Recuperar la rutina

Por José María Ruiz del Álamo

Fotograma de El tercer hombre (1949), de Carol Reed.

Hemos dicho adiós al verano, las vacaciones han quedado atrás, ya estamos de vuelta (o quizá no), pero por lo general… Octubre se adivina, a finales de septiembre se edita esta entrada, y parece que nos han cambiado la hora; el reloj biológico se ha desequilibrado durante nuestro período de holganza, y uno, verdaderamente, no se siente igual. Tal estado de “ingravidez·” vino a definirlo un locutor de radio cuando le preguntaron cómo se encontraba: “recuperando la rutina” fue su respuesta.

La frase posee un punto atractivo, ya que aporta cierto carácter positivo a un concepto que venimos a definir negativamente, una especie de antagonismos que se complementan. Así se destaca el valor de lo cotidiano, lo monótono, lo repetitivo, lo aburrido. Esa constatación que eleva a los seres humanos a postularse como animales de costumbres, y quizá implica cierto acomodo.

Por otro lado, la primera palabra del título de esta entrada anuncia restablecer, “restablecer los parámetros y poner las cosas en su sitio” lo que constituiría una libre traducción. También podría leerse como retornar, y así volver a la casilla de salida con las pautas marcadas; o restaurar, la corrección de los daños causados… Siempre resulta beneficioso recuperar la salud, ¿quién no ha ido a clases de recuperación?, ¿quién no ha recuperado un objeto perdido?

De ahí que llegado el momento restablezcamos lo cotidiano, restauremos la monotonía, volvamos a las repeticiones del día tras día… Retomamos la normalidad, tanto para bien como para mal se formula el sosiego. Habrá quien desee vivir siempre en la excepcionalidad, pero al establecerse como un “continuum” derivará también hacia la rutina.

Sí, salirse de la norma puede crear norma. Un simple ejemplo: un domingo cualquiera decides cocinar una paella, y tal es el alborozo que ahora todos los domingos se come arroz. Se ha generado una obligación, como muestra José Luis Garci en la película Las verdes praderas, donde, tras batirse en la oficina cinco días, toca ir el fin de semana al chalet de la sierra. El deseado descanso llega a convertirse en un dolor de cabeza, las ataduras han creado mella en el protagonista.

Naturalmente, lo particular troca en normal dependiendo del punto de vista. Así para un pintor lo más corriente es andar entre lienzos y pinceles, sin embargo encuentra singular a un electricista lidiando con cables. Y a la postre hemos tomado el modelo de dos oficios que conllevan sus correspondientes rutinas, aunque para el artista sea más fácil romper las normas (en su obra). Claro que en el teatro de variedades se venía a ensayar las rutinas. Aquí vista como el espectáculo a mostrar al público, mientras que el ensayo constituye la repetición rutinaria para llevar a buen fin la función.

Seguro que has visto alguna vez a un futbolista entrar en el terreno de juego dando un par de saltitos a la pata coja. Hay escritores que siempre empiezan una novela un día predeterminado. A mí me gusta ir a la filmoteca y sentarme siempre en la misma butaca. Hay quien se afana por acumular amuletos… Por ello, una rutina llevada a un particular extremo viene a llamarse manía. La extravagancia puede ser el denominador común de una persona.

Al fin y al cabo nos ha tocado vivir en una noria, siempre rotando en esa circunferencia. Imposible detenerla, de ahí que más nos valga conservar el equilibrio, y la rutina puede ser un buen asidero. Pero algunas veces quedamos atrapados en la maldita rutina y nos golpea en las entrañas.

No obstante, este “recuperar la rutina” se afirma positivamente, porque nos acerca más a ser uno mismo, volvemos a posar los pies sobre la tierra y caminamos. Atrás quedan un tiempo y unos actos que buscaban revitalizarnos. Ahora el freno de todo aquello va acompasando nuestro fluir. La ronda, la noria, la rueda de la vida; el círculo de nuestros hábitos, la rutina de la existencia.




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