La pieza 44


 
Stan Laurel y Oliver Hardy (El Gordo y el Flaco)


Por Esperanza Goiri

No, no voy a hablar sobre mecánica o ingeniería. Ni de puzzles o juegos. Tampoco de la dichosa pieza que a todo el mundo le sobra cuando se atreve a montar algún artefacto de IKEA. Los amantes de la cultura pensaréis que tal vez me refiera a una composición musical o al título de una película o novela. Frío, frío. Las posibilidades son muchas: un trozo de tela, una fruta, un animal cazado o pescado, una habitación, una obra de arte subastada… Pero no acertaríais.

La pieza 44 ha sido la causante de mis amarguras y sinsabores desde la semana pasada. Me ha dejado fuera de combate y me ha regalado unas cuantas noches toledanas, y no precisamente porque me haya puesto morada de mazapán. Me ha hecho reflexionar y el fruto de tan sesudas cavilaciones es el que voy a intentar plasmar aquí.

A estas alturas, más de uno se imaginará por dónde van los tiros. Para los demás, no os sintáis culpables, todos tenemos días espesos, y servidora se basta y sobra para iluminaros y desvelar el misterio.

La tan mencionada pieza 44, así la identifican en el informe médico, es un premolar y se encuentra ubicado en mi maxilar inferior derecho, y como los huevos Kinder venía con sorpresa: un quiste muy hermoso. Este, como los grandes conspiradores, se ha mantenido en silencio, sin dejarse notar, disimulando, mientras tramaba, ahí escondido, cual era el mejor momento para dar el golpe de efecto en forma de brutal infección.

Parece mentira que algo tan pequeño pueda generar tal dolor que, en su momento álgido, te incapacite para hacer una vida normal. Me ha obligado a cancelar reuniones de amigos y familiares, a estar irritable e insoportable a más no poder, a mal dormir, a una dieta blanda y a comunicarme con sonidos guturales. Todo el que por desgracia haya padecido un dolor de muelas sabe de lo que estoy hablando.

Al sufrir cualquier enfermedad o dolor físico es cuando realmente nos damos cuenta de la poca cosa que somos los seres humanos. Mientras todo está en su sitio y funcionando, más o menos bien, que así sea nos parece normal y corriente. Nadie se asombra por respirar, levantarse, asir una taza, ver lo que tenemos delante, oír un timbre, dar un grito… Pero en el momento en que, por cualquier causa, ese mecanismo complejo que es nuestro cuerpo falla, lo que antes parecía fácil se puede convertir en una hazaña y a veces en un imposible.

Tras dos visitas a urgencias odontológicas, “empastillarme” hasta las cejas y el anuncio de mi próxima viudedad dental, ya que me han comunicado que nuestros caminos, en breve, se van a separar inexorablemente, las consecuencias se pueden calificar como asumibles. Cuando la dolencia es de las que sí te obliga a permanecer en un hospital, la cosa cambia. Mi padre lo definía muy bien: dejas de ser persona y pasas a convertirte en un cacho de carne con ojos. Efectivamente, te auscultan, te pinchan, te rajan, te cosen, te radiografían… , y lo único que se espera de ti es que te dejes hacer y colabores siendo un buen paciente. En esos momentos en que eres poco más que un “solomillo pensante” (siempre y cuando la medicación te lo permita) y lo físico es lo que prima, echas desesperadamente de menos hábitos y rutinas que en el trajinar y el vértigo del día a día ni aprecias ni eres consciente de disfrutarlas.

Mi hijo sólo llevaba tres meses en este mundo, cuando una peritonitis me obligó a operarme de urgencia y a permanecer ingresada en un centro sanitario de la calle de San Bernardo, de Madrid. Cuando la evolución lo permitió, me obligaban a caminar. Para distraerme miraba desde la ventana de mi habitación la febril actividad de la calle, contemplaba a toda esa gente en su ir y venir ocupada en sus quehaceres cotidianos, especialmente a los niños. Enfrente tenía un edificio antiguo y señorial con grandes cristales emplomados en sus balcones. En el piso que quedaba a mi altura, algunos días podía observar a la mujer que lo habitaba. No hacía nada especial: regaba las plantas, limpiaba la jaula del pájaro, hablaba por teléfono, ventilaba la habitación. Sin embargo, en esos momentos yo sentía verdadera envidia al verla en su casa, haciendo sus cosas, con los suyos; lo mismo que yo venía disfrutando, apenas unos días antes, como lo más normal del mundo.

Cuando estás mal y la biología me recuerda que “eres polvo y en polvo te convertirás”, siempre me viene a la cabeza la magnífica canción Gracias a la vida de Violeta Parra. Somos arrogantes y unos tremendos ingratos. Los toques de atención que nuestra naturaleza mortal nos da de vez en cuando, vienen muy bien para poner las cosas en su sitio. En mi caso, un pequeño trozo de calcio me ha recordado que beber un buen vino, saborear una comida, dormir a pierna suelta, hablar y reír a placer, sin calcular la exacta apertura de tu boca para que no te duela, mover la cabeza en todas las direcciones o recibir un beso en la mejilla sin querer matar al insensato que te lo ha dado, son cosas “extraordinarias” que hay que saber valorar en su justa medida.

Por eso, esta tarde de sábado otoñal, una vez que el antibiótico y los calmantes van haciendo su efecto, con el dolor en franca huida, formando parte de ese revoltijo de pies, brazos y patas en que se convierte el sofá de mi casa, bajo una manta y disfrutando de un Cola Cao y de una buena serie, que queréis que os diga.. Como contaba mi compañera Juana la semana pasada, soy plenamente consciente, hoy sí, de que estoy viviendo un instante de felicidad.

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