Viernes 13, ¡vaya día!

Por José María Ruiz del Álamo

¡Vaya día para publicar un artículo! Sí, ya está aquí la fecha que depara mala suerte. ¿Alguna desgracia nos acecha al doblar la esquina? ¿Somos inmunes al maleficio?

Asumimos con naturalidad que la superstición ronda durante estas 24 horas. Una situación circunscrita de unos años hacia acá. El proceso de colonización ha fructificado.

Aunque yo siempre vengo a relacionar este día con la noche. La oscuridad nacida para dar pie al terror. Un miedo provocado por la película Viernes 13 (1980), de Sean S. Cunningham. He aquí mi primera referencia asociada a esta fecha. Nada de mal augurio, simplemente una serie de asesinatos ocurridos en un campamento de verano.

La pólvora corrió, la invasión había comenzado. Hoy ya se ha asentado en nuestro ADN. La mala suerte se da cita en esta fecha. El imperio USA cataliza las costumbres. Aunque su génesis histórica sea un producto europeo. Transcurría el viernes 13 de octubre (¡vaya, si estamos en octubre!) de 1307, cuando el rey Felipe IV de Francia, con el apoyo del papa Clemente V, mandó detener a todos los templarios. Fueron sometidos a crueles torturas por infundadas acusaciones de la inquisición. He aquí cómo los malos augurios tomaron forma en esta fecha.

No cabe tomarse a risa esta efeméride. Hay personas que han desarrollado un miedo irracional al viernes 13. Paraskeividkatrifobia y Friggatriskaidekaphobia son los nombres (¿científicos?) que se atribuyen a este tipo de fobia.

Es decir, el viernes 13 le está comiendo terreno al martes 13. Llegará un día en que solo recordemos esta fecha por la referencia a un dúo cómico; ¿quién se acuerda de la película Martes y trece (1961), de Pedro Lazaga?, y apenas perdurará el refrán “martes y 13, ni te cases ni te embarques”…

Confieso que algo de mal fario encuentro en este número. Cómo explicar, si no, que cuando comienzo a leer una novela debo llegar más allá de la página 13 en la primera sentada; o que no pueda interrumpir la lectura en el capítulo XIII, y por ello dejo el libro en el capítulo anterior o leo de seguido el 12, 13 y 14… Una manía sin más. Al fin y al cabo, quién no tiene alguna.

Dejando el número a un lado, bueno será detenerse en el día de la semana. Ya lo sabes, ahí se avecina el “black friday”. Ni cinco años hace que convivimos con él y se manifiesta (se proclama) como una tradición más. Hemos adoptado la algarabía consumista para precipitarnos hacia las rebajas.

Este manido “black friday” es la fecha posterior al Día de Acción de Gracias. Una celebración estadounidense donde las familias se reúnen para agradecer los bienes recibidos a lo largo del año. Una conmemoración que se remonta al año 1621, teniendo como protagonistas a los colonos desembarcados del Mayflower. ¿Esta tradición calará entre nuestras costumbres? ¿Te ves trinchando el pavo para ensalzar el Día de Acción de Gracias?

Con Halloween sí hemos transigido, dejamos a todos los santos de lado para festejar la noche de las brujas. Jugamos a disfrazarnos la víspera de los difuntos. La calle es un jolgorio. Claro que todavía no he visto a los niños emulando el truco o trato por la Gran Vía. No manifestemos preocupación; tiempo al tiempo.

Una incursión que llegó, naturalmente, a través del cine. En el año 1978 se estrenó La noche de Halloween, de John Carpenter. Otra cinta de terror (¡cómo les gusta a estos americanos matar jovencitas!). Las películas (las imágenes) nos inoculan dosis de material propagandístico: el estilo de vida americano. ¿Verdad? En los años cincuenta del siglo XX soñábamos con sus cocinas. El cine nos descubrió las neveras y las lavadoras. Veíamos esas habitaciones donde los matrimonios dormían en camas separadas.

¡Alto, José! En aquellos tiempos éramos muy inocentes. No sabíamos que el Código Hays imponía tamaña relación conyugal, donde imperaba el buen gusto y la delicadeza a la hora de regir la utilización de los dormitorios. La censura también pervivía en otras latitudes, aunque para arroparnos de inmoralidades mil nada como la censura nacionalista española.

En conclusión: somos un colador de costumbres. Las especies invasoras polinizan nuestra concepción cultural. ¿Estamos perdiendo la identidad?

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