El caso de las gafas progresivas


Por José María Ruiz del Álamo

Gafas olvidadas, Vladimir Kush

El señor De Mantua vino desde el más allá. Atravesó el espejo, se aproximó a la mesa de la ruleta y con la punta de su bastón señaló el número 13. En ese momento cerré el ojo derecho. El uno y el tres se unieron en la pantalla del televisor. El síntoma aparecía de nuevo.

¿Quién puede olvidar la primera vez? Un inocente verano intentando cubrir el largo de la piscina buceando. Los ojos abiertos para no chocar con otro nadador, mientras el cloro bailaba sobre las pupilas. No logré el reto, aunque fueron muchos los metros avanzados.

Llegó la hora de iniciar las clases, tiempo de comenzar el bachillerato en un nuevo colegio. Elegí asiento en la penúltima fila. Unos días después no conseguía ver lo escrito sobre la pizarra. Tuve que ir al despacho del tutor y allí me hizo una prueba: Con un rotulador trazó unos palotes en un papel y me preguntó si veía alguno más grueso que otro.

El diagnóstico fue concluyente: miopía. Casi una dioptría en cada ojo. Algo normal si tenemos en cuenta los antecedentes familiares. Las gafas entraron en mi vida a los catorce años. Y con ellas, la preocupación, porque si juego al fútbol, dónde las dejo; cuando voy a la piscina, quedan en las chanclas junto a la toalla, ¡ay, que nadie las pise! Suerte tuve, allí donde las dejé, nada malo pasó. Supuso una nueva mirada a la hora de practicar el tenis, y, naturalmente, desde la penúltima fila se divisaba la pizarra con nitidez.

Quedé fotografiado con las lentes en el Documento Nacional de Identidad (DNI). Al fin y al cabo, eran parte de mi ser. Siempre me he decantado por los quevedos, nunca quise trastearme los ojos para “intraocularme” diariamente unas lentillas.

Pasaron los años y empecé a trabajar frente a la pantalla de un ordenador. Naturalmente, aumentaron las dioptrías. Ello dio lugar a un nuevo par de gafas, que me acompañarían en mi labor profesional. Atrás quedaron los juegos, con veinte años ya era hora de madurar. Difícil en una cabeza como la mía.

Sería notable que con cada estreno de lentes se abriese una etapa en la vida, pero los “aconteceres” suelen resultar prosaicos. A más años, ya se sabe, más dioptrías; y con ellas, nuevas gafas. Olvidado tengo cuándo se produjeron los sucesivos cambios de graduación. Por ello vengo a dejar constancia de esta última “reformulación” de la vista.

Pensaba que solo me cambiarían las lentes y seguiría con la misma montura, pero tras la “inspección técnica” me dijeron que necesitaba dos gafas: unas, para cerca (6,5 dioptrías), y otras, de lejos (casi nueve dioptrías). No me convenció la receta. Mira que llevo bolsillos en la ropa, pero siempre están llenos. ¿Dónde pondría las gafas sobrantes? “Entonces, unas progresivas”.

Accedí. “El segundo par es gratis”. ¿Y las monturas? ¡Ahí está la gracia! Ya te la han encasquetado. “Te haremos unas a ver si te acostumbras”. ¿Cómo? “Bueno, seguro que te acostumbras”. Ya se sabe, uno se adapta a todo. “Ahora cierra el ojo izquierdo y con el derecho mírame a los ojos. Enfoca”. Con un rotulador marcó un punto sobre el cristal simple de la nueva montura, operación que repitió en el cristal izquierdo.

Desde hace seis meses (enero de 2017) llevo gafas progresivas, y he tenido que hacer cambios en mis rutinas. Ya no muevo la cabeza bruscamente porque sobreviene cierto vértigo. En el cine debo sentarme hacia la mitad de la sala porque si voy a las primeras filas me mareo. Hasta la escritura he modificado, los caracteres se perfilan con un tamaño mayor. Ahora divido los libros en dos categorías: los que leo junto al ventanal del balcón (luz natural) y los que leo en mi habitación (luz artificial). No debo forzar la vista. Por ello he vuelto a visitar la biblioteca municipal, ahí saco libros que tengan el papel blanco y una letra grande, quizá así lea buena literatura. Las novelas de Erle Stanley Gardner, creador de Perry Mason, las dejo para el sofá, junto al balcón no perturba tanto ese cuerpo ocho de letra; al igual que los libros donde el tiempo amarillo ha llegado a sus hojas, ya sea Las gafas del señor Gagliostro, de Harry Stephen Keeler, o La sin ventura, de José María Carretero, es decir, toda la biblioteca legada por mi abuelo (libros con más de setenta años). Asimismo, cada lectura necesita una distancia para el perfecto enfoque de las progresivas, lo cual me recuerda a Groucho Marx cuando, en Una noche en la ópera, dice: “Si tuviera los brazos más largos lo leería. ¿No tendrá, por casualidad, un chimpancé en el bolsillo?”.

Ya lo dije: las gafas forman parte de mi DNI. Nunca las he visto como un producto de moda, un complemento, pero al mirar la montura compruebo que tiene una firma, y por tanto es un diseño. Hoy todo es diseño. El cantante Elton John buen partido ha sacado con sus extravagantes quevedos; también la periodista deportiva Silvia Barba es dada a múltiples cambios de montura, aunque con un estilo más clásico.

Quizá la causa se halle en el cloro, quizá la verdadera razón sea otra… Quién sabe si aquello fue el inicio de este caso de las gafas progresivas. Ya se sabe: la primera vez no se olvida.



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