-regalo de 50 euros para compra de libros en la Librería Carrascosa. Por favor, Rufino, ¿puedes acercarte a recoger el cheque?
Asombrado quedó Rufino al oír su nombre en boca del director del instituto. Segundos tardó en levantarse del asiento; con tembleque acudió a tender la mano y recibir el premio. Desde el estrado sintió los aplausos, no divisó rostros, nublada tenía la vista e instantáneamente abandonó la atalaya para perderse en la bruma del alumnado.
Último curso de su etapa de bachiller, primer concurso literario al que se presentaba. Triunfo en su pérdida, porque aquella prosa nació como un “resentimiento” ante el rechazo amoroso. Así respondía el acné juvenil. Verdaderamente, Fabiola le habría visto y nada sentiría, ella se volvería a reír, así era Fabiola para la naturaleza del corazón. Ella, más que nada, revoloteaba junto a Román. Mas, en verdad, Rufino algo sintió que no pudo explicar. Las felicitaciones de los amigos le transportaron; por algún segundo que otro dejó de pensar en Fabiola. Aquella noche no pudo dormir. La almohada clavaba sus uñas en el pelo de Rufino. Su sueño era Fabiola; su ensueño, la literatura. Hay ensueños que se vuelven pesadillas.
No pasaron ni diez días cuando decidió mandar un relato al concurso literario de la junta de distrito de su municipio. Bien se puso a redactar, mal sentía el palpitar de su prosa. No encontraba la lírica, ni el nudo, ni el desenlace, mucho menos la métrica. No tenía musa para inspirarse. Fue por ello, por el vértigo de no llevar a cabo su propósito, que buscó en “Mas es pero” solución a su quebranto. Una solución a la que no se añadió coma ni punto.
Segundo premio y 200 euros fue la recompensa, amén del abrazo de familiares y autoridades. El círculo se iba ampliando, quizá el ego era ya un embrión. De un mismo relato dos premios salieron.
Concluyen las clases, llega el verano. Tiempo de vacaciones, tiempo de lectura. Lectura al albur, lo mismo un clásico de aventuras como “Scaramouche”, lo mismo un clásico español como “Niebla”, lo mismo se imbuía en la biblioteca del bisabuelo, lo mismo en la biblioteca del abuelo (novela popular en demás), lo mismo alguna poesía (en mayor medida española, de Antonio Machado a Federico García Lorca). Tiempo de cine. Cine al albur, lo mismo el cine de aventuras como “Scaramouche”, lo mismo un clásico español como “Mi tío Jacinto”, lo mismo se imbuía en las salas cinematográficas, lo mismo en la Filmoteca.
El hecho del libro físico le fascinaba, mas fue la llamada de internet quien le encaminó hacia una nueva incursión en la escritura, si bien esta vez con una serie de condicionantes que le llevaban a asumir un relato con determinado número de páginas: un cuento corto.
“El tema de los trabajos será libre, con una extensión mínima de cinco folios y máxima de 10 folios escritos a ordenador en formato Word y con la letra Times New Roman o similar, tamaño 12, interlineado 1,5. El jurado estará compuesto por tres escritores y dos profesores de literatura. El fallo del jurado será inapelable, y los escritos ganadores serán publicados”.
A la tarea se puso con encomio, si bien irrumpió nuevamente en su prosa “Mas es pero”. Era su raíz. Creó circunloquios, aristas y paisajes en torno a él; desarrolló personajes y encontró el diálogo; pulió la prosa y diversificó el verso. No se conformó con la primera versión, correcciones hubo. Hizo literatura. Sin entenderlo muy bien sintió la fuerza de la creación, el arrebato de sentirse satisfecho.
No fue vano el esfuerzo: mil euros, la recompensa. Aquel día se sintió escritor. ¿Podría ser su meta? Su relato se publicaría, su nombre quedaría sellado sobre el papel. Su nombre en negro sobre blanco.


Mas es pero
Debería preguntar a los ruiseñores por tus mezquindades, pero no debo. Debería primero hablar con los ruiseñores, pero no sé. Debería primero ser ruiseñor, pero no soy. Debería hablar, mas escribo.
Quisiera dibujar el cielo de nubes de diamantes y topacios, pero iría pausado. Quisiera que te acunases en diamantes, pero dónde he dejado las nubes. Quisiera un cielo sin nubes, pero la lluvia no depararía. Quisiera dibujar, mas escribo.
Quisiera haberte sido infiel y pagarte con una traición, pero esto es una canción. Quisiera, cariño mío, que tú nunca me olvidaras, pero esto es una copla. Quisiera ser un pez, pero esto es una bachata. Quisiera ser un pobre ruiseñor, pero ¿otra canción? Quisiera hablar, mas canto.
Devendría mi cuerpo en un libro de Leon Tolstói para tus ojos, pero no ha la transformación. Devendrían tus manos sobre la novela, pero no comulga el sueño. Devendría a ser “Guerra y paz”, que bien gordo es, pero en dos tomos lo dividirían. Devendría en ser texto a cuerpo ocho, mas no sería mi escritura.
Debería llegar al final de este juguete de colores, pero temo ser roto. Debería colorear la llegada del final, pero “Encadenados” es en blanco y negro. Debería ser el final, pero ¿continuará? Debería ser, mas escribo.
Cinco párrafos, solo cinco párrafos supusieron inicio y fin a una “carrera literaria”. Si a ello se lo puede definir como carrera literaria. La firma de Rufino Hinojosa nunca más aparecería como encabezamiento de un texto. Tres relatos basados en uno. La escritura como universo irresoluto.


II.


El 9 de marzo de 2072 Martín Laso cumplió ochenta años. Martín sabe que no verá concluir el verano. A lo sumo cuatro meses de vida le quedan. El cáncer es irreversible y a él se enfrenta con entereza. La metástasis inunda su cuerpo, la quimioterapia… No.
Días que sirven para arreglar papeles, dar defunción a una vida en vida, agregar firmas de manera firme. El abogado lleva los asuntos, ya está ordenado el funeral, quizá hoy sea un Tom Sawyer que asiste a su funeral en vida, si bien (mal) aquí no hay aventura, ni la inocencia de la infancia. Ya están todas las cuentas dadas. ¿O no? Quizá no. A fuerza de ser sincero, no se puede poner punto final a la vida sin saldar las cuentas con la verdad. No es una confesión, puesto que no pide perdón; no es una confesión, puesto que no busca la salvación; no es una confesión, puesto que no espera ganar el cielo; no es una confesión, aunque se confiese. Simplemente, es poner los papeles en orden; simplemente, dejar de huir de uno mismo; simplemente, narrar una vida.
La morfina y el oxígeno pueblan su mesilla. Las más de las horas pervive tumbado en la cama. Sus pasos son firmes, sus fuerzas no tanto.
¿Cuántas veces nacemos en este mundo? ¿En cuántos mundos nacemos? ¿Nacemos tras la muerte? ¿Necesitamos morir para nacer?
Demasiadas preguntas para tener una respuesta, si bien una respuesta podría ser: nacemos cada vez que conocemos a una persona.
-No te machaques tanto.
-¿Cómo?
-Que el pico lleva su ritmo, si no, los riñones se tuercen.
-¿Y cuál es ese ritmo?
-Pues de golpe suave y un “avemaría” entre golpe y golpe.
-La mina lleva aquí sus siglos –intervino un tercero--, no quieras llegar al fondo en diez minutos.
-La tarea es larga y el salario corto. Tú eres nuevo en esta mina.
-Así es.
--Veamos esas manos –aproxima la palma de la mano a los ojos--. Lo dicho: manitas de porcelana.
-Pocos picos te has llevado al hombro.
-Muy pocos.
-Yo creo que ni uno.
Las risas resonaron, pero también las caras alumbraban bienvenida.
-Tómalo con paciencia, Rebujito.
-Rebujito, ya veremos cómo acabas el día.
-¿Cómo te llamas, Rebujito?
-Martín.
-Martín, el Rebujito.
-Dale al pico y a ritmo.
No hay diamantes en esta montaña de sal. Perú podría ser tierra de oro, apenas hojalata llena los bolsillos de estos curtidos hombres que tienen su alma apegada a la vida. Quizá la montaña de sal sea la dulzura que ha estado buscando Martín. Unas palabras, solo unas palabras, y ya es uno más, no hay preguntas que solivianten. Es un hombre que trabaja con el pico, y el pico es toda la explicación que hay que dar.
Chorrea en sudor el cuerpo, brotan las llagas, el cansancio se hace presente. ¡Qué bien sabe el agua, qué rico un trozo de pan! ¡Qué bella es la libertad! Hoy es un buen día para dormir. Sí, quizá hoy, sí, quizá pueda dormir al fin. No es cómodo el jergón, poco importa. Es el espíritu quien hoy descansa. Esta noche no trae la pesadilla, esta noche está soleada.
De la canción brota la tonada, estribillo tintineante que brilla ante el expectante día. El despertar, la mañana, no conlleva el desasosiego de la conciencia, con la tremolina agua del río de la montaña de sal, montaña de sal que se pierde en la espesura, pues en lo más recóndito es cuando Martín ha vuelto a encontrarse. Una esperanza, sí, una esperanza alumbra. Su faz se relaja. Una chispa de alegría dibuja su caminar, poco importa la dureza del trabajo, mucho importa la paz alcanzada.
-Rebujito, ¿hoy vas a echar el freno?
-Rebujito, si quieres también te presto mi pico.
-Rebujito, a pico y pala.
-Rebujito, no te comas todas las patatas.
-Rebujito, echa un trago.
Martín el Rebujito. Sí, placía.


III.



Y como su pobre alma no podía explicárselo, todo su dolor estalló, se deshizo en un llanto amargo, ardiente, que la derribó tronchada por la congoja, allí mismo, contra la butaca en la que Eloísa había estado sentada. Llanto inmenso y largo, desgarrado y profundo, en el que cada lágrima era como una gota de sangre de su corazón.
Bien cabía empezar a recoger la casa. Himalaya de platos acumulaba la pila, los vasos deambulaban por toda la casa, las migas salpimentaban la mesa del comedor, los cubiertos gorjeaban en posos, montones de papel ocupaban el suelo, amén de libros apalancados en sillas y sillones. La lavadora rebosaba de ropa, mientras la nevera se encontraba vacía; la basura orgánica era considerable, los plásticos no le iban a la zaga, las latas eran un hormiguero, también se podía encontrar alguna que otra botella de cristal bajo la silla, y la cama era un hervidero de arrugas, la manta dormía en los pies y el edredón estaba defenestrado.

¿Cuál era el concierto que habitaba esta vivienda? El concierto de la creación. Pues apenas un islote concitaba un pulcro orden, ni siquiera una habitación, ni siquiera un despacho, apenas tres metros cuadrados donde se asentaban un ordenador con torre, una impresora, una mesa y una silla, así como un cuello duro para las noches de vigía. Un mínimo espacio para dar vida a palabras que propagan imágenes al imaginario. Sobre la mesa todo era pulcritud, una impoluta limpieza, una simétrica apostura.
Sí, había llegado el momento de la limpieza. La impresora soltó de sus fauces el último folio con la palabra fin. Los bolígrafos dormían en sus capuchas tras largos procesos de tachar y corregir pruebas. Era el momento preciso de desconectar el ordenador. Desenchufar la corriente, desenchufarse del mundo ficcionado. Las palabras ya habían sido trazadas y ahí quedarían inmortalizadas en el blanco papel. Eran palabras eternas.
Recoger todo aquel batiburrillo deparaba unas cuantas horas, más si contamos el acicalado al que uno debía someterse, pues Ross Berg sabía lo que era una ducha en tres semanas, tres semanas donde su faz se cubrió de vello y su rostro apenas era empapado tras unas mínimas horas de mal dormir. El mundo se había detenido para él en estos veintiún días. El contacto con el exterior había sido nulo; ni la televisión ni la radio dieron síntomas de vida, solo a sus oídos llegaba la música de su colección de vinilos, en mayor medida jazz: un ritmo para imbuirse en otras esferas. El estado de la creación se hacía furibundo y por ello todo lo demás resultaba vacío. Qué importaba el mundo si él había estado creando un mundo desde la conciencia de la imaginación. El internet a golpe de clic había quedado dormido, funesto invento para la imaginación, grandioso invento para la incomunicación del espíritu.
Mas ahora era tiempo de retornar, poner orden a la habitabilidad, sacar toda la basura, tender la ropa lavada, vivir un baño reparador, dormir un sueño reconfortante y reencontrarse con el mundo del ruido. ¿El ruido de la vida? ¿Dónde estaba la vida? ¿Dónde había quedado la vida?
Un chocolate con churros en el bar de la esquina para empezar el día al sol de la calle, y la visita al editor con el manuscrito. Con este sería el cuarto libro que vería la luz, y todavía no había cumplido treinta años, súmense más de 30 relatos. ¿Cómo olvidar aquellos relatos que le proporcionaron el empezar a vivir de la escritura?
-Ahí están: 365 páginas.
-¿Se pueden quedar en 350?
-Se podrían quedar en 350 si hubiese escrito 350 páginas.
-¿Entonces?
-Entonces son 365. No me hables como si fuesen un par de kilos de pescadilla. Ponte a leerlo y ya me contarás dentro de tres días.
-Mañana mismo está leído.
-Tengo que desaparecer durante tres días.
-Has estado desaparecido casi un mes.
-He estado escribiendo casi un mes.
-¿Quieres un adelanto?
-Quiero desaparecer.
-Has vuelto a terminar un libro con “vale”.
-Un homenaje. Es un homenaje.
Dos pasos para salir por la puerta. Puerta y puerta.

Bebió de un sorbo la copa de licor, la dejó en la bandeja y con la boca mojada todavía se acercó a él de nuevo:


-Bésame, mi vida. Verás qué dulce tengo ahora los labios. Verás qué bien te saben. Bésame mucho, y déjame que me olvide de todo. No hay más que un instante verdadero en la vida: este. Lo demás no existe. El pasado no existe. Este mismo presente dentro de poco dejará de ser. Bésame mientras dura.

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