Locos por los libros

Don Quijote leyendo libros de caballería (1863) Gustave Doré.


Por Juana Celestino


Siempre he sido muy impresionable al timbre de la voz humana. De entrada ejerce sobre mí una atracción o un rechazo instantáneos sobre quien emite sus sonidos, efecto que, naturalmente, va cambiando a medida que avanzo en el trato con la persona en cuestión. Tanto es el atractivo que puede ejercer sobre mí, que estoy por afirmar que fue una voz la que me llevó a zambullirme de cabeza en el mundo de los libros, por el que hasta entonces me había limitado a bordear su orilla plácidamente.
En Bachillerato tuve una profesora de literatura, sor Delia, mujer tosca, de gesto huraño y aire varonil de la que puedo decir, sin caer en la exageración, que era el vivo retrato de Catalina de Erauso, la Monja Alférez. El físico de sor Delia contrastaba sorprendentemente con el tono bajo de su voz, algo grave, profunda y bien modulada, que tenía el poder de transportarme a cierto estado de hipnosis, y por la que me dejé inducir aquel día que explicó un tema sobre literatura medieval. Esa fue la chispa.
Primero me dio por leer novelas de caballería; hasta tal punto me atacó la fiebre por ese género literario, que Amadís, Tristán con su Isolda y la Tabla Redonda en pleno me acompañaban a todas partes, incluso a esas reuniones familiares de las que no había forma de escaquearse, y donde me las ingeniaba para encontrar un rincón y aislarme a ratos del bullicio de la parentela. Como no tengo medida cuando algo me gusta, me di un atracón de paladines aventureros que, enardecidos por sus idealizadas damas, realizaban extraordinarias y sobrenaturales hazañas. El Capitán Trueno, lectura que compartía con mi hermano, iba incluido en el lote. Del trajín caballeresco descansé en las plácidas páginas de Jane Austen, para despabilarme a continuación con las borrascosas hermanas Brontë. Pero al poco tiempo volví a las andadas aventureras de la mano de Julio Verne, Walter Scott, Stevenson y, cómo no, Alejandro Dumas. Entremedias caía alguna que otra biografía, género literario por el que sigo sintiendo gran afición, sin discriminar en la condición del biografiado: santo o rufián, me tragaba la vida de quien fuera.

Ocurre a veces que, cuando creemos que todo está en orden y bajo control, la vida nos sorprende con la llegada de algo o alguien que nos inquieta y absorbe hasta eclipsar el mundo que nos rodea. Es lo que llamamos enamoramiento, y con los libros también ocurre. Durante algún tiempo me fui dejando llevar por cualquiera que cayera en mis manos, ya fuera por azar, regalo o por recomendación de otros, al tiempo que se iban perfilando mis gustos y me preparaba, sin saberlo, para la llegada del libro que, a medida que fuera pasando sus páginas, me haría caer en la cuenta de que no lo hacía ya de forma compulsiva, ni lo consumía como mero entretenimiento, sino que lo saboreaba con la conciencia de estar ante algo que requería una atención especial, un momento y lugar determinados. El flechazo literario me lo causó la obra de Dickens Casa desolada, un libro inmenso que me arrebató hasta hacerme desaparecer para todo lo que fuera ajeno a lo que allí se narraba; el mundo dejó de existir para mí hasta que llegué a la última de sus más de mil páginas. Una lectura que exigió gran esfuerzo por mi parte y al que yo respondí obedientemente, pues me producía gran placer descubrir que, a medida que avanzaba, iba encontrando nuevos indicios que acentuaban la intriga y me impulsaban a elucubrar, a descifrar las claves que envolvían a toda la trama. La historia de Esther Summerson, protagonista de este relato sobre un pasado negado que asusta y amenaza con salir a la luz, me llevó a la edad adulta como lectora. Fue un despertar. A partir de entonces supe que en los libros no solo viven los personajes de ficción creados por su autor, también yo podía verme reflejada, conocerme buscándome en sus páginas, y descubrir cómo el escritor con arte y oficio ponía ante mis ojos exactamente lo que yo pensaba y sentía.
También advertí que cada libro es un mundo y requiere su ambiente: algunos piden que los leamos bajo una lámpara en la quietud de la noche; otros en soleados parques, playas, en tren o en avión; a muchos les da igual dónde los leamos y solo quieren que los compremos, hacerse famosos y llegan a sacarnos de quicio, los cerramos abruptamente o nos aburren y se nos caen de las manos. Pero, sobre todo, están esos libros que nos desean, los que nos andan buscando y, en el inevitable encuentro, nos seducen y nos envuelven hasta volvernos locos.

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