El comensal invisible



Por Esperanza Goiri

Rita Hayworth y Burt Lancaster en Mesas separadas.
Hace muchos años leí una novela, no recuerdo el título ni al autor, que narraba la vida de una saga familiar. La viuda del patriarca, un hombre déspota y tirano, que profesaba un temor reverencial por el finado, le sigue reservando la cabecera de la mesa para que, aún después de muerto, siga presidiendo las reuniones. Ese comensal invisible influye de una manera sutil y siniestra en la vida de todo el clan.

Sin llegar a ese extremo patológico, hay algo inquietante en un sitio vacío en la mesa. Surgen muchas preguntas: ¿quién va a ocupar esa silla?, ¿en qué momento va a llegar esa persona?, ¿qué le ha impedido llegar a tiempo?
En restaurantes y bares, es fácil solidarizarse con el comensal presente que aguanta, con más o menos entereza, mirando inquieto el móvil, el reloj, la puerta, o matando el tiempo con una bebida…, para acabar lanzando un suspirito de alivio cuando el “invisible” hace acto de presencia y ocupa su lugar. Si no es el caso, los propios camareros, tras preguntar con discreción, retiran con eficacia y rapidez el servicio sobrante. Con ese sencillo gesto “oficializan” que  no se espera a nadie. Es inevitable que el resto de la sala piense: “vaya plantón le han dado a ese pobre”.

Un conocido mío argentino no entiende por qué a los españoles, en general, nos resulta tan incómodo comer o cenar solos, cuando en otras culturas se acepta el hecho con naturalidad. Tal vez porque, al margen de nutrir el cuerpo, asociamos el sentarnos a la mesa con celebrar y compartir, un acto social. Justificamos la soledad en la mesa por causa de fuerza mayor. Sin embargo, en momentos de ocio y esparcimiento, parece que nos da vergüenza que los demás puedan pensar que no contamos con nadie para disfrutar de la velada. Esa connotación negativa la aprendemos ya en el colegio. A la hora del almuerzo, los marginados y frikis no encuentran con quién sentarse. Ser los únicos ocupantes de una mesa les etiqueta de compañía “non grata”.

Es una realidad que en la sociedad individualista e implacable que hemos creado, cada vez son más las personas que viven y están solas. Algunas por decisión propia y otras porque no pueden elegir. Por esa razón me producen ternura los ancianos que comen solos el menú del día en los bares y cafeterías de barrio. Suelen ser clientes fijos y además de alimento consiguen por el mismo precio un poco de conversación y compañía.

Pero mis predilectos son esos espíritus libres que comen o cenan, sin ningún problema, con el mejor acompañante posible: ellos mismos. No necesitan recurrir a gadgets electrónicos, libros o periódicos para paliar su soledad. Sin complejos. Saborean, paladean y disfrutan como el que más.

El pasado verano coincidí, en un restaurante de moda, con uno de estos “disfrutones” solitarios. Era un hombre maduro. Su mesa, estratégicamente situada, le ofrecía una visión general de toda la sala. Degustaba un menú de maridaje y departía relajadamente con los camareros. Hacía para sí mismo gestos de aprobación y asentimiento ante los platos que le presentaban. Miraba con franqueza, sin llegar a ser impertinente, a los comensales de alrededor. Remató su cena con un gin tonic que bebió sin prisas. Al pasar a su lado mientras abandonaba el local, me dedicó una sonrisa traviesa y cómplice. No, no estaba tratando de ligar o seducir, ni siquiera de ser simpático. Simplemente quería hacerme saber con su gesto que todo buen observador reconoce a otro. O si preferís, que la cazadora había sido cazada. Como no podía ser de otra manera, le devolví la sonrisa cumpliendo las reglas del fair play y seguí mi camino.

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