Un billete de veinte duros

Por José María Ruiz

El mes pasado (enero de 2017) mi padre recibió una carta del Ministerio de Empleo y Seguridad Social. En ella le comunicaban el aumento de su pensión, el cual, echando cuentas, resulta menor que la subida mensual del recibo de la comunidad de vecinos. Es decir, que ese 0.25% no le ha servido para nada.

Nada más lógico que sopesar el valor del dinero, si en verdad se puede sopesar, así como certificar el precio de las cosas, pues quizá lo que pagamos por ellas no sea lo que cuestan, máxime en estos días donde el importe de la electricidad está en un primer plano, y ya se ha anunciado el mal resultado de las cosechas por el temporal, con todo lo que ello conlleva…

El tiempo otorga la llamada carestía de la vida, confluencia en la cesta de la compra, reclamo del libre mercado que irrumpe sin freno. Una vuelta de tuerca más. Por ello no es bueno olvidar de dónde venimos, de aquella época cuando la peseta aún tenía céntimos. Quizá yo pertenezca a la última generación que convivió con los reales.

Un real, veinticinco céntimos; cien céntimos, una peseta. No soy tan mayor como para recordar el billete impreso de peseta, si bien no olvido el de veinte duros que me regaló la abuela por mi cumpleaños. Todo un capital. “Ábrete una cartilla y guárdalo allí”, era la recomendación de la abuela. Claro que mi mente no tomaba los derroteros bancarios, sino que siguió el ejemplo de esos niños cuidados por Mary Poppins y lo derroche en bienes tangibles. El billete marrón, pues así era su color, me proporcionó gratas satisfacciones.

Veinte duros son sesenta céntimos de euro; cien pesetas suponía poder ir cinco veces al cine. Compruébese que en el transcurso de casi cuarenta años el mercado nos ha llevado de las veinte a las mil quinientas pesetas, es decir, de quince céntimos de euro a nueve euros. Lo dicho: carestía de la vida… Y si la proporción se mantiene ¿cuánto valdrá ir al cine dentro de cuatro décadas? ¡Una locura!

En esos días de la niñez ya se avisaba que el litro de leche llegaría a las cien pesetas, y aún así se veía como una propuesta de ciencia-ficción. Pues ya es el doble lo que vale un café con leche en un bar del montón, no te digo ya si nos vamos a cafeterías de postín. Claro que todo este incremento debería haber conllevado un proporcional suma en nuestra satisfacción con la vida. La calidad de los bienes materiales bien significativa ha sido, pero nuestro espíritu cómo se encuentra. Camino del psiquiatra nos hallaremos. ¿El aumento ha resultado equitativo?

La misiva ministerial adjuntaba una carta que era toda una loa al “buen hacer” del gobierno, carta en cuyo dorso he venido a escribir estas palabras, reciclando a un papel sujeto a la triste propaganda, aportando un grado de revalorización. Todo es susceptible de ello, menos la verdad, que es principio y fin en sí misma.

Mi verdad dice que sacaba más partido a veinte duros que a veinte euros. La realidad quizá diga que poseer hoy un billete de cien pesetas valga más de cien pesetas. Y en grado de “verdad” que irrumpe cual grado de “mentira” se afirma que “nuestro sistema de pensiones seguirá mejorando” (¿a este ritmo?).


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