Donde se acaba el mar


Por Marisa Díez
Bosque de las ribeiras del Tambre en Chaián (Santiago de Compostela)


No había cumplido aún catorce años la primera vez que “olí” Galicia. Unas vacaciones para hijos de empleados, organizadas por la empresa en la que trabajaba mi padre, me llevaron hasta allí durante 15 días de julio, allá por 1980. Un puñado de niños y adolescentes, repletos de ilusiones, desembarcamos en Sada, un municipio de la provincia de A Coruña, del que estoy segura, todos los que disfrutamos de aquel verano guardamos un recuerdo imborrable.

Tardé unos años en regresar; el tiempo que transcurrió hasta que pude conseguir mi ansiada independencia económica, pero cuando por fin lo hice, confieso que ese olor me embargó desde Finisterre a Santa Tecla, desde Muxía a Pontevedra o a la playa de las Catedrales. Galicia huele… ¡qué sé yo! Quizás al salitre que arrastran sus olas en el incomparable marco de la Costa da Morte, mezclado con el eucalipto de sus bosques y esa humedad que impregna el ambiente. Un aroma que te envuelve nada más cruzar una frontera invisible. “Estoy en Galicia”, exclamo cada vez que lo respiro, y esa sensación, difícil de describir, me acompaña durante todo el tiempo que permanezco en ese pedazo de tierra del noroeste peninsular.

Desde hace unos días Galicia, Asturias y hasta León, se queman. O más bien como cantaba Serrat, “alguien anda pintando el cielo de rojo”. Una sinrazón para la que no tenemos respuestas y sí muchas preguntas. Y miedo. Y desolación. Y grandes dosis de impotencia.

Mi relación con Galicia se estrechó cuando conocí a mi amiga Sonsoles, una madrileña de adopción que, a pesar de los 30 años vividos en la capital, jamás olvidó su origen ni perdió un ápice de su acento del norte. “¡Nunca tal vi!” hubiera sido su exclamación de haber estado por allí en estas jornadas tan negras. Ella me enseñó multitud de expresiones y giros gramaticales, desconocidos en mi castellano natal, que me provocaban auténtica sorpresa, cuando no un cierto estupor. Se empeñó durante años en hacerme entender el uso correcto del laísmo y el leísmo, algo absolutamente incomprensible para una oriunda del foro como yo, al mismo tiempo que me soltaba, sin ningún recato, su típico ¿lo qué? sin mover un músculo de la cara. Galicia en estado puro y sin discusión, porque Sonsoles maneja como nadie ese poder que sólo tienen los gallegos de convencerte con su “ni sí, ni no, sino todo lo contrario”. Gracias a ella mantuve inquebrantable mi devoción por Galicia. Y por su olor.

De mi amigo Manolo, orensano afincado en Madrid durante años, me asombró siempre su capacidad para mantener una conversación en castellano y cambiar, sin inmutarse y con total naturalidad, a su gallego de origen, cuando, por ejemplo, respondía a una llamada telefónica de sus padres, que nunca abandonaron su tierra. Sin necesidad de inmersiones lingüísticas ni peligrosas reivindicaciones, tan de moda en estos tiempos, los gallegos han conseguido mantener sin fisuras sus dos lenguas, sabiendo como saben, que el bilingüismo les confiere un valor cultural añadido del que no necesitan jactarse porque lo asumen como algo inherente a su propia condición humana

Un gallego es gallego desde que nace hasta que muere, aunque durante generaciones haya vivido en Argentina, Uruguay o Venezuela. Tampoco precisan salir a la calle para reafirmarse en ruidosas manifestaciones, a pesar de que siempre existió un cierto sentimiento nacionalista. Ni sacan su bandera a pasear, porque se reconocen en ella sin necesidad de excluir ninguna otra.

Galicia es para mí todo esto y mucho más. Por eso esta mañana de lunes, al observar las terroríficas imágenes de los fuegos que mostraban las televisiones, he sentido un desgarro interior que no sé bien cómo describir. Me queman Galicia y con sus bosques destruyen su olor y una gran parte mis recuerdos.

2 comentarios:

  1. Todos somos gallegos en latinoamérica y estos días también aquí, a pesar de nuestro castellano rudo y poco musical, porque si ya dolió, por lo menos a mí, la catástrofe de Portugal, ésta... Algunos se empeñan en recrear el infierno en la tierra, pero yo tengo fe en ella, creo que curará y volverá a ser aquel "bosque animado".

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  2. Eso espero, Teresa. Yo es que cada vez tengo menos fe en el género humano. Gracias, compañera.

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