La memoria traicionada


 
Refugiados de Asturias huyen a Francia tras la caída de Gijón (1937)




Por Juana Celestino


París, 14 de octubre de 1992

Mi querido amigo:

Sí, ya sé, me he despedido a la francesa. He querido evitar una despedida donde el desaliento y el vacío de la esperanza frustrada formaran parte de mi equipaje de vuelta. Ahora estoy bien, ¡quién iba a decirlo! Yo, que durante tantos años me he sentido un sin patria por haber renunciado a la mía, por negarme a engendrar hijos en un país donde el día de mañana se hubieran convertido en autómatas sin voluntad al servicio de un dictador. Ahora me siento de nuevo en casa, en el lugar que me acogió como inmigrante y, sin embargo, muy ajeno al que me vio nacer.


La abulia que he percibido durante mi estancia en España, la falta de pasión, el relajamiento producido por la idea que tenéis de vivir en una democracia, ese autoengaño, me resultan casi más dolorosos que lo vivido allí por mí hace tantos años. Siempre entristece ver domesticada la energía combativa. Muchos de los que nos opusimos a la política de aquellos años nos resistimos a aceptar que los valores por los que luchamos se corresponden con la situación actual. Y, sobre todo, a ver cómo los representantes de ese pensamiento que fue el motor de mi juventud, lo han transformado en un discurso monolítico, aséptico, sin corazón. Un monólogo pronunciado por los mediocres herederos de nuestros ideales que actúa como una losa, asfixiándolos. Soy un romántico, lo sabes, por eso me niego a permanecer en un país que destruye mi entusiasmo vital y me reprocha que vivo como en un sueño. 
Aunque la verdad es que ya no me siento afín a nada: no solo a ese capitalismo agonizante que crea desigualdades entre los hombres, tampoco a ese socialismo que no ha logrado la abundancia de bienes prometida y priva de libertad a sus ciudadanos. Algo nuevo tiene que surgir tras las ideologías caducas y las filosofías trasnochadas que nos desorientan y desesperan. Algo inédito que, seguramente, ni tú ni yo lleguemos a conocer, pero pensar en ello ayuda a resistir. No quiero morirme de infelicidad y frustración. Por eso, parafraseando al Quijote, diría que cambiar el mundo, amigo mío, no es locura ni utopía, sino justicia. 

Aún tengo presente los primeros años de mi marcha. Cuando me vine a Francia el tiempo era una realidad palpable, con sus minutos, sus segundos, uno tras otro… Solo pasaba; horas que se sucedían sin más, sin experiencias, sin conciencia de mi propia evolución. Un tiempo vacío, con fechas sin nada que celebrar, y en caso de haberlas, sin nadie con quien celebrarlo. Sin otra compañía que la soledad y los propios miedos. Hacía esfuerzos por olvidar, casi lo conseguía. Pero aquella amnesia me desesperaba, pues, después de todo, solo mis recuerdos podían compensarme del presente.
La marcha al exilio me libró de la pesadumbre que se vivía en España, pero no me salvó de la nostalgia. Sufrí el desarraigo tratando de encontrar nuevos lugares y gentes a las que agarrarme; ese era mi objetivo: buscar acogimiento, calor, un suelo firme donde aferrarme y dar forma a mi nueva identidad. Ahora, ya ha transcurrido demasiado tiempo y sobrevenido excesivos cambios para encontrarme a gusto en un país que me decepciona, y cuya posible transformación era lo único que me había servido para soportar el exilio. Pasaron muchos años hasta que lo superé. También conseguí vencer esa inclinación de muerte que es la nostalgia, el dolor que implica el regreso al pasado. He despojado a la memoria de la emoción violenta y del dolor que aprisiona, aunque es inevitable la mezcla con lo emocional, pero no hay que enterrar esos recuerdos, solo ponerlos en su lugar y seguir adelante.

Todos tenemos nuestros rencores, también yo tengo los míos y los guardo como oro en paño. Es inútil negarlo, la memoria es rencorosa cuando va de la mano de la injusticia, de las ofensas de la vida, y se queda ahí, atascada. Claro que yo también he ejercido la ofensa, como bien sabes, he sido peleón. Ya no, ahora me veo más cerca del escéptico, del incrédulo; más distante, ¿sosegado? Quizá la palabra sea “indiferente”. Me son indiferentes muchas cosas; no me expondría ahora a luchar por nada. ¿Morir por las ideas? Diría con Brassens, d’accord, mais de mort lent.

Pero creo que no lo he hecho mal. No he permitido que en la experiencia vivida se me impusiera la amargura, aunque tuve que luchar contra ella. Con el tiempo se han ido templando el dolor y la rabia que sentía por el mundo y por mí mismo. Incluso puedo decir que he evolucionado de la ira a la risa; ahora me río de todo, de la vida, incluso me río de lo que me contraría o entristece; no es una risa amarga sino de supervivencia; de lo contrario me resultaría muy complicado seguir existiendo. Esta actitud también me ha ayudado a llevar a cabo mis inquietudes literarias: ahora puedo reconocerme en lo que escribo porque no estoy tan encerrado en mí mismo. La lucidez se ha abierto paso desde el momento en que pude ver a los demás y olvidarme de mí. 

Es asombroso cómo funciona la memoria. La desmemoria, mejor dicho. Lo selectiva que es, recordando ciertas cosas y olvidando, expulsando otras. Cuando he vuelto allí, a “mi sitio”, al paisaje de mis sueños infantiles, he descubierto lo fácil que es idealizar la niñez. Durante aquellos tiernos años el mundo que nos rodeaba era una inmundicia, sin embargo para nosotros era un espacio cálido, un lugar donde la preocupación no existía y solo importaba tener algún ser a quien querer y sabernos queridos, sobre todo por ese cariño apacible de las mujeres. Algo natural y sencillo, pero que llegamos a olvidar, y solo volvemos a recuperar cuando nos despojamos de los lastres acumulados durante el recorrido vital. 

Todo esto no podría habértelo contado en una despedida, solo he podido hacerlo desde aquí, el lugar que ya, desde hace tiempo, es mi sitio.

Recibe un abrazo


Nota: Esta es una carta ficticia, que bien podría reflejar el sentir de quien sufre o haya sufrido el desarraigo como vivencia del exilio.



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