A Jimena Castro (1970-2010). Biografía testimonial

Por Esperanza Goiri


Se dice que existen tres clases de testigos: Los que han visto bien, pero dudan de lo que han visto. Los que han visto mal, pero creen haber visto bien. Y los que no han visto nada y aseguran haber visto todo.

Marco Aurelio Almazán







Martina

Cuando Gabriel, mi cuñado, nos convocó a familiares y amigos a esta cena como agradecimiento por nuestra ayuda y apoyo, nunca se me hubiera ocurrido que nos hiciera una petición que sorprendió a más de uno. A mí, la primera.

En los postres reclamó nuestra atención con esa irritante manía suya de golpear rítmicamente un cubierto contra una copa. Una vez se aseguró de que todos le escuchábamos, tras un previsible y sensiblero discurso, nos dijo que esperaba contar con todos nosotros para una idea que se le había ocurrido durante las largas noches en vela en el hospital; tras darle muchas vueltas, creía que era el mejor homenaje que se podía hacer a Jimena, mi única y difunta hermana.

Pedía nuestra colaboración para redactar una biografía de Jimena. Cada uno podría reflejar las vivencias, anécdotas, recuerdos… , que tuviera de ella y él se encargaría, con la ayuda de un amigo escritor, de darles forma y recoger cronológicamente los escasos cuarenta años de vida de su mujer. Según hablaba del proyecto, el entusiasmo se iba apoderando de él. Nos animó a que aportáramos fotos, dibujos, postales… Sería una obra construida entre todos los que habíamos querido a Jimena y un recuerdo entrañable que podríamos ojear y disfrutar cuando quisiéramos. Bromeó diciendo que esperaba no llevarse muchas sorpresas con amantes o facetas desconocidas de la homenajeada. Por supuesto, aclaró que él correría con los gastos y que nos regalaría un ejemplar dedicado.

Sonrió satisfecho, cuando un torrente de sugerencias, comentarios y felicitaciones por la brillante idea recorrió la mesa. Inmediatamente, surgieron las primeras cuestiones prácticas que Gabriel se apresuró a resolver. Nos explicó que en una primera fase organizaría reuniones individuales en las que personalmente grabaría nuestros testimonios, después el escritor las iría redactando; cuando se diera el visto bueno al borrador, se incorporarían los documentos gráficos para su maquetación y edición. Estaba claro que lo tenía todo previsto y organizado. Siempre tan eficiente…

Por millonésima vez, me pregunté por qué mi hermana, siendo apenas una adolescente, había ligado su vida a ese hombre. Aunque esta cuestión nunca fue planteada abiertamente por mi madre, para quien la sinceridad era una grosería, me consta que la inquietaba, porque estando ya muy enferma, del mismo mal que también se cebaría con su hija menor, me comentaba con mucha insistencia la buena pareja que hacían Jimena y Gabriel; buscando mi aprobación, o quizá una crítica que ella no se atrevía a verbalizar. Si bien es verdad que estuve tentada de entrar al trapo, su mirada preocupada y anhelante me impulsaba a contestarla que sí, que Jimena había tenido mucha suerte.

De vuelta en casa, tras esa cena coreografiada al milímetro, pensé en solucionar la papeleta contando algunas estampas veraniegas de mar y prados verdes, de largas tardes de deberes, Cola Cao y galletas, de enfados tontos y confidencias de noche… En fin, lo normal entre hermanas. Era lo que se esperaba de mí, lo más fácil; cumplir el trámite y pasar página. Nada ni nadie podría devolver la vida a Jimena, lo demás era ya accesorio…, o tal vez, no. Quizá era el momento de tirar del ovillo.


Berta

¡Dios mío! ¿Es que piensa explicarnos pormenorizadamente todo el proceso editorial? ¡Qué pesadilla de cena! Tenía que haberme negado a venir. Ahí está Martina con esa mirada inquisitiva que parece leer en tu mente. Nunca he estado cómoda en su presencia, ni de niña. Siempre ha sido un misterio y ambas hemos mantenido las distancias. No he visto hermanas más distintas. Jimena era divertida, accesible, confiada… , y vulnerable. 

En cuanto la señorita Pilar nos la presentó, ya terciado el curso, como la nueva compañera de clase que venía de Madrid, decidí que me haría su amiga a toda costa. Congeniamos enseguida. Me convertí en su guía las primeras semanas de colegio. La aleccioné sobre profesoras y monjas, cómo escaquearse de obligaciones, qué niñas merecían la pena y cuáles debían ser ignoradas… A cambio, me beneficiaba de su popularidad, de sus préstamos de ropa, discos y libros traídos de la capital, de invitaciones a su casa del Sardinero… Éramos inseparables. No exagero si afirmo que, en aquellos años, Jimena se convirtió en la persona más importante de mi vida. Ya con trece años descubrimos la atracción que ejercíamos en los chicos, aunque de manera diferente: yo, les gustaba; de Jimena, se enamoraban. Pero en aquel momento eso carecía de importancia.

No sé qué pretende Gabriel con su propuesta. ¿Qué se cuenta en una biografía de alguien que ha formado parte de tu vida? ¿Qué omites y qué desvelas? ¿Es lícito exponer públicamente a alguien que no tiene derecho de réplica? A pesar de todo, sigo guardando cierto grado de lealtad a Jimena.

Y Martina, ¿qué va a contar de su hermana? ¿La conocía de verdad? ¿Qué sucederá si cada uno de los convocados ofrece una versión diferente? ¿Se complementarán los datos o chocarán y será patente que alguien miente? Nadie me puede obligar a participar, pero quedaría muy raro que la mejor amiga de Jimena no quisiera formar parte de su homenaje póstumo.

¡Qué gusto, de nuevo en casa! No puedo dejar de mirar una fotografía que ha sobrevivido a todas mis mudanzas. Ahí estamos las dos, jóvenes y sonrientes, en Londres, delante del Big Ben. Jimena ya estaba casada y yo era azafata desde hacía unos meses. Aprovechando las ventajosas condiciones que mi compañía me ofrecía por ser empleada, cuando Gabriel tenía aquellas interminables guardias en el hospital, Jimena y yo viajábamos por toda Europa. La vida nos sonreía o, al menos, eso creía mi amiga.

¿Seré la única que tiene estas dudas? Aparentemente, todo el mundo parecía encantado y deseoso de colaborar, pero es posible que, en el fondo, se sientan como yo; como moscas atrapadas en la tela de araña de Gabriel.


Jana

Si llego a saber la encerrona que nos tenía preparada Gabriel, no hubiera venido. ¿Una biografía póstuma? Como dice mi madre, los homenajes se dan en vida, a los muertos no les sirven para nada. No me apetece sentarme a solas con él para contarle cosas de Jimena.

No acabo de acostumbrarme a su ausencia. Si hay alguien, además de mi madre, a quien tengo que agradecer lo que soy, es a ella. Me acuerdo de la primera vez que la vi cuando me entrevistó para ocupar un puesto de asistente en su galería de arte. Yo estaba muy nerviosa y me sentía fuera de lugar rodeada de otras candidatas, estilosas y sofisticadas, que me miraban despectivamente. Ya sentada frente a ella, en un despacho pequeño y luminoso, bastó que pronunciara mi nombre, y me mirase como si de verdad le importara lo que le iba a contar, para que dejara mis miedos aparcados y decidiese luchar con uñas y dientes por ese puesto. Tras varios años trabajando juntas, una noche de copas y confidencias, le pregunté por qué me había seleccionado entre todas aquellas aspirantes, aparentemente, más idóneas. Siendo sincera, en esa época yo era un completo desastre, me vestía fatal y mis modales dejaban bastante que desear; vamos, que no pegaba nada en ese moderno y elitista entorno. Jimena me contestó muy seria que nada más verme tuvo claro que, cuando ella ya no estuviera, yo era la única a la que podría dejar Market Art.

Su respuesta me dejó desconcertada y aunque traté en varias ocasiones de sacar el tema, nunca reconoció haber pronunciado esas palabras. Llegué a pensar que no la había entendido o que la había malinterpretado y deje de insistir. El trabajo me apasionaba. Jimena era generosa con su tiempo y sus conocimientos y yo absorbía todo como una esponja. Me presentaba a artistas, marchantes, directores de museo, la acompañaba en sus viajes de trabajo… Compartíamos muchas horas y hubo momentos en los que la Jimena brillante, luminosa, mundana…, daba paso a otra Jimena callada, melancólica, que se encerraba durante horas en su despacho sin querer ver o hablar con nadie. En esos momentos, yo juraría que la oía sollozar. En un viaje a New York para asistir a una feria internacional, Jimena desapareció durante veinticuatro horas. Recuerdo, como si fuera hoy, la angustia que pasé, sin saber a quién recurrir, dónde buscar, si llamar o no a la policía, si avisar a Gabriel en España, ajeno a la desaparición de su mujer. Cuando ya enferma de nervios me disponía a hablar con el consulado español para que me ayudarán, Jimena apareció en el hotel como si tal cosa. Al preguntarle por su ausencia, se limitó a decirme que, aunque me apreciaba mucho, no me debía explicación alguna. El resto del viaje transcurrió según lo previsto y no volvió a hablarse del tema.

Ahora que he heredado su galería, no dejo de tejer mil y una teorías. ¿Sabía Jimena que enfermaría? ¿Por qué había excluido a sus seres más allegados? ¿Qué vio en mí para dejarme Market Art? ¿Esperaba mi silencio como contraprestación? La cabeza me empieza a dar vueltas y ahora tengo cuestiones más acuciantes que resolver, ¿qué le voy a contar a Gabriel sin traicionar a Jimena?

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