Rostros y máscaras

Por Juana Celestino


La Musa Talía de Jean-Marc Nattier (1739)


Elías es un vejete encantador. Da igual dónde y cómo le he conocido, pero sí puedo decir que me sedujo desde el primer instante, con ese aire a lo Tolstói por la poblada barba rizada y su corpulencia (le quedaría de cine vestir casaca de mujik y botas rústicas) y cierto toque Robert de Niro cuando la sonrisa se le sube a los ojos. Su rostro no tiene edad, o quizás sería más correcto decir que todas las edades habitan en él. Sus ochenta y tres años los revelan indiscretamente unas manos nervudas y amarillentas y las profundas arrugas que surcan su cara alargada. Si nos ceñimos a los hechos, su vida no ha sido nada fácil: trabajo en el campo con el padre desde los ocho años; muerte prematura de un hijo; el abandono de su mujer cuando nació el tercero, y la lucha por sacarlos adelante él solo, pues no volvió a casarse.
Pero en su propio relato, las duras jornadas en el campo pierden protagonismo cuando recuerda las noches que pasaba con su padre en la majada y se dormía perdido en las estrellas; la temprana muerte del primogénito fue “una bendición para el niño”, que no paraba de llorar aquejado de continuos dolores intestinales. Y el desconcierto que sufrió durante los primeros meses por la huida de su mujer a la capital, un día se transformó en gratitud al saberse libre de un ser iracundo e inestable. Desde su ausencia no volvió a oír en casa una voz más alta que otra, ni a sobresaltarse con un portazo o con el violento ruido de objetos maltratados: “la pobre no estaba en su ser, ni ella misma sabía lo que le pasaba”. Elías parece entenderlo todo, y en su rostro no se aprecian la amargura, el resentimiento o el victimismo de quienes se revuelven contra la vida. Muy al contrario, lo que a otro le hubiera hundido, reflejando la pesadumbre en su rostro, a Elías le ha dado ese vigor en la mirada y entereza en unos rasgos faciales que parecen desafiar al tiempo. “Aunque soy más feo y torpe, me siento más feliz que en mi juventud, que fui un buen mozo”. Y me lo creo, parece que no ha abandonado la niñez, o la hubiera dejado aparcada mientras ejercía de adulto. Internamente sigue jugando y soñando.

Decía Albert Camus que a partir de cierta edad todo hombre es responsable de su cara. Una reflexión que remite a la antigua máxima “la cara es el espejo del alma”. Puede que esto a veces se cumpla, como en el caso de Elías, pero no siempre es así; cuántas veces hemos dado el patinazo juzgando a una persona por la imagen que nos llega de ella. El rostro, en parte, proyecta sobre los demás nuestra esencia como persona, y tendemos a guiarnos por las sensaciones que nos trasmite a la hora de sentir más o menos cercanía por unos que por otros. Además, está esa necesidad que tenemos de entender de forma inmediata, de posicionarnos respecto a los demás, poniéndonos en guardia o relajándonos según quien tengamos enfrente. En realidad no es más que una búsqueda de sentido a la vida, de neutralizar lo absurdo que pueda haber en ella, pretender que los buenos tengan cara de buenos y a los malos se les detecte a la legua. Si incluso una pintura, una imagen estática como la de La Gioconda, nos trae de cabeza por esa enigmática sonrisa que no se corresponde con los ojos, cómo no va a hacerlo un rostro en vivo con todo lo que eso conlleva.

Habrá quien se ponga la máscara antes de salir de casa, pero hay experiencias muy difíciles de disimular, como el sufrimiento, el desencanto o el hastío de la vida (ante esto último mejor es morirse, según mi “Tolstói” particular). La maldad, en cambio, es perfectamente disimulable, entre otras cosas porque el perverso disfruta con sus fechorías y puede mostrar sin ningún esfuerzo un rostro amable, simpático y de buena gente de cara a la comunidad. Claro que una cosa es el rostro social y otro el de andar por casa, el auténtico que se muestra cuando nos miramos en solitario al espejo. Oscar Wilde lo entendió así en su Dorian Gray, un personaje para el que lo único que vale la pena en la vida es la belleza física y la satisfacción de los sentidos, y se entrega a los excesos sin referente ético alguno, provocando la ruina en su propia alma; Dorian seduce con un rostro social hermoso, mientras que en la cara oculta, la del retrato, se muestran los rasgos de un alma corrompida hasta la saciedad. Y si nos vamos al cine, encontramos al Norman Bates (Anthony Perkins) de Psicosis, del que nadie sospecharía lo que tramaba al verle tan encantador en las primeras escenas.

Bajo la persona (la “máscara” del actor del teatro griego) no faltarán secretos o miserias, y hasta hay quien construye su identidad en función de ello y consigue dar el pego. Los que discrepan, opinan que se puede caer en el engaño de la máscara, pero tarde o temprano esta acabará cayendo. No estoy tan segura de eso. De cualquier modo, y sea como sea, solo sé que yo de mayor quiero ser como Elías.

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