Rosalía Cortés. Biografía novelada

Por Marisa Díez




Sobre la inmensa mesa del salón se repartía tanta comida que pareciera se fuese a alimentar allí mismo a todo un regimiento. Dos niños rubios, de tres y cinco años, apoyan aburridos los codos sobre la mesa mientras intentan sortear como pueden la cuchara que, a cada momento, su madre pretende introducirles en la boca. Con gestos de hastío rechazan la comida, lloran, forcejean, niegan repetidamente con la cabeza.
La abuela Rosalía observa impasible la escena, mientras masculla, más que habla:

        -¡Cómo se conoce que no habéis pasado una guerra!

        -Mon Dieu, maman, s'il te plaît! ¡No empieces otra vez con la misma cantinela! Ellos no te entienden y yo estoy harta de escucharte. ¡En lugar de quedarte ahí mirando, podías ayudarme un poco! –le grita, exasperada, su hija Charlotte.

Los niños asisten al diálogo sin entender nada. Están acostumbrados a escuchar de vez en cuando a la mami frases extrañas, en un idioma que no conocen, por más que su madre se empeñe en utilizar palabras indistintamente en español y francés, para intentar que se familiaricen con otra lengua, además de la materna.

      -Vamos a ver, Quentin, ya sabes que si no comes nunca te harás grande. -La abuela intenta acercarle la comida a la boca, pero el niño se niega de forma vehemente-. Ça va bien, il faut manger! –le grita mientras se levanta airada de la mesa.

Con pasos decididos se acerca a la ventana, renegando de nuevo por el temporal que azota desde hace días el país. Mientras observa a través de los cristales, una sombra de añoranza recorre su rostro. Últimamente le vienen a menudo recuerdos que creía ya enterrados. Una vida labrada a base de sacrificios y penurias, que le llevaron a conseguir la familia feliz de la que ahora disfruta, por mucho que, a veces, se abandone a nostalgias que creía superadas en el tiempo.

        -En España en esta época, tan entrada ya la primavera, hace tiempo que andan en manga corta por la calle. Sin embargo aquí, ya lo ves, todavía no hemos conseguido quitarnos el abrigo de encima-. Y sin más abandona la estancia, mientras Charlotte la observa de reojo y menea resignada la cabeza.

Hace días que le ronda la idea de sorprender a su madre con un pasaje de avión para que se decida por fin a pasar unas vacaciones en España. Desde que su padrastro cayó enfermo, Rosalía apenas se ha movido de casa. Dedica sus días a cuidarle, le ayuda con su rehabilitación, le prepara sus comidas favoritas… Con el inmenso amor que le profesa, atiende sus necesidades sin una sola queja. Pero a veces, Charlotte la sorprende revolviendo viejas fotos, tarareando canciones en español o ensayando unos pasos de baile. Entonces una sonrisa fugaz recorre su rostro y parece, de repente, haber rejuvenecido cincuenta años.

En el Madrid de la posguerra, la hambruna y la miseria que siguieron a la contienda se apoderan de las calles de la ciudad. Un barrio humilde, de pequeñas viviendas de una sola planta que se alinean sin orden en calles estrechas y empinadas. Sus habitantes, en su mayoría, han emigrado del campo buscando un futuro incierto en la capital. Trasladan con ellos su forma de vida y sus costumbres. Al caer la tarde y cuando llegan las buenas temperaturas, sacan sus sillas a la calle y organizan sus tertulias bajo la luz de la luna. Es el momento de comentar los acontecimientos del día, de enfrentar sus penurias, compartirlas con sus vecinos y sentirse arropados entre sí. Las noches de verano a la intemperie se convierten en una especie de terapia con la que irse a la cama un poco más felices.

Rosalía evoca aquellos años con una sonrisa dibujada en su rostro. Fue difícil marcharse, abandonar familia y amigos en busca de una aventura, su aventura, su sueño. Se sentía prisionera en aquel ambiente asfixiante.Y quiso volar.

 La música fue siempre su pasión. Era capaz de pasar horas y horas frente al espejo ensayando pasos de baile, modulando su voz, interpretando aquellas canciones que sonaban cada día en su viejo aparato de radio. Su simpatía y gracejo natural hacían el resto. Y un día decidió que tenía que intentarlo. Se marcharía y sería una estrella de la canción. Se enfrentaría a todo y a todos para perseguir su sueño.

       -Tú y tus eternos pajarillos en la cabeza. ¡Baja a la tierra, Rosalía!, tu sitio está aquí, con tu familia. ¡Habrase visto la mocosa ésta, quién se pensará que es! - Antonio, su padre, no daba crédito al escucharla.

        -¡Con tu consentimiento o sin él voy a marcharme! No me puedes obligar a malgastar mi vida en este viejo barrio y esta mísera ciudad. ¡Este país no tiene arreglo y yo no pienso ser una amargada más!

Ascensión, la madre, observa preocupada la discusión. Hace tiempo que lo veía venir. Esta hija suya, con esos aires de grandeza, esas ideas inauditas que no sabe quién ha podido meterle en la cabeza. Lleva días observándola. Entra y sale de casa a horas intempestivas. Y anoche creyó ver a un desconocido, calle arriba, un momento después de que la niña entrara en casa. Un hombre elegante al que nunca había visto por el barrio y que, desde luego, no tenía el aspecto de ser uno cualquiera de sus vecinos ni de los amigos de la niña.

Aquella pequeña tienda de ultramarinos que regentaba la familia nunca había colmado sus expectativas. Se pasaba los días canturreando detrás del mostrador, charlando con los escasos clientes que se acercaban al negocio para conseguir que les fiasen un poco de arroz, unos garbanzos, algo de azúcar… Y sonreían condescendientes cuando Rosalía les aseguraba, ufana:

        -Algún día me escucharás cantar por la radio y entonces te acordarás de mí. ¡Cuando sea famosa…, ya verás, ya! -Y sin más se marchaba a la trastienda a seguir con sus quehaceres, mientras su vecina la miraba, incrédula, y salía de la tienda apresuradamente, mascullando por lo bajo: -¡Qué muchacha, señor, qué muchacha ésta…! ¡Pero qué graciosa es la condenada!

Una mañana, de camino a la tienda, había tropezado con aquel hombre. Nunca le había visto por allí. En el barrio todos se conocían y un personaje así no pasaba desapercibido. Deambulaba por las calles sin dirigirse a un lugar exacto. Con su sombrero gris, a juego con el traje, ligeramente desgastado, y unos zapatos de piel envejecidos por el uso, tenía el aire de uno de esos eternos actores secundarios de las películas en blanco y negro que ella adoraba ver en las pantallas de los cines.

Cuando se cruzó con él, Rosalía le miró con disimulo. El hombre, sintiéndose observado, preguntó:

         -Por favor, señorita, creo que estoy algo extraviado. He quedado en encontrarme con un amigo en el Café de París… - pero Rosalía le interrumpió sin esperar a que acabase su frase.

        - ¡El café de París! -exclama con admiración- ¡Si es el sitio más famoso de la ciudad! ¡El lugar donde actúan las estrellas más famosas! Buen hombre, ¿cómo puede usted buscarlo en un barrio como éste?

Y, sin más, comenzó a explicarle cómo llegar a ese lugar que ella conocía tan bien a través de las revistas y periódicos de la época. Admiraba las fotos de las vedettes, sus vestidos, sus peinados... Le parecía escuchar en vivo sus canciones a través de las crónicas que relataban los éxitos de las estrellas del momento. Los ojos de Rosalía brillaban de admiración mientras leía con avidez las historias que escondían las vidas de sus artistas favoritos.


Rosalía rememora todos estos acontecimientos guardados en su memoria bajo llave, mientras prepara, en la cocina de su casa, uno de los platos preferidos de su marido, Charlie. Desde que sufrió aquel accidente que le cambió la vida, no había vuelto a ser el mismo. Se empeña día a día en su rehabilitación y cada pequeño progreso es celebrado como un verdadero triunfo. Forman una pareja feliz desde que se conocieron hace ya más de veinte años. Gracias a él, sus hijos tuvieron la figura de un padre en el que reflejarse. Charlie los trató siempre como si fuesen de su misma sangre y Rosalía jamás podrá olvidar que fue él quien verdaderamente consiguió enderezar definitivamente su vida.

Enfrascada en sus pensamientos, se sobresalta al encontrar a Charlotte observándola con cariño desde el quicio de la puerta. Ella sonríe divertida al darse cuenta de que su presencia ha sorprendido a su madre mientras hablaba para sí misma en voz alta, como tantas veces en los últimos tiempos.

        -¿Un hombre vestido con traje gris y sombrero en tu barrio de Madrid? Vaya, no recuerdo haberte oído hablar nunca de él. Eres una caja de sorpresas. ¿Cuándo te decidirás a contarnos todos tus secretos? -le interroga su hija con un guiño de complicidad.

        -Calla, calla… ¿Desde cuándo estás ahí? Te he dicho mil veces que no me gusta que me espíes -replica Rosalía mientras acepta mimosa el abrazo sincero que le ofrece su hija.

Charlotte fue siempre su ojito derecho. Es tan parecida a ella que no sólo se ve reflejada en su rostro, de idénticas facciones. Entre las dos existió siempre esa química especial que hace innecesarias las explicaciones. A pesar de sus continuas peleas, jamás dejaron de entenderse con una simple mirada.

Con sus hermanos fue diferente. Pierre y Louis eran la viva imagen de su padre, al que apenas llegaron a conocer. Cuando aquel hombre les abandonó, el mayor acababa de cumplir los cuatro años y Louis empezaba entonces a dar sus primeros pasos. Sólo su hija conserva algún recuerdo difuso en su memoria. Con sólo siete años, Charlotte había sido testigo mudo de tanto dolor que, cuando él se marchó, jamás volvió a nombrarle. Desde entonces había vivido aferrada a su madre y, hasta el día de hoy, no concibe su vida lejos de ella.

        -¡Vaya, qué buena pinta tiene esa tortilla! -le dice mientras se acerca sigilosamente por detrás y deja caer un sobre encima de la mesa-. Al final me voy a poner celosa de que mimes tanto a Charlie…

        -Pobre, se esfuerza cada día más y yo le encuentro mucho más recuperado, ¿no te parece? -le contesta Rosalía sin percatarse del sobre que su hija ha dejado a la vista.

        -Verás, mamá, lo he pensado mucho y creo que ya es hora de que te tomes unas vacaciones. -Charlotte observa el gesto sorprendido de su madre-. Y no me digas que no puedes dejarle solo unos días. Tú misma has dicho que le ves mucho mejor. Y ya es capaz de valerse por sí mismo.

        -¿Unas vacaciones? Pero en qué estás pensando, hija mía. Quita, quita, qué cosas se te ocurren. Yo lo único que necesito es estar aquí, con mi marido, contigo y con mis nietos. Bueno, y con tus hermanos, cuando se dignan a visitarnos, pero eso ya es harina de otro costal -concluye con un suspiro.

Al darse la vuelta, Rosalía repara en el sobre. Charlotte aprovecha para pellizcar un trozo de la apetitosa tortilla y, mientras, observa de reojo a su madre, que duda entre abrirlo o preguntar directamente por su contenido.

        -Ábrelo mamá, es para ti. Mi regalo adelantado de cumpleaños. -Su hija se acerca y le da un sonoro beso en la mejilla, mientras la apremia, emocionada-. ¡Venga, no te hagas de rogar!

Con un ligero temblor en sus manos, imaginando lo que se esconde en su interior, Rosalía se decide por fin a abrirlo y encuentra un billete de avión con destino a Madrid. Los ojos se le llenan de lágrimas. Su mente recorre en un segundo todos los lugares de su infancia. Los recuerdos se agolpan en su cabeza; ve pasar fugazmente retazos de su vida. Tanta gente añorada durante todos estos años, algunos a los que perdió la pista y otros a los que jamás encontrará de nuevo.

        -Pero hija, esto ha tenido que costarte un dineral -acierta a balbucear mientras se acerca a ella y cae por fin llorosa en sus brazos.

        -Venga mamá, no seas exagerada -le replica su hija divertida -¡Tantos años sin salir de este pueblo que te has olvidado de que los viajes en avión ya no son exclusivos de los ricos!

Charlie las observa en silencio, moviendo afirmativamente la cabeza. Charlotte le guiña un ojo con cariño a su padrastro y éste, en un gesto muy suyo, eleva el dedo pulgar hacia arriba y se marcha, conmovido, apoyándose en sus muletas. Esa mujer, que hoy es todo para él, necesita enfrentarse a sus viejos fantasmas y recuperar una parte de su vida, la que dejó aparcada a los dieciocho años cuando decidió subir en aquel autobús, repleta de ilusiones y de esperanzas.

Andrés ya nunca dejó de frecuentar el barrio. Le gustaba perderse por sus calles estrechas, conversar con el panadero, comprar tabaco en el estanco de la esquina o sentarse a leer la prensa en los bancos de madera del frondoso pinar que rodeaba toda la barriada. Solía esperar allí la llegada de Rosalía, que aparecía siempre como una exhalación y dispuesta a traspasar los límites de aquellas callejas para adentrarse en el verdadero Madrid, el de las avenidas y los anuncios de neón; el de los grandes carteles cinematográficos y las salas de espectáculos que ella adoraba y no se cansaba de recorrer.

Habían comenzado su relación sin apenas darse cuenta. Al primer encuentro casual le siguió otro un par de semanas más tarde, esta vez algo más premeditado. Y así, poco a poco, sin apenas darse cuenta, se encontraron sintiéndose indispensables el uno para el otro.

Se ganaba la vida como fotógrafo de jóvenes artistas y promesas del mundo de la canción, que habían logrado darse a conocer en los concursos de radio de la época. Paso a paso fue convirtiéndose en un profesional conocido y respetado, al que cada vez más figuras solicitaban sus servicios para ilustrar sus reportajes. Rosalía acudía cada vez con mayor frecuencia a las sesiones fotográficas soñando con ser algún día la protagonista de aquellas portadas. Todas las tardes esperaba con ansia el momento de encontrarse con Andrés y le interrogaba sin descanso para conocer cómo había sido su jornada, a quién había fotografiado esta vez, qué clase de instantáneas había tomado y dónde le habían citado para llevar a cabo la sesión. Quería conocer cada detalle. Abría los ojos con admiración cuando su novio contestaba cada pregunta, adornando sus respuestas a veces de forma desmedida. Pero Rosalía adoraba escucharle y siempre quería saber más.

Una tarde, mientras asistían a una representación musical en un pequeño local cercano a la Gran Vía, se acercó a ellos Darío Cifuentes, un reconocido representante en los ambientes de la farándula, que se había destacado por ser el artífice del salto a la fama de jóvenes artistas, que con el tiempo habían logrado triunfar fuera de nuestras fronteras. Saludó a Andrés efusivamente y, mientras tomaban una copa, explicaron a Rosalía que se habían conocido de niños en la escuela a la que acudieron durante unos años.

        -Pero luego yo tuve suerte y pude introducirme en este mundillo que me ha proporcionado bastantes beneficios y también algún que otro quebradero de cabeza -afirmó Darío. Y, dándole una palmada en la espalda, sentenció:- Andrés lo tuvo peor, se hizo fotógrafo y no logró salir de pobre, ya lo ves.

          -En fin, no todos tuvimos la suerte de nacer en una familia con posibles, Darío. Algunos hemos tenido que ganarnos la vida de forma honrada -le contesta su amigo con un ligero tono de reproche en la voz.

Rosalía asiste al diálogo mientras intenta esquivar las miradas de deseo que le lanza Darío sin ningún disimulo. Parece divertido observándola apurada, nerviosa y haciéndola sentir fuera de lugar. Andrés observa la situación y escucha a su amigo intentando descubrir el motivo que le ha llevado a abordarles a los dos de forma tan sorpresiva. Nunca confió del todo en él. Le molestaban sus aires de grandeza y su nula empatía a la hora de reconocer el esfuerzo que tuvo que hacer para conseguir ganarse la vida en un momento en el que conseguir un empleo digno era poco menos que una quimera.

        -Hace tiempo que te sigo la pista, Andrés. Sé que has conseguido ser un buen profesional, conocido y respetado. Por eso he pensado en ti para mi nueva aventura. -Y sin más, se vuelve a Rosalía, a quien le explica, solemne -Estoy buscando una chica joven, con talento, pero distinta a las demás. Alguien más juvenil, más fresco, que no se haya visto antes. La voz femenina para un trío musical que pueda hacer sombra a todos los grupos similares que ahora mismo se escuchan por ahí y que no aportan nada nuevo –sentencia, mientras apura de un solo trago su copa.

Aquel fue el comienzo de una nueva vida para Rosalía. De repente, tenía sus sueños al alcance de las manos. No sirvieron de nada las advertencias ni los consejos de Andrés. Comenzó a frecuentar a Darío cada vez más a menudo. Él la engatusaba con sus historias increíbles y ella le admiraba y escuchaba con devoción. La introdujo en el mundillo de la farándula; de su mano conoció algunos personajes que nunca pudo imaginar. Darío logró convencerla de que ella podía ser una nueva estrella de la canción.
Andrés observaba el cambio de Rosalía sin poder hacerle frente. Y poco a poco, sin apenas darse cuenta, se convirtió en alguien insignificante para ella. Cuando decidió salir definitivamente de su vida, Rosalía ya no era la misma joven que él había conocido. En algún momento había perdido su inocencia, su sincera alegría y se había convertido en una especie de muñeca a la que Darío manejaba a su antojo, mientras la engañaba con promesas que difícilmente podría llegar a cumplir.

De la mano de aquel personaje fue como Rosalía abandonó por fin su barrio y se embarcó en la aventura de su vida. Dejó atrás familia y amigos en medio de la incomprensión y el escándalo.

            -¡Una chica tan joven, entregándose en los brazos de un desconocido…! ¡Qué vergüenza para sus padres! -murmuraban sin disimulo en el vecindario.

           Su padre jamás volvió a dirigirle la palabra.

          -Si te marchas con este individuo, olvídate para siempre de nosotros -había sentenciado Antonio el día en que su hija salió de casa con su maleta, acompañada de Darío.

Durante años, Ascensión mantuvo contacto con ella a través de las cartas que cada semana Rosalía le enviaba y que su marido fingía desconocer. Nunca volvieron a hablarse y, si Antonio decidió en algún momento perdonarla, es algo que jamás pudo llegar a saber. El día que volvió a visitar a su madre, cinco años después de haberse despedido en aquella estación, conoció desconsolada la noticia de que su padre había fallecido sólo una semana antes de su llegada.


Mientras prepara entusiasmada el equipaje en su acogedora casa de la Valonia belga, Rosalía rememora uno a uno los acontecimientos que marcaron aquella época tan convulsa de su vida. No había vuelto a España desde aquella vez que viajó apresuradamente y casi a escondidas para que su madre pudiera conocer a Charlotte, que había nacido un año antes. Ya enferma, Ascensión nunca había logrado superar la ausencia de su hija y, al morir su marido, se abandonó a los recuerdos, se encerró en casa y apenas sí salía a la calle lo necesario para sobrevivir. Dejó de relacionarse con los vecinos y se dedicó a esperar día tras día aquellas cartas que cada vez tardaba más en recibir. Intuyó desde el principio que nada de lo que reflejaban aquellos relatos correspondía exactamente a la realidad, pero quiso creer que su hija había conseguido triunfar y a esa idea se aferró día tras día, esperando un reencuentro que cada vez tardaba más en producirse.

Cuando Charlotte aparece de repente en la habitación, Rosalía se encuentra de nuevo hablando en voz alta sin darse cuenta. Las risas de su hija la sacan de su ensimismamiento y reconoce, cabizbaja:

        -No sé si voy a ser capaz de enfrentarme a mi pasado. Son tantos los años, los recuerdos y la gente que dejé por el camino, a la que nunca jamás volví a ver… -Y una lágrima furtiva se desliza por su rostro, sin pasar desapercibida para su hija, que la observa con inmenso cariño.

         -Seguro que no será tan difícil. Es algo que quieres hacer desde hace tiempo. Todos debemos ser capaces de expulsar de nuestra vida aquellos fantasmas que nos impiden continuar -sentencia Charlotte sin dejar lugar a réplica.


Los fantasmas de Rosalía tienen nombre y apellidos. Algunos se quedaron definitivamente abandonados en aquel pequeño barrio de su infancia y juventud, del que huyó en busca de un sueño que tardó poco tiempo en convertirse en pesadilla. Apenas nada de lo que le sucedió fue realmente lo que ella esperaba.

Con Darío se trasladó a París, la ciudad de la libertad. Un mundo nuevo y desconocido se abría a sus ojos. Durante un tiempo disfrutó con desenfreno de todas las oportunidades que la capital francesa le ofrecía y totalmente imposibles en España. Se convirtió en la solista femenina de un trío musical que recreaba canciones españolas de la época. Con el tiempo ampliaron su repertorio y versionaron también los éxitos del momento en Francia. Se fueron creando un pequeño pero incondicional grupo de seguidores, compuesto sobre todo por los emigrantes españoles que habían aterrizado en Francia huyendo de la guerra civil. Con el dinero que ganaban de sus galas en teatros de segunda categoría fueron saliendo adelante, aunque nunca consiguieron el éxito arrollador con el que soñaron al comenzar su aventura.

Con Darío la relación fue poco a poco enfriándose y, cuando él decidió volver a España en busca de nuevos talentos a quienes representar, ella decidió permanecer en Francia. Por fin había conseguido mantener una vida independiente y no estaba dispuesta a renunciar a ella. La forma de vida en su país natal cada día le resultaba más incomprensible y más lejana. Cada paso dado en Francia le convencía de que el regreso a España sólo sería una vuelta atrás y el reconocimiento de un fracaso que no estaba dispuesta a aceptar.

La vida en París era cada vez más difícil. La marcha de su descubridor comenzó a pasar factura. Era muy complicado conseguir contratos y la ilusión que la desbordaba en sus primeros tiempos, se fue convirtiendo poco a poco en desencanto. Comenzaron las rencillas entre los tres componentes del grupo. Puntos de vista enfrentados acerca de la mejor manera de relanzar su carrera artística y las continuas discusiones, terminaron al poco tiempo con la desaparición definitiva del trío musical.

El día que Philippe apareció en su vida supo que jamás regresaría a España.

Rosalía se encontró de golpe sola en una gran ciudad que no deseaba abandonar. Paseaba cada día por sus calles, admiraba los escaparates de los Campos Elíseos, se abandonaba a sus pensamientos sentada a la orilla del Sena. Una de esas tardes de verano en las que caminaba, alargando la hora de regresar a casa, se fijó de repente en él. Le había sorprendido más de una vez observándola con disimulo, pero hasta aquel día no reparó en sus grandes ojos negros, que la miraban con detenimiento. Philippe se acercó a ella y, con galantería extrema, le espetó:

        -Una mujer tan especial, paseando a solas cada tarde por la ribera del Sena… 
        - la abordó de repente-. No puede existir ningún problema que no tenga una sencilla solución.

Y sin más preámbulos, se ofreció a acompañarla. Sorprendida, ella se dejó querer. Durante el trayecto a casa charlaron sin pausa como dos amigos que se conocen de toda la vida. Él había recalado en París desde una pequeña población belga, buscando nuevas oportunidades para su negocio familiar. La conversación fluyó sin pausa hasta que llegaron al domicilio de Rosalía. Se despidieron prometiendo volver a verse. La chispa había saltado entre los dos y ya no fueron capaces de apagarla. Ella no pudo imaginar en ningún momento de aquel día, ni de los que siguieron, que aquel hombre sería el causante de sus peores pesadillas.

Sin apenas darse cuenta, se encontró entregada a una pasión que la cegaba. Nunca había sentido nada igual por ningún hombre, a pesar de haber tenido algunas experiencias que le habían dejado huella. Pero con Philippe todo era diferente. Con él se sentía protegida, obnubilada. Y él, aprovechando el influjo que ejercía sobre ella, fue llevándosela cada vez más a su terreno y convirtiéndola en una especie de marioneta que había perdido cualquier poder sobre sí misma. Aquel fue el principio del fin del sueño de libertad para Rosalía.

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