Manasés Merino Silva. Biografía cronológica

Por Juana Celestino  

Capítulo I. 1922-1936


 Plaza de Santa Clara. Cáceres





Manasés nació en Cáceres un 2 de febrero, Día de Las Candelas, en una familia llena de mujeres. A su cuna se asomaron las seis caras morenas y regordetas de sus hermanas: Amelia, Cecilia, Juana, Matilde, Joaquina y Candelaria; todas ellas, al igual que su hermano, traídas al mundo con la ayuda de Iluminada, una comadrona procedente de Torremocha, pueblo de la abuela materna de los niños.

Sus padres, que tras los siete largos años transcurridos desde la llegada de Candelaria, no contaban con traer más vástagos al mundo, y menos aún un niño, cuando le vieron se sobresaltaron de tal modo que no acertaban con qué nombre llamarle. Como es natural en estos casos se barajaron los que correspondían a los antepasados más cercanos, pero doña Amelia, su madre, se negó en rotundo a que su único hijo llevara el nombre de cualquier varón de una familia donde abundaban los Telesforos, Pantaleones y Policarpos, o el de su propio marido, Casimiro.


Uno de los parientes que visitó a la familia a los pocos días del feliz acontecimiento fue el padre Merino, primo segundo de don Casimiro, que asomándose a la cuna tomó la mano del pequeño y sonriendo bromeó, “se habían olvidado de ti, ¿eh?”. Don Emiliano, que así se llamaba el cura, era hombre culto y muy versado en las Sagradas Escrituras y, cuando supo que aún no se había decidido el nombre del recién nacido, sugirió el de Manasés. Tras la inicial extrañeza de los progenitores, se despachó con una larga parrafada sobre la vida y obras del personaje bíblico al que correspondía tal nombre, así como el origen griego de la raíz del mismo, que tradujo como “el olvidado”. Doña Amelia ––que alguna vez había hecho referencia a su ascendencia judía, sintiéndose orgullosa de sus logros sociales y, sobre todo, económicos––, asentía levemente con la cabeza mientras el cura se explayaba en la historia del jefe de una de las tribus de Israel, al término de la cual emitió un rotundo “me gusta”, y ya no se habló más del asunto.

La infancia de Manasés trascurrió como una seda, colmada de mimos y atenciones, no solo por ser el benjamín y, además, único en su género, sino también por compensar en cierto modo ese “olvido”. Incluso el novio de su hermana Amelia, que hasta entonces había sido tratado como un sultán en casa de sus futuros suegros, a la llegada de Manasés pasó a ser un varón de segunda fila.

Rodeado de elogios y estímulos, la autoestima de Manasés fue creciendo al tiempo que absorbía toda clase de conocimientos, adquiridos en una casa donde se solía invertir mensualmente cierta cantidad de dinero en libros que, a diferencia de lo que se estilaba en el país en aquellos tiempos, no eran ni misales, ni lecturas de carácter edificante. El pequeño, curioso, despierto y de genio vivo, prestaba atención a cualquier tipo de información, ya llegara a través de las lecturas de sus hermanas, de las historias que le narraba su madre, de las noticias que comentaba don Casimiro mientras leía el periódico y, sobre todo, de las conversaciones que oía cuando paseaba por la ciudad de la mano de su orgulloso padre. Uno de sus entretenimientos favoritos era conocer el significado de las calles por donde hacían el recorrido, y tras obtener la información de algunas que hacían alusión al origen romano de la ciudad como Venus, Neptuno, Júpiter o Ceres, a Manasés se le fue avivando la curiosidad por el conocimiento de dioses y héroes.

La casa de doña Amelia y don Casimiro estaba situada en la plaza de Santa Clara, a resguardo de los rigores del sol veraniego por altos palmerales, y desde donde se podían oír a ciertas horas del día los cánticos de las monjas, que traspasaban los muros del convento que daba nombre a la plaza. La vivienda ocupaba la segunda planta de un edificio de tres que había pertenecido a la familia de doña Amelia; durante tres generaciones habían vivido allí hasta cuatro familias en un continuo ir y venir y donde las puertas estaban siempre abiertas. En la actualidad, la última planta había quedado como desván de uso exclusivo de los Merino, y la primera la ocupaban dos tías solteras de doña Amelia. Dos mujeres más que añadir al círculo de admiradoras de Manasés.

La familia vivía una holgada existencia de clase media, con las comodidades y lujos propios de su posición, aunque no se caía en la afectación o en la cursilería; en la mesa no era necesario pelar las naranjas con cuchillo y tenedor, y se disfrutaba de la costumbre de mojar el pan en la salsa.

Los ingresos de la familia procedían, fundamentalmente, de las rentas que a doña Amelia le llegaban de inmuebles y tierras repartidas por la provincia que, como hija única, había heredado en su totalidad de sus padres. La tienda “Tejidos Merino”, propiedad de don Casimiro, aportaba un importante suplemento económico al estatus familiar. Todo ello, unido a una filosofía en la que se valoraban el éxito y el progreso, los placeres y las necesidades del mundo material, hacía de los Merino unos seres satisfechos y agradecidos a la vida, pero también abiertos a las necesidades de los menos favorecidos. En casa de doña Amelia, los martes por la tarde se reunía un grupo de señoras que, tras hacer acopio de ropa y alimentos, los empaquetaban y, con la ayuda de criados o mozos a su servicio, recorrían los barrios más deprimidos de la ciudad entregando personalmente su aportación humanitaria. A los niños también se les concienció de los privilegios que disfrutaban y doña Amelia quiso que desde los siete años, edad en que se les consideraba ya con uso de razón, todos sus hijos se unieran a la expedición de los martes.

En España, los años veinte estaban muy alejados del charlestón, entre otras cosas porque la concepción moral cristiana imperante frenaba cualquier frenesí. Era una época de caciquismo político y con una sociedad dividida entre proletarios desarraigados y señoritos burgueses. La Iglesia ejercía gran poder y peso social, los movimientos anarquistas empezaban a calar entre los más humildes y el Ejército, haciendo uso de su poder, había decidido erigirse como unificador de una sociedad profundamente fragmentada. Mientras Europa se recuperaba de la Gran Guerra y las democracias iban cogiendo fuerza, en España se vivía bajo la dictadura paternalista del general Primo de Rivera, cuya impopularidad hacía crecer aún más el descontento que se extendía por un país donde la opinión se iba radicalizando.

En este contexto, Cáceres era una ciudad tranquila muy parecida a cualquier capital de provincias española, aunque poco a poco iba cambiando su paisaje urbano. El progreso económico había creado a su vez el problema social. Las masas incorporadas a la vida económica activa, que creaba los bienes materiales de la sociedad, pedían una distribución más justa. El crecimiento de población procedente de las zonas rurales había originado que las condiciones de vida de sus habitantes distaran mucho del bienestar generalizado, y un núcleo de la población vivía una realidad dura y problemática, alojados en precarias viviendas, con falta de agua y de medios sanitarios, provocando enfermedades que causaban en gran número la muerte, sobre todo, de niños. La situación política española distaba mucho de poner remedio a esta situación; las arcas del Estado estaban vacías y no había de dónde sacar para hacer política social.

Así, los primeros años de la vida de Manasés transcurrieron en un marco de convulsiones sociales que agitaban el país y que, como una gran esclusa, el gobierno de la dictadura militar en vano intentaba contener. Aunque de todo esto él no se percatara desde el apacible recinto en el que se hallaba, pues ni tan siquiera en su casa vivió autoritarismo alguno, ya que todo se desarrollaba bajo la amable, aunque enérgica, dirección de doña Amelia y el bonachón y campechano trato de don Casimiro. Tampoco en el aspecto religioso recibió imposición alguna; el padre Merino, visitante asiduo, embelesaba a Manasés con las más variadas historias bíblicas, pero palabras como pecado, castigo o infierno no asomaban a su vocabulario habitual. Y aunque en la familia se cumplían los preceptos en fiestas de guardar, la asistencia a los oficios religiosos en la cercana iglesia de San Juan se consideraba más un acto social, para ver y ser visto, que una devoción que llevara a los Merino Silva a la exaltación o a darse golpes de pecho.

A los seis años, Manasés fue llevado de la mano de su madre a la escuela de primaria de la calle Ancha, uno de los grandes grupos escolares que a comienzos del siglo veinte se habían empezado a construir en España según los últimos adelantos pedagógicos. Se intentaba que las escuelas tuvieran por fin lugares propios y, aunque el plan no alcanzaba aún a todo el país, las capitales ya contaban con centros donde se impartía la enseñanza por niveles de primaria, elemental y superior, a diferencia de la existente en las zonas rurales donde la escuela era unitaria, con una sola aula y un profesor que enseñaba a alumnos de seis a catorce años. A principios de siglo la enseñanza ya era obligatoria, aunque existía un elevado índice de absentismo escolar debido a que los alumnos alternaban su aprendizaje con el trabajo, casi siempre en el campo, de ahí que el calendario escolar se viese marcado por el ritmo de las cosechas.

Don Emiliano planteó llevar al pequeño al colegio de los Padres Capuchinos, a lo que doña Amelia replicó que en los colegios de signo religioso no existía ninguna exigencia de titulación, haciéndose cargo, sin más, cualquier miembro de la orden, mientras que en las escuelas estatales impartían las clases maestros cualificados, por los que sus propias hijas habían sido muy bien instruidas.

Fue en la escuela donde Manasés empezó a dividir el mundo entre la gente que le gustaba, aquellos que despertaban sus simpatías, comprendía y admiraba, y los otros. También le ayudó en su capacidad de observación, a través de la cual examinaba todo lo que veía o llegaba a sus oídos, almacenando sus impresiones, lo que le ayudó a desarrollar un formidable talento para captar con detalle lo que era excepcional, clasificándolo y seleccionándolo posteriormente en su particular cedazo.

El 24 de octubre de 1929 fue un día importante en la vida de Manasés. La llegada de un nuevo alumno a la escuela, Manuel Rincón, marcaría un antes y un después en su corta vida. A través de una conversación con el recién llegado durante la hora del recreo, Manasés comprobó con satisfacción que a este le había impresionado tanto como a él una noticia aparecida hacía unos días en la prensa. Se trataba de la hazaña del dirigible alemán Graff Zeppelín, que se había convertido en la primera nave voladora de su clase en dar la vuelta al mundo y, tras un viaje de 21 días, había recorrido cerca de 35.000 km. Ese mismo día, el mercado bursátil de Wall Street se desplomaba dando lugar a la “Gran Depresión”, pero para el pequeño Manasés la única noticia era la llegada a la escuela de su nuevo compañero, y cuando la familia se reunió en torno a la mesa a la hora de comer, declaró, con la misma seriedad y rotundidad heredadas de su madre, que Manuel era uno de los suyos.

El nuevo amigo sería invitado a casa de los Merino, así como Manasés conocería el ambiente familiar de su compañero. El padre de Manuel era sastre; viudo desde hacía unos meses, había decidido trasladarse desde Plasencia a Cáceres tratando de ampliar su clientela, y buscando también que el cambio de ambiente le ayudara a superar su pérdida. Llevaba el peso de la crianza y educación de sus tres hijos ayudado por Manuel, tarea que el pequeño alternaba no solo con la escuela, sino también con el aprendizaje del oficio de su padre, por el que no sentía ninguna afición. Y es que la pasión de Manuel era el teatro. Pronto le enseñaría a su amigo el escenario que había construido con una caja de cartón forrada con papel de revistas ilustradas, así como las marionetas de tela rellenas de serrín, que yacían desmayadas atadas a la cruceta de madera desde donde Manuel les daba vida.

Durante tres años Manasés cultivaría la amistad y el compañerismo, ampliando así su pequeño mundo de relaciones como hijo y hermano.

La víspera de su décimo cumpleaños la apacible vida de Manasés se trastocaría por completo. Doña Amelia moría a causa de una septicemia que se le declaró tras la extracción de una muela; tenía 52 años, su energía y capacidad de organización habían hecho de ella una presencia permanente e imprescindible, y nadie imaginó semejante desenlace. El inesperado suceso sumió durante una temporada al pequeño en un ensimismamiento a través del cual intentaba entender por sí mismo lo ocurrido, al margen de la explicación científica proporcionada por el médico, o la de carácter espiritual expresada por don Emiliano. Pero si la muerte de su madre irrumpió bruscamente trastornando un orden, permitió a la vez el surgimiento de uno nuevo.

Tras aprobar el examen de ingreso, se decidió que el pequeño de los Merino, dada sus cualidades y afición por el estudio, cursara el bachillerato en Madrid. Se le matriculó en régimen de interno en el colegio de los Hermanos Maristas de la calle de los Madrazo. Allí recibiría instrucción religiosa que, aunque no fuera de su agrado ni calaría en él, llevó de forma condescendiente y se compensó con los conocimientos que recibía, dando por resultado un buen aprovechamiento. Aunque nunca fue indisciplinado, su conducta se podía calificar de regular pues, en ocasiones, su amor propio chocaría con algunos profesores. A pesar de todo, guardaría siempre buen recuerdo de aquellos tiempos y de sus compañeros.

La educación recibida fuera de su familia influiría de forma determinante en su formación. Desarrolló gran afición por la lectura en la bien nutrida biblioteca del colegio donde, además de volúmenes sobre historia de todos los países y de todos los tiempos, abundaban las novelas de aventuras. En la mayoría de estos libros, aunque en apariencia fueran diferentes, Manasés observó que siempre aparecía la lucha del hombre por ideales frente a múltiples dificultades que se vencían a base de fuerza y sacrificio. Los héroes se mostraban fieles a normas éticas y a un conjunto de virtudes humanas que se suponía debían formar parte de la conciencia de todo hombre de verdad.

Influenciado por sus maestros y las lecturas fue surgiendo su mentalidad, de principios y sentimientos firmes, y a los 14 años Manasés consideraba que solo entregado a una causa noble tenía sentido la vida. De haber tenido unos años más habría encontrado esa causa.

Cuando finalizó el curso de 1936, ya de vuelta a Cáceres por vacaciones, Manasés dejaba atrás un Madrid convulso y peligroso a las puertas de una sublevación militar, que derivaría en una guerra larga y cruenta y dividiría el país durante tres años decisivos.






2 comentarios:

  1. Interesante personaje en ciernes en un contexto histórico que causó tanta frustración y resignación a la infelicidad. Espero continuación del relato.

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    1. Gracias, Gerardo. Ya veremos qué cambios y vicisitudes aguardan a Manasés y cómo encara los vaivenes de la vida.

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