Familia

Por Marisa Díez

Fotograma de La gran familia



Tuve la suerte de crecer en el seno de una familia numerosa. Hasta siete personas llegamos a amontonarnos en una vivienda de tan sólo dos habitaciones, ya que mi abuela paterna también residió con nosotros durante un tiempo, hasta que falleció. En el transcurso de ocho años asomamos al mundo mis hermanas y yo, completando así el elenco definitivo que compartió morada en aquel piso del barrio de Tetuán. Y es que mi padre, pobrecillo, fracasó hasta en cuatro ocasiones en su intento de conseguir el ansiado varón que diera continuidad a su apellido. Así que, cuando yo nací, decidió definitivamente tirar la toalla y no le quedó más remedio que aceptar la extinción de nuestro Díez. Tampoco es que se tratara de un apellido de alcurnia, ni demasiado original, de justos es reconocerlo; pero en fin, era el suyo y a él le encantaba. No pudo ser.

No ocurrió lo mismo con el Marín, que luzco en segundo lugar. Si mi familia era numerosa, la de mi madre se podría considerar inabarcable. Sobrevivieron los nueve hijos que dio a luz mi abuela, seis varones y tres mujeres, en unos años, primeras décadas del siglo pasado, en que lo habitual era que alguno falleciera durante el parto o poco tiempo después. Nacieron en Bretún, un pequeño y pintoresco pueblo de la comarca de las Tierras Altas, en la provincia de Soria. Y, a pesar de que nunca llegaron a convivir todos juntos, consiguieron mantener intactos esos lazos fraternales que supieron transmitir después a las generaciones venideras. Siempre me cautivó el firme empeño que mostraron en permanecer unidos, salvando incluso distancias geográficas durante años. No recuerdo una discusión importante de mi madre con ninguno de sus hermanos. A día de hoy ahí siguen, los cuatro que permanecen con nosotros, unidos por el teléfono y alguna que otra reunión esporádica, de pascuas a ramos, en la que dan cuenta de sus innumerables achaques con una envidiable entereza.

Así que supongo que como consecuencia de las enseñanzas de nuestros mayores, los 16 primos hermanos surgidos de familia tan numerosa, intentamos conservar sin grandes fisuras esa unión que supo inculcarnos la generación inmediatamente anterior a la nuestra. Formamos un grupo bastante heterogéneo, de edades, convicciones y maneras de vivir, en algunos casos, diametralmente opuestas. Pero aguantamos los golpes del destino con bastante dignidad. Hace unos años tuvimos que sobreponernos, como pudimos, a la desaparición injusta y demasiado temprana de dos de nuestros miembros. A veces me parece verlos juntos, observándonos risueños desde algún lugar remoto e indefinible, cuando nos lanzamos a enviar múltiples mensajes en uno de esos aburridos grupos de whatsapp que alguien tuvo la feliz idea de crear hace unos días. En fin, confieso que mi primera reacción al verme integrada en semejante guirigay fue la de salir corriendo, al imaginar la insufrible melodía del teléfono repiqueteando constantemente. Pero luego pensé, qué le vamos a hacer, es mi familia, la que me ha tocado, yo no la escogí pero aquí está y tengo que bregar con ella. Y oye, por otro lado, tampoco está tan mal…

Que no tienes ninguna capacidad de decisión para escoger la familia en la que aterrizas desde tus primeras horas de vida es una verdad incuestionable. Únicamente dispones de dos opciones: o la aceptas y defiendes sin fisuras o te abstraes de ella y desapareces de su radio de acción. Yo elegí quedarme y, según voy cumpliendo años, reconozco que me siento más orgullosa de pertenecer a esta, llamémosla, estirpe de los Marines, que me ofrece cierta seguridad cuando tengo un día tonto. Porque entonces recuerdo ese tesón y esa fortaleza, no exenta de cierta terquedad, característica de los mayores de mi familia desde tiempo inmemorial y me doy cuenta de que a mí, en realidad, lo único que de verdad me gustaría, sería conseguir parecerme un poquito a ellos. Y en ésas estoy. En un momento voy a enviar un mensajito a mi nuevo grupo de whatsapp, que estoy un poco preocupada. Llevan todo el día muy callados…






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